Aquí todo el mundo miente Capítulo 12 — La vida sigue
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Capítulo 12 — La vida sigue

La vida sigue

* * *

Mariana llegó el lunes con una carpeta bajo el brazo y una bolsa de papel. En recepción le indicaron que esperara en la sala de visitas junto al jardín.

Dejó sus cosas sobre la mesa y escuchó una carcajada al otro lado de la ventana. Reconoció la voz de Santiago antes de verlo.

—¡Que no, Almirante! ¡Yo no voy a meterme en eso!

—¡Eso dijiste del ajedrez!

Santiago apareció acompañado de un hombre mayor que llevaba la gorra bajo el brazo. Al ver a Mariana se detuvo y sonrió.

—Qué gusto verte.

La abrazó. Después se apartó un poco, todavía con las manos en sus hombros.

—Igualmente, jefe.

Héctor aguardó junto a la puerta.

—¿No me vas a presentar?

—Mariana, él es Héctor. Aquí le dicen el Almirante. Almirante, ella es Mariana, la mujer que mantiene funcionando la agencia.

Héctor le estrechó la mano.

—Mucho gusto. ¿Es usted quien toma las decisiones?

—Bastantes.

—Entonces entenderá lo difícil que es trabajar con este hombre. Cuestiona toda autoridad.

Mariana se rio.

—En eso no ha cambiado.

—Ya estuvo bueno —protestó Santiago.

El Almirante se puso la gorra.

—Los dejo. Tengo un asunto pendiente con Mauricio.

—¿Otra partida?

—Una reclamación.

Cuando salió, Mariana lo siguió con la mirada.

—¿Siempre es así?

—A veces está de buen humor.

Se sentaron. Mariana sacó dos paquetes de galletas.

—Pregunté en recepción. Me dijeron que podía dejártelas.

Santiago reconoció el envoltorio de la cafetería cercana a la agencia.

—Las buenas.

—Las mismas.

Abrió uno y le ofreció una. Mariana observó que había perdido la hinchazón bajo los ojos y que ya no buscaba el teléfono en medio de cada conversación.

—Te ves más descansado.

—Hay noches buenas.

—Me alegra.

—Y días en que quiero salir corriendo.

Ella asintió. Santiago miró la carpeta.

—A ver. ¿Qué desastre traes?

Mariana no la abrió.

—Primero quería verte.

—Ya me viste.

—Verte, Santiago. No entregarte un informe.

Él dejó el paquete sobre la mesa.

Al levantar la vista, encontró a Mariana mirándolo. Le gustó que hubiera ido por él, y de pronto no supo qué hacer con las manos. Ella sonrió apenas antes de apartar los ojos.

—Estoy aprendiendo a hacer algunas cosas de otra manera. No siempre me gusta.

—¿Como cuáles?

—Hablar con Denia sin intentar conseguir una visita. Dejar que Lucía me ayude sin convertirla en mi secretaria. Y no pensar que un correo puede esperar únicamente si yo lo autorizo.

Mariana sonrió.

—Esa última me interesa.

Se quedaron callados un momento. Santiago miró hacia el jardín.

—También murió Tomás. Uno de los terapeutas.

La expresión de Mariana cambió.

—Lo siento mucho.

—Hablé con él el día anterior. Después conté en el grupo algo que me daba vergüenza. Pensé que volvería a verlo y se lo diría.

Mariana dejó las manos sobre las rodillas.

Santiago no explicó enseguida nada más. Ella tampoco le pidió detalles.

—Sigo pensando en él —añadió—. Pero voy a continuar aquí.

Mariana asintió.

Fue Santiago quien volvió a señalar la carpeta.

—Ahora sí. Cuéntame.

Había preparado un resumen de las cuentas, los pagos previstos y los proyectos que requerirían apoyo externo.

Santiago reconoció los nombres de los clientes. Al encontrar una anotación junto a una propuesta, volvió a leerla.

—¿No aceptaron la propuesta?

Mariana negó.

—Eligieron otra agencia.

—¿Los de la cena?

—Sí.

Santiago dejó la hoja sobre sus rodillas. Recordó la botella, una broma que nadie celebró y la insistencia con la que siguió hablando cuando Mariana intentó dar por terminada la reunión.

—¿Volviste a hablar con ellos?

—Dos veces. También habló el director de cuentas.

—Podría llamar.

Mariana esperó.

—Conozco al director desde hace años.

—Lo sé.

Santiago miró las cifras.

—No creo que una llamada cambie la decisión —dijo ella—. Si quieres hablar con él después, podemos verlo. Pero el presupuesto ya tenía que ajustarse.

La pérdida no iba a cerrar la agencia. Tampoco era menor. Habían contado con aquella cuenta para ampliar un servicio y contratar personal.

—¿Qué hicieron?

Mariana le mostró los cambios. Posponían la ampliación y redistribuían algunos gastos. Los proyectos activos continuaban.

—Esa ampliación también era un proyecto mío —dijo Mariana—. Llevaba meses preparándola.

Santiago dejó de mirar las cifras.

—¿Todavía quieres hacerla?

—Sí. Cuando podamos sostenerla. Y quiero dirigirla.

Él asintió. Hasta entonces solo había pensado en lo que la agencia perdía.

Santiago pasó otra página.

—Debiste consultarme antes de posponer la ampliación.

Ella señaló el resumen.

—Te lo informé la semana pasada.

Él recordaba el mensaje. Lo había leído entre otras cosas y no se había detenido en sus consecuencias.

—No es lo mismo.

Mariana cerró la carpeta con suavidad.

—Te he consultado lo que necesita tu autorización. También he tomado decisiones para las que me contrataste hace siete años.

Santiago se recostó.

—No estoy diciendo que lo hayas hecho mal.

