Capítulo 7 — Se llegó la hora #2
—Volví con él. Continué acompañándolo mientras lo atendían.
Amalia sostuvo su mirada.
—¿Dejó de insistir?
—Insistí, pero después acepté que siguiéramos esperando.
La mujer miró la hoja de las llamadas. Samantha permaneció con el bolígrafo suspendido y, al cabo de unos segundos, escribió algo al margen.
—Todavía no nos ha dicho quién decidió —dijo.
—Lo sé.
Nadie habló. Tomás oyó una puerta cerrarse al otro lado del patio.
Amalia sacó otro documento.
—Aquí dice que mi hijo dio información incompleta cuando ingresó.
—Sí. Al principio nos habló de un consumo menor. Después reconoció que llevaba tiempo bebiendo diariamente y que también lo hacía por las mañanas.
Ella cerró los ojos.
—Le pedí que dijera toda la verdad.
Samantha le tocó la mano.
—Esa información era importante para la atención inicial —continuó Tomás—. Pero cuando la médica recomendó trasladarlo, ya se sabía que necesitaba atención hospitalaria. Lo que Mateo ocultó al ingresar no explica por qué esperamos después.
Amalia abrió los ojos y volvió a mirar las horas.
—¿Habría vivido si lo llevan antes? —preguntó.
Tomás tardó un momento en responder.
—No puedo asegurarlo.
—¿Y puede asegurar que habría muerto de todos modos? —intervino Samantha.
—Tampoco.
Ella dejó el informe sobre la mesa.
—Entonces esa parte no la vamos a saber.
—No con certeza.
Amalia pasó una mano sobre la carpeta, alisando una esquina levantada.
—En el hospital le pregunté cuándo habían decidido trasladarlo. Usted me dijo que tenía que averiguar qué podía decirme.
—Me acuerdo.
—¿Necesitaba averiguarlo?
Tomás negó despacio.
—Conocía esas horas. No sabía todo lo que había ocurrido durante la atención médica, pero sí sabía que el traslado se había pedido antes.
—¿Por qué no me lo dijo?
Miró sus notas. Por primera vez le estorbaron. Cerró la libreta.
—Porque tuve miedo. Al principio me convencí de que debía esperar el informe completo. Después me preocupó lo que podía pasar si hablaba: enfrentarme a mis compañeros, perder el trabajo, perjudicar al centro.
Samantha lo observó.
—¿Y lo que nos estaba pasando a nosotros?
—Lo sabía. Pero elegí no responder.
Amalia bajó la vista hacia su lista.
—Yo llamaba desde la casa. Dejaba el teléfono cerca por si me devolvían la llamada. A veces no quería salir para que no fueran a hablar justo cuando no estaba.
Tomás no encontró nada que decir.
—No le pedíamos que nos prometiera que podían salvarlo —continuó ella—. Le pedíamos que nos explicara por qué seguía aquí cuando ya habían dicho que necesitaba un hospital.
—Debí contestarle entonces —respondió—. Le pido perdón por no haberlo hecho.
Amalia guardó la hoja. No dijo que lo perdonaba.
* * *
En el jardín habían empezado otra partida cuando Santiago regresó. Esta vez se sentó detrás de Mauricio para mirar.
—¿Resolvieron tu asunto en recepción? —preguntó Héctor.
—Sí.
Mauricio colocó una ficha. Santiago estuvo a punto de señalarle otra opción y se contuvo.
—No soples —advirtió Teresa.
—No he dicho nada.
—Se te está viendo en la cara.
El Almirante sonrió, pero Santiago apenas lo escuchó. Pensaba en el nombre que había oído y en la manera en que Tomás se había detenido al reconocer a la mujer.
El jueves recordó que la campaña había empezado después de una muerte. Ahora tenía delante a una familia que había vuelto a la clínica con una libreta.
Sacó el cuaderno y escribió el apellido. Debajo dejó espacio.
La reunión continuó. Samantha preguntó qué registros conservaba la Hacienda, cuáles había consultado Tomás y cómo podían solicitar lo que todavía no les habían entregado. Él distinguió sus recuerdos de las anotaciones y señaló cuando no podía confirmar un dato.
Amalia escuchó hasta que su hija terminó de escribir.
—¿Usted estuvo con él cuando salió?
—Lo acompañé hasta la entrada.
—¿Estaba despierto?
Tomás recordó la camilla.
—Respondía de manera confusa. Cuando le hablé, no pareció reconocerme.
Amalia dejó las manos inmóviles sobre el bolso.
—¿Preguntó por nosotros?
—Antes del traslado preguntó por usted.
Samantha rodeó los hombros de su madre. Tomás esperó. La ventana estaba abierta y entraba el rumor del jardín, donde alguien se rio sin saber lo que ocurría en aquella sala.
Después Amalia sacó una fotografía. Mateo estaba sentado en la playa, con las piernas hundidas en la arena.
—Tenía miedo de ingresar —dijo—. Hizo bromas toda la mañana para que no se lo preguntáramos.
