Capítulo 9 — La verdad, aunque duela #3
Santiago abrió el sobre de la agencia sentado en la cama. Héctor leía a su lado, con los lentes puestos y el libro apoyado sobre el pecho.
Empezó por los anuncios. Reconoció versiones que había rechazado y otras que recordaba haber defendido. La línea dorada, la fotografía de la fuente, el nombre demasiado largo para algunos formatos.
Después aparecieron los documentos anteriores al diseño.
Pasó una hoja y encontró su letra.
16:40–18:34. ¿Quién detuvo la salida? Pedir respaldo.
Debajo había otra anotación:
La secuencia no explica la espera.
Santiago acercó la hoja a la lámpara.
No era una sospecha que se le hubiera ocurrido después de escuchar a Tomás. Había escrito aquello once años antes, sentado en una reunión. Ya entonces sabía que las horas no quedaban explicadas por la respuesta que habían recibido.
Volvió a leer.
Mateo Salvatierra figuraba en uno de los documentos del cliente. Recordó a Adriana preguntando por el traslado y señalando que la familia seguía esperando una respuesta. Él le había dicho que correspondía darla a la clínica.
Buscó entre las copias hasta encontrar el comunicado.
No estaban las horas.
Había referencias a la atención recibida, a las complicaciones y a la revisión de los procedimientos. La espera que él mismo había marcado como inexplicada no aparecía.
Había aprobado ese texto.
Dejó ambas hojas sobre la cama: sus preguntas a un lado, el comunicado al otro. Intentó recordar si después habían recibido el respaldo solicitado. No podía asegurarlo y no lo encontró entre las copias que Mariana envió.
Eso seguía pendiente de comprobar.
Lo que tenía delante no dependía de su memoria. Había advertido el problema y había aprobado una versión que lo dejaba fuera.
—¿Todo bien? —preguntó Héctor.
Santiago levantó la cabeza.
—Encontré unas notas mías.
El Almirante miró los papeles, pero no se acercó.
—¿Necesitas la otra lámpara?
—No. Gracias.
Santiago volvió al comunicado. Durante la conversación de la mañana había hablado de su oficio, de elegir el comienzo de una historia, como quien acaba de encontrar una comparación útil.
Ahora podía ver exactamente dónde había terminado una pregunta y empezado el trabajo con el que cobró por cambiar lo que otros verían.
Abrió el cuaderno.
Preguntar a Mariana si existe respuesta al respaldo solicitado.
Debajo añadió:
Hablar con Tomás. Preguntarle cómo contactar a los Salvatierra para explicar mi participación.
Releyó la segunda frase. No necesitaba que Tomás le dijera que aquello no había sido culpa suya. Necesitaba saber qué podía aportar y hacerse cargo de los documentos que llevaban su letra y su aprobación.
Guardó las copias en el sobre. Lo dejó encima del cuaderno para no olvidarlo por la mañana.
La conversación en el departamento se había prolongado más de lo previsto. Tomás miró la hora y Gabriel lo advirtió.
—Ya me voy.
—No es por echarte. Ernesto pasa temprano.
Landa asintió y juntó las migas que habían quedado junto a la bolsa.
—Ha estado bien hablar de otra cosa.
Tomás sostuvo la taza entre las manos.
—Sí.
Desde la calle llegó el ruido de un coche. Durante unos segundos ninguno añadió nada.
En la Hacienda, Santiago apagó su lámpara.
—Buenas noches, Almirante.
—Buenas noches, civil.
El sobre quedó sobre la mesita.
A las seis y diez de la mañana siguiente, Patricia recibió una llamada mientras se preparaba para salir de casa.
Era Ernesto.
Había llegado para la caminata acordada. Tomás no contestó al teléfono ni abrió la puerta. Después de insistir, pidió ayuda al encargado del edificio y llamaron a emergencias.
Patricia se sentó en el borde de la cama.
—¿Cómo que lo encontraron sin vida?
Escuchó sin interrumpir. Ernesto esperaba fuera del departamento. Tenía su número porque Tomás se lo había dado durante aquellos días, por si necesitaba comunicarse con alguien del centro.
—¿Ya avisaron a su familia? —preguntó.
Se quedó mirando el suelo mientras él respondía.
—Voy para allá.
Colgó, pero no se levantó enseguida. La noche anterior Tomás todavía estaba preparando las cosas para continuar con su atención.
Había muerto durante la noche.
En la Hacienda, la campana sonó a la hora de siempre.
Santiago entró al comedor detrás de Héctor. Mauricio ya estaba sentado y Teresa acercó una silla para dejarles espacio.
En el centro de la mesa había una cesta con sobres de endulzante. Santiago tomó uno y lo dejó junto a la taza sin abrirlo.
—¿Esperas una autorización? —preguntó Héctor.
—Estoy pensando si quiero café.
—Una pregunta que debimos hacernos todos hace tiempo.
Santiago sonrió. Tenía previsto buscar a Tomás cuando terminara su encuentro con Patricia. El sobre seguía en la habitación, sobre el cuaderno.
Vio entonces a Verónica detenerse cerca de la puerta. Llevaba el teléfono en la mano. Escuchó unos segundos y se apartó hacia el corredor para responder.
Cuando volvió, buscó al personal con la mirada. Un auxiliar se acercó y ella le dijo algo en voz baja. Él dejó lo que llevaba sobre una mesa.
Santiago observó sus rostros.
No alcanzó a escuchar las palabras.
Dejó el sobre de endulzante junto a la taza.