Aquí todo el mundo miente Capítulo 9 — La verdad, aunque duela
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Capítulo 9 — La verdad, aunque duela

La verdad, aunque duela

* * *

El lunes, Santiago estaba en el baño, con espuma de afeitar en una mejilla, cuando sonó la campana.

—¡Almirante!

—¡Presente!

—¡Diles que esperen!

—¡La campana no recibe órdenes de civiles!

Santiago terminó de afeitarse y salió con la toalla sobre el hombro. Héctor intentaba cerrar un cajón con la rodilla.

—¿Necesitas ayuda?

—Está bajo control.

El cajón se abrió de golpe. Cayeron una revista y varios pares de calcetines. Santiago recogió dos mientras Héctor se agachaba por el resto.

—Admirable control.

—Vamos a llegar tarde por tu culpa.

En el comedor, Santiago se sirvió café. Mauricio le preguntaba algo al Almirante y Teresa acomodaba su bandeja junto a la ventana. Era una mañana parecida a las anteriores.

Abrió un sobre de endulzante. Parte del contenido cayó fuera de la taza, sobre la mesa oscura. Buscó una servilleta y, al volver la vista, se quedó inmóvil.

El polvo formaba una pequeña acumulación con un rastro fino hacia el borde.

Vio otra mesa. Una superficie de vidrio, una tarjeta, una presentación que tenía que entregar al día siguiente. Recordó a alguien diciéndole que aquello lo ayudaría a mantenerse despierto.

La reacción llegó antes de que pudiera apartar la mirada.

Es endulzante.

Lo sabía. Reconocía el comedor y escuchaba a sus compañeros, pero seguía viendo aquella otra mesa.

—¿Quieres más café? —preguntó Mauricio.

Santiago levantó la cabeza.

—No, gracias.

—¿Estás bien?

—Sí.

La respuesta salió por costumbre. Miró de nuevo el polvo y tomó la servilleta.

—Dame un momento.

Limpió la mesa despacio. Había pasado años hablando de la cocaína como algo ocasional, un recurso de ciertas noches, distinto del alcohol. Esa mañana no tuvo que discutir consigo mismo qué era lo que deseaba.

Quería consumirla.

Héctor se sentó frente a él.

—¿Qué pasa, civil?

Santiago dejó la servilleta junto al plato.

—Me vino un recuerdo. Necesito salir un momento.

El Almirante asintió.

Santiago encontró a un auxiliar cerca del corredor del área médica. Le explicó lo que había pasado y pidió hablar con alguien. Lo acompañaron a un lugar tranquilo, donde pudo sentarse y describir lo que seguía sintiendo.

El domingo habían sido los limones. Ahora el endulzante. Le molestaba descubrir que no bastaba con mantenerse lejos de los lugares donde había consumido.

Cuando le preguntaron cómo se encontraba, respondió sin intentar que sonara menos grave.

—Todavía tengo ganas.

Permaneció allí un rato. La intensidad fue disminuyendo, aunque el recuerdo volvía cada vez que pensaba en regresar al comedor.

Al volver, la mesa estaba recogida. Héctor había dejado libre la silla de enfrente.

—¿Quieres que pidamos que te guarden algo? —preguntó.

Santiago asintió y se sentó.

Tomás llegó poco antes de las ocho. Patricia lo recibió en un consultorio desocupado para revisar el seguimiento y la organización de los próximos días. Continuaría apartado de la atención directa a pacientes; su regreso se valoraría más adelante.

—¿Hay algo que te preocupe? —preguntó ella al terminar.

—No.

Se corrigió antes de que Patricia respondiera.

—Sí. No saber cuándo voy a volver.

Ella dejó los papeles.

—Todavía no tenemos una fecha.

—Me cuesta no pensar en eso.

También le preocupaba lo que estarían diciendo sus compañeros. Si los pacientes preguntaban por él, si Gabriel había explicado su ausencia, si alguien interpretaba que había decidido abandonarlos.

Patricia confirmó que las sesiones estaban cubiertas y que informarían a los pacientes de lo necesario para mantener la continuidad de su atención.

Tomás se pasó una mano por el rostro.

—Les he pedido muchas veces que no escondan una recaída. Ahora no quiero que nadie se entere de la mía.

—Aquí lo dijiste. Y estás recibiendo atención.

Él asintió. No conseguía sentirse tranquilo, pero tampoco tenía que inventar una justificación para las sesiones que no daría esa mañana.

Al salir fue al despacho de Gabriel, como habían acordado. Landa tenía delante la nota de cobertura.

—Patricia me explicó cómo se organizaron.

—Por ahora seguiré sin atender.

—Bien.

Tomás permaneció de pie hasta que Gabriel le señaló una silla.

—¿Tienes otra cita esta semana?

—Sí.

Landa miró el calendario.

—Mantén informado al equipo. Lo del trabajo lo iremos revisando.

Tomás había esperado una discusión. La conversación transcurrió entre horarios y asuntos que tendría que dejar en manos de sus compañeros. Al terminar, Gabriel juntó los papeles.

—¿Algo más?

Tomás pensó en Samantha, en la pregunta que dejó sin respuesta. Podía decirle a Gabriel que necesitaba volver a hablar con ella. También podía esperar hasta saber cómo hacerlo.

—Por ahora no.

Se levantó.

—Descansa —dijo Landa.

Tomás salió con la sensación incómoda de haber recibido una consideración que no sabía cómo aceptar.

Santiago lo encontró unos minutos después junto a una banca del jardín.

—Tomás.

El terapeuta guardó el teléfono.

—Buenos días.

—¿Tienes prisa?

—Unos minutos sí tengo.

