Aquí todo el mundo miente Capítulo 13 — Las cosas que uno se lleva #2
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Capítulo 13 — Las cosas que uno se lleva #2

Cuando terminaron, Santiago permaneció sentado. Una parte de él había esperado que Ernesto aportara una hora imposible, negara algo o recordara una frase que resolviera lo demás.

No ocurrió.

No podían completar la noche de Tomás entre los dos.

Santiago redactó un relato breve de su conversación con el director. Separó las palabras que recordaba de sus impresiones y lo guardó para revisarlo antes de decidir cómo aportarlo.

No escribió que Gabriel hubiera matado a nadie.

* * *

La salida acompañada se realizó a la tarde siguiente. El equipo explicó el recorrido, los horarios y los acuerdos de la actividad.

Santiago caminó con sus compañeros por una zona comercial. Entraron en algunos locales y compraron cosas que necesitaban. Después se sentaron a tomar algo.

Pidió café.

Mauricio recibió un mensaje del taller y miró la pantalla.

—Quieren que revise un presupuesto.

—¿Ahora? —preguntó Santiago.

—No dice que tenga que ser ahora.

Guardó el teléfono.

Héctor observaba a una pareja que discutía frente al escaparate de una tienda de lámparas.

—La grande —dictaminó.

Teresa siguió su mirada.

—No sabemos dónde van a ponerla.

—Se ve mejor.

—A lo mejor no cabe.

El Almirante la miró como si aquel detalle no debiera impedir una decisión importante.

Santiago sonrió. Al otro lado de la calle, un hombre salió de un restaurante con el saco en el brazo y el teléfono junto al oído. Consultó el reloj sin dejar de hablar.

Se vio en aquel movimiento. La comida que se alargaba, la siguiente reunión, una llamada que contestaba desde el coche. Después, la promesa de llegar temprano.

La calle seguía teniendo todos esos lugares.

Bebió café y escuchó a Mauricio contar algo del taller. No se sintió preparado para volver a todo, pero tampoco necesitó levantarse de la mesa para escapar.

Al regresar a la Hacienda habló con el equipo sobre la salida. Contó lo que le resultó agradable y también los momentos de inquietud.

Que hubiera salido bien no convertía el alta en un trámite automático.

Esa noche, Lucía le contó que había revisado el departamento.

—Tiré la comida echada a perder y limpié el refrigerador.

—Gracias.

—Encontré un frasco que ya podía haberse presentado por su nombre.

Santiago se rio.

—No quiero saber.

—No quieres.

Hablaron de lo que faltaba preparar cuando llegara el momento de volver. Lucía le preguntó si quería que lo acompañara a comprar comida.

—Sí. Lo puse en mi lista.

—Me alegra que aparezca.

Después le contó que Denia estaba cansada por los entrenamientos y emocionada por el partido del sábado.

Santiago pensó en preguntar si podría ir cuando saliera. Se detuvo antes de decirlo. Aún no tenía fecha de alta y Denia no lo había invitado.

—Dile que espero que les vaya bien.

—Se lo diré.

No le pidió a Lucía que averiguara nada más.

El domingo, una mujer recién llegada se quedó junto a la mesa del desayuno con una taza entre las manos.

Santiago reconoció la forma en que miraba el comedor: intentaba descubrir dónde sentarse sin tener que preguntar.

—¿Buscas lugar?

Ella asintió.

—No conozco a nadie.

—Soy Santiago. Puedes venir con nosotros, si quieres.

La mujer dudó.

—No quiero estorbar.

—Hay una silla libre.

Se llamaba Elena. Santiago la presentó a Mauricio y Teresa. Cuando llegó Héctor, se detuvo frente a ella.

—¿Nueva integrante de la tripulación?

—Elena —dijo Santiago.

El Almirante le estrechó la mano.

—Bienvenida. Si tiene preguntas sobre el desayuno, consulte a Teresa. Estos dos ya perdieron el criterio.

Elena sonrió.

Durante la comida preguntó por los horarios. Santiago respondió lo que sabía y le indicó a quién podía acudir cuando no estaba seguro.

No le contó toda su historia ni intentó convencerla de que pronto le gustaría estar allí.

Después la vio salir al jardín con Teresa. Recordó lo mucho que le había molestado Héctor durante sus primeros días. Ahora el Almirante buscaba la gorra que tenía colgada del respaldo de su silla.

Santiago se la acercó.

—Antes de que abras una investigación.

Héctor la tomó.

—Se están destruyendo las pruebas.

Durante los días siguientes, los preparativos se hicieron más concretos. Santiago revisó con el equipo lo ocurrido en la salida acompañada y las situaciones que todavía le preocupaban.

