Capítulo 5 — Aquello que no se dice #2
—No es tan sencillo. Hay clientes que quieren hablar conmigo.
—Seguramente. ¿Pudiste atenderlos antes de ingresar?
Recordó la presentación abierta en su computadora, el encabezado que había cambiado una y otra vez sin avanzar.
Había dejado de ir a la oficina el miércoles.
El jueves tampoco fue. Cuando Lucía llegó el viernes, llevaba dos días enteros sin presentarse y ya iba por el tercero.
El teléfono sonaba y él lo ponía boca abajo.
—No mucho.
Verónica no llenó el silencio.
—No —corrigió—. No estaba trabajando.
Miró por la ventana. Le molestaba reconocerlo porque no eliminaba sus preocupaciones: la agencia seguía existiendo, las cuentas debían pagarse y él todavía quería salir. Pero ya no podía sostener que hasta el viernes se había ocupado de todo.
—Hablemos primero con Mariana —dijo.
Verónica asintió y anotó la llamada entre los pendientes.
Gabriel Landa entró en la sala de descanso poco antes de la una. Tomás estaba junto a la ventana, con un vaso de agua entre las manos.
—Patricia me dijo que no vas a atender hoy.
—Bebí anoche.
Gabriel cerró la puerta.
—¿Cuánto?
—No puedo precisarlo. Lo suficiente para no estar en condiciones de trabajar esta mañana.
—¿Atendiste a alguien?
—No. Hablé con Patricia antes de empezar.
Landa se sentó frente a él. Durante unos segundos no dijo nada.
—¿Te das cuenta de lo que significaría que se enteraran los pacientes?
Tomás dejó el vaso sobre la mesa.
—Por eso necesitaba avisar. No podía atenderlos así.
—No te estoy preguntando por el horario.
—Y yo no te estoy hablando del horario.
Gabriel se frotó la frente.
—Llevas días alterado. Has vuelto a buscar a los Salvatierra, discutes conmigo y ahora ocurre esto.
Tomás sintió calor en la cara. Había esperado preocupación o enojo; conocía lo suficiente a Gabriel para no esperar consuelo. Aun así, le costó escucharlo reunirlo todo en una sola explicación.
—Ya pedí ayuda.
—Necesitamos garantías antes de que vuelvas a trabajar.
—Estoy de acuerdo. Seguiré apartado mientras sea necesario.
Landa apoyó los antebrazos sobre las piernas.
—Entonces también puedes entender que debes posponer esa reunión.
Tomás levantó la mirada.
—Si el sábado no estoy en condiciones, la pospondré.
—Acabas de decirme que no sabes cuánto bebiste.
—Lo sé, Gabriel. Voy a ocuparme de eso. Pero no voy a cancelar la conversación para que deje de preocuparte.
Landa se levantó y caminó hasta la puerta. Se quedó allí, con una mano sobre el picaporte.
—Ahora mismo no estás en posición de asegurar nada.
Tomás guardó silencio. En eso tenía razón. Tampoco estaba en posición de prometer registros que aún no había revisado ni de dar por resuelto lo ocurrido con una llamada y una mañana sin beber.
—Puedo asegurar que hoy no voy a atender pacientes —respondió—. Lo demás lo revisaré con quienes me están ayudando.
Gabriel abrió la puerta.
—Mañana hablaremos de tu situación.
Cuando se quedó solo, Tomás tomó el teléfono. Había entrado un mensaje de Samantha.
Mi madre encontró la libreta donde anotó todas las llamadas que hizo después de la muerte de Mateo. Quiere enseñártela el sábado.
Se quedó mirando la pantalla. Él recordaba aquellas llamadas como algo que había aprendido a dejar sonar. Amalia había anotado los días.
Abrió el teclado y escribió con cuidado.
Revisaré lo que conservo antes de confirmar qué puedo llevar. No quiero ofrecerles documentos que quizá ya no tenga.
Leyó la respuesta antes de enviarla. Esta vez recordaría lo que había prometido.
* * *
Después de comer, Santiago y Héctor vieron a Tomás salir al corredor acompañado por Patricia. Llevaba el bolso al hombro y parecía agotado.
—Buenas tardes —saludó el Almirante.
Tomás se detuvo.
—Buenas tardes, Héctor. Santiago.
—Me dijeron que no ibas a atender —dijo Santiago—. Ya estuve con Verónica.
—Sí. Necesito ocuparme de un asunto personal.
—Espero que se resuelva.
La frase, dicha sin esfuerzo, le produjo a Tomás una irritación que lo avergonzó casi de inmediato. Santiago podía desearle una buena tarde y seguir hacia el jardín. Recordaba la campaña de Los Olivos, pero Tomás no sabía cuánto conocía de lo que había ocurrido detrás del cambio de nombre.
Era demasiado fácil atribuirle la tranquilidad que él había perdido. Santiago no había decidido por él cuando dejó de responder a Amalia.
—Gracias —contestó.
Patricia lo acompañó a recepción para esperar el transporte que habían solicitado. Antes de salir, Tomás comprobó que llevaba las indicaciones y el teléfono. El hombre con quien había hablado por la mañana había quedado en llamarlo de nuevo esa tarde.
Lucía llamó durante el horario permitido. Le preguntó a Santiago por el sueño, el apetito y cómo se había sentido durante el día. Él respondió sin extenderse demasiado y enseguida preguntó por Denia.
—Está en casa de Claudia. Fue a clases.
—¿Ha dicho algo de mí?
