Aquí todo el mundo miente Capítulo 6 — Una nueva etapa #3
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Capítulo 6 — Una nueva etapa #3

Tomás pasó la mañana fuera de la clínica. Continuó con el seguimiento acordado y revisó en su departamento los papeles que conservaba. Separó sus notas de las copias recibidas en distintos momentos; apartó también dos hojas cuya fecha no podía confirmar.

A media tarde recibió un mensaje de Gabriel.

Si te parece, ven esta noche a mi despacho. Podemos revisar los documentos cuando terminen las actividades.

Tomás leyó el mensaje sin responder. No le apetecía regresar después de haber pasado buena parte del día pendiente de cómo se encontraba. Escribió:

Podemos vernos mañana temprano.

La respuesta llegó poco después.

Antes de que hables con Amalia tendríamos poco tiempo. Prefiero que conversemos con calma. No quiero que sigamos así.

Tomás dejó el teléfono sobre la mesa. La última frase le pesó más que las anteriores.

Llamó a la persona con quien se mantenía en contacto desde el miércoles. Hablaron de la noche, de la reunión y de la posibilidad de volver a sentirse sobrepasado. Después llamó a Samantha.

—Mi madre ya preparó todo —le dijo ella.

—¿Todo?

—Los registros que le entregaron, las cartas y la libreta de las llamadas.

Tomás cerró los ojos un instante.

—Quería proponerles algo. Si tu madre está de acuerdo, podemos vernos en la Hacienda. Puedo solicitar una sala y allí tendré a mano lo que conservamos.

Samantha se apartó del teléfono para hablar con Amalia. Tomás escuchó voces sin distinguir las palabras.

—Acepta —dijo al volver—. Pero llevará sus propios papeles.

—Por supuesto.

Acordaron las once. Tomás tomó nota, aunque no necesitaba hacerlo.

—Samantha, ¿ella está segura de que quiere verme?

La respuesta tardó un momento.

—Lleva once años queriendo hablar contigo.

Él bajó la cabeza.

—No sé si podré responder todo.

—Entonces nos dirás qué sabes y qué no sabes.

Tomás miró los documentos separados sobre la mesa.

—De acuerdo.

Cuando terminó la llamada, escribió tres frases en una hoja:

Lo que recuerdo.

Lo que está documentado.

Lo que elegí callar.

Dejó el bolígrafo junto a la tercera. Después confirmó a Gabriel que iría esa noche.

Santiago encontró a Héctor en el jardín después de la cena. Se sentó a su lado y le contó lo del anuncio.

—¿El de aquí? —preguntó el Almirante.

—Mi agencia hizo el cambio de identidad. Te lo había comentado.

—Me hablaste de tu trabajo. No sabía que también eras responsable de la propaganda de este establecimiento.

—Solo de la de hace once años.

—Entonces ya prescribió mi queja sobre el café.

Santiago sonrió.

—Mariana va a buscar la carpeta.

—¿Para qué?

Miró hacia el edificio.

—Quiero ver unas notas. Había cosas que debían aclararse antes de hacer la campaña.

Héctor esperó, pero Santiago no añadió nada.

—¿Algo de trabajo?

—Sí. De trabajo.

El Almirante se levantó al escuchar la campana. Santiago tardó unos segundos en seguirlo.

Había usado esas mismas palabras muchas veces: un asunto de trabajo. Le servían para explicar una llamada a deshora, una cena a la que no llegaba o una conversación que prefería no tener. Aquella noche no supo si describían lo que estaba buscando o si le evitaban nombrarlo.

Tomás llegó cuando el comedor ya estaba vacío. En recepción confirmó que había solicitado una sala para el sábado a las once y dejó los nombres de Samantha y Amalia. Después preguntó por Gabriel.

—Está en su despacho.

Caminó por el corredor. Se escuchaban platos en la cocina y voces del personal de guardia. Conocía aquellos sonidos, la puerta que rozaba el piso al abrirse y el tramo donde la luz tardaba en encender.

La noche de la muerte de Mateo había regresado del hospital por ese mismo pasillo. Landa estaba al teléfono. Cuando terminó, Tomás le preguntó qué le habían dicho a la familia y Gabriel respondió que debían esperar a reunir toda la información.

Él no insistió.

Al llegar al despacho encontró la puerta entreabierta. Gabriel hablaba por teléfono.

—Mañana revisamos el presupuesto. Hoy todavía tengo trabajo pendiente.

Colgó y levantó la vista.

—Pasa.

Se acercó a recibirlo. Ya no tenía el gesto severo de las últimas discusiones.

—Gracias por venir.

Tomás dejó el bolso en una silla.

—No puedo quedarme mucho tiempo.

—Lo entiendo.

Había dos vasos y una jarra de agua sobre la mesa auxiliar. Gabriel le indicó un asiento y fue hasta el armario. Sacó una carpeta, la colocó frente a él y permaneció un momento con la mano sobre la cubierta.

LOS OLIVOS.

—Encontré esto. Pensé que debíamos revisarlo juntos.

Tomás abrió la carpeta. La primera hoja contenía la cronología de atención de Mateo. Reconoció su letra junto a la solicitud de traslado.

16:40.

Pasó el dedo por el margen, sin tocar los números.

—¿Por qué la guardaste?

Gabriel se sentó frente a él.

—Porque nunca quise olvidar lo que pasó.

Tomás levantó la mirada. Había deseado escuchar algo parecido durante años. La frase no explicaba el retraso ni las respuestas que les habían negado a los Salvatierra, pero abría una posibilidad que no había encontrado en las conversaciones anteriores.

Quería creer que su amigo estaba dispuesto a hablar.

—Mañana voy a ver a Amalia —dijo.

—Lo sé.

La última campanada de la noche se escuchó desde el corredor. Tomás esperó a que terminara y volvió a mirar la hoja.

Esta vez no pasó al siguiente documento.