Capítulo 12 — La vida sigue #3
—Ahora entiendo por qué te llevas tan bien conmigo —dijo el Almirante.
Santiago sonrió. Recordó las galletas que Mariana había llevado y la carpeta que él no tardó en pedirle. Escuchó a Mauricio hablar de una mesa que habían movido en el taller y del espacio que ganaron con el cambio.
El Almirante frunció el ceño.
—Una mesa no se mueve sin estudiar las consecuencias.
—Las estudiaron. Ahora caben.
Teresa le ofreció otro bombón a Santiago. Él lo aceptó y esta vez lo sostuvo más lejos del fuego.
La conversación fue pasando de un tema a otro. Héctor contó que su hija había resuelto una fuga sin consultarlo.
—¿Quedó bien? —preguntó Santiago.
—Perfectamente.
—Entonces ¿qué te molestó?
—Podía haberle recomendado un plomero.
—¿Y a quién llamó?
—Al mismo que iba a recomendarle.
Santiago volvió a reírse.
Al rato, mientras miraba dorarse el bombón, habló de Denia.
—Me llamó para contarme un partido.
—¿Ganaron? —preguntó Mauricio.
—Un set. El partido no.
—¿Y ella cómo está?
Santiago tardó un momento.
—Tiene la escuela, el equipo, sus cosas. Me contó bastante.
Giró el palito.
—Todavía no quiere verme.
Nadie le aseguró que pronto cambiaría de opinión. Mauricio asintió y Teresa le acercó una servilleta.
Santiago retiró el bombón y esperó antes de probarlo.
Verónica se marchó cuando terminó su horario. Los auxiliares permanecieron con el grupo.
Alguien empezó un recuerdo de campamento. Mauricio aseguró que podía asar mejor que todos, aunque tenía dos salchichas demasiado oscuras en el plato. Héctor pidió que en la siguiente fogata le entregaran herramientas de mayor calidad.
Santiago fue por agua.
Desde allí vio a sus compañeros alrededor del fuego. Durante parte de la tarde había querido acostarse y quedarse solo. Ahora escuchaba las risas, olía el humo y tenía los dedos pegajosos.
La reunión con Samantha y Amalia seguía pesándole. También tenía pendientes de la agencia y una hija que quería mantener distancia.
Había podido pasar un rato sin repasarlo todo.
Volvió a su silla.
Héctor le mostró un bombón dorado.
—Mira.
—Por fin.
El Almirante sonrió. Al mover el palito para exhibirlo mejor, el bombón resbaló y cayó sobre su pantalón.
Se levantó de golpe.
—¡Servilleta!
Mauricio le alcanzó varias. Héctor consiguió retirarlo y examinó la mancha.
—Esto es sabotaje.
Santiago terminó riéndose tanto que dejó la botella en el suelo.
Cuando apagaron la fogata, ayudó a recoger las sillas. Tenía la ropa impregnada de humo y la lengua todavía sensible por su primer intento.
Héctor examinaba el pantalón bajo la luz del corredor.
—No va a salir.
—Mañana lo lavas —dijo Mauricio.
—No conoces esta tela.
Santiago cargó dos sillas hasta el salón y regresó por otra. Encontró a Teresa recogiendo envoltorios.
—¿Te divertiste? —preguntó ella.
—Mucho.
—Hay que repetirlo.
—Con supervisión para el Almirante.
—¡Escuché! —gritó Héctor desde el corredor.
—¡Era la idea!
Santiago llevó la última silla y fue a lavarse las manos.
En la habitación, Héctor dejó el pantalón sobre el respaldo de una silla.
—Mañana lo resuelvo.
Santiago abrió la ventana. Entró aire fresco, aunque el olor a humo seguía en la ropa.
—Te vi contento —dijo el Almirante.
—Lo estuve.
Héctor asintió y empezó a guardar sus cosas.
Santiago abrió el cuaderno. Repasó los pendientes de la tarde: comprobar correspondencia, conservar los documentos juntos, contestar a Samantha cuando se comunicara.
Añadió la fecha de la reunión y el nombre de Amalia. No quería que, con el tiempo, aquel encuentro terminara reducido también a un asunto administrativo.
Después escribió una línea sobre la fogata.
Me reí mucho.
Le pareció extraño verla junto a los pendientes. La dejó allí.
Pensó en contarle a Denia lo del bombón. Podría hacerlo la próxima vez que hablaran, si surgía. No necesitaba convertir una noche agradable en un motivo para pedirle otra llamada.
Guardó el cuaderno.
Gabriel salió del despacho cuando casi todos estaban en sus habitaciones. Durante el día había atendido asuntos administrativos, autorizado una reparación y visto a Samantha y Amalia salir con las copias de Santiago.
No había hablado con ellas de los documentos.
Al pasar por el jardín encontró a un auxiliar terminando de recoger.
—¿Todo salió bien?
—Sí. Estuvieron contentos.
Gabriel miró el círculo oscuro donde había ardido la leña.
—Qué bueno.
Desde una habitación llegó una carcajada. Alguien pidió silencio y después se oyó una puerta.
Landa continuó hasta el estacionamiento. Buscó las llaves, abrió el coche y permaneció un momento al volante antes de encenderlo.
Las ventanas de la Hacienda seguían iluminadas.
A la mañana siguiente, Santiago despertó con la campana.
Héctor se incorporó y miró hacia la ventana con visible disgusto.
—No puede ser.
—¿Qué pasó?
—Después de todo lo que vivimos anoche, esa condenada campana no aprendió nada.
Santiago se rio. Buscó las sandalias y fue hacia el baño.
Tenía sueño, le molestaba un poco la lengua y lo esperaba otro día de actividades.
También tenía una historia de la noche anterior que le apetecía contar.