Aquí todo el mundo miente Capítulo 8 — Lo que queda después
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Capítulo 8 — Lo que queda después

Lo que queda después

* * *

El domingo comenzó con una discusión sobre huevos.

—Este hombre sostiene que un huevo estrellado alimenta más que uno revuelto —dijo el Almirante cuando Santiago llegó a la mesa.

Mauricio dejó el tenedor.

—Dije que me gustan más estrellados.

Héctor se volvió hacia Santiago.

—Ahora está cambiando su declaración.

Teresa abrió un yogur.

—Los dos van a terminar comiendo lo que les sirvan.

Santiago miró su plato.

—Parece que ganó el Almirante.

—La justicia prevalece.

Mauricio se levantó a buscar una servilleta. Santiago se inclinó hacia Héctor.

—Llevo poco más de una semana aquí y ya empiezo a entenderte. Eso me preocupa.

—Vas progresando, civil.

Había dormido casi seis horas seguidas. Lo comprobó al despertar y permaneció unos minutos acostado, intentando recordar cuándo había descansado así por última vez.

Durante meses se había llevado el trabajo a la cama: presupuestos, conversaciones pendientes, respuestas que seguía corrigiendo en la cabeza mucho después de cerrar la computadora.

Bebía para interrumpirlas y algunas mañanas no recordaba en qué momento se había acostado.

Ahora tenía un horario que no había elegido, compartía habitación y obedecía una campana. Le seguían molestando varias cosas de la Hacienda, pero aquella mañana se sentía descansado.

No quiso reconocerlo delante de Héctor. Ya le había dado suficiente material con lo de los huevos.

Las actividades del domingo eran menos intensas. Habría una reunión breve, llamadas y visitas autorizadas; por la tarde podrían colaborar en la preparación de la cena.

—¿Eso incluye cocinar? —preguntó Santiago.

—Para quien quiera participar —respondió Verónica.

—Yo podría supervisar.

—Puedes empezar lavando verduras —dijo Mauricio.

Verónica esperó a que terminaran de reír.

—Antes de organizar el día, piensen qué necesitan hoy.

Santiago abrió el cuaderno. Durante los primeros días habría escrito que necesitaba salir.

Todavía quería volver a casa, pero la urgencia ya no era constante.

A veces podía imaginarse permaneciendo allí hasta que el equipo considerara que estaba preparado.

Otras veces bastaba una tarde difícil para empezar a buscar razones con las que convencer a Lucía.

Escribió:

Necesito hablar con Denia.

Lo leyó y añadió:

Si ella quiere.

Lucía llamó durante el primer horario de comunicaciones. Le preguntó cómo se encontraba y Santiago le contó que había dormido mejor.

—Hablé con Claudia —dijo ella después.

Él se enderezó.

—¿Pasó algo?

—Denia está dispuesta a hablar contigo unos minutos hoy.

Miró hacia el jardín, donde un auxiliar acomodaba sillas.

—Claro que quiero.

—Pidió que fuera una llamada corta.

—Está bien.

—Y si cambia de opinión…

—Está bien, Lucía. Lo entiendo.

Su hermana guardó silencio. Santiago se dio cuenta de que había respondido con la impaciencia de quien cree haber escuchado una instrucción innecesaria.

—Perdón. Estoy nervioso.

—Lo sé.

Antes de despedirse acordaron cómo harían la llamada. Santiago dejó pasar unos minutos. Bebió agua y se sentó en el espacio que le indicaron, junto a una ventana.

Había preparado presentaciones ante personas dispuestas a rechazarlo antes de que empezara a hablar. Sabía defender un presupuesto y encontrar palabras cuando un cliente perdía la paciencia.

No sabía cómo saludar a su hija.

Marcó.

—Hola, papá.

Al escucharla se le cerró la garganta.

—Hola, mi amor.

Se oyó una puerta al otro lado.

—¿Cómo estás? —preguntó Denia.

—Mejor. Me están atendiendo bien. ¿Tú cómo vas?

—Bien.

—¿La escuela?

—Bien.

Santiago miró el vaso. Tenía tantas cosas que preguntarle que todas parecían estorbarse.

—¿Y el voleibol?

—Tenemos partido el jueves.

Ella le dijo contra quién. Santiago intentó recordar al equipo.

—¿Son buenas?

—Más o menos.

—Eso dijiste la otra vez y les ganaron por un montón.

Denia soltó una risa breve. Él estuvo a punto de hacer otra broma para conseguir que volviera a reír, pero se detuvo.

—¿Todavía te duele donde te golpeaste?

Hubo un silencio.

—Si me toco, un poco.

Santiago apoyó los codos sobre las rodillas.

—Quiero pedirte perdón por lo que hice aquella noche.

Denia no respondió.

—Llegué después de beber, discutí contigo y te empujé. Te golpeaste porque yo te empujé. Después lo conté como si los dos hubiéramos perdido el equilibrio. No fue así.

Esperó sin añadir una explicación.

—Me dio mucho miedo, papá.

—Lo sé.

—No creo que lo sepas.

Santiago bajó la cabeza.

—Tienes razón. Te estoy escuchando.

Su hija tardó un momento en continuar.

—Cuando te fuiste también pensé que te podía pasar algo. Ibas a manejar.

Él cerró los ojos. Había preparado lo que quería decir sobre el empujón, pero no había pensado en Denia herida, mirando la puerta por la que él acababa de salir y preocupándose todavía por su padre.

—Sí manejé. Tampoco debí hacerlo.

—No quiero que vuelvas así a la casa.

—No voy a…

Se detuvo. Había empezado a prometer antes de terminar de escucharla.

—No debí ir así —dijo—. Estoy recibiendo ayuda, pero sé que eso no basta para que estés tranquila.

