Aquí todo el mundo miente Capítulo 14 — La puerta abierta
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Capítulo 14 — La puerta abierta

La puerta abierta

* * *

La mañana de su primera visita a casa, Santiago despertó antes de la campana.

Faltaban diecisiete minutos.

Permaneció acostado, escuchando la respiración de Héctor y los pasos de alguien en el corredor. Había pasado parte de la noche imaginando su departamento: la sala, las plantas, el refrigerador que Lucía aseguró haber limpiado después de encontrar algo que prefirió no describir.

Sobre todo, había pensado en el silencio.

En la Hacienda siempre había alguien cerca. Una puerta, una voz, el Almirante reclamando por alguna alteración del orden. En casa podía pasar una tarde entera sin escuchar más que la televisión.

Giró la cabeza.

—Almirante.

Héctor no respondió.

—Almirante.

—Si no hay fuego, hundimiento o invasión, puede esperar.

—Hoy voy a mi casa.

El Almirante abrió un ojo.

—¿Y tenemos que levantarnos los dos antes de tiempo?

—Estoy nervioso.

Héctor buscó la gorra sobre la mesita y se la puso sin incorporarse.

—Ahora estás nervioso bajo supervisión. Intenta dormir.

Santiago sonrió. No consiguió hacerlo.

La visita formaba parte de los preparativos acordados con el equipo. Pasaría unas horas en su departamento acompañado por Lucía, harían algunas compras y regresarían por la tarde.

Antes de salir repasaron el horario, los contactos y qué harían si necesitaba apoyo o prefería volver antes.

Santiago había preguntado si podían pasar por la agencia.

—Diez minutos —dijo—. Solo a saludar.

Verónica le recordó el recorrido que habían preparado.

—Hoy vamos a revisar cómo te encuentras en casa.

Santiago estuvo a punto de explicar que la agencia también era parte de su vida. Se detuvo. Habían hablado de eso con Mariana y ya tenían otros acuerdos para su regreso al trabajo.

Mientras esperaba a Lucía en recepción, se descubrió añadiendo lugares a la salida: una cafetería, la ferretería, una tienda donde podía comprar algo que llevaba meses posponiendo.

Cuando vio entrar a su hermana, olvidó la lista.

Se levantó y la abrazó.

—Hola, hermana.

Lucía se apartó un poco para mirarlo.

—¿Listo?

Santiago observó la puerta.

—Eso creo.

—Tenemos tiempo. Vamos despacio.

Durante el trayecto hablaron del tráfico y de los cambios en las calles. Lucía señaló un local en obras.

—Van a abrir una farmacia.

—¿Otra?

—Otra.

Santiago sonrió.

Le resultaba extraño reconocer lugares tan familiares y descubrir pequeños cambios. Un restaurante había cerrado. Habían pintado un edificio. La ciudad no había esperado a que él estuviera preparado para volver.

En un semáforo vio a un hombre con un vaso de café y una computadora abierta sobre el antebrazo. Hablaba por teléfono mientras intentaba cruzar entre los coches detenidos.

—Mariana quiere que vuelva con horario —dijo.

—Me parece bien.

—A mí también. Cuando lo escribimos.

Lucía lo miró un instante.

—Ya veremos cómo te va al hacerlo.

No intentó convencerlo de que sería fácil.

Santiago reconoció su edificio desde una cuadra antes. Sintió alegría y después una inquietud que no había previsto. Había imaginado estar en su sala. No había pensado demasiado en bajar del coche y abrir la puerta.

Lucía apagó el motor.

Él tomó las llaves.

—Vamos.

Subieron en silencio. Frente a la puerta, Santiago reconoció una marca junto a la cerradura. La había hecho meses atrás intentando abrir con las manos ocupadas y el teléfono pegado al hombro.

Metió la llave y giró.

Dentro olía a limpiador y a casa cerrada.

—Ayer abrí las ventanas un rato —dijo Lucía.

Santiago dejó las llaves en la mesa del recibidor. El gesto le resultó tan familiar que enseguida pensó en quitarse los zapatos, encender la televisión y servirse algo.

Se quedó quieto.

—¿Cómo vas? —preguntó su hermana.

—Dame un minuto.

Caminó hasta la sala y abrió las cortinas. La luz cayó sobre el sofá, las revistas y una planta que seguía inclinándose hacia la ventana.

Todo estaba más ordenado de lo que recordaba.

Fue a la cocina.

Habían acordado retirar el alcohol y los restos de otras sustancias antes de la visita. También habían revisado con el equipo qué hacer con los medicamentos que conservaba. Santiago había participado en esas decisiones.

Aun así, miró hacia el mueble donde guardaba las botellas.

Lo abrió.

Había vasos y dos tazas. Tocó una sin sacarla.

Lucía permaneció en la puerta.

—Sabía que no habría nada —dijo él.

Cerró el mueble y abrió el refrigerador. Encontró agua, fruta, huevos y un recipiente con comida.

—Parece la casa de alguien que tiene todo en orden.

—Es la casa de alguien cuya hermana fue al supermercado.

Santiago se rio. Tomó agua y volvió a mirar el mueble.

No sentía una urgencia como la del comedor cuando derramó el endulzante. Había buscado las botellas antes de pensar en ellas, y descubrirlo le resultaba incómodo.

—Pensé que me darían ganas en cuanto entrara —dijo.

—¿Te dieron?

Tardó en responder.

—Esperé encontrar algo ahí. No sé si es lo mismo.

Lucía asintió.

—Podemos llamar si quieres.

—Ahora puedo seguir. Quiero contarlo cuando regresemos.

