Aquí todo el mundo miente Capítulo 12 — La vida sigue #2
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Capítulo 12 — La vida sigue #2

—Nos daban otro número. Nos decían que faltaba el informe. Después empezaron a llegar papeles con un nombre nuevo.

Él guardó silencio.

—No puedo arreglarlo con estas copias —respondió finalmente—. Pero no quiero seguir diciendo que mi trabajo fue solamente cambiar un letrero.

Amalia levantó la vista.

—El letrero era lo de menos.

Samantha colocó las hojas una junto a otra. Algunas fechas coincidían. Otras páginas remitían a información que no estaba entre las copias de ninguno.

Santiago señaló una nota del cliente.

—Esto fue lo que recibimos.

—Aquí hablan de las valoraciones —dijo Samantha—. No explican por qué la recomendación de salir no se atendió antes.

—Eso fue lo que preguntamos.

Ella lo miró.

—Y después dejaron de preguntarlo.

Santiago asintió.

Durante unos minutos revisaron los documentos. Él no intentó llenar lo que faltaba con recuerdos de los que no estaba seguro. Cuando reconocía algo, lo decía. Si no podía situarlo, también.

Samantha comparó las solicitudes de su padre con las respuestas conservadas. Los sellos y las fechas demostraban que habían pedido información. No convertían aquellas respuestas en una explicación completa.

—Voy a solicitar lo que falta —dijo—. Y quiero que compruebe si recibieron algo después de estas hojas.

—Mariana revisó el material archivado. No encontró una respuesta al respaldo que pedimos. Podemos volver a buscar correspondencia de esas fechas y comprobar si quedó guardada en otra parte.

—Dígame qué encuentra, aunque no sirva para explicar nada.

—Lo haré.

Amalia recogió el bolso.

—No quiero volver a contar cada llamada. Samantha puede seguir con estos papeles. Yo hoy ya no puedo más.

Su hija cerró la carpeta.

Santiago se levantó y dejó libres las sillas para que pudieran salir. No intentó retenerlas con una última explicación.

Amalia se detuvo junto a la puerta.

—Si alguien le pregunta, dígalo así. Que usted ya sabía que faltaba algo.

—Sí.

No hubo un abrazo.

Samantha volvió un momento a la mesa para recoger las copias que él había preparado.

—Le avisaré cuando tenga respuesta.

—Estaré pendiente.

Ella acomodó el comunicado encima de las otras hojas.

—No necesito que esté pendiente todo el día. Necesito que esta vez conteste.

Al salir se cruzaron con Gabriel. El director se detuvo y las saludó por su nombre.

Amalia respondió brevemente. Samantha sostuvo la carpeta contra el cuerpo mientras él miraba de una a otra.

—Buenas tardes —dijo Santiago, que las acompañaba.

Gabriel volvió la vista hacia él. No preguntó con quién habían estado.

Samantha se despidió y continuó con su madre hacia recepción. Landa permaneció unos segundos en el corredor antes de seguir su camino.

Santiago regresó a guardar los documentos. Le dolía la cabeza y tuvo que sentarse un momento.

En el cuaderno escribió lo que se había comprometido a comprobar. No anotó que la reunión había salido bien. Samantha había aceptado revisar los papeles; Amalia había escuchado lo suficiente y había decidido marcharse.

* * *

Llegó a la actividad de la tarde con dificultad para concentrarse. Al principio solo escuchó.

Cuando Verónica se acercó, le dijo que necesitaba unos minutos.

—¿Quieres salir?

Santiago miró las hojas frente a sus compañeros.

—Prefiero quedarme. Solo necesito acomodarme un poco.

Pudo participar más tarde. No contó las preguntas de Samantha delante del grupo ni convirtió la reunión en una historia sobre lo mucho que le había costado afrontarla.

Al terminar buscó a Verónica.

—Quería que notaran que fui yo quien hizo aquella pregunta —admitió—. Me costó más poner el comunicado al lado.

Hablaron un rato. Después fue a su habitación y dejó la carpeta en el lugar donde la guardaba.

Esa noche había una fogata.

La idea había sido de Teresa, según Teresa.

Mauricio sostuvo que sin la leña que él ayudó a conseguir no habría ninguna convivencia. Héctor explicó que ambos estaban olvidando la importancia de la planificación.

—¿Y tú qué hiciste? —preguntó Santiago.

—Mantener una visión de conjunto.

—Sentado.

—Desde una posición adecuada.

La actividad se había organizado para después de cenar. Los auxiliares acomodaron las sillas, llevaron agua, pan, salchichas y bolsas de bombones. Verónica se quedó al comienzo.

Cuando encendieron el fuego, el jardín pareció otro. Las caras se iluminaron desde abajo y el corredor quedó más lejos, detrás del círculo de sillas. Había música a un volumen bajo y el cielo estaba despejado.

Santiago se sentó junto a Mauricio. Todavía pensaba en la sala de visitas cuando recibió un palito con un bombón.

—¿Cuánto tarda?

—Depende de qué tan cerca lo pongas.

Santiago lo sostuvo sobre las brasas. Al otro lado, Teresa retiró una salchicha.

—Ya está.

—Le falta —opinó Héctor.

Mauricio la observó.

—Si la deja más, se convierte en carbón.

—Hay quien prefiere las cosas bien cocidas.

Santiago se rio y acercó demasiado el bombón. La superficie prendió de golpe.

—¡No, no, no!

Lo retiró y sopló hasta apagarlo. Quedó cubierto por una costra negra.

—Ése ya terminó —dijo Mauricio.

Héctor levantó su palito.

—Serenidad y paciencia, mi querido amigo.

Santiago volvió la cabeza.

—¡Kalimán!

El Almirante inclinó solemnemente el rostro.

—El hombre increíble.

—Se le está quemando el suyo —advirtió Teresa.

—No interrumpas la enseñanza.

El bombón de Héctor comenzó a deslizarse. Intentó enderezarlo, pero se desprendió y cayó entre las brasas.

Todos miraron el palito vacío.

—Bueno —dijo el Almirante—. La paciencia también tiene sus límites.

Santiago se rio con los demás. Probó la parte menos quemada del suyo y descubrió que seguía demasiado caliente. Mauricio le acercó agua mientras Teresa negaba con la cabeza.

—Déjenlos enfriar.

Santiago bebió y esperó a poder hablar.

—Dos hombres adultos derrotados por un bombón.

—El mío fue un problema del material —respondió Héctor.

Teresa empezó a contar que su hermana había cambiado las cortinas de la sala.

—Me enojé.

—¿Estaban feas? —preguntó Mauricio.

—No. Ése fue el problema. Estaban bonitas.

Explicó que llevaba meses quejándose de las anteriores, pero esperaba elegir las nuevas al salir. Terminó diciéndole a su hermana que le gustaban.

—Después me mandó la foto de un cojín. Preguntó si también podía comprarlo.

Héctor soltó una risa.

Santiago miró las brasas.

—Mariana vino el lunes.

—La comandante —dijo el Almirante.

—Fue a verme y yo casi la puse a rendirme cuentas.