Capítulo 6 — Una nueva etapa
Una nueva etapa
* * *
El jueves, Santiago encontró al Almirante sentado al borde de la cama, estudiando el horario de actividades con los lentes puestos.
—¿Cambió algo? —preguntó.
—No. Ése es el problema.
Santiago se sentó para ponerse los zapatos.
Había dormido mejor, aunque se despertó dos veces.
La segunda, poco antes de las cuatro, tuvo ganas de beber y permaneció un rato junto a la ventana.
La inquietud fue disminuyendo, pero tardó en volver a acostarse.
Pensaba contárselo a la enfermera durante la revisión de la mañana.
Héctor dobló el horario.
—¿Listo?
—Casi.
—Eso dijiste hace diez minutos.
—No sabía que también supervisabas los zapatos.
—Alguien tiene que hacerlo.
Salieron cuando sonó la campana. Santiago ya distinguía algunas de sus llamadas y comenzaba a calcular cuánto tardaría en llegar al comedor sin tener que preguntarle a alguien por dónde ir. Esa familiaridad le resultaba cómoda y molesta al mismo tiempo. No quería acostumbrarse demasiado.
Mauricio les había guardado lugar. Una mujer a quien Santiago había visto en los grupos se acercó con su bandeja.
—¿Puedo?
—Claro —respondió Mauricio.
Se llamaba Teresa. Llevaba poco más de dos semanas en la Hacienda y hablaba con una calma que contrastaba con la energía del Almirante.
—¿Cómo dormiste? —le preguntó.
—Un poco mejor.
—A mí todavía se me hace raro despertar aquí.
Santiago la miró. Había supuesto que, después de dos semanas, todo aquello dejaría de sentirse extraño.
—¿También te despiertas pensando que estás en tu casa?
—Algunas veces. Hasta que escucho a alguien arrastrar una silla.
Héctor levantó la vista.
—Podrían ponerle fieltro a las patas. Lo propuse desde que llegué.
—¿Y qué te dijeron? —preguntó Santiago.
—Que lo iban a revisar.
Mauricio sonrió.
—El Almirante está esperando una respuesta por escrito.
Mientras hablaban, Santiago empezó a desayunar. Tenía hambre y la comida le supo mejor de lo que esperaba. Por unos minutos dejó de contar los días que llevaba allí.
Tomás tuvo su cita de seguimiento antes de acudir a la Hacienda.
Había pasado la noche sin beber: habló por teléfono, cenó algo y consiguió acostarse, aunque a las dos de la madrugada volvió a levantarse para buscar un documento.
La carpeta estaba sobre la mesa, donde él mismo la había dejado.
Aun así, pasó casi una hora revisándola.
Durante la consulta habló de eso y de la reunión del sábado. También hablaron de la posibilidad de posponerla.
—Llevo once años posponiéndola —dijo.
—No te estoy diciendo que renuncies a ella. Necesitamos saber cómo te encuentras y qué apoyo vas a necesitar.
Tomás bajó la vista. Había preparado respuestas para una prohibición, pero no para aquella pregunta.
—No quiero llegar a casa de Amalia y que termine preocupándose por mí.
Revisaron cómo había pasado la noche, qué haría al regresar a su departamento y con quién podía mantenerse en contacto. La reunión con los Salvatierra quedó entre las cosas que debía valorar según su evolución, no como una prueba que tuviera que superar para demostrar que estaba bien.
Cuando llegó a la Hacienda, Patricia lo recibió en un consultorio desocupado.
—¿Cómo te fue?
Tomás dejó el bolso en una silla.
—Voy a continuar con las citas y el seguimiento. Todavía no estoy para volver a las sesiones.
Patricia asintió.
—Están cubiertas.
Le explicó brevemente cómo se habían organizado. Verónica atendía a Santiago y los demás pacientes habían conservado sus espacios. Tomás agradeció la información, aunque escuchar que todo seguía funcionando sin él le produjo un malestar que no esperaba.
Durante años había sido quien ofrecía una silla, hacía preguntas y ayudaba a ordenar lo que parecía imposible. Ahora llegaba con un bolso, unas indicaciones y la necesidad de que otros se hicieran cargo de sus pendientes.
—Gabriel está en dirección —dijo Patricia—. Me preguntó si vendrías.
Tomás recogió el bolso. Antes de salir, se detuvo.
—Gracias por escucharme ayer.
—Me alegra que me lo hayas dicho.
Él asintió y fue hacia el despacho.
Landa estaba revisando un documento cuando Tomás entró. Lo dejó a un lado y le indicó la silla de enfrente.
—¿Cómo estás?
La pregunta lo desconcertó.
—Estoy recibiendo atención.
—Patricia me lo comentó.
—No voy a regresar todavía al trabajo con pacientes.
—Es lo correcto.
Gabriel se levantó para servirle agua. Colocó el vaso sobre el escritorio y volvió a sentarse. Tomás había llegado dispuesto a defenderse; aquella tranquilidad le hizo revisar mentalmente lo que había preparado.
—Ayer hablamos cuando no estabas bien —dijo Landa.
—Ya habíamos discutido antes de que bebiera.
—Lo sé.
Durante unos segundos solo se escuchó el movimiento del personal al otro lado de la puerta.
—No quiero que pienses que tu trabajo depende de que coincidamos en todo —continuó Gabriel.
Tomás lo observó.
—Eso no fue lo que me dijiste cuando supiste que iba a hablar con Samantha.
Landa bajó la mirada hacia el documento que acababa de apartar.
—Me preocupan las consecuencias.
—A mí también.