—Preguntó cómo estabas.
Santiago se enderezó.
—¿Qué le dijiste?
—Que estás recibiendo atención y que están pendientes de ti.
—¿Y ella?
Lucía tardó un momento en responder.
—Que esperaba que te quedaras hasta estar mejor.
Santiago miró el reloj de la pared. Había imaginado otras palabras: que lo extrañaba, que quería verlo, que preguntaba cuándo volvería. Se quedó callado hasta que su hermana pronunció su nombre.
—Aquí estoy.
—¿Quieres que le diga algo?
—Que la quiero.
—Se lo digo.
Pensó en preguntarle si Denia aceptaría una llamada. Ya estaba buscando la forma de explicarle a Lucía que solo serían unos minutos cuando recordó el mensaje que había enviado a Claudia después del empujón.
Perdimos el equilibrio.
No había sido eso lo que ocurrió. Denia seguía teniendo que vivir con lo que él había hecho y, además, con su manera de contarlo.
—Y que no tiene que contestarme todavía —añadió.
Lucía guardó silencio un instante.
—Se lo diré.
Hablaron un poco más. Santiago le contó que estaban organizando una llamada con Mariana. No le pidió que fuera por él, aunque las ganas de salir seguían allí cuando colgó.
En su departamento, Tomás dejó el bolso junto a la puerta y fue a la cocina. La botella permanecía sobre la mesa, donde la había puesto por la mañana.
El teléfono vibró.
¿Llegaste bien? Recuerda que quedamos en hablar esta tarde.
Respondió que sí y dejó el aparato junto a la botella. Se apoyó en el fregadero. Quería dormir, dejar de pensar en Gabriel y pasar unas horas sin imaginar a Amalia abriendo una libreta frente a él.
Había conseguido no beber durante años. Eso era cierto. También era cierto que durante esos años había evitado responder a aquella familia. Ahora las dos cosas se habían juntado y apenas podía ordenar lo que debía hacer primero.
Tomó la botella y la guardó en un armario. Cerró la puerta, pero siguió sabiendo exactamente dónde estaba. Volvió a buscar el teléfono.
—Ya llegué —dijo cuando le contestaron.
Escuchó la pregunta y miró hacia el armario.
—No, no estoy bien. Necesito que hablemos de cómo voy a pasar esta noche.
Héctor estaba leyendo cuando Santiago se acostó. Llevaba los lentes sobre la punta de la nariz y sostenía el libro a una distancia que aumentaba cada pocos minutos.
—Almirante.
—Dime.
—¿Extrañas tu casa?
—Claro.
—¿No te dan ganas de irte?
Héctor cerró el libro, dejando un dedo entre las páginas.
—Todos los días.
Santiago giró la cabeza.
—¿Entonces por qué sigues aquí?
—Porque me acuerdo de cómo me fue la última vez que salí antes de tiempo.
Santiago miró el techo. Desde la ventana llegaba el ruido del agua con la que terminaban de regar el jardín.
—Hoy quería pedirle a Lucía que viniera por mí.
—¿Se lo pediste?
—No.
Héctor sacó el dedo del libro y colocó el separador.
—Puedes hablarlo mañana con Verónica.
—Me va a hacer veinte preguntas.
—Llévalas contadas. Así tienes de qué quejarte.
Santiago sonrió apenas. El Almirante dejó el libro en la mesa y apagó su lámpara.
Santiago seguía queriendo volver a casa. También quería hablar con Mariana y saber qué había ocurrido en la agencia. Por el momento tenía una llamada pendiente y una conversación que llevar al consultorio. Se acomodó de lado, sin conseguir dormirse enseguida.
Gabriel permanecía en su despacho cuando recibió el mensaje de Tomás.
Ya solicité ayuda y seguiré las indicaciones que me dieron. Mañana podemos hablar de mi situación laboral.
Debajo había otro párrafo.
La reunión del sábado sigue prevista, si estoy en condiciones de acudir. No hablaré en nombre de la Hacienda. Necesito responder por mi silencio y por lo que presencié.
Landa leyó el mensaje completo y volvió al principio. Había creído que la posibilidad de perder su trabajo bastaría para detenerlo. Tomás acababa de aceptar que lo apartaran de sus pacientes y, aun así, mantenía la reunión.
Abrió un cajón y sacó una carpeta antigua. En la portada figuraba el nombre de Los Olivos. Dentro conservaba correspondencia con la agencia de Santiago Vélez, materiales del cambio de identidad y una solicitud firmada por Rafael Salvatierra.
Extrajo esa hoja. La familia había pedido conocer la secuencia de decisiones que precedieron al traslado de Mateo. En el margen superior, sobre un papel que llevaba once años guardado, aparecía una nota administrativa:
Pendiente respuesta de dirección.
Gabriel pasó el pulgar por la esquina y devolvió la solicitud a la carpeta. El teléfono vibró otra vez.
Necesito que me confirmes si estás dispuesto a hablar conmigo antes del sábado.
No respondió. Cerró el cajón, apagó la lámpara y salió.
El corredor de las habitaciones estaba en silencio. Al pasar por la de Santiago, pensó en llamarlo al despacho al día siguiente. Podía preguntarle qué recordaba del cambio de nombre, qué documentos conservaba la agencia, de qué había hablado con Tomás.
Siguió caminando sin detenerse.
Todavía no sabía cuánto conocía Santiago. De Tomás ya no podía esperar silencio.
Faltaban tres días para el sábado.