Aquí todo el mundo miente Capítulo 18 — Los que regresan #2
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Capítulo 18 — Los que regresan #2

Comenzaron a jugar. Durante los primeros movimientos no hablaron. Se escuchaba la actividad del comedor y el roce de las ramas sobre el muro.

Santiago movió un caballo.

El Almirante estudió la posición.

—No.

—¿No qué?

—No me conviene.

—Eso ya es una observación bastante precisa.

Héctor le lanzó una mirada por encima de los lentes.

Siguieron jugando. Cuando Santiago ganó, el Almirante señaló hacia los árboles.

—Ese pájaro empezó justo cuando iba a mover la reina.

—El pájaro no te tocó ninguna pieza.

—Ésa es su versión.

Santiago se rio y lo ayudó a guardar.

Reconoció una pequeña marca en el borde de la caja. El tablero ya no parecía recién comprado. Héctor lo había utilizado, llevado consigo y puesto frente a otras personas.

—Me alegra que te haya servido.

El Almirante cerró el broche.

—Todavía puede darte muchos disgustos.

Santiago recogió la mochila.

—Gracias por organizar esto.

—Podemos volver a hacerlo.

—Sí.

No prometieron una fecha antes de revisar sus compromisos. Quedaron en hablar.

Al pasar frente al despacho de Gabriel, Santiago lo encontró con la puerta entreabierta.

—Santiago.

Se detuvo.

—Buenos días.

Landa se levantó.

—Me comentaron que venías.

—Tuve mi sesión. Aproveché para ver a los compañeros.

—¿Cómo te está yendo?

Santiago acomodó la correa de la mochila.

—Con cosas que todavía cuestan.

Gabriel asintió.

La silla seguía junto a la pared. Santiago recordó el ejercicio, las palabras que pudo decir y el momento en que la conversación se dirigió hacia las copias de Los Olivos.

—Aquel día me sirvió hablar de Tomás —dijo.

Landa dejó una mano sobre el respaldo.

—Me alegra.

—También quiso saber qué había encontrado en los documentos y si había podido enseñárselos.

Gabriel sostuvo su mirada.

—Estabas preocupado por eso.

Santiago no respondió de inmediato.

Había aportado lo que escuchó. Samantha conservaba sus documentos y él los de la agencia. No tenían una prueba con la que atribuirle a Gabriel la muerte de Tomás.

Eso no lo obligaba a recuperar la confianza.

—Las preguntas siguen ahí —dijo.

El director bajó la vista hacia la silla y volvió a mirarlo.

—Son asuntos que llevan tiempo.

Santiago reconoció la respuesta. Había utilizado otras parecidas cuando una información le resultaba incómoda.

No quiso discutir en la puerta ni fingir que habían aclarado algo.

—Que tenga buen día.

Se despidió con un gesto y continuó por el corredor.

* * *

Gabriel cerró la puerta.

Permaneció de pie junto a la silla.

Santiago ya se había marchado. Llevaba meses fuera de la Hacienda y todavía volvía con el nombre de Tomás presente. Los papeles seguían disponibles y Samantha no había retirado sus preguntas sobre Mateo.

Gabriel no sabía qué había escuchado la familia durante la reunión del sábado.

Había dejado pasar semanas, después meses. Cada vez que pensaba en llamar encontraba una razón para posponerlo: un ingreso, una reunión, la posibilidad de que su llamada provocara nuevas solicitudes.

Mientras no preguntara, podía seguir imaginando que Tomás había dicho su nombre. Que al entrar en aquel departamento ya estaba intentando detener algo que había empezado.

Se acercó al escritorio.

Buscó el contacto de Amalia entre los documentos históricos de la clínica. Leyó el nombre y sostuvo el teléfono unos segundos antes de marcar.

La llamada sonó varias veces.

—¿Bueno?

—¿Señora Salvatierra?

—Sí.

—Soy Gabriel Landa.

Hubo un silencio.

—Lo recuerdo. Dígame.

Gabriel se sentó.

—Quería preguntarle por la conversación que tuvieron con Tomás.

Amalia tardó en responder.

—Samantha se está ocupando de los papeles.

—Lo sé. Me refiero a lo que él les explicó aquel día.

Al otro lado se escuchó un movimiento, como si la mujer hubiera dejado algo sobre una mesa.

—Nos dio las horas. Dijo que la médica había recomendado llevar a Mateo al hospital antes de que saliera la ambulancia.

Gabriel apretó el teléfono.

—Sí.

—También habló de por qué no nos contestó durante tanto tiempo.

El director miró la hoja donde había encontrado el número.

—¿Les dijo quién decidió esperar?

—No.

Gabriel dejó de moverse.

Amalia continuó:

—Se lo preguntamos. Nos habló de una decisión tomada en la clínica. Mi hija volvió a preguntarle.

Él no pudo decir nada.

—No nos dio ningún nombre —añadió la mujer.

El despacho permaneció en silencio. Gabriel escuchaba la respiración de Amalia al otro lado.

Tomás había estado frente a ellas. Había oído la pregunta y había hablado de los horarios, de sus temores, de lo que dejó de hacer.

No lo había nombrado.

—¿Doctor?

Gabriel cerró los ojos.

—Sí. La escucho.

—Eso es lo que recuerdo. Por ahora prefiero que lo demás lo vean con Samantha.

—Por supuesto.

Amalia hizo una pausa.

—Y siento lo de Tomás. Sé que trabajaron juntos muchos años.

Gabriel apoyó una mano sobre el borde del escritorio.

—Gracias.

Se despidieron.

