Aquí todo el mundo miente Capítulo 10 — La silla vacía #2
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Capítulo 10 — La silla vacía #2

Santiago sostuvo el pañuelo entre los dedos. Le costaba ordenar la tristeza y el malestar que le provocaban aquellas hojas. No quería usar una cosa para apartarse de la otra.

—Ahora ya no puedo preguntarle qué recibió después, qué se aclaró o qué siguió sin respuesta.

Gabriel no contestó.

Las copias habían llegado a manos de Santiago. De eso acababa de enterarse. Lo que Tomás había dicho en la reunión con los Salvatierra seguía fuera de aquella conversación.

—¿Quieres hablar de algo más? —preguntó.

Santiago miró de nuevo el asiento vacío.

—Hoy no sé.

Permanecieron unos minutos en silencio. Después habló de la primera entrevista con Tomás, de lo mucho que le había molestado sentirse observado y del alivio de descubrir que podía decir algo difícil sin tener que repetir toda su historia.

No volvió a mencionar las copias.

Cuando terminó, dejó el pañuelo sobre sus rodillas.

—Creo que ya está.

—¿Cómo te sientes?

—Triste.

Respiró hondo.

—Me alegra haber hablado con él ayer.

Gabriel miró la silla.

—Sí.

Se levantaron. Antes de salir, Santiago se volvió.

—Lo siento. También por usted. Eran amigos desde hace mucho.

Landa tardó un instante en responder.

—Mucho tiempo.

Santiago salió y el director permaneció junto a la silla. Cuando un auxiliar llamó para preguntarle por una reunión, le pidió que esperara.

Héctor estaba bajo un árbol, con la gorra sobre las rodillas.

—¿Dónde andabas?

—Con Landa.

El Almirante le hizo espacio en la banca.

Santiago contó lo del ejercicio. Le pareció menos extraño explicarlo de lo que había sido empezar a hablar frente al asiento vacío.

—Le dije que quería darle las gracias.

Héctor asintió.

—¿Tú conocías bien a Tomás? —preguntó Santiago.

—Me escuchó bastante cuando llegué.

—¿Por lo de tu esposa?

—Sí.

Héctor pasó un dedo por la visera.

—La primera vez me quedé callado a mitad de la historia. Pensé que iba a hacerme otra pregunta para que siguiera.

—¿Y qué hizo?

—Esperó.

Santiago miró hacia el corredor.

—Landa me dijo que pudo haber sido una sobredosis. Que todavía no está confirmado.

El Almirante permaneció quieto.

—Entonces todavía no lo sabemos.

—No.

Santiago se inclinó hacia delante.

—También dijo que había pedido ayuda.

Héctor miró la fuente.

—Ojalá hubiera tenido más tiempo.

No intentaron explicar lo ocurrido. Se quedaron en la banca hasta que empezó a reunirse gente junto al comedor.

* * *

Durante la comida algunos hablaban en voz baja y otros permanecían callados. Mauricio tenía el plato casi intacto.

—Le había dejado una nota —dijo—. Para preguntarle cuándo íbamos a retomar la sesión.

Santiago levantó la vista.

—Yo también tenía cosas pendientes.

Teresa dejó su taza.

—Supongo que todos.

Desde la cocina llegó el sonido de varios platos. Alguien se acercó a preguntar si necesitaban algo y Mauricio negó con la cabeza.

Santiago pensó en la silla del despacho. Había podido decir unas palabras que llevaba toda la mañana repitiendo por dentro, pero eso no le daba la sensación de haber terminado nada.

Tampoco los demás parecían necesitar que terminara.

Comieron juntos.

La noticia cambió las actividades de la tarde. Verónica ofreció espacios para quienes quisieran hablar. Algunos prefirieron seguir con lo previsto; otros se quedaron en el jardín.

Santiago pensó en acostarse y no salir hasta la cena. Estaba cansado de hablar, de sentir inquietud y de recordar la voz de Tomás cada vez que pasaba por el corredor.

Fue hasta su habitación. El sobre seguía junto al cuaderno.

Lo tomó y sacó las dos hojas que había separado la noche anterior. Su anotación y el comunicado.

La muerte de Tomás no añadía información a aquellos documentos. Lo que hacían era devolverle una pregunta sobre Mateo. Una pregunta que había escrito once años antes y que ahora no podía llevarle al hombre que estuvo sentado junto a la puerta durante aquella reunión.

Guardó las hojas.

En vez de acostarse, regresó al salón.

—¿Puedo quedarme aunque no participe mucho? —preguntó a Verónica.

—Claro.

Mauricio estaba acomodando las sillas. Santiago lo ayudó. No hablaron de Tomás mientras las movían.

Lucía escuchó la noticia sin interrumpirlo.

—Lo siento mucho —dijo—. Ayer me hablaste de él.

Santiago se apoyó contra la pared.

—Sí. Hoy quería verlo otra vez.

Le contó que había hablado con el equipo y que se sentía inquieto.

—Tengo ganas de salir de aquí.

—¿Quieres que hablemos de eso?

Santiago observó a dos compañeros que cruzaban hacia el jardín.

—Quiero dejar de pensar en lo que pasó. Pero en mi casa también voy a pensarlo.

Lucía esperó.

—No voy a pedirte que vengas por mí —añadió.

Decirlo no hizo que quisiera quedarse. Le costaba imaginar otra noche en la habitación y otra mañana sentándose en el mismo comedor. Pero tampoco quería decidir su salida mientras intentaba huir de la noticia.

