Capítulo 13 — Las cosas que uno se lleva
Las cosas que uno se lleva
* * *
La primera lista que Santiago hizo para volver a casa tenía diecisiete pendientes. La segunda, veintitrés.
Cuando llevó la tercera, Verónica le pidió que se la prestara.
—Aquí dice «reorganizar la agencia».
—Es importante.
—Y «revisar el presupuesto del próximo trimestre».
—También.
Ella continuó leyendo.
—«Comprar un escritorio».
—El mío está horrible.
Verónica levantó la vista. Santiago dejó el bolígrafo.
—Estoy llenando el día, ¿verdad?
—Todavía no hemos llegado al día. Estamos preparando una salida acompañada y revisando qué necesitarás cuando llegue el alta.
Santiago miró la hoja. Llevaba varias semanas en la Hacienda. Había pasado de preguntar cuánto faltaba para marcharse a descubrir que podía sentir ganas de salir y miedo durante la misma conversación.
Quería su cama, su cocina y una mañana sin campana. Pero al imaginar el departamento también veía la computadora encendida, una cena aplazada hasta demasiado tarde y las botellas que durante meses habían encontrado sitio junto a cualquier actividad.
Dentro de la Hacienda sabía dónde buscar ayuda.
Fuera tendría que hacerlo sin Patricia al final del corredor.
Verónica le devolvió la lista.
—Vamos a separar las dos cosas.
En una hoja anotaron los acuerdos para la salida acompañada. En otra, los preparativos para el regreso definitivo: coordinarse con Lucía, confirmar las citas de seguimiento, tener a mano los contactos de apoyo y revisar qué necesitaba organizar en casa.
Santiago añadió comida.
Se quedó mirando aquella palabra entre los demás pendientes.
—Supongo que tendré que cenar algo.
—Eso sí pertenece al primer día.
Él sonrió.
—¿Y el escritorio?
—Puede seguir horrible un poco más.
Durante el desayuno, Mauricio le preguntó por qué estaba tan callado.
—Estoy pensando en la salida.
Héctor dejó la taza.
—¿Ya te vas?
—Todavía no. Primero vamos a hacer una salida acompañada. Después el equipo decidirá lo del alta.
El Almirante volvió a tomar el café.
—Entonces anuncia las cosas completas.
—¿Ya me ibas a extrañar?
—Me preocupaba que dejaras tus pendientes sin resolver.
Mauricio sonrió.
—¿Qué es lo primero que quieres hacer en tu casa?
Santiago pensó en Denia. Después recordó que no habían acordado verse.
—Prepararme el desayuno.
—Aquí puedes ayudar en la cocina —dijo Héctor.
—Sin que una campana anuncie cuándo tengo que comer.
El Almirante lo señaló con el tenedor.
—La libertad confunde mucho a los civiles.
Santiago se rio. No les contó que también había escrito a quién llamaría si la primera noche se le hacía difícil. Le gustaba imaginar su regreso sin olvidar esa parte.
Después de la comida ordenó la carpeta de Los Olivos. Separó los documentos de la agencia de las copias que Samantha le había dejado durante la visita. En una hoja anotó de dónde procedía cada grupo.
Ya una vez había permitido que lo recibido del cliente y lo redactado por él terminaran pareciendo una sola explicación.
Mauricio se acercó con una botella de agua.
—¿Otra vez la campaña?
—Lo que quedó pendiente.
Su compañero señaló uno de los anuncios.
—Ese árbol ya está enorme.
Santiago miró la fotografía. Recordaba las discusiones sobre el encuadre con más claridad que algunas de las preguntas sobre Mateo.
Guardó el anuncio junto a las otras piezas aprobadas.
En una carpeta distinta tenía una propuesta reciente de Mariana. La revisó durante el horario acordado y la llamó.
El posible cliente ofrecía un presupuesto atractivo, pero quería que Santiago participara en las reuniones iniciales y asistiera a varias cenas con los directivos.
—Les dije que podemos ir Daniel y yo el viernes —explicó Mariana.
—¿Qué respondieron?
—Que les gustaría conocerte.
Santiago estuvo a punto de decir que encontrarían una manera. Había viajado por cuentas más pequeñas y aceptado horarios peores.
Miró las notas sobre su continuidad de atención.
—¿Quieren conocerme o esperan que esté en todas las reuniones?
Mariana tardó un momento en responder.
—Voy a aclararlo.
—Si avanzamos, podemos organizar una reunión en horario de oficina cuando esté preparado para retomarlas. Por ahora vayan ustedes.
—De acuerdo.
Al terminar, Santiago volvió a mirar el presupuesto. Seguía pareciéndole una oportunidad.
No había dejado de quererla por poner una condición.
Dos días después, Gabriel lo recibió para revisar asuntos administrativos de la siguiente etapa de su estancia. Hablaron de documentación y de la coordinación con Lucía. Las fechas continuarían sujetas a lo que acordara el equipo.
Santiago tomó nota y, antes de guardar el bolígrafo, abrió la carpeta que llevaba bajo el brazo.
—Quiero preguntarle por Mateo.
Landa apartó el calendario.
—Te escucho.
—Comparé lo que recibimos con los documentos de Samantha. Seguimos sin encontrar la explicación de quién pidió esperar después de la recomendación de traslado.
Gabriel miró la hoja sin tomarla.
—Se atendió al paciente con la información que había. El equipo consideró que podía tratarse aquí.
—Al ingreso —respondió Santiago—. Después hay una recomendación de llevarlo al hospital.