La llamada terminó.

Dejó el teléfono boca abajo.

Había temido una denuncia que Tomás no había hecho. Durante meses se había aferrado a la posibilidad de que su amigo ya lo hubiera señalado, como si eso pudiera cambiar lo ocurrido después.

Ahora no podía seguir suponiéndolo.

Recordó las dos tazas y la bolsa de pan. A Tomás hablando de Ernesto, de la caminata de la mañana siguiente, de las citas que quería mantener.

Recordó su mano buscando apoyo.

Gabriel se había quedado a su lado sin llamar a nadie.

Tomás había callado su nombre ante la familia. Él había matado al hombre que todavía no se había decidido a decirlo.

No sintió alivio.

La noticia no le quitaba un peligro. Le quitaba la explicación con la que había intentado vivir desde aquella noche.

Había querido proteger la Hacienda. Allí estaban el despacho, los jardines y las personas que seguían acudiendo a él. Nadie entró para detenerlo. No sonó un teléfono que anunciara que todo había cambiado.

Sobre la mesa tenía tres documentos pendientes.

Al otro lado del corredor alguien se rio.

Gabriel miró el contacto de Tomás entre las conversaciones recientes. Durante años lo había llamado al terminar una jornada difícil. A veces empezaba diciendo que necesitaba hablar del trabajo y terminaban sentados frente a dos platos.

No podía llamarlo.

Tampoco podía contarle a otra persona por qué acababa de entender que lo había perdido de una manera distinta.

Volvió el teléfono boca abajo y se quedó sentado.

Santiago encontró a Lucía en recepción. Conversaba con Elena mientras Mauricio y Teresa esperaban al Almirante, que seguía comprobando que ninguna pieza faltara en la caja.

—¿Cómo te fue? —preguntó su hermana.

—Bien. Ya me acusaron de ganar con ayuda de un pájaro.

Lucía lo miró.

—No necesito que me expliques.

Él sonrió y se acomodó la mochila.

Mientras Elena se despedía, comprobó el teléfono. Tenía un mensaje de Denia.

El partido del sábado cambió a las seis. Luego te mando la ubicación.

Santiago revisó el calendario antes de responder.

Gracias por avisarme. Espero la dirección.

Guardó el teléfono.

No sabía qué conversación tendrían después del partido ni si ella querría quedarse un rato con él. Por ahora le estaba diciendo dónde encontrarla.

Lucía terminó de hablar con Elena.

—¿Vamos a comer?

—Sí. Tengo hambre.

Se acercaron al grupo.

Teresa le dio un abrazo y Mauricio le recordó que avisara para la próxima reunión. Santiago dijo que lo haría.

Héctor seguía junto al tablero.

—La próxima vez habrá revancha, civil.

—La próxima vez deja al pájaro fuera del asunto.

—No puedo responsabilizarme de toda la fauna.

Mauricio le quitó la caja antes de que la abriera otra vez para reconstruir la partida.

En el despacho, Gabriel levantó uno de los documentos.

Leyó la fecha y el nombre del paciente. Era una solicitud ordinaria, algo que habría resuelto en unos minutos cualquier otra mañana.

Volvió al principio.

Desde el corredor llegó la voz de Santiago despidiéndose de alguien. Después escuchó al Almirante y una carcajada.

La Hacienda seguía funcionando.

Gabriel tomó el bolígrafo, pero no firmó enseguida.

La frase de Amalia volvía sin cambiar una sola palabra.

No nos dio ningún nombre.

Dejó el documento sobre la mesa. Frente a él estaba la silla que utilizaban para las entrevistas, las reuniones y las conversaciones que necesitaban un poco de tiempo.

Tomás había ocupado muchas sillas al otro lado de Gabriel. En restaurantes, consultorios, salas de espera. Se había quedado cuando otros dejaron de hacerlo.

Ahora Gabriel tenía el lugar que quiso conservar.

Se quedó mirando el asiento vacío.

Santiago estaba junto a sus compañeros cuando sonó la campana.

Héctor consultó el reloj.

—Ya nos están llamando al orden.

—A ti —dijo Mauricio—. Yo tengo libre el resto de la mañana.

Teresa se rio. Lucía esperaba cerca de la puerta, con las llaves en la mano.

Santiago miró el corredor por el que había llegado con miedo, el camino hacia las habitaciones y el jardín donde hicieron la fogata. Recordó a Patricia acompañándolo cuando tuvo ganas de consumir, a Teresa dejándolo estar triste sin apurarlo y a Héctor sentado a su lado cuando no podía hablar.

También estaba Tomás.

Su ausencia no había quedado resuelta porque otros siguieran trabajando allí. Tampoco las preguntas sobre Mateo desaparecían con una mañana agradable.

Santiago había vuelto para su cita y para ver a sus amigos. Tenía documentos que conservar, respuestas que seguir dando y una vida fuera de la Hacienda que requería su atención.

No necesitaba elegir entre reconocer lo que recibió y recordar lo que ocurrió.

Héctor lo observó.

—¿Qué pasa, civil?

Santiago negó con la cabeza, sonriendo.

Durante mucho tiempo había querido salir de aquel lugar sin mirar atrás. Ahora podía marcharse y admitir que algunas cosas le harían falta.

Lucía lo esperaba. Denia le enviaría la dirección del partido que iría a ver. El Almirante sostenía el tablero con el que habían jugado una partida más.

Santiago miró a sus compañeros.

—Aquí todo el mundo miente. Hasta yo, cuando digo que no extraño estar aquí con todos ustedes, compañeros.

FIN