Aquí todo el mundo miente Capítulo 11 — Poco a poco, se va lejos
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Capítulo 11 — Poco a poco, se va lejos

Poco a poco, se va lejos

* * *

El miércoles, Santiago terminó el desayuno antes de que Héctor pronunciara una sola queja.

—Estás muy callado, Almirante.

—Estoy observando.

Mauricio levantó la vista.

—Eso nunca termina bien.

Héctor señaló la taza de Santiago.

—Ya se acostumbró.

—A lo mejor hoy tenía hambre.

—Primero te acostumbras al café, luego a la campana y un día te nombran encargado de mantenimiento.

—Ese puesto ya es tuyo —dijo Mauricio.

—Soy asesor externo.

Santiago sonrió. La tristeza seguía allí, pero tenía hambre. El martes apenas había probado la comida y por la noche le costó dormirse. Recordaba a Tomás en el jardín y, después, la silla que Gabriel colocó frente a él.

Aquella mañana pudo escuchar a sus compañeros sin perderse a mitad de cada frase.

Tomó un sobre de endulzante y lo abrió sobre la taza. El recuerdo del lunes apareció. Permaneció unos segundos mirando el café, reconoció la inquietud y dejó el sobre vacío junto al plato.

No se apresuró a demostrar que ya no le pasaba nada.

—¿Qué tenemos primero? —preguntó.

Mauricio consultó el horario.

—Con Verónica. Los cambios para cuando salgamos.

Héctor suspiró.

—Tengo varias propuestas.

—Procura que alguna sea sobre ti —dijo Santiago.

Después de la primera actividad, Santiago fue a recepción con el nombre de Samantha escrito en una hoja.

Explicó quién era y por qué quería hablar con ella. No pidió su número. Quería que, si podían localizarla, le hicieran llegar una solicitud.

—Trabajé en la campaña del cambio de nombre —dijo—. Conservo documentos de entonces. Me gustaría que ella lo supiera y decidiera si quiere hablar conmigo.

La recepcionista tomó nota.

—Voy a consultar cómo podemos hacerle llegar el mensaje.

Santiago comprobó que hubiera escrito el nombre de la agencia.

—Gracias.

Regresó al salón. Había imaginado que, después de dejar la solicitud, sentiría alivio. En cambio, empezó a pensar en la primera pregunta que Samantha podría hacerle.

¿Por qué ahora?

No tenía una respuesta que lo dejara bien parado.

En la agencia, Mariana revisó con el responsable de producción la ampliación de una campaña a dos ciudades. Podían contratar apoyo externo durante seis semanas o reorganizar las entregas de otros proyectos.

Eligieron la primera opción. Cabía dentro del presupuesto y evitaba retrasar compromisos ya adquiridos.

Hasta hacía poco, Mariana habría enviado ambas alternativas a Santiago para que decidiera. Aquella mañana preparó el documento y escribió:

Resolvimos la ampliación de la campaña. Contrataremos apoyo externo durante seis semanas, dentro del margen autorizado. Te lo cuento para que estés enterado; no necesitas hacer nada.

Antes de enviarlo añadió:

Espero que hoy estés un poco mejor.

Volvió al presupuesto. Tenía que entregarlo antes del mediodía.

Santiago leyó el mensaje durante el horario de llamadas. Abrió el archivo y revisó las cifras. Su primera reacción fue pedir los nombres de los proveedores.

Había trabajado con uno que les falló en una entrega años atrás. No quería que volvieran a contratarlo.

Empezó a escribir y se detuvo. Mariana no había mencionado a ese proveedor. Ni siquiera le estaba pidiendo que eligiera uno.

Borró la frase.

Podía preguntar. Seguía siendo dueño de la agencia y había decisiones que requerían su intervención. Lo que no sabía era si aquella era una de ellas o si le molestaba enterarse cuando el asunto ya estaba resuelto.

Dejó el teléfono y llevó la inquietud a su sesión.

—Me preocupa que algo salga mal —le dijo a Verónica—. Y también me molesta que no me necesiten para resolverlo.

—¿Confías en Mariana?

—Sí.

La respuesta fue inmediata. Le sorprendió que no necesitara matizarla.

—Entonces ¿qué quieres revisar? —preguntó ella.

Santiago pensó en el presupuesto.

—Que esté bien hecho.

—¿Encontraste un problema?

—No.

Se acomodó en la silla.

—Encontré una decisión en la que no participé.

Hablaron de las ocasiones en que había contratado personas capaces para después obligarlas a consultarlo todo.

También de los errores que él mismo cometía cuando trabajaba cansado y de la facilidad con que los consideraba parte normal del trabajo, mientras un error ajeno le parecía una razón para recuperar el control.

Al terminar, todavía quería revisar la selección del proveedor.

Durante el siguiente horario disponible respondió:

Gracias, Mariana. Confío en tu criterio. Si algo requiere mi autorización, avísame. Por lo demás, adelante.

Leyó el mensaje dos veces antes de enviarlo.

Después tuvo ganas de abrir el correo. No lo hizo. Guardó el teléfono y regresó con sus compañeros, incómodo todavía.

* * *

El jueves llegó al centro información preliminar sobre la muerte de Tomás.

Se hablaba de una intoxicación por un sedante y la palabra sobredosis empezó a repetirse con mayor frecuencia.

Gabriel preguntó si la información era definitiva.

Cuando le dijeron que no, pidió que se la hicieran llegar completa.

No había una explicación completa de cómo había ocurrido.