—Entonces podemos hablar sin tratarnos como enemigos.
Tomás tomó el vaso, pero no bebió. Habían compartido demasiados años para que aquella palabra le resultara indiferente.
Recordaba llamadas de madrugada, familias que llegaban sin saber qué hacer y pacientes de quienes habían vuelto a tener noticias mucho después del alta.
También recordaba a Gabriel sentado a su mesa, años atrás, cuando todavía se reunían con las familias de ambos y una comida podía prolongarse hasta que anochecía.
Tomás conocía a sus hijos desde pequeños.
Durante mucho tiempo le había resultado imposible imaginar una celebración familiar en la que Gabriel no apareciera, aunque llegara tarde.
Había visto a su amigo quedarse en la clínica cuando todos querían irse y sostener decisiones que no le convenían económicamente.
Eso no borraba lo ocurrido con Mateo. Hacía más difícil entender cómo habían llegado hasta allí.
—No quiero perjudicar a la Hacienda —dijo—. Quiero responder lo que debimos responder hace años.
Gabriel asintió despacio.
—Trae tus notas cuando estés en condiciones. Podemos revisar lo que conservamos antes de que hables con la familia.
Tomás dejó el vaso.
—No quiero preparar otro comunicado.
—No te estoy pidiendo eso.
—¿Entonces?
—Que nos sentemos tú y yo. Que comprobemos las fechas y hablemos de lo que pasó.
Tomás miró hacia la ventana. Durante años había deseado que Gabriel aceptara una conversación así. Ahora que se la ofrecía, no sabía cuánto confiar.
—La reunión sigue prevista para el sábado —dijo—. Si necesito cambiarla por cómo me encuentre, lo hablaré con ellos.
—Lo entiendo.
—No quiero que esto se convierta en otra condición.
Gabriel sostuvo su mirada.
—Hablemos antes. Después tú decidirás qué hacer.
Tomás asintió, sin prometerle nada más.
* * *
A media mañana, Verónica entregó al grupo una hoja con una pregunta:
¿Qué esperas encontrar cuando salgas de aquí?
Santiago escribió mi trabajo, mi casa, mi familia y dejó el bolígrafo. A su lado, Mauricio contemplaba dos palabras.
—¿Qué pusiste? —le preguntó.
Mauricio giró la hoja.
Mi vida.
—Muy específico.
—No sabía qué más poner.
—Tu taller, por ejemplo.
—Sí. Pero no quiero regresar a hacer todo igual.
Verónica pidió que compartieran sus respuestas. Teresa habló de volver a estar tranquila en casa. Otra compañera quería retomar sus estudios. Mauricio mencionó el taller y la dificultad de dejar que su empleado resolviera algo sin consultarle cada detalle.
Cuando llegó su turno, Santiago levantó la hoja.
—Quiero volver a trabajar, estar en mi departamento y recuperar la relación con mi hija.
—¿Cómo te imaginas ese regreso? —preguntó Verónica.
—Haciendo las cosas que hacía antes, pero sin beber.
—¿Qué cosas?
Santiago pensó en la agencia, en los clientes y en las entregas. Empezó por ahí. Mientras hablaba, recordó también las cenas frente a la computadora y las llamadas que seguía contestando cuando todos se habían marchado.
—Trabajar —dijo al final—. Tener algo que hacer.
—¿Y después del trabajo?
Se quedó mirando la hoja.
—No lo he pensado.
Héctor se acomodó en la silla.
—Yo la primera vez tenía planeado hasta lo que iba a desayunar al salir. Lo que iba a hacer con el resto del día ya no estaba tan claro.
Santiago sonrió, pero no encontró una respuesta. Quería recuperar su departamento y al mismo tiempo recordó lo mucho que le pesaba entrar en él algunas noches. No sabía qué parte de aquella vida extrañaba y cuál esperaba encontrar cambiada cuando volviera.
Debajo de las tres cosas que había escrito añadió una pregunta:
¿Qué voy a hacer cuando llegue a casa?
Después del grupo, Santiago acompañó a Héctor hasta la fuente. Se sentaron en un banco desde el que podían ver la entrada del comedor.
—¿Cuánto tiempo llevas sin beber? —preguntó.
—Esta vez, casi cuatro semanas.
—¿Y antes?
—Llegué a estar casi tres años.
Santiago volvió la cabeza.
—¿Tres años?
Héctor asintió.
—Después de mi primer tratamiento.
—¿Qué pasó?
El Almirante se quitó la gorra y la sostuvo entre las manos.
—Murió mi esposa.
Santiago dejó de mirar el jardín.
—Lo siento.
—Yo también.
Permanecieron un momento en silencio. Héctor pasó un dedo por la visera.
—Pensaba que, si me pasaba algo verdaderamente difícil, iba a saber qué hacer. Tenía compañeros, reuniones, gente a quien llamar. Pero cuando murió no quise ver a nadie. Me cansaba hasta pensar en abrir la puerta.
—¿Volviste a beber entonces?
—No ese día. Pasaron semanas.
Una hoja se había quedado atrapada junto al borde de la fuente. Héctor la siguió con la mirada.
—Primero dejé de llamar. Luego empecé a faltar a las reuniones. Decía que necesitaba estar solo y, cuando alguien insistía, me molestaba. Después hubo una cena. Vi la botella y pensé que podía tomar una copa como los demás.
Santiago esperó.
—No pasó nada terrible esa noche —continuó Héctor—. Llegué a mi casa, me acosté. Eso me sirvió para convencerme de que podía volver a hacerlo.
Se puso la gorra.
—Y volví a hacerlo.