Aquí todo el mundo miente Capítulo 8 — Lo que queda después #2
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Capítulo 8 — Lo que queda después #2

Santiago dejó la bandeja. Ella guardó la fotografía y él no preguntó de quién era. Comieron unos minutos en silencio.

—Hablé con mi hija esta mañana —dijo finalmente.

Teresa levantó la cabeza.

—¿Cómo te fue?

—Me dijo que me quiere.

—Qué bueno.

Santiago movió el tenedor.

—Y que todavía no quiere verme.

Teresa asintió.

—Las dos cosas pueden ser ciertas.

—Sí.

No añadió que lo sabía desde antes de llamar. Le agradeció que no intentara convencerlo de que debía sentirse contento.

Después Teresa le habló de una receta que preparaban en su casa los domingos. Santiago confesó que su especialidad consistía en saber qué restaurante enviaba las papas fritas todavía crujientes.

Ella se rio.

Cuando terminaron, él llevó las dos bandejas al lugar donde las recogían.

Por la tarde, el Almirante apareció ante la mesa de verduras con un delantal que decía El mejor chef del mundo .

Santiago se detuvo.

—¿De dónde sacaste eso?

—De mi casa.

—¿Lo trajiste para cocinar?

—Para evitar confusiones sobre quién está a cargo.

Mauricio llegó con una bolsa de zanahorias.

—El auxiliar dice que estás a cargo de lavarlas.

Héctor recibió la bolsa sin perder la compostura.

La preparación principal quedaba en manos del personal de cocina. Los pacientes podían lavar, cortar algunos ingredientes y acomodar utensilios. Santiago eligió una tabla.

El Almirante le entregó dos tomates.

—Con cuidado.

—He negociado contratos por millones de pesos.

—Entonces podrás con esto.

A los pocos minutos conversaba con Mauricio sobre una máquina de café que habían llevado al taller. Le resultó agradable escuchar un problema que podía solucionarse cambiando una pieza.

* * *

Entonces Mauricio abrió una bolsa de limones y cortó el primero.

El olor le trajo una imagen inmediata: una mesa de restaurante, el vidrio frío de una copa, una mano exprimiendo una rodaja. Sintió el sabor antes de reconocer lo que estaba recordando.

Dejó el cuchillo sobre la tabla.

—Necesito salir un momento.

Mauricio levantó la vista.

—¿Todo bien?

Santiago miró los limones.

—Me dieron ganas de beber.

Se lo dijo en voz baja, sin saber qué respuesta esperaba.

—Aquí dejamos lo tuyo —contestó Mauricio.

Santiago se apartó y avisó al auxiliar que estaba cerca. Fue por agua y permaneció unos minutos junto a la puerta, acompañado. Le molestó que algo tan pequeño pudiera alterarlo cuando apenas había conseguido dejar de pensar en la llamada con Denia.

Cuando regresó, Héctor examinaba los tomates.

—Te quedaron de distintos tamaños.

—Es cocina de autor.

—Pues el autor tiene que practicar.

Santiago sonrió. Eligió otra tarea y empezó a acomodar los utensilios. No volvió enseguida a la conversación, pero se quedó.

Tomás intentó leer por la tarde. Avanzó cuatro páginas y volvió al principio porque apenas recordaba lo que había pasado.

Dejó el libro sobre el sofá.

Sobre la mesa estaban las cosas que llevaría el lunes: sus indicaciones, una libreta y los documentos que necesitaba para revisar su situación. Había confirmado la hora con Patricia. Por ahora seguiría sin atender pacientes.

Fue a la cocina y preparó algo de cenar. Al abrir un cajón miró el armario donde estaba la botella. No necesitó verla para recordar lo que quedaba.

Regresó a la sala y llamó a Ernesto a la hora acordada. Hablaron de lo que había hecho desde la mañana. Tomás le contó que había comido, que no podía concentrarse y que le inquietaba volver al centro.

No habló de Gabriel.

Después de colgar dejó las ventanas abiertas y volvió al libro.

Consiguió leer un poco más. A ratos pensaba en la reunión del sábado y empezaba a formular respuestas mejores que las que había dado.

Otras veces regresaba a la única que había podido pronunciar sin consultar sus notas y, sin embargo, no había dicho.

Cerró el libro.

Al día siguiente tendría que cruzar de nuevo la puerta de la Hacienda y saludar a su amigo.

Durante la cena, Mauricio aseguró que las verduras habían quedado bien. Héctor aceptó el comentario como si hubiera supervisado toda la preparación.

—El secreto está en la disciplina.

—Y en el auxiliar que cocinó —dijo Teresa.

El Almirante hizo un gesto amplio.

—Un buen mando reconoce a su equipo.

Santiago sonrió. Comió sin mucho apetito, pero terminó el plato.

Después salieron un rato al jardín. Héctor empezó una historia sobre una embarcación cuyo motor había fallado durante una tormenta. Mauricio sostuvo que, cuando se la contó la semana anterior, estaban cerca de Veracruz.

—Era otro viaje.

—El mismo motor, el mismo capitán y el mismo cocinero que salió corriendo.

—La tripulación no cambiaba cada semana.

Santiago escuchó hasta el final. Denia seguía presente, pero ya no tenía que pensar en ella a cada minuto para sentir que le importaba.