Para Santiago, la noticia no aclaraba las últimas horas de Tomás. Landa ya había mencionado esa posibilidad el martes. Escucharla de nuevo hizo que pareciera más asentada, pero él no había visto un informe ni sabía qué se había comprobado.

Lo habló con Verónica.

—Me cuesta no completar lo que falta —dijo—. Pienso en el lunes, en cómo lo vi, y quiero sacar algo de eso.

—¿Qué te dice lo que recuerdas?

Santiago tardó en contestar.

—Que estuvo conmigo. Que me escuchó.

Miró hacia la ventana.

—Lo demás no lo sé.

Ya no repasaba la conversación únicamente para encontrar algo que pudiera haber hecho distinto. A ratos podía recordarla sin intentar cambiarla.

Todavía dolía.

Ese mismo jueves, Samantha llamó a la Hacienda. Había enviado un mensaje a Tomás y no recibió respuesta. Patricia habló con ella.

Al escuchar la noticia, Samantha pidió que se la repitiera.

—Lo encontraron el martes por la mañana —explicó la enfermera—. Seguimos esperando información completa.

Samantha permaneció de pie junto a la mesa donde había extendido los papeles de su madre.

—El sábado hablamos con él.

—Lo sé.

No siguió preguntando de inmediato. Patricia le dio tiempo y respondió lo que podía confirmar, sin entrar en la atención que Tomás había recibido.

Antes de despedirse le explicó que Santiago Vélez había pedido hacerle llegar una solicitud de contacto relacionada con el antiguo trabajo de su agencia. Samantha reconoció el nombre.

—¿Qué quiere?

—Dice que conserva documentos de la campaña y que desea hablar con usted.

Samantha miró los papeles sobre la mesa.

—Necesito revisar unas cosas primero.

Patricia le indicó cómo podía devolver la llamada cuando quisiera. No le pidió una respuesta en ese momento.

Por la tarde, Samantha llamó a Amalia.

—Mamá, ¿estás sentada?

—Sí. ¿Qué pasa?

Se lo contó. Su madre guardó silencio durante tanto tiempo que Samantha tuvo que preguntarle si seguía allí.

—Sí. Estoy aquí.

Amalia miró la fotografía de Mateo que conservaba en la repisa. Después pensó en Tomás sentado frente a ellas apenas unos días antes, en su libreta abierta y en las horas que por fin había pronunciado.

—¿Se sabe qué ocurrió?

—Hablan de una sobredosis, pero todavía no tengo información completa.

Amalia dejó a un lado el tejido.

—El sábado se veía muy afectado.

—La conversación fue difícil.

Su madre no respondió.

—No sabemos qué pasó después —añadió Samantha.

Amalia tomó de nuevo el tejido, aunque no movió las agujas.

—Me pregunto si habrá querido hacerse daño.

—No lo sabemos, mamá.

—No.

Permanecieron en silencio. Samantha no intentó reemplazar aquella posibilidad por otra que sonara menos dolorosa.

—Le agradezco que hablara con nosotras —dijo Amalia al fin.

—Yo también.

—No quiero volver a llamar a la clínica por ahora.

—Está bien.

Amalia había conseguido una parte de la explicación que llevaba años buscando. Las horas estaban anotadas y Tomás había reconocido que sabía más de lo que les dijo entonces. Eso no respondía todo ni devolvía a Mateo, pero no quería pasar aquella tarde empezando otra vez.

Samantha tampoco insistió.

Antes de despedirse, su madre le pidió que fuera a cenar el domingo. Hablaron de lo que podían preparar. Por unos minutos, la conversación volvió a ser la de cualquier semana.

El viernes, Santiago escribió una carta a Denia durante una actividad.

No empezó pidiendo perdón otra vez. Le contó cómo eran sus días, la primera ocasión en que ayudó a preparar la cena y las discusiones entre Héctor y Mauricio. Después escribió que la extrañaba.

Al releerla encontró una frase sobre lo mucho que le ayudaría verla.

La tachó.

No era falsa. Precisamente por eso tuvo que detenerse. Podía contarle que la extrañaba sin hacerla responsable de que él se sintiera mejor.

Dobló la hoja y la guardó para revisarla con Verónica. No decidió enviarla.

Al salir encontró a Gabriel junto al sendero, hablando con un trabajador sobre unas ramas que alcanzaban el muro. Esperó a que terminaran para saludar.

—¿Cómo vas? —preguntó el director.

—Mejor que el martes.

Landa asintió.

—Me alegra.

Santiago estuvo a punto de mencionar las copias, pero no quería empezar a preguntar entre una escalera y una caja de herramientas. Primero necesitaba saber qué conservaba la familia y comprobar si Mariana había encontrado respuesta a sus anotaciones.

Se despidió y continuó hacia el salón.

Gabriel lo vio alejarse antes de volver con el trabajador.

La actividad de la tarde trató de situaciones concretas a las que regresarían después del tratamiento. Verónica les pidió elegir una y describir qué tendrían que hacer de otra manera.

Mauricio habló de entrar al taller y encontrar algo fuera de lugar.

—Antes corregía todo y luego me quejaba de que nadie resolvía nada sin mí.

Héctor levantó la mano.

—Tengo un problema parecido.

—¿Con qué taller? —preguntó Mauricio.

—Con la casa de mi hija. Cree que no debo decidir dónde pone los muebles.

—Es su casa.

—Ése es el argumento que utiliza.

Santiago se rio. Había elegido la agencia y contó lo del presupuesto.