Al otro lado hubo un ruido leve, como si Denia hubiera cambiado el teléfono de mano.

—Por ahora no quiero que vengas a verme.

Santiago sintió el impulso de preguntarle cuánto tiempo necesitaba.

—Está bien.

—Ni que me lleves a la escuela. Mi mamá me puede llevar.

—Está bien, mi amor.

Desde el jardín llegó una carcajada. Santiago se quedó mirando las sillas bajo los árboles.

—Te quiero —dijo.

—Yo también te quiero, papá.

Esperó unos segundos. Quería seguir escuchándola, aunque no dijera nada.

—Gracias por hablar conmigo.

Se despidieron. Santiago dejó el teléfono y permaneció sentado, con las manos sobre las rodillas.

Había deseado aquella llamada durante días. Ahora tenía ganas de llorar.

También tenía ganas de beber.

* * *

Encontró a Patricia cerca del comedor.

—¿Tienes un momento?

Ella dejó los papeles que estaba revisando.

—Claro.

—Acabo de hablar con mi hija. Estoy muy inquieto y tengo ganas de beber.

Patricia lo acompañó a un lugar donde pudieron sentarse. Le preguntó cómo se encontraba y Santiago le contó lo esencial: Denia lo quería, había aceptado escucharlo y todavía no quería verlo.

—Sabía que podía decirme eso —añadió—. Pero esperaba otra cosa.

Se frotó las manos.

—Supongo que quería que me dijera que ya estaba todo bien.

Patricia lo escuchó sin apresurarse a señalarle lo que debía pensar.

—¿Qué te cuesta más ahora? —preguntó.

—No poder arreglarlo.

Santiago miró hacia la puerta. Una parte de él quería volver al teléfono y explicar mejor lo que estaba haciendo. Contarle los grupos, las noches difíciles, las cosas que había escrito. Encontrar algo que Denia no hubiera entendido todavía y que pudiera cambiar su respuesta.

Reconoció el impulso antes de levantarse.

—Quiero llamarla otra vez —admitió—. No para saber cómo está. Para que me diga algo distinto.

Patricia permaneció con él mientras la inquietud disminuía. Acordaron que buscaría al personal si volvía a intensificarse y que retomaría lo ocurrido con Verónica.

Cuando salió, seguía triste. Las ganas de beber no habían desaparecido, pero pudo caminar hacia el comedor sin dirigirse al teléfono.

Tomás pasó parte de la mañana en una cafetería a quince minutos de su departamento. Frente a él estaba Ernesto, el hombre al que había llamado el miércoles desde la Hacienda.

Se conocían desde antes de Los Olivos. Ernesto lo había visto dejar de beber y reconstruir una rutina; también recordaba la ilusión con la que le habló de su empleo en la clínica. Ahora sostenía una taza con ambas manos y escuchaba.

—Lo que más me cuesta es encontrarme con mis compañeros —dijo Tomás—. Saber que tienen que cubrirme porque yo no puedo hacer mi trabajo.

—¿Sigues con las citas?

—Sí. Y apartado de los pacientes.

Ernesto asintió.

—¿Has vuelto a beber?

—No. Ayer tuve ganas varias veces.

—Hablamos cuando estabas en la cocina.

—Y después pude cenar. Me acosté temprano, aunque no dormí mucho.

El mesero dejó un plato con pan. Tomás esperó a que se alejara.

—Parece que todo debería ser más fácil porque sé lo que me está pasando.

Ernesto partió un bolillo.

—¿Más fácil que para quién?

Tomás bajó la mirada. Había escuchado a muchos pacientes avergonzarse por necesitar ayuda otra vez. Con ellos podía distinguir lo ocurrido de todo lo que habían conseguido antes. Al pensar en sí mismo solo veía al terapeuta que llegó a trabajar sin estar en condiciones.

—Debería haberlo hecho mejor.

—Ayer me llamaste.

—Sí.

—Podrías no haberlo hecho.

Tomás tomó un trozo de pan. No sintió alivio inmediato, pero siguió comiendo.

Después hablaron de los Salvatierra. Contó la libreta de Amalia, las llamadas anotadas y la fotografía de Mateo en la playa. Ernesto no le pidió datos sobre la atención ni intentó resolver lo que había ocurrido en la clínica.

—¿Cómo te quedaste después de verlas?

Tomás miró hacia la calle.

—No como esperaba.

—¿Qué esperabas?

—Dejar de pensar en cómo habría sido la conversación.

—Esa parte ya la sabes.

Tomás asintió.

—También sé que no dije todo.

Ernesto dejó la taza.

Tomás movió la servilleta sobre la mesa. Por un momento pensó en contarle la pregunta de Samantha y la respuesta que había evitado. Se quedó mirando sus dedos.

—Me cuesta aceptar lo que hice —añadió.

Era cierto, pero volvió a dejar fuera el nombre de Gabriel.

Al salir caminaron juntos hasta el estacionamiento. Ernesto le preguntó qué haría el resto del día.

—Descansar. Preparar lo de mañana. Tengo que revisar con Patricia la organización de los próximos días y después hablar de mi situación laboral.

—¿Vas a atender?

—Todavía no.

Quedaron en hablar por la tarde. Cuando Ernesto se marchó, Tomás revisó el teléfono.

Había un mensaje de Samantha.

Hoy vamos a descansar. Retomaré los papeles mañana.

Lo leyó sin interpretar que la conversación había terminado para ellas. Guardó el teléfono y volvió a casa.

A la hora de comer, Teresa estaba sentada junto a una ventana. Tenía un sobre abierto y una fotografía sobre la mesa.

—¿Puedo?

—Claro.