Santiago se sentó a su lado. Al otro extremo del jardín, Héctor intentaba convencer a Mauricio de mover una maceta.

—En mi agencia terminaría organizándonos hasta los cables —comentó.

Tomás sonrió.

—Le gusta tener algo que resolver.

Santiago miró el bolso que llevaba.

—Sé que todavía no vas a dar sesiones. Lo que me pasó esta mañana lo estoy viendo con el equipo. Solo quería contarte que ayer hablé con Denia.

—¿Cómo les fue?

—Le dije que la empujé. Sin llamarlo accidente.

Tomás esperó.

—Me dijo que me quiere. Y que por ahora no quiere verme.

Santiago apoyó los antebrazos sobre las piernas.

—Sé que puede decirme eso. Pero una parte de mí esperaba que contarle las cosas como fueron sirviera para que quisiera verme antes.

—No podías decidir su respuesta.

—Ya. Es una pésima negociación.

Sonrió apenas. Tomás no intentó seguir la broma.

—Me sigue saliendo empezar por que no quería hacerle daño —continuó Santiago—. Y no quería. Pero si empiezo por ahí, termino pidiéndole que se ocupe de mis intenciones antes de que yo me ocupe de lo que hice.

Tomás bajó la mirada.

Santiago arrancó una pequeña hebra del borde de su cuaderno.

—En mi trabajo elegimos por dónde empieza una historia. Qué imagen se ve primero, qué dato necesita una explicación. Se me da bien. Demasiado bien, a veces.

Pensó en la carpeta que esperaba de Mariana. No quiso volver a pedirle a Tomás que completara sus recuerdos antes de leerla.

—Ayer tuve ganas de llamarla otra vez —añadió—. Para explicarme mejor.

—¿Lo hiciste?

—No. Lo hablé con Patricia.

Tomás asintió.

—Llévale esto también a Verónica. Con ella podrás detenerte en lo que necesites.

Santiago cerró el cuaderno.

—Sí. No quería convertir esto en una sesión.

Se levantó y Tomás hizo lo mismo.

—Gracias por escucharme.

—Gracias por contármelo.

Santiago se alejó hacia el corredor. Tomás permaneció un momento junto a la banca.

Que se ocupe de mis intenciones.

Había pasado parte del sábado explicándole a Amalia por qué tuvo miedo, qué creyó entonces, lo que no podía afirmar sobre la muerte de Mateo. Todo era cierto.

También sabía quién les había pedido esperar.

Santiago continuó con las actividades de la mañana. Podía conversar y concentrarse durante un rato, pero la imagen del polvo sobre la mesa regresaba sin que la buscara.

Antes de comer se acercó a Verónica.

—Quiero contar en el grupo lo que me pasó.

—Podemos hablarlo antes, si lo necesitas.

—Ya pedí ayuda. Pero me cuesta decirlo delante de todos.

—¿Quieres que te dé la palabra o prefieres pedirla tú?

Santiago lo pensó.

—La pido yo.

Después de la comida le avisaron que había llegado un sobre de la agencia. Reconoció la letra de Mariana en la primera hoja.

Esto es lo que conservamos. Los originales siguen en el archivo.

Debajo había copias de anuncios, propuestas y documentos de trabajo. Santiago levantó las primeras páginas. Vio la línea dorada del anuncio y una versión anterior del nombre.

Faltaba poco para el grupo. Volvió a guardar las hojas y dejó el sobre entre sus cosas.

No quería utilizarlo para llegar tarde.

* * *

Tomás volvió a su departamento a primera hora de la tarde. Abrió las ventanas y preparó un sándwich.

Ernesto le había escrito para preguntar cómo le fue.

Continuaré sin atender pacientes. Todavía no hay fecha para regresar.

Antes de enviar el mensaje añadió:

Hoy hablé con alguien y me quedé pensando.

Ernesto le ofreció llamarlo. Tomás pidió hacerlo más tarde; quería intentar dormir un poco. Acordaron también verse al día siguiente a las seis para caminar antes de sus respectivas citas. Ernesto pasaría por él.

Dejó el teléfono y se sentó en el sofá.

La conversación con Santiago le había quitado una explicación que llevaba días utilizando. Se decía que necesitaba ordenar sus recuerdos antes de hablar de nuevo con Samantha, distinguir lo comprobado de lo que suponía y no señalar a nadie por algo que no podía afirmar.

Todo eso podía hacerlo.

No necesitaba resolver qué habría pasado con Mateo en otro hospital para recordar la voz de Gabriel pidiéndoles que esperaran.

Cuando Verónica preguntó si alguien quería compartir algo del día, Santiago levantó la mano.

—Esta mañana se me cayó endulzante sobre la mesa.

Héctor lo miró. Santiago apoyó el cuaderno en sus rodillas.

—Me recordó una escena de cuando consumía cocaína. Vi el polvo y, antes de pensar en nada, ya tenía ganas.

La sala quedó en silencio.

—Estaba preparando un café. Sabía perfectamente qué era lo que había tirado. Pero eso no evitó lo otro.

Miró a sus compañeros.

—Me dio vergüenza. Primero dije que estaba bien.

—¿Qué hiciste después? —preguntó Verónica.

—Salí y pedí ayuda.

Esperó unos segundos antes de continuar.

—Quería decir que me había mareado. Algo que no sonara a que sigo teniendo ganas de consumir.

Mauricio asintió.

—¿Qué crees que habríamos pensado? —preguntó Verónica.

Santiago miró el cuaderno.

—Que no estoy mejorando.

Al decirlo recordó la mañana del domingo, la satisfacción de haber dormido y lo pronto que volvió a sentirse vulnerable después de hablar con Denia.

—Yo también lo pensé —añadió.

Verónica dejó que terminara.