Capítulo 7 — Se llegó la hora
Se llegó la hora
* * *
Recomendación de traslado comunicada a dirección.
Recordaba aquella tarde con una precisión que a veces le parecía injusta. Había olvidado nombres de pacientes a quienes atendió durante años y conversaciones que en su momento consideró importantes. Sin embargo, podía recordar el olor del pasillo donde esperó a que autorizaran la salida de Mateo.
—Aquí está la solicitud —dijo—. Lo que sigue sin explicarse es por qué esperamos.
Gabriel se acomodó en la silla.
—Por eso quería que revisáramos los documentos. No hay nada que permita asegurar que un traslado más temprano lo habría salvado.
—No voy a decir que lo habría salvado.
Landa asintió, pero Tomás dejó la mano sobre la hoja.
—Tampoco podemos usar eso para no hablar de la espera.
Desde el corredor llegó el ruido de un carrito. Gabriel aguardó a que se alejara.
—El equipo siguió atendiéndolo.
—Sí. Y la médica había pedido que lo llevaran al hospital.
—Se hizo otra valoración.
Tomás levantó la vista.
—La recomendación no cambió.
Gabriel miró los documentos. Durante unos segundos pareció que iba a buscar una hoja distinta, pero retiró la mano.
—Yo también me he preguntado muchas veces si pudimos hacer algo más.
Tomás lo observó. Quería escuchar esa duda sin tener que examinar qué parte de ella era arrepentimiento y qué parte podía convertirse en otro argumento para dejar las cosas como estaban.
—Amalia no me está pidiendo que le asegure un desenlace distinto —dijo—. Me preguntó por qué tardamos. Yo sabía que habían recomendado el traslado y le contesté que tenía que averiguar qué información podía darle.
—Estábamos esperando a tener la secuencia completa.
—Yo ya conocía una parte.
Landa volvió a mirar la carpeta.
—Y había cosas que no podíamos valorar nosotros.
—Eso podía habérselo dicho. También podía decirle lo que sí sabía.
Tomás se recostó un momento. Le pesaban los hombros. Había pasado días preparando aquella conversación y, aun así, volvía a encontrarse explicando por qué necesitaba responderle a una madre.
—Al principio pensé que hablar de esas horas solo iba a hacerles más daño —continuó—. Después me dio miedo. Perder el trabajo, enfrentarme contigo, descubrir que había dejado pasar el momento de hacer algo.
Gabriel juntó las manos.
—No podías cambiarlo todo.
—No. Pero podía contestar el teléfono.
El silencio se prolongó. Tomás bebió agua y guardó sus notas en el bolso.
—¿Qué vas a llevar mañana? —preguntó Landa.
—Mi libreta. Lo que recuerdo y lo que pude comprobar.
—¿Los originales?
—Se quedan aquí. Si necesitan otras copias, tendrán que solicitarlas.
Gabriel asintió.
—Hay cosas que pueden entenderse de otra manera si se cuentan fuera de contexto.
—Voy a explicar el contexto. También voy a decir por qué dejé de responderles.
—No tienes que cargar tú solo con lo que ocurrió.
Tomás cerró el bolso.
—Voy a hablar de la parte que me corresponde.
Landa lo acompañó hasta la puerta. Antes de abrirla, le puso una mano en el hombro.
—No quiero que terminemos enfrentados por esto.
—Yo tampoco.
—Cuídate. No dejes de atenderte por estar pendiente de mañana.
Tomás asintió. A pesar de todo, escuchar aquellas palabras de su amigo le produjo alivio.
—Buenas noches, Gabriel.
Salió al corredor. Habían revisado las mismas horas y vuelto a hablar de las mismas dudas. No sabía si Gabriel había entendido algo distinto esa noche o si él necesitaba creerlo.
El sábado, Santiago despertó antes de la campana. Héctor dormía con una mano sobre el pecho y la otra colgando hacia el suelo. Su gorra descansaba junto al libro de la noche anterior.
Santiago permaneció acostado unos minutos. Seguía teniendo momentos de inquietud y todavía le costaba concentrarse, pero se sentía menos agotado. Fue al baño sin encender la luz principal.
Cuando regresó, el Almirante abrió los ojos.
—¿Qué hora es?
—Las seis y cuarto.
Héctor se incorporó.
—¿Ya sonó?
—No.
Miró el reloj y volvió a acostarse.
—Entonces no me hables.
Después del desayuno, Héctor reunió a Mauricio, Teresa y Santiago alrededor de una mesa del jardín para jugar dominó. Otros dos compañeros se acercaron a mirar.
—¿Sabes jugar? —preguntó el Almirante.
—Por supuesto.
—¿Bien?
—Depende de con quién.
Llevaban varios turnos cuando Héctor colocó su última ficha y apoyó las manos sobre la mesa.
—Se terminó.
Santiago señaló la pieza.
—Eso es un seis.
—Es un cinco.
Mauricio se inclinó.
—Es un seis, Héctor.
El Almirante acercó la cara y comparó las fichas.
—Están muy juntos los puntos.
Teresa soltó una carcajada.
—Ponte los lentes.
Héctor retiró la pieza con desgana. Santiago se rio y miró alrededor: los compañeros junto a la mesa, las bandejas que todavía recogían en el comedor, una ventana abierta en el piso de arriba.
Llevaba varios minutos sin pensar en la agencia ni en la forma de salir de allí.
Le sorprendió advertirlo. Después Mauricio le indicó que era su turno y volvió a mirar sus fichas.
Tomás llegó poco después de las diez. Había dormido mejor y, antes de salir, habló con la persona que lo acompañaba durante aquellos días. Quedaron en comunicarse de nuevo por la tarde.