La fecha definitiva continuaba pendiente.

Con Mariana habló de una reincorporación gradual, con horarios acordados y responsabilidades que no recuperaría todas a la vez.

—¿Y si un cliente quiere verme fuera de ese horario? —preguntó.

—Le ofrecemos otro.

—¿Y si insiste?

—Decidimos si podemos atenderlo en esas condiciones.

Santiago permaneció callado.

—No es una emergencia porque alguien escriba «urgente» en el correo —añadió Mariana.

—Antes yo hacía eso.

—Todavía encuentro mensajes tuyos que dicen «urgente» y hablan del tamaño de una fotografía.

—Era una fotografía importante.

—Naturalmente.

Él se rio y siguieron revisando el plan.

No sabía cuánto le costaría mantener esos límites frente a una cuenta atractiva. Prefería empezar a hablarlo mientras todavía podía reconocer el problema sin tener al cliente delante.

Una tarde encontró a Héctor jugando al ajedrez solo.

—¿Con quién juegas?

—Con un adversario de extraordinaria capacidad.

Santiago se sentó.

—¿Quién va ganando?

El Almirante estudió el tablero.

—El adversario.

Santiago soltó una carcajada. Héctor le explicó una jugada del libro y él tomó las piezas negras.

Durante un rato consiguieron jugar sin discutir cómo se movía el caballo.

Cuando sonó la campana, Héctor miró la posición.

—Podemos dejarlo así.

—¿Para seguir después?

—Para estudiar tus errores.

Santiago se levantó sonriendo.

Lucía le había llevado una maleta para cuando llegara el momento de salir. Esa noche la puso sobre la cama.

No empezó a guardar la ropa.

Abrió el cajón y sacó la carpeta. Dentro estaban los documentos de la agencia, las copias de Samantha y sus apuntes. También el relato que había preparado de la conversación con Gabriel, todavía pendiente de revisión.

Lo leyó otra vez.

En la parte de Mateo había fechas, notas y textos aprobados por él. Seguían buscando la explicación de la espera.

En la parte de Tomás había una visita que Landa reconoció, lo que Ernesto pudo contar y preguntas sobre una noche que ninguno de ellos había presenciado.

Separó de nuevo las hojas. No quería que una sospecha terminara escrita como un hecho solo porque llevaba varios días pensándola.

La carpeta saldría con él.

Después abrió su cuaderno. Encontró las notas sobre el sueño, el deseo de consumir y las primeras preguntas sobre su trabajo. Pasó a la página de la llamada con Denia, a lo del endulzante y a la noticia de la muerte de Tomás.

Leyó sin intentar sacar una conclusión de todo.

Había cosas que ahora podía decir con claridad y otras que seguían costándole. Afuera no desaparecerían.

Guardó el cuaderno junto a la carpeta. La maleta permaneció abierta mientras elegía algunas prendas que ya no estaba utilizando.

En dirección, Gabriel buscó un expediente que no encontraba.

Llamó a la administrativa.

—¿Me lo entregaste?

—Se lo dejé junto al calendario.

Landa levantó un informe y vio la carpeta debajo.

—Aquí está. Gracias.

Antes de abrirla encontró la hoja con los asuntos pendientes de la salida de Santiago: coordinación con Lucía, documentación y fechas por confirmar.

La colocó en su sitio.

Santiago se marcharía cuando el equipo lo considerara preparado. Los papeles que había recuperado de la agencia no se quedarían en la Hacienda.

Gabriel volvió al expediente. Leyó el primer párrafo y tuvo que empezar de nuevo.

A la mañana siguiente, Santiago encontró a Héctor mirando la maleta.

—¿Qué haces?

—Comprobando que no te lleves bienes ajenos.

—¿Como cuáles?

—Mi libro, por ejemplo.

Santiago señaló la mesita.

—Está ahí.

El Almirante miró hacia donde indicaba y se sentó en su cama.

—Todavía no me voy —dijo Santiago.

—Ya lo sé.

Permanecieron un momento en silencio.

Santiago observó al hombre que lo había acompañado desde que salió del área de observación, que sabía cuándo hacer una broma y, algunas veces, cuándo sentarse sin decir nada.

—¿Entonces?

Héctor se acomodó la gorra.

—Que vas a dejar todo para el último día. Se te olvidará algo y tendré que ir a resolvértelo.

—No puedes ir a mi casa cada vez que olvide una cosa.

—No subestimes mis capacidades.

La campana sonó.

Héctor se levantó y tomó el libro de la mesita.

—Vamos, civil.

Santiago cerró la maleta sin abrocharla. El cuaderno y la carpeta seguían en el cajón.

Todavía tenía trabajo que hacer allí.

Salió detrás del Almirante.