Aquí todo el mundo miente Capítulo 10 — La silla vacía
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Capítulo 10 — La silla vacía

La silla vacía

* * *

Verónica salió del comedor con el teléfono todavía junto al oído.

—¿Estás segura? —preguntó.

Patricia respondió desde el edificio donde vivía Tomás. Había llegado después de la llamada de Ernesto y esperaba a que le indicaran con quién podía hablar. No tenía una explicación de lo ocurrido.

Solo sabía que Tomás estaba muerto.

Verónica se apoyó en la pared del corredor.

—Ayer estuvo aquí.

—Lo sé.

Durante unos segundos ninguna añadió nada. Desde el comedor llegaban conversaciones y el ruido de los cubiertos.

—Voy a avisar al equipo —dijo Verónica—. Cuando puedas, ven.

Colgó y permaneció inmóvil. Tenía que organizar la mañana, localizar a sus compañeros y encontrar una forma de comunicar la noticia. Volvió al comedor, llamó a un auxiliar y le pidió que la acompañara.

Santiago los vio hablar cerca de la puerta. El auxiliar dejó sobre una mesa lo que llevaba en las manos.

—¿Qué pasa? —preguntó Mauricio.

—No sé.

Héctor siguió la mirada de Santiago. Nadie volvió a mencionar el café.

Patricia llegó a la Hacienda poco después de las ocho. Verónica la esperaba en un consultorio.

—¿Se sabe algo más?

La enfermera negó con la cabeza.

—Las autoridades están atendiendo el caso. Todavía no hay una determinación sobre la causa.

Se sentó. Verónica permaneció junto al escritorio, con una hoja donde había empezado a reorganizar las actividades.

—Ayer estaba haciendo planes —dijo Patricia—. Hablamos de las citas, de cómo seguiría su atención…

Verónica dejó la hoja.

—Dame un minuto antes de que empecemos con todo esto.

Se sentó frente a ella. Habían trabajado juntas durante años y estaban acostumbradas a resolver situaciones difíciles sin detenerse demasiado. Aquella mañana ninguna tuvo prisa por llenar el silencio.

Después fueron a buscar a Gabriel.

Landa acababa de llegar. Dejó las llaves sobre el escritorio al ver a Patricia en la puerta.

—¿Qué ocurre?

—Tomás murió anoche.

Gabriel permaneció de pie.

—¿Cómo?

—Lo encontraron sin vida en su departamento.

Apoyó una mano en el escritorio y tomó asiento. Patricia le explicó que Ernesto había llegado para la caminata acordada. Como Tomás no respondía, buscó ayuda y llamaron a emergencias.

—Todavía no sabemos la causa —añadió.

Landa miró hacia la ventana. En el jardín, algunos pacientes se acercaban al salón donde empezaría la primera actividad.

—Hay que informar al equipo.

—Verónica ya está reuniéndolo.

—¿Los pacientes saben?

—Aún no. Vamos a hablar con ellos esta mañana.

Gabriel asintió.

Patricia esperó unos segundos antes de levantarse.

—Había pedido ayuda, Gabriel. Estaba siguiendo sus citas.

Él la miró.

—Lo sé.

La enfermera salió. Gabriel permaneció sentado, con las llaves junto a la mano.

Verónica reunió a los pacientes en el salón de usos múltiples. Santiago se sentó entre Mauricio y Héctor. Ya no esperaba un simple cambio de horario: Patricia estaba junto a la puerta y varios integrantes del equipo habían entrado con ellos.

Verónica aguardó a que se acomodaran.

—Tenemos que compartir una noticia muy triste. Tomás Ferrer falleció anoche.

Santiago levantó la cabeza.

Alguien preguntó qué había dicho y Verónica repitió el nombre. Mauricio miró hacia Patricia.

—¿Tomás? ¿Nuestro terapeuta?

—Sí.

Héctor se quitó la gorra.

Santiago vio moverse los labios de Verónica, pero dejó de distinguir las palabras. El día anterior había hablado con Tomás en el jardín. Se había sentado a su lado para contarle lo de Denia y había conseguido hacerlo sonreír al mencionar al Almirante.

Después se despidieron.

—¿Qué le pasó? —preguntó una mujer.

—Todavía no tenemos información suficiente para decirlo con certeza —respondió Verónica—. Las autoridades están atendiendo lo ocurrido.

Una paciente empezó a llorar. Patricia se acercó a ella.

Santiago miró la puerta. Esperó que alguien entrara y corrigiera la noticia: que Tomás estaba hospitalizado, que había habido una confusión, que necesitaba más tiempo antes de volver a trabajar.

Nadie entró.

Pensó en el sobre de la agencia, colocado sobre su cuaderno. Lo había dejado preparado para hablar con él esa mañana.

Salió al jardín y caminó hasta la banca del día anterior.

La madera empezaba a calentarse con el sol. Desde allí podía ver el corredor por donde Tomás se había marchado con el bolso al hombro.

Santiago se sentó.

A su alrededor seguían moviendo cajas, abriendo puertas y llamando a los pacientes que tenían una cita. Le resultó extraño que todo pudiera continuar con tanta facilidad.

—Ayer estaba aquí —murmuró.

Héctor se había detenido a unos pasos.

—¿Quieres compañía?

Santiago asintió. El Almirante se sentó y dejó la gorra entre las manos.

—Hablamos un rato —dijo Santiago—. De mi hija.

—Los vi.

Santiago se frotó la cara.

—Tenía que preguntarle otras cosas.

Héctor miró el asiento vacío al otro lado.

—Yo también.

Permanecieron callados. Santiago agradeció que no intentara explicarle nada ni encontrar una frase con la que cerrar lo que acababan de escuchar.