En el trayecto pensó varias veces en regresar. No porque hubiera cambiado de opinión sobre la reunión, sino porque ya no quedaba nada que preparar antes de tener que sentarse frente a Amalia.
Patricia lo encontró en el corredor.
—La sala está lista. Recepción sabe que vendrán dos personas.
—Gracias.
La enfermera lo observó.
—¿Cómo te encuentras?
—Nervioso.
—Si necesitas un momento, puedes pedirlo.
Tomás asintió y entró en la sala. Colocó su libreta sobre la mesa, comprobó que hubiera agua y se sentó. Todavía faltaban casi cuarenta minutos.
Amalia no quiso que Samantha la ayudara a bajar del coche. Acomodó el bolso en su hombro y sostuvo la carpeta de cartón contra el pecho. Caminaba con cierta rigidez, pero su hija sabía que no convenía ofrecerle el brazo otra vez.
Se detuvo frente al letrero.
HACIENDA REAL DEL MONTE.
—Podemos esperar —dijo Samantha.
Amalia miró los árboles que bordeaban el camino.
—Éstos siguen igual.
Once años antes habían recorrido aquella entrada con Mateo.
Samantha recordaba la maleta, los comentarios con los que su hermano había intentado hacerlos reír y la fuente que se veía desde el vestíbulo.
Después recordaba el hospital. Entre una cosa y otra quedaba un espacio que había intentado llenar durante demasiado tiempo.
—¿Entramos?
Amalia ajustó la carpeta.
—Para eso vinimos.
* * *
Santiago salió de la actividad de la mañana con el cuaderno bajo el brazo. Tenía una sesión de seguimiento más tarde y quería preguntar en recepción por el horario de llamadas del fin de semana.
Dos mujeres estaban junto al mostrador.
—Venimos a ver a Tomás Ferrer —dijo la más joven—. Nos espera a las once.
La mayor miraba hacia el corredor.
—El día que trajimos a Mateo nos sentamos ahí —murmuró—. Dijo que olía a café.
Santiago esperó a unos pasos. La recepcionista les indicó una pequeña sala y fue a avisar a Tomás.
El terapeuta apareció al fondo del corredor. Al ver a la mujer mayor, redujo el paso.
—Señora Salvatierra.
Ella se levantó.
—Tomás.
No se estrecharon la mano. Samantha recogió el bolso de su madre.
—Trajimos la libreta.
Tomás asintió y las acompañó por un corredor lateral. Santiago los siguió con la mirada hasta que entraron en la sala.
Mateo Salvatierra.
La combinación le hizo pensar en los documentos de la campaña. No recordaba una cara ni una conversación con aquel joven, pero el nombre parecía pertenecer a la reunión anterior a las fotografías. A la pregunta de Adriana que no había conseguido reconstruir el jueves.
Cuando volvió la recepcionista, tuvo que esforzarse para recordar qué había ido a preguntar.
Amalia puso la carpeta sobre la mesa y permaneció de pie. Había aceptado reunirse allí, pero ahora observaba la ventana como si necesitara averiguar qué parte del edificio estaba al otro lado.
—Podemos buscar otro lugar —dijo Tomás.
Ella negó con la cabeza y se sentó.
Samantha ocupó la silla contigua. Tomás esperó a que acomodaran sus cosas antes de abrir la libreta.
Amalia sacó una hoja con fechas y nombres.
—Éstas son las llamadas que hice.
Él reconoció su nombre junto a varias anotaciones.
—Le llamé a usted. Después al director. Después otra vez a usted. Me decían que estaban revisando la información.
—Sí.
—Y luego cambiaron el nombre de la clínica.
Tomás miró la hoja.
—El cambio se hizo después de la muerte de Mateo, como parte de una campaña.
—Eso lo sé —respondió Amalia—. Lo que nunca entendí fue por qué podían hacer una campaña completa y no contestarnos una pregunta.
Tomás dejó el bolígrafo.
—No debió ocurrir así.
Amalia retiró la mano de la carpeta.
—¿Por qué tardaron tanto en llevarlo al hospital?
Él había ensayado la respuesta. Frente a ella tuvo que resistir el impulso de empezar por todo lo que podía explicar antes de llegar a lo que le estaba preguntando.
Abrió sus notas.
—La médica recomendó el traslado a las cuatro cuarenta. La autorización se dio a las seis doce y la ambulancia salió a las seis treinta y cuatro.
Samantha escribió las horas.
—¿Y entre una cosa y otra?
—Se mantuvo la atención dentro de la clínica y se hizo otra valoración.
—¿La médica retiró la recomendación de llevarlo?
—No.
Amalia levantó la vista.
—Entonces ¿por qué esperaron?
Tomás apoyó los dedos en el borde de la libreta.
—Se decidió esperar una nueva valoración y la autorización para salir.
—¿Quién lo decidió?
En su memoria escuchó a Gabriel al teléfono. No tuvo que buscar una fecha ni comprobar una anotación. Recordó la voz pidiéndoles que mantuvieran preparado a Mateo hasta que él llegara.
—Fue una decisión que se tomó aquí, durante la atención de aquella tarde.
Samantha dejó de escribir.
—Eso no responde quién.
Tomás sintió calor en la cara. Había conseguido pronunciar las horas sin rodeos; al llegar al nombre, acababa de refugiarse otra vez en el centro, en el equipo, en una decisión sin dueño.
—Yo pedí que se atendiera la recomendación —dijo—. Quería que Mateo saliera antes.
—¿Y después? —preguntó Samantha.