—Podemos hablar mañana —dijo su hermana.

—Sí.

Antes de despedirse pensó en Denia. No le pidió a Lucía que la pusiera al teléfono ni que le contara lo mal que se encontraba.

Le había dicho que no tenía que responderle todavía. Aquello seguía siendo cierto, incluso ese día.

Al anochecer, Landa reunió al personal. Revisaron la continuidad de la atención, los cambios de horario y los espacios que necesitarían tanto los pacientes como el equipo.

Patricia informó de que seguían sin contar con una conclusión oficial sobre la causa de muerte.

—No comuniquemos suposiciones como si fueran resultados —dijo—. Si preguntan, expliquemos qué sabemos y qué no.

Gabriel asintió.

Verónica tomó nota de las personas que habían pedido atención individual.

—También necesitamos tiempo para nosotros —añadió.

Una administrativa preguntó quién se encargaría de avisar a las familias que tuvieran pendiente una cita con Tomás.

Landa abrió el calendario. Su nombre todavía aparecía en varias casillas, aunque las sesiones ya tenían asignado a otro profesional desde que se apartó temporalmente.

—Verónica, ¿puedes ayudar con eso?

—Sí.

Continuaron trabajando. A ratos alguien se detenía a mirar una hoja sin leerla. Nadie pidió que se apresuraran.

Santiago abrió el cuaderno antes de acostarse.

En una página estaban los asuntos que llevaría a Verónica: las ganas de consumir después de hablar con Denia, el impulso de insistirle, lo ocurrido en el comedor. Podía seguir trabajando en ellos con ella.

En otra aparecía lo que había escrito después de revisar los documentos:

Hablar con Tomás. Preguntarle cómo contactar a los Salvatierra para explicar mi participación.

Permaneció mirando esas líneas.

Recordó a Amalia en recepción, con la carpeta contra el pecho. Samantha había dicho que llevaban una libreta. No sabía qué respuestas habían recibido aquel sábado ni qué documentos conservaban. Tomás no le había contado la conversación y ahora no podría hacerlo.

Eso no dejaba a Santiago sin nada que hacer.

Mariana podía comprobar si existían más papeles en el archivo. Él podía ordenar lo que había recibido. También podía pedir que hicieran llegar a Samantha una solicitud de contacto, para que ella decidiera si quería escucharlo.

No necesitaba que le entregaran su teléfono sin permiso ni presentarse ante ella como alguien que venía a resolver la muerte de su hermano.

Había participado en el trabajo que cambió el nombre de la clínica. Tenía preguntas propias y documentos de su agencia.

Escribió:

Pedir que hagan llegar un mensaje a Samantha. Decir quién soy y qué material conservo.

Dejó el bolígrafo. Esa noche no volvería a revisar las mismas hojas esperando que apareciera entre ellas una respuesta nueva.

Héctor entró con una toalla limpia y se sentó en su cama.

—¿Cómo vas, civil?

—Cansado.

—Yo también.

Durante un rato no hablaron.

—¿Crees que Tomás sabía cuánto ayudaba? —preguntó Santiago.

El Almirante terminó de doblar la toalla.

—A veces se lo dirían.

Santiago miró hacia la ventana.

—Yo le di las gracias.

—Entonces algo sabía.

La respuesta le permitió quedarse quieto unos segundos. Le había dado las gracias de verdad, aunque ahora quisiera haber añadido mucho más.

Héctor acomodó sus cosas.

—Mañana toca levantarnos otra vez.

—Eso sí que no cambia.

—Y pienso quejarme del café.

Santiago sonrió apenas.

—Buenas noches, Héctor.

El Almirante lo miró. Casi siempre utilizaba el apodo.

—Buenas noches, civil.

Gabriel seguía en el despacho. Había revisado el calendario dos veces y aún tenía abierta la hoja con la distribución de las sesiones.

La Hacienda continuaría funcionando. Habían organizado los horarios, hablado con los pacientes y resuelto quién atendería las llamadas del día siguiente.

Cerró el archivo.

En el teléfono seguían los mensajes de Tomás. No volvió a abrirlos. Miró la silla que había colocado frente a Santiago y que después devolvió junto a la pared.

Las copias de la agencia contenían anotaciones sobre las horas del traslado. Santiago las había leído y quería preguntar. Gabriel no sabía qué más conservaba aquella carpeta ni hasta dónde había hablado Tomás con los Salvatierra.

Se acercó a la silla y la alineó con el otro sillón.

Antes de salir apagó la lámpara del escritorio.

Santiago volvió a abrir el cuaderno con la luz pequeña.

Hoy supe que murió Tomás.

Pensó en añadir lo de la sobredosis. No lo hizo. Era una posibilidad que Landa había mencionado, no una causa que él conociera.

Escribió otra frase:

Voy a seguir con el tratamiento.

La leyó sin tomarla por una promesa de que al día siguiente se sentiría mejor.

El nombre de Mateo estaba en otra página, junto a las dos horas y los pendientes de la carpeta. Tenía documentos sobre su traslado y sobre la campaña. La muerte de Tomás le quitaba a alguien que podía ayudarlo a entenderlos; no le decía por qué había muerto.

Cerró el cuaderno.

Héctor dormía. La luz del corredor se filtraba bajo la puerta y los árboles rozaban la ventana.

Santiago pensó en Tomás escuchándolo en el jardín. Había dejado pasar once años antes de querer hacerle aquellas preguntas.

Ahora tendría que buscar las respuestas sin él.