Tomás acercó la mirada.
—Me habló de comprarle un barco.
Amalia levantó la cabeza.
—¿Le dijo eso?
—Uno pequeño. Dijo que, si subía Samantha, la pondrían a remar.
A Samantha se le escapó una risa que terminó en llanto.
—Siempre me tocaba a mí hacer el trabajo.
Amalia acarició el borde de la fotografía.
—Decía que iba a llevarme a ver el mar.
Tomás recordó la maleta demasiado grande, la sonrisa con la que Mateo intentaba quitarle importancia a todo y las preguntas que había contestado mirando hacia otro lado. Durante años lo había recordado principalmente en una cama, rodeado de decisiones que no dejaba de revisar.
En la fotografía no había ninguna de esas cosas.
Amalia volvió a guardarla.
—No sé qué voy a hacer con lo que nos ha dicho.
Tomás permaneció callado.
—Pensaba que, si alguien me explicaba lo que pasó, iba a poder descansar. Ahora sé más cosas y sigo sin tener a Mateo.
Samantha le tomó la mano.
Tomás miró los papeles. Había llegado con la esperanza de responder y terminaba entendiendo que ninguna cantidad de explicaciones podía darle a Amalia lo que él había imaginado para sentirse menos culpable.
—No puedo reparar estos años —dijo.
—No —respondió ella—. No puede.
Samantha recogió los documentos y comprobó que no quedara nada sobre la mesa. Tomás se levantó cuando Amalia tomó el bolso.
Antes de salir, la mujer se volvió.
—Gracias por contestarnos hoy.
Él alcanzó a sentir alivio.
—Ojalá no hubiéramos tenido que esperar once años —añadió ella.
Tomás abrió la puerta y las acompañó sin intentar responder.
Santiago terminó su sesión poco antes de la una. Había hablado de la agencia y de Denia, de las ganas de escucharla y del mensaje que le había enviado a través de Lucía: no tenía que contestarle todavía.
Al salir vio a las dos mujeres de la mañana. Amalia caminaba despacio y Samantha llevaba la carpeta. Tomás las acompañó hasta recepción.
Santiago se quedó junto a una ventana. Cuando las visitantes salieron, el terapeuta regresó por el corredor con el bolso al hombro.
—Tomás. ¿Tienes un momento?
Él miró hacia la salida.
—Dime.
—Vi uno de los anuncios de la campaña. El de la fuente.
Tomás se detuvo.
—Todavía hay ejemplares de esa revista.
—Recordé una reunión con Adriana. Antes de que empezáramos con el cambio de nombre.
Tomás no respondió. Santiago intentó situarlo en la imagen que había vuelto a su memoria.
—Tú estabas cerca de la puerta, ¿verdad?
—Sí.
—Ella preguntó algo sobre los horarios.
El terapeuta ajustó la correa del bolso.
—Hizo preguntas sobre el traslado de un paciente.
Santiago miró hacia recepción.
—¿Mateo Salvatierra?
Tomás sostuvo su mirada.
—Sí.
Durante unos segundos, Santiago no dijo nada. Ya no se trataba de un apellido que podía pertenecer a cualquier cliente.
—Las mujeres que vinieron…
—Su madre y su hermana.
Santiago bajó la vista. Se acordó del anuncio, de las discusiones sobre la fotografía y de su propia satisfacción al terminar aquel trabajo.
—Pedí que buscaran nuestra carpeta —dijo—. Quiero revisar qué nos entregaron y qué hicimos.
—Han pasado muchos años.
—Por eso prefiero verlo. Hay cosas que recuerdo y otras que no.
Tomás asintió. Parecía agotado.
—No voy a pedirte que me cuentes lo que hablaron hoy —añadió Santiago—. Pero quizá pueda preguntarte después por aquella reunión. Por lo que yo estuve haciendo aquí.
—Podemos hablar de eso.
El terapeuta miró hacia la salida y Santiago se apartó.
—Gracias.
Tomás dio unos pasos antes de volverse.
—Sigue atendiendo lo tuyo también.
Santiago sostuvo el cuaderno contra el cuerpo.
—Eso intento.
Lo vio marcharse. La conversación había durado pocos minutos, pero bastó para unir al hombre de la puerta, la pregunta de Adriana y el nombre que acababa de escribir.
Durante el horario de llamadas, Mariana contestó desde la agencia.
—¿Cómo vas?
—Mejor. ¿Pudiste revisar la carpeta?
—He separado lo que conservamos. Hay material del cliente, versiones de los textos y notas tuyas.
Santiago acercó una silla al teléfono.
—¿Aparece el apellido Salvatierra?
Escuchó el movimiento de unos papeles.
—Sí.
No necesitó preguntarle de quién se trataba.
—¿Están las notas de la primera reunión?
—Hay unas hojas tuyas. No sé si son de la primera; tendrás que reconocerlas.
Santiago pasó el dedo por el borde de su cuaderno.