Landa se recostó.
—No puedes valorar un caso médico leyendo las notas de una agencia.
—No estoy diciendo qué tratamiento necesitaba. Estoy preguntando por la espera. Lo pregunté entonces y después aprobé un comunicado sin tenerlo resuelto.
El director juntó las manos.
—Se volvió a valorar su evolución. Fue una situación difícil.
Santiago esperó. Tenía el bolígrafo preparado, pero no encontró una explicación nueva que pudiera anotar.
—¿Quién pidió esa valoración antes de autorizar la salida?
Gabriel bajó la vista hacia la carpeta.
—La familia recibió información y Tomás habló con ellas. No puedes reconstruirlo todo en unas semanas.
—Necesito saber qué parte de lo que publicamos estaba respaldada.
—Si quieren documentación clínica, deben solicitarla por el conducto correspondiente.
—Samantha ya lo está haciendo.
Landa levantó los ojos.
Santiago cerró la carpeta. Tenía las manos húmedas y estuvo a punto de disculparse por las preguntas.
Había otra pregunta.
—Cuando nos dijeron que Tomás había muerto, usted mencionó una sobredosis. Todavía no había un informe.
—Dije que era una posibilidad.
—Sí.
Santiago miró el borde del calendario.
—¿Lo vio después de que salió de aquí el lunes?
Gabriel permaneció quieto unos segundos.
—Fui a su casa.
Santiago levantó la vista.
—¿Esa noche?
—Sí. Era mi amigo.
No esperaba una respuesta tan directa.
—¿Cómo estaba?
—Cansado. Hablamos un rato y me fui. Ya lo expliqué cuando me preguntaron por la última vez que lo vi.
Santiago sostuvo el bolígrafo sin escribir.
—¿Él le dijo que había tomado algo?
—No voy a reconstruir esa visita contigo como si estuviéramos en un interrogatorio.
El silencio se hizo más pesado.
Gabriel cerró el calendario.
—Yo tampoco sabía que no volvería a verlo.
—No he dicho que lo supiera.
Landa lo observó.
—Cuida también de lo que viniste a hacer aquí.
Santiago recogió las hojas.
—Lo estoy haciendo.
En el corredor tuvo que detenerse un momento antes de guardar el bolígrafo.
Durante la siguiente llamada, Santiago empezó a contarle a Samantha lo ocurrido en el despacho. Pasó de la recomendación de traslado a la visita de Gabriel al departamento de Tomás.
Ella lo detuvo.
—Primero terminemos con Mateo.
Santiago abrió el cuaderno.
—Sí.
—Si mezclamos las dos cosas, parece que una explica la otra.
Buscó una página limpia.
La solicitud de Samantha había recibido una respuesta parcial.
Le enviaron copias de la cronología que ya conocía y le indicaron otra vía para pedir el resto de la documentación.
La médica que atendió a Mateo ya no trabajaba en la Hacienda.
Samantha había solicitado que le hicieran llegar una petición de contacto; todavía no recibía respuesta.
—No apareció una hora nueva —dijo—. Son otras copias de las mismas horas.
Santiago anotó la respuesta de Gabriel.
—Me habló de que el equipo estuvo de acuerdo en tratarlo allí al ingreso.
—Y seguimos preguntando por lo que pasó después.
Revisaron qué faltaba en ambos archivos. La búsqueda de Mariana tampoco había localizado una respuesta a la nota de Santiago. Ninguno podía asegurar que no existiera en otra parte.
Después pasaron a Tomás.
Santiago abrió otra página y relató la conversación con Landa.
—¿Qué dijo exactamente? —preguntó Samantha.
Él distinguió las frases que recordaba de la impresión que le habían producido.
—Que fue a su casa, que estaba cansado, que hablaron y que se fue. También dijo que ya lo había informado cuando le preguntaron.
—¿Sabes a quién?
—No se lo pregunté.
Samantha aguardó mientras lo anotaba.
—Después de la muerte me puso una silla vacía enfrente para hablarle a Tomás —continuó Santiago—. Le conté lo de mi hija y acabé hablando de los documentos. Gabriel me preguntó qué había encontrado y si había podido enseñárselos.
—¿Y ahora te preocupa por qué te lo preguntó?
—Sí. Entonces pensé que me estaba escuchando. Ahora no sé cuánto de aquello tenía que ver con saber qué recordaba yo.
Samantha guardó silencio unos segundos.
—Es una pregunta —dijo—. Todavía no sabemos la respuesta.
Santiago miró las dos páginas.
Acordaron buscar a Ernesto, si él estaba dispuesto a hablar.
Patricia hizo llegar la petición. Ernesto aceptó y autorizó que Samantha tuviera su número. Al día siguiente pudieron conversar durante el horario de llamadas de Santiago.
Ernesto confirmó que había quedado con Tomás a las seis para caminar. Contó lo que hizo al no recibir respuesta y cómo pidió ayuda.
No sabía que Gabriel iría a visitarlo.
—Hablamos antes —explicó—. Quedamos de vernos en la mañana.
—¿Le dijo cómo se encontraba? —preguntó Samantha.
—Le preocupaba el trabajo. Seguía con sus citas y quería continuar con la atención.
—Había dicho que prefería esperar a su próxima cita antes de tomar nada para dormir —añadió Ernesto.
Santiago escuchó sin interrumpir.
Ernesto no podía decir qué había ocurrido después de su última llamada ni qué había tomado Tomás aquella noche.
—Eso no lo vi —dijo.
Samantha se lo agradeció.