Aquí todo el mundo miente Capítulo 11 — Poco a poco, se va lejos #2
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Capítulo 11 — Poco a poco, se va lejos #2

—Quise pedir información que no necesitaba en ese momento —dijo—. Mariana ya lo había revisado con producción.

—¿Qué pasó después? —preguntó Verónica.

—El cliente aprobó el presupuesto.

—¿Y tú?

—Sigo queriendo saber con quién van a trabajar.

Algunos sonrieron.

—No me dieron ganas de dejarlo en sus manos y ya —continuó—. Lo dejé, pero todavía me cuesta.

Verónica le pidió que concretara qué asuntos sí requerirían su autorización. Santiago anotó algunos y dejó otros pendientes de hablar con Mariana. No podía cambiar la forma de trabajar de la agencia únicamente con una lista escrita dentro de la clínica.

Al menos podía empezar por distinguir una responsabilidad de la necesidad de estar presente en todo.

Aquella noche, Lucía le contó que Denia había preguntado por él.

—¿Está bien? —preguntó Santiago.

—Sí. Llegó cansada del entrenamiento.

Él esperó.

—Quería saber si seguías enojado porque no quiere verte.

Santiago cerró los ojos.

—Dile que no estoy enojado.

—Se lo dije.

—Y que no tiene que cambiar de opinión para que yo esté bien.

Lucía guardó silencio un momento.

—Eso también se lo diré.

Santiago miró hacia el jardín. Había creído que aceptar su distancia durante la llamada bastaba para que Denia supiera que podía mantenerla. No había pensado en cuánto tiempo llevaba su hija tratando de anticipar sus reacciones.

—¿Quieres que le diga que te gustaría hablar? —preguntó Lucía.

Pensó en la carta.

—No hace falta. Si ella quiere, puede llamar. No quiero que se convierta en otro pendiente que tenga conmigo.

Cuando colgó, se sintió contento porque Denia había preguntado y triste por la pregunta que había hecho.

No buscó una frase con la que resolver las dos cosas.

* * *

El sábado, Héctor apareció en el comedor con un libro bajo el brazo.

—Tengo noticias.

Mauricio dejó el tenedor.

—¿Buenas para quién?

El Almirante mostró la portada. Era un manual de ajedrez.

—He decidido estudiar al enemigo.

—¿El caballo? —preguntó Santiago.

—Entre otros.

Héctor abrió una página marcada. Mauricio se inclinó sobre el diagrama y empezaron a discutir una jugada.

Santiago terminó de desayunar y salió al jardín. Al pasar por la banca donde había hablado con Tomás, se detuvo.

Seguía esperando encontrarlo en algunos lugares. A veces era apenas un impulso: pensar que podía preguntarle algo y recordar enseguida que no. Aquella mañana supo, antes de sentarse, que estaría solo.

Permaneció allí unos minutos.

Había hablado con Verónica, respondido a Mariana y soportado la llamada con Lucía sin pedirle que consiguiera otra respuesta de Denia. Tomás no había estado para acompañarlo en esas decisiones.

Eso no hacía menor su ausencia. Tampoco borraba lo que le había dado.

Cuando sonó la campana, se levantó.

Durante los días siguientes, la Hacienda recuperó buena parte de sus horarios. El equipo reorganizó la atención que había estado a cargo de Tomás. Se seguía hablando de él, pero su nombre ya no detenía todas las conversaciones.

Santiago continuó con sus citas y actividades. Algunas noches dormía mejor; otras se despertaba pensando en la agencia o con ganas de consumir. Seguía contándolo, aunque no siempre le salía hacerlo en cuanto ocurría.

Mariana confirmó que no había encontrado una respuesta al respaldo solicitado en las hojas que él señaló. Eso no probaba que nunca hubiera existido. Solo significaba que no aparecía en el material conservado.

Santiago lo anotó así.

También resolvieron una autorización que sí requería su intervención. En otra llamada, él quiso saber cómo iba el trabajo y casi terminó pidiendo una lista de todos los pendientes.

—¿Necesitas algo de mí ahora? —preguntó antes de hacerlo.

—Por ahora, no.

—Entonces hablamos después.

Al colgar no supo qué hacer con el tiempo que le había sobrado. Había convertido muchas conversaciones parecidas en reuniones de una hora.

Volvió al salón y buscó algo que leer.

El lunes siguiente, Héctor estaba callado durante el desayuno.

—¿Todo bien? —preguntó Santiago.

—Mi hija no pudo venir ayer.

—¿Pasó algo?

—Trabajo. Dice que vendrá el próximo fin de semana.

Santiago asintió. No le dijo que faltaban pocos días ni que debía comprenderla. Héctor ya sabía ambas cosas.

Comieron un rato en silencio.

Después el Almirante contó que había avanzado varias páginas del libro.

—¿Ya le ganaste a Mauricio?

—Todavía no.

—¿Entonces?

Héctor se acomodó en la silla.

—¿Tú crees que una campaña se gana en una sola batalla?

Santiago sonrió.

—No. Eso sí lo entiendo.

A mitad de esa semana, Denia pidió hablar con él.

Santiago estaba terminando una actividad cuando le avisaron. Reconoció su voz y se sentó antes de responder.

—Hola, papá.

—Hola, hija. Qué gusto escucharte.

Denia empezó a contarle un partido. Perdieron el primer set, recuperaron el segundo y en el tercero casi no consiguieron organizarse.

Santiago estuvo a punto de preguntar por qué el entrenador no había cambiado antes la rotación.

—¿Qué pasó después? —dijo en cambio.

Ella le contó. Habló de una compañera que se torció el tobillo y de una discusión que las distrajo cuando todavía podían remontar. Santiago escuchó sin intentar corregir el partido desde una silla.

Le habría gustado estar en las gradas.

No convirtió ese deseo en algo que Denia tuviera que responder.