Aquí todo el mundo miente Capítulo 9 — La verdad, aunque duela #2
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Capítulo 9 — La verdad, aunque duela #2

—Esta mañana sentiste ganas y buscaste apoyo. Podemos trabajar con lo que nos cuentas. Si lo hubieras llamado mareo, nos habría faltado una parte importante.

Santiago asintió.

Héctor levantó la mano.

—A mí me pasó con una taza. Ni siquiera tenía lo que yo solía tomar. La agarré y me acordé de cómo terminaba el día en mi casa.

No hizo una broma. Santiago le sostuvo la mirada un momento.

Mauricio habló de una canción que asociaba con las apuestas. Teresa contó que algunas tardes empezaba a inquietarse antes de darse cuenta de la hora: durante años había servido el primer trago cuando terminaba ciertas tareas.

Santiago escuchó. El recuerdo del desayuno seguía allí, pero podía hablar de él sin tener que convertirlo en una prueba de que estaba fallando en todo.

Al terminar, Héctor lo alcanzó en el corredor.

—Si vuelve a pasarte, también puedes decirme.

—No quería interrumpirte la discusión con Mauricio.

—Esa discusión puede esperar. Llevamos semanas.

Santiago sonrió.

—No voy a saber resolverlo —añadió Héctor—, pero puedo acompañarte a buscar a quien te ayude.

—Trato hecho.

Tomás durmió un rato y despertó con la sensación de no haber descansado. Se incorporó en el sofá y permaneció sentado hasta que pudo ordenar la tarde.

Buscó su libreta. Encontró las tres frases que había escrito antes de reunirse con los Salvatierra:

Lo que recuerdo.

Lo que está documentado.

Lo que elegí callar.

Debajo añadió:

Responder la pregunta que me hicieron.

Se quedó mirando la hoja. No quería atribuirle a Gabriel un desenlace que nadie podía asegurar. Tampoco podía seguir convirtiendo una decisión suya en algo que simplemente había ocurrido durante las valoraciones.

Llamó a Ernesto.

—Hay algo que no dije cuando hablé con la familia.

Ernesto esperó.

—Me preguntaron quién decidió esperar. Contesté otras cosas.

—¿Sabes quién fue?

Tomás miró hacia la cocina.

—Sí.

No pronunció el nombre.

—No sé cómo corregirlo sin perjudicar a alguien con quien he trabajado muchos años.

—¿Quieres buscar orientación antes de volver a hablar con ellas?

—Sí. Creo que necesito hacerlo.

Hablaron de lo que podía preparar para esa consulta y de cómo estaba pasando el día. Antes de colgar confirmaron la caminata de la mañana siguiente.

Tomás dejó anotado el pendiente. No llamó a Samantha.

A las cinco y media, Santiago habló con Lucía. Le contó que las actividades ya no le parecían interminables y que estaba pensando en lo ocurrido con Denia.

—Me costó no volver a llamarla —dijo—. Pero no lo hice.

—Me alegra que hayas respetado lo que te pidió.

Santiago miró hacia el jardín.

—También tuve un momento difícil esta mañana. Algo del desayuno me recordó la cocaína.

Su hermana tardó en responder.

—¿Cómo estás ahora?

—Mejor. Pedí ayuda y lo conté en el grupo.

No intentó quitarle importancia para tranquilizarla. Le explicó lo sucedido sin extenderse en la imagen que todavía recordaba.

Después hablaron de Héctor y de su participación en la cocina. Lucía se rio cuando Santiago describió los tomates.

—Corté dos. Tampoco exageremos mis avances.

La conversación terminó sin que le pidiera noticias nuevas de Denia. Ya sabía lo que su hija había querido decirle.

Poco después de las siete, Gabriel llamó a Tomás.

—¿Cómo sigues?

—Cansado.

—Quería preguntarte si Samantha volvió a escribirte.

Tomás se quedó de pie junto a la mesa.

—Ayer. Dijo que hoy retomaría los papeles.

—¿Te pidió algo?

—Todavía no.

Hubo una pausa.

—¿Tienes previsto hablar otra vez con ella? —preguntó Gabriel.

Tomás miró la libreta.

—Puede que necesitemos hacerlo.

—¿Por algo que quedó pendiente?

—Gabriel, hoy no quiero volver a hablar por teléfono de Mateo.

Landa guardó silencio unos segundos.

—Está bien.

Tomás esperaba que se despidiera, pero su amigo continuó:

—Podría pasar a verte. Un rato, sin expedientes. Hace días que solo hablamos de problemas.

—Estoy cansado.

—No me quedo mucho.

Tomás miró hacia el sofá. Había pasado varias tardes entrando y saliendo de la cocina, abriendo un libro que no conseguía leer. No le apetecía otra discusión, pero sí le apetecía dejar de estar solo.

—Ven. Mañana voy a levantarme temprano.

—De acuerdo.

Colgó y recogió los papeles de la mesa. Por un momento pensó en escribirle a Ernesto para decirle que Gabriel iría a verlo. No lo hizo. Había recibido a aquel hombre en su casa muchas veces.

Fue a preparar dos tazas.

En la Hacienda, Mauricio había conseguido un tablero de ajedrez. Héctor sostenía un caballo entre los dedos mientras su compañero le explicaba dónde podía colocarlo.

—Eso ya lo sé —dijo el Almirante.

—Entonces no lo pongas ahí.

Santiago observaba desde el banco.

—Está probando tus conocimientos.

Héctor lo señaló con la pieza.

—Por fin alguien entiende.

Mauricio le quitó el caballo y lo devolvió a la casilla.

—Prueba con las damas.

Santiago se rio. Permaneció con ellos hasta que sonó la campana. Al levantarse recordó el sobre que había dejado en la habitación.

Durante toda la tarde había sabido que estaba allí.

* * *

Tomás abrió la puerta poco antes de las nueve. Gabriel llevaba una bolsa de pan.

—Pensé que quizá no habías cenado.

—Comí hace rato.

—Lo guardas para mañana.

Fueron a la cocina. Landa dejó la bolsa en la mesa y Tomás sirvió las bebidas.

Durante los primeros minutos hablaron del departamento y de una reparación que Tomás seguía posponiendo. Gabriel preguntó por Ernesto.

—Lo veo mañana temprano —respondió Tomás.

—Me alegra que estén en contacto.

Después recordaron una tormenta que había dejado a Los Olivos sin electricidad durante casi un día. Tomás se rio al mencionar a un paciente que insistió en dirigir la cena con una linterna, aunque nadie entendía sus instrucciones.

Gabriel recordó otra cosa y la conversación continuó.

Por un rato, Tomás dejó de esperar la pregunta que los devolvería a Mateo. Su amigo estaba sentado en la misma silla de otras visitas, partiendo el pan con las manos y corrigiendo un detalle de la historia.

Lo había visto atravesar años difíciles. También había recibido su ayuda cuando la necesitó.

No quería perderlo.