A media mañana informó al equipo de que habían vuelto las ganas de consumir. No era solamente tristeza: quería interrumpir los pensamientos, dejar de regresar a la conversación del jardín.

Durante su valoración contó cómo se encontraba. Después pudo hablar unos minutos con Verónica.

—Ayer terminé el grupo sintiéndome mejor —dijo—. Lo conté, hablé con Lucía, estuve con los demás. Y hoy…

No terminó.

Verónica acercó una silla.

—¿Quieres hablar de él?

Santiago asintió.

—Me cuesta entender que alguien pueda escucharte así y al día siguiente ya no esté.

Miró sus manos.

—Yo hablándole de mis cosas. No sabía lo que le estaba pasando.

—Estabas recibiendo atención, Santiago. No te correspondía cuidar de Tomás.

Él movió la cabeza, sin saber si asentía o rechazaba lo que había escuchado.

—Podría haberle preguntado más.

—Es comprensible que ahora repases la conversación. Pero no tenías manera de saber que sería la última.

Recordó que Tomás le había dicho que tenía unos minutos. No lo obligó a quedarse ni le pidió que retomara las sesiones. Aun así, deseó poder volver al jardín y empezar de otra manera.

Hablaron hasta que pudo regresar con los demás. La inquietud seguía allí, aunque ya no sentía la misma urgencia de escapar de ella.

* * *

Poco antes del mediodía, un auxiliar le dijo que Gabriel quería hablar con él. Santiago aceptó.

Landa lo recibió en el despacho y le indicó uno de los sillones. Tenía varios documentos sobre la mesa, pero los apartó antes de sentarse.

—¿Cómo te encuentras?

—No termino de creérmelo.

Gabriel bajó la mirada.

—Era un gran amigo.

Santiago observó sus manos juntas. Le costaba imaginar todo lo que aquel hombre habría compartido con Tomás durante tantos años.

—Ayer hablé con él —dijo.

—Los vi un momento en el jardín.

—Sí.

Gabriel miró hacia la ventana.

—Por lo que se ha sabido hasta ahora, parece que pudo ser una sobredosis. Todavía tendrán que determinarlo.

Santiago sintió frío en el estómago.

—¿Una sobredosis?

—Es una posibilidad.

—Pero él…

Se detuvo. No sabía cómo terminar la frase.

Trabajaba allí. Lo había escuchado el día anterior. Tenía planes para volver a sus sesiones. Ninguna de esas cosas le permitía saber qué había ocurrido después.

—Estaba pasando por un momento difícil —continuó Landa—. Había pedido ayuda.

Santiago recordó los cambios de terapeuta y las respuestas breves de Tomás cuando alguien le preguntaba por qué no atendía.

—No lo sabía.

Gabriel aguardó.

Santiago se quedó mirando sus manos. No tenía elementos para aceptar aquella explicación como cierta ni para descartarla. La noticia ya era bastante difícil sin intentar completarla.

—Quería verlo hoy —dijo.

Landa se inclinó un poco hacia él.

—Si te sirve, podemos dejar un espacio para lo que te hubiera gustado decirle.

Santiago levantó la vista.

Gabriel acercó una silla y la colocó frente al sillón.

—Puedes hablarle como si estuviera aquí. También puedes decir que no o detenerte cuando quieras.

Santiago miró el asiento.

—No sé si voy a poder.

—No necesitas preparar nada.

Le pareció extraño. Quería hablar con Tomás, no con una silla. Durante unos segundos pensó en levantarse y regresar al jardín.

Después recordó cómo lo había escuchado el día anterior.

—Le daría las gracias —dijo.

Su voz salió más baja.

Gabriel no respondió.

Santiago apoyó los codos en las rodillas y volvió a mirar el asiento.

—Ayer te conté que Denia no quiere verme. Yo sabía que tenía derecho, pero seguía buscando una manera de conseguir otra respuesta.

Tragó saliva.

—Me escuchaste sin decirme que todo iba a arreglarse pronto.

Los ojos se le llenaron de lágrimas.

—Después fui al grupo y conté lo que me pasó con el endulzante. Sin llamarlo mareo ni fingir que casi no me había afectado. Quería contártelo hoy.

Gabriel permaneció inmóvil.

—Quería que supieras que lo había dicho.

Santiago se limpió los ojos con la mano. Landa le acercó una caja de pañuelos.

Durante un rato no pudo continuar. Escuchó una puerta cerrarse en el corredor y a alguien hablar junto a la ventana.

—Había otras cosas —dijo al fin.

Gabriel esperó.

—Anoche abrí los papeles de la agencia.

El director alzó ligeramente la cabeza.

—¿Qué papeles?

Santiago volvió la mirada hacia él.

—Copias de nuestro trabajo para Los Olivos. Se las pedí a Mariana.

Landa apoyó la mano sobre el brazo del sillón.

—¿Qué encontraste?

—Una pregunta mía. Sobre el tiempo que pasó entre la solicitud de traslado de Mateo y la salida de la ambulancia.

Santiago apretó el pañuelo.

—Yo había escrito que la secuencia no explicaba la espera. Después aprobé un comunicado que no incluía las horas.

El despacho quedó en silencio.

—Quería preguntárselo a Tomás —continuó—. Estuvo en la reunión de entonces. Me lo confirmó el sábado.

—¿Habías podido enseñarle las copias?

—No. Las revisé anoche.

Gabriel asintió despacio.

Santiago volvió a mirar la silla.

—Había pasado años recordando una campaña que salió bien. Ayer encontré lo que había dejado pendiente antes de hacerla.

Landa mantuvo la vista en él.

—Es documentación antigua. Para entenderla hay que revisar el conjunto.

—Por eso quería hablar con Tomás.