Capítulo 11 — Poco a poco, se va lejos #3
Cuando terminó el relato, ella guardó silencio.
—Lucía dice que estás mejor.
—Hay días mejores. Estoy siguiendo el tratamiento.
—Qué bueno.
Santiago apoyó la mano sobre la mesa.
—También quiero decirte que no estoy enojado porque hayas pedido que no vaya a verte.
Denia tardó en contestar.
—Está bien.
—No tienes que cambiar eso para cuidarme.
Escuchó su respiración al otro lado.
—Gracias, papá.
Hablaron unos minutos más. Antes de despedirse, Denia mencionó el próximo partido.
—Luego te cuento.
—Claro.
Cuando colgó, Santiago permaneció sentado. No habían acordado una visita. Ella no había dicho que lo perdonaba ni que todo estaba resuelto.
Había llamado para contarle algo de su vida.
Aquella noche escribió exactamente eso.
El viernes de esa semana, recepción le avisó que Samantha Salvatierra había llamado y podía hablar con él durante el horario acordado.
Santiago fue por la carpeta. Mientras la llevaba al teléfono, pensó en cuánto tiempo había pasado imaginando aquella conversación.
Se sentó.
—Samantha. Soy Santiago Vélez.
—Sé quién es.
Él miró la copia del comunicado.
—Mi agencia hizo el cambio de nombre de Los Olivos.
—Mi madre guardó lo que publicaron.
Santiago dejó de acomodar las hojas.
—Yo también tengo una copia. Y notas de las reuniones.
—¿Por eso quería hablar?
—Encontré una pregunta mía sobre el tiempo que pasó entre la solicitud de traslado de Mateo y la salida de la ambulancia. Pedí que lo explicaran.
Samantha no respondió.
—No he encontrado esa explicación en lo que conservamos —continuó—. Pero aprobé el comunicado.
—¿Por qué me llama ahora?
Pensó en empezar por el anuncio de la revista. Era cierto que verlo le devolvió recuerdos, pero podía oír cómo sonaría: un hallazgo casual que lo había llevado, casi sin querer, hasta el teléfono.
—Estoy ingresado en la Hacienda —respondió—. Volví para recibir tratamiento. Recordé el trabajo y pedí que me enviaran la carpeta. Quería consultarlo con Tomás. No alcancé.
Samantha permaneció callada.
—Yo había advertido que faltaba explicar un intervalo —añadió—. El texto que aprobé no lo mencionaba.
—¿Y ahora tiene la respuesta?
—No.
Santiago sostuvo la hoja por una esquina.
—Tengo lo que nos entregaron y lo que escribimos. Quisiera compararlo con lo que recibió su familia.
—¿Para qué?
—Para saber qué quedó fuera. Y para que puedan preguntarme por lo que hice yo.
Al otro lado se escuchó una silla.
—Tomás también vino a decirnos que debió contestar antes.
Santiago bajó la vista.
—Lo sé.
—No. Usted no estuvo en esa conversación.
Él dejó la hoja sobre la mesa.
—Tiene razón. No sé lo que les dijo.
Samantha no lo ayudó a continuar.
—No puedo hablar por él —añadió—. Puedo llevarle mis documentos y responder sobre mi trabajo.
Pasaron unos segundos.
—Puedo ir la próxima semana —dijo ella al fin—. Tendré que confirmar el día.
Santiago buscó un espacio en el cuaderno.
—Consultaré los horarios de visita.
—Lleve los comunicados. Todas las versiones que conserve.
—Sí.
—No solo la hoja donde hizo la pregunta.
Santiago miró el montón de copias.
—Llevaré todo.
Acordaron confirmar la cita a través de recepción. No hablaron de una investigación conjunta ni de lo que podían demostrar. Samantha había aceptado revisar el material y escucharlo.
Al colgar, Santiago permaneció sentado.
Había esperado que la conversación fuera difícil. Eso no hizo más fácil escucharla.
Guardó las hojas en el mismo orden en que las había recibido. No separó las anotaciones del comunicado.
En la siguiente sesión le contó a Verónica que Samantha aceptó verlo. Hablaron de cómo se sentía y de lo que esperaba de ese encuentro.
—Que quiera mirar los papeles —dijo Santiago.
Verónica aguardó.
Él se pasó una mano por el cabello.
—Y que no piense que soy una porquería.
La frase lo dejó incómodo.
—No puedo decidir eso —añadió, antes de que ella preguntara.
Saberlo no eliminó el deseo. Podía llevar todos los documentos y aun así querer que Samantha prestara más atención a la pregunta que hizo que a la decisión que tomó después.
Tendría que llegar a la reunión consciente de ambas cosas.
Al salir, se detuvo frente al tablero de actividades. Encontró su nombre y la siguiente cita con Verónica.
Ya no buscó el de Tomás.
Había pasado más tiempo en la Hacienda del que creyó poder soportar al ingresar.
Seguía teniendo mañanas en que quería marcharse y momentos en que el deseo de consumir le parecía demasiado fuerte.
También había días en que podía escuchar a Denia, dejar trabajar a Mariana y reconocer que estaba buscando una respuesta que lo favoreciera.
No había ocurrido todo de una vez.
Caminó hacia el jardín. Mauricio y Héctor tenían el tablero de ajedrez entre ambos.
—Santiago —lo llamó el Almirante—. Dile que no puede atacarme mientras estoy aprendiendo.
—¿Cuándo puede empezar?
—Cuando termine el libro.
Mauricio levantó las manos.
Santiago se sentó junto a ellos. La carpeta estaba guardada, la visita quedaba por confirmar y faltaban unos minutos para la siguiente actividad.
Tenía tiempo para mirar la partida.