—Entonces dime qué te preocupa.

Quiso volver a los gastos, pero dejó la carpeta sobre la mesa.

—Me preocupa volver y no saber dónde hago falta —respondió.

Mariana lo miró con más atención.

—Haces falta en muchas cosas.

—Pero esto lo resolvieron.

—Sí.

Santiago bajó la vista.

—Llevo años diciendo que si falto se retrasan las entregas, se pierden clientes y nadie sabe qué hacer.

—Se retrasaron algunas entregas. Perdimos esta cuenta. Y hubo problemas que al principio no sabíamos cómo resolver.

Él levantó la cabeza.

—Gracias. Me siento mucho mejor.

—Pero los resolvimos.

—¿Cómo?

Mariana abrió las manos.

—Trabajando, Santiago. Contigo, sin ti y a pesar de ti.

Él soltó una risa breve.

—A pesar de mí.

—A veces.

La sonrisa se le fue apagando, aunque no se sintió atacado de la misma manera que unos minutos antes.

Mariana volvió a abrir la carpeta.

—La agencia no está mejor porque tú no estés. Hay proyectos que necesitan tu trabajo. Pero tampoco puede quedarse esperando a que regreses.

Santiago observó los ajustes. No todos le gustaban. Algunos habrían sido distintos si él hubiera participado.

No encontró ninguno que justificara detener lo que ya estaba en marcha.

—De acuerdo —dijo.

* * *

Antes de guardar los documentos, Mariana le mostró una fotografía del equipo durante una presentación.

Santiago amplió la imagen.

—¿Daniel llevó esa cuenta?

—Sí.

Recordaba cuando Daniel apenas intervenía en las reuniones y después lo seguía hasta el despacho para decir lo que no se había atrevido a proponer delante de todos. En la fotografía estaba junto a la pantalla, explicando una de las piezas.

—Dile que me gustó el trabajo.

—Se lo diré.

Le alegraba verlo allí. También sintió la incomodidad de no aparecer en la imagen. Dejó que ambas cosas pasaran sin pedir que le enviaran todos los materiales para revisarlos.

Mariana guardó el teléfono.

—¿Las copias de Los Olivos te sirvieron?

—Sí. El miércoles voy a ver a Samantha, la hermana de Mateo. Confirmaron la visita.

Ella asintió.

—Revisé lo que me pediste. No encontré respuesta a esa solicitud entre los documentos que conservamos.

—Eso voy a decirle. Que no la encontramos. No que podamos asegurar que nunca existió.

Mariana cerró el bolso.

—¿Necesitas algo más?

—Que todo siga junto en el archivo. Las notas y los comunicados.

—Así está.

Santiago levantó la bolsa de galletas.

—Y de esto sí puedes traer más.

Mariana sonrió. La acompañó a recepción y se abrazaron antes de despedirse.

—La próxima vez podemos dejar el trabajo fuera —dijo ella.

Santiago pensó en la visita.

—Me gustaría.

Mariana le apretó brevemente la mano antes de irse. Santiago la acompañó con la mirada hasta la puerta de salida.

Esa tarde, Verónica le pidió que describiera una semana posible después del tratamiento. No habían fijado todavía su salida; el ejercicio serviría para revisar qué necesitaba preparar.

Santiago empezó por el trabajo. A las ocho, correos. A las nueve, producción. Después, cuentas y reuniones.

Al llegar al mediodía había ocupado casi todo el espacio. No había escrito cuándo desayunaría ni dónde pondría sus citas de seguimiento.

Tomó otra hoja.

Esta vez separó las actividades que podía delegar de las que requerían su participación. Añadió los traslados, la comida y el tiempo que necesitaba dejar libre para su atención.

Cuando pensó en Denia, no escribió una visita. Todavía no habían acordado ninguna.

Verónica se acercó.

—¿Cómo vas?

Santiago le mostró las dos versiones.

—En la primera ya me quedé sin tiempo para seguir viniendo a mis citas.

Revisaron la segunda. También estaba demasiado llena.

—Aquí estoy suponiendo que todo saldrá a la hora —admitió él.

Dejó espacios entre algunas actividades y marcó asuntos que tendría que hablar con Mariana.

No parecía una vida resuelta. Parecía un horario que todavía podía corregirse antes de intentar vivirlo.

El miércoles, Samantha llegó con Amalia a la hora acordada. Santiago las esperaba en la sala de visitas. Había colocado la carpeta sobre la mesa y separado las copias que pensaba dejarles.

Se levantó.

—Gracias por venir.

Amalia tomó asiento. Samantha dejó junto a ella una bolsa con documentos.

—Empiece por lo que dijo que tenía.

Santiago puso su anotación sobre la mesa. Explicó qué hojas procedían de la clínica y cuáles había elaborado la agencia. El material recibido era parcial: servía para preparar la comunicación, no constituía el expediente completo de Mateo.

Samantha sacó una de las copias que conservaba su padre.

—Cuatro cuarenta. Seis treinta y cuatro. Estas horas ya las teníamos.

—Sí.

Amalia acercó la hoja de Santiago.

—Entonces ¿qué es lo nuevo?

Él sintió el impulso de señalar las preguntas de Adriana y mostrar que habían intentado obtener información. Miró el resto de la carpeta antes de responder.

—Mi anotación. Yo advertí que las horas no explicaban la espera. Pedí respaldo y después aprobé el comunicado sin tener esa explicación resuelta.

Samantha abrió la copia del texto publicado.

—Aquí no aparece la solicitud anterior de traslado.

—No.

—¿Lo escribió usted?

—Lo revisé y lo aprobé.

Amalia miraba la hoja sin tocarla.

—Yo llamaba mientras ustedes hacían esto.

Santiago bajó las manos de la mesa.

—Sí.