Su hermana no volvió a abrir el mueble para demostrarle que estaba vacío.

En el estudio, dos libretas seguían apiladas junto a la lámpara. Había sobres, un bolígrafo sin tapa y una taza con un cerco oscuro.

—Aquí no entró la limpieza —comentó Santiago.

—No sabía qué podía mover.

—Hiciste bien.

Se sentó frente a la computadora. La silla crujió bajo su peso.

Desde allí había trabajado noches enteras, cambiando de una propuesta a otra mientras se decía que terminaría pronto. La última semana antes de ingresar apenas avanzó, aunque seguía utilizando el trabajo para explicar por qué no podía detenerse.

Encendió la computadora.

La bandeja de entrada mostraba cientos de mensajes sin leer.

Sintió que el descanso de las últimas semanas acababa de convertirse en una deuda.

Abrió el primero. Era una copia de un asunto resuelto por Mariana. El segundo, un recordatorio automático. El tercero, una invitación a una reunión pasada.

Desde la sala, Lucía preguntó si quería comer allí o salir.

—Un momento.

Abrió un mensaje marcado como urgente. Un cliente pedía cambiar una fotografía.

Empezó a responder.

Ya vi tu correo. Voy a revisar personalmente…

Miró la fecha.

El mensaje tenía casi tres semanas. Más abajo estaba la respuesta de Daniel con la pieza corregida y la aprobación del cliente.

Santiago borró lo que había escrito.

Permaneció unos segundos con las manos junto al teclado. Había sentido alivio al sentarse allí y, en pocos minutos, ya tenía prisa por resolver algo que no necesitaba su intervención.

Cerró el correo y apagó la computadora.

Lucía estaba revisando una lista de compras cuando volvió a la sala.

—Abrí el correo —dijo.

Ella levantó la vista.

—¿Encontraste algo que necesites atender hoy?

—Encontré cosas que ya atendieron otros. Casi me pongo a contestarlas.

Lucía dejó la lista.

Santiago miró hacia el estudio.

—Me gustó sentarme en mi silla. Luego vi los mensajes y empecé otra vez.

—¿Lo cerraste?

—Sí.

Su hermana se levantó.

—Entonces podemos ir a comer.

Santiago tomó las llaves.

* * *

Eligieron un restaurante pequeño a unas cuadras. Santiago pidió agua mineral y un plato que llevaba tiempo sin probar.

Al primer bocado sonrió.

—Esto sí lo extrañaba.

Comieron mientras Lucía le contaba cómo había reorganizado algunos compromisos para acompañarlo durante aquellas semanas.

Santiago la escuchó hasta que empezó a pensar en las citas que tendría después del alta.

—¿Vas a poder llevarme algunas veces?

—Depende de cuáles y a qué hora.

—Podríamos hacer un calendario.

—Podemos revisar fechas.

Él tomó agua.

—Y quizá venir a cenar conmigo dos o tres noches, por lo menos al principio.

Lucía dejó el tenedor.

—Puedo acompañarte algunas veces. También puedes venir tú. Pero no voy a poder organizar todos mis días alrededor de tus horarios.

Santiago sintió un golpe de disgusto.

—No te estoy pidiendo eso.

Su hermana lo miró sin responder enseguida.

—Todavía no sabemos qué días serán tus citas y ya estás contando conmigo para los traslados y varias cenas.

Él estuvo a punto de decirle que no entendía lo difícil que sería volver. La frase le llegó completa, con un reproche que conocía: si de verdad quería ayudarlo, podía hacer un esfuerzo.

Dejó el vaso.

—Estoy llenando tus horarios antes de preguntarte.

Lucía asintió.

—Quiero acompañarte. Pero mi marido ya me reclamó que casi no estoy en casa. Y mis hijos también. El otro día me esperaron para cenar y acabaron comiendo sin mí.

Lucía apartó el plato un poco.

—Les digo que voy un momento a ayudarte y regreso cuando ya se acostaron. Los extraño, Santiago. Quiero volver a estar con ellos sin estar mirando la hora para salir otra vez.

—No sabía que te habían dicho eso.

—No te lo había contado. Pero tampoco quiero seguir prometiéndoles tiempo que después no les doy.

Santiago miró la mesa. Había preparado una lista de contactos y apoyos, pero al imaginar los espacios que más le inquietaban colocaba a Lucía en casi todos.

—Voy a revisar los traslados —dijo—. Después vemos cuándo podemos cenar.

—Eso sí.

Él respiró hondo. Seguía teniendo miedo de algunas tardes solo, aunque ya no le parecía justo pedir que su hermana las resolviera todas antes de empezar.

Volvieron a comer.

Al terminar, Santiago miró la carta de postres.

—¿Hoy tienes tiempo para uno?

Lucía sonrió.

—Hoy sí.

Al salir se detuvieron frente a una librería. En el escaparate había libros de ajedrez y un tablero pequeño.

Santiago se acercó.

—Quiero entrar un momento.

Encontró un juego plegable con piezas magnéticas. Cabía en una mochila y podía utilizarse sobre una mesa pequeña.

—¿Para Héctor? —preguntó Lucía.

—Sí.

—¿Ya juega bien?

—Está mejorando. Perder sigue llevándolo bastante mal.

Santiago examinó el cierre y compró el tablero.

Lo guardó en la mochila. No era algo que hubiera puesto en ninguna de sus listas.

Volvieron al departamento antes de regresar a la Hacienda. Santiago recogió la taza del estudio, guardó los sobres y revisó el lavabo. Seguía goteando.

Lo anotó para organizar la reparación. No llamó a nadie en ese momento.