Landa llegó al anochecer. Revisaría dos ingresos previstos para la semana y una reparación pendiente. Al pasar por el jardín saludó al grupo.

—Buenas noches, director —respondió Héctor.

Santiago levantó la mano. Gabriel se detuvo apenas lo necesario para devolver el saludo y continuó hacia su despacho.

Encontró una nota con la cobertura de las sesiones de Tomás. La leyó y abrió el calendario. Acudiría el lunes, pero todavía no se reincorporaría a la atención.

Dejó el papel junto al teclado.

En el teléfono seguía el mensaje de la noche anterior: Tomás había hablado con Amalia y Samantha. Había explicado los horarios, la recomendación y su silencio.

Gabriel volvió a leerlo. Su amigo había respondido cada pregunta de la llamada con pocas palabras. Podía atribuirlo al cansancio; también podía significar que había decidido no contarle todo.

Abrió la conversación y escribió:

Cuando termines con Patricia, pasa a verme.

Revisó la frase antes de enviarla. Después volvió a los documentos de los ingresos, pero dejó el teléfono a su lado, con la pantalla hacia arriba.

En la última reunión del día, Verónica invitó a compartir algo que hubieran agradecido.

Mauricio habló del mensaje de su empleado: el taller seguía funcionando y habían terminado una reparación que llevaba días pendiente. Teresa mencionó la llamada de su hermana. Héctor agradeció que no hubieran servido papaya.

—Hubo melón —señaló Mauricio.

—Precisamente.

Cuando llegó su turno, Santiago miró las manos.

—Hablé con mi hija.

Verónica asintió.

—¿Quieres contar algo más?

Él negó. Después añadió:

—Me dijo que me quiere.

No le pidieron que explicara el resto. Héctor le dio una palmada breve en el hombro y escucharon al siguiente compañero.

En la habitación, Santiago dejó el cuaderno sobre la cama mientras Héctor guardaba una camisa.

—Almirante.

—Dime.

—¿Crees que las cosas pueden volver a ser como antes?

Héctor cerró el armario.

—¿Con tu hija?

Santiago asintió.

—No lo sé.

Había esperado una historia o una respuesta dicha con la seguridad con la que Héctor opinaba sobre casi todo.

El Almirante se sentó.

—No sé cómo estaban antes ni cómo van a estar después. Hoy quiso hablar contigo.

—Y no quiere verme.

—También te dijo eso.

Santiago miró el cuaderno.

—Me cuesta no pensar en lo que puedo decirle para que cambie de opinión.

Héctor acomodó la gorra en la mesita.

—Pues hoy no tienes que decirle nada más.

Permanecieron un rato en silencio. Después el Almirante sacó el libro y buscó sus lentes en el cajón.

—Los traes puestos —dijo Santiago.

Héctor se tocó la cara.

—Estaba comprobando que estuvieras atento.

Santiago se rio y abrió el cuaderno.

Escribió:

Denia dijo que me quiere.

Debajo añadió:

No quiere que vaya a verla ni que la lleve a la escuela.

Las dos cosas habían ocurrido en la misma llamada. No quiso convertirlas en un triunfo ni en una despedida.

En otra página anotó lo que hablaría con Verónica: las ganas de beber después de escuchar a Denia, el impulso de volver a llamarla y lo que le había pasado con el olor de los limones.

Al pasar las hojas encontró el nombre de Mateo Salvatierra y las preguntas que había escrito la noche anterior. Añadió una línea:

Lunes: recibir la carpeta de Mariana.

Tomás había confirmado que estuvo en aquella reunión. Ya no necesitaba preguntarle si recordaba la campaña. Necesitaba leer lo que él mismo había dejado por escrito antes de buscar otra conversación.

Cerró el cuaderno.

Tomás terminó de preparar el bolso y comprobó la alarma. El mensaje de Gabriel había llegado un rato antes.

Cuando termines con Patricia, pasa a verme.

Respondió que sí. Dejó el teléfono junto a la cama y se quedó mirando la puerta del dormitorio.

Volvió a pensar en la botella.

Se levantó y llegó hasta la cocina. Encendió la luz, pero no abrió el armario. Permaneció allí unos segundos, avergonzado por necesitar otra llamada después de haber pasado buena parte del día hablando de cómo no beber.

Regresó por el teléfono.

—¿Te desperté? —preguntó cuando Ernesto contestó.

—No. ¿Qué pasa?

Tomás apoyó la mano en el marco de la puerta.

—Tengo ganas de beber.

Escuchó.

—Sí. Estoy en casa.

Se alejó de la cocina mientras seguía hablando.

La última campanada sonó cuando Santiago ya estaba acostado.

—Buenas noches, civil.

—Buenas noches, Almirante.

Héctor apagó la lámpara. Santiago escuchó cómo acomodaba el libro y después el ruido de los árboles al otro lado de la ventana.

Pensó en la voz de Denia. En el momento en que lo corrigió y él consiguió no discutir. También en lo cerca que había estado de volver al teléfono para pedirle algo que ella no quería darle todavía.

Mañana llegaría la carpeta. Esa noche no intentó reconstruir la reunión con Adriana ni ensayar preguntas para Tomás.

Se quedó acostado, triste y cansado, sin hacer planes para que Lucía fuera a buscarlo.