Aquí todo el mundo miente Capítulo 7 — Se llegó la hora #3
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Capítulo 7 — Se llegó la hora #3

—Envíame eso también. Con las versiones de los textos.

—Va todo junto. Lo tendré listo el lunes, como quedamos.

—Gracias.

Al fondo se escuchaban voces. Por costumbre, Santiago estuvo a punto de preguntar qué proyecto estaban revisando, pero Mariana añadió que tenía que regresar a una reunión.

—Claro. Te dejo trabajar.

Colgó. Ya tenía suficiente para saber qué buscar cuando llegaran los papeles. No necesitaba llenar las partes que le faltaban con una versión que le resultara cómoda.

* * *

Tomás pasó la tarde en su departamento. Habló por teléfono, confirmó su próxima cita y preparó algo de comer. No tenía hambre, pero se sentó a la mesa.

Samantha le escribió cuando estaba terminando.

Mi madre está descansando. Gracias por recibirnos. Voy a ordenar las notas y revisar qué documentos nos faltan.

Tomás leyó el mensaje y dejó el teléfono junto al plato.

Había esperado sentir que la conversación separaría de algún modo el presente de aquella tarde de once años atrás.

Seguía recordando el hospital y ahora recordaba también a Amalia explicándole cómo dejaba el teléfono cerca para no perder una llamada.

Le había dado las horas. Había reconocido que no contestó por miedo. Había podido hablar de Mateo sin reducirlo a un informe.

Pero Samantha había dicho:

Todavía no nos ha dicho quién decidió.

Se levantó y llevó los platos al fregadero.

No había pronunciado el nombre de Gabriel.

Abrió la llave. En el armario seguía la botella y se sorprendió calculando cuánto quedaba. La idea llegó acompañada por una explicación que conocía: había sido un día difícil, necesitaba tranquilizarse, una copa bastaría.

Cerró el agua, se secó las manos y volvió por el teléfono.

Cuando le contestaron, no empezó hablando de la reunión.

—Tengo ganas de beber —dijo—. Ahora.

Antes de la cena, Héctor ganó otra partida. Santiago le pidió que mostrara la última ficha.

—¿Para qué?

—Para contar los puntos.

—Hay que saber perder, civil.

Teresa recogió las piezas.

—Y hay que ponerse los lentes.

Héctor se los acomodó con una dignidad que hizo reír a Mauricio.

Santiago ayudó a guardar el dominó. Había pasado parte de la tarde pensando en la campaña, pero el cuaderno con las actividades de Verónica seguía bajo su brazo y Denia volvía a su cabeza cada vez que miraba el teléfono del área común.

Quería llamarla. También quería que ella supiera que estaba cumpliendo con algo tan pequeño como no insistir.

Fue al comedor con los demás.

Gabriel recibió el mensaje de Tomás al anochecer.

Ya hablé con Amalia y Samantha. Les expliqué los horarios, la recomendación de traslado y por qué no respondí cuando me lo pidieron. No hice afirmaciones sobre un desenlace que no puedo conocer.

Lo leyó dos veces y llamó.

Tomás contestó desde la cocina de su departamento.

—Gabriel.

—Recibí tu mensaje. ¿Cómo reaccionaron?

—Fue difícil.

—¿Qué te preguntaron?

Tomás miró los platos que todavía no terminaba de lavar.

—Por la espera. Por lo que sabíamos. Samantha quiere solicitar más documentación.

Landa guardó silencio.

—¿Hablaste de lo que revisamos anoche?

—Hablé de aquella tarde y de lo que hice después. No fui en nombre de la Hacienda.

Gabriel se levantó y caminó hasta la ventana.

—¿Van a volver?

—No lo sé. Samantha dijo que revisaría sus notas.

Tomás se frotó los ojos.

—Necesito descansar.

—Por supuesto.

Hubo una pausa.

—Gracias por avisarme —añadió Gabriel.

Colgaron. Landa permaneció junto a la ventana, con el teléfono en la mano.

Los horarios. La recomendación. La espera.

Volvió al mensaje. Tomás no decía qué había respondido cuando le preguntaron quién autorizó el traslado ni quién hizo que aguardaran. Podía haberlo explicado con su nombre y considerarlo parte de una conversación sobre los hechos.

Abrió el teclado y empezó a escribir una pregunta. La dejó incompleta.

Desde el despacho se veía una parte del jardín. Un auxiliar recogía las sillas que los pacientes habían utilizado durante la tarde. Gabriel esperó hasta que terminó, luego volvió a sentarse.

El teléfono seguía abierto en la conversación con Tomás.

En la habitación, Santiago encontró la hoja donde había escrito lo que esperaba recuperar al salir.

Mi trabajo. Mi casa. Mi familia.

Debajo seguía la pregunta del jueves:

¿Qué voy a hacer cuando llegue a casa?

Pensó en añadir una respuesta. Escribió apenas unas palabras y las tachó. Todavía estaba intentando decirlo de una forma que sonara bien.

Héctor entró con una toalla sobre el hombro.

—¿Sigues trabajando?

—Estoy intentando no hacerlo.

El Almirante miró el cuaderno.

—Pues disimulas mal.

Santiago sonrió y pasó a una página limpia. Anotó el nombre de Mateo Salvatierra. Debajo escribió:

¿Qué preguntó Adriana?

Se quedó mirando la frase y añadió otra.

¿Qué hicimos cuando no nos contestaron?

Esa pregunta no podía dejársela únicamente a Tomás.

Cerró el cuaderno. Mariana enviaría la carpeta el lunes. Hasta entonces tenía sus recuerdos, un anuncio que había aprobado y una familia a la que había visto salir de la Hacienda con los papeles apretados contra el cuerpo.