Aquí todo el mundo miente Capítulo 5 — Aquello que no se dice
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Capítulo 5 — Aquello que no se dice

Aquello que no se dice

* * *

Tomás Ferrer despertó con la boca seca y una punzada detrás de los ojos. Permaneció inmóvil hasta que distinguió la botella sobre la mesa de noche. No recordaba haberla llevado al dormitorio.

Se incorporó despacio y esperó a que cediera el mareo. En el teléfono había mensajes de Samantha y uno de Gabriel Landa.

Necesito verte antes de que empiecen las actividades. No podemos seguir posponiendo esta conversación.

Llevó la botella a la cocina y la dejó sobre la mesa.

Recordaba haber confirmado la reunión del sábado, el primer vaso y el momento en que decidió servirse otro.

Después aparecían fragmentos: la televisión encendida, una llamada que no contestó, sus dedos equivocándose sobre el teclado del teléfono.

Volvió a abrir la conversación con Samantha.

Mi madre quiere saber si llevarás los registros.

Debajo había una respuesta enviada desde su propio teléfono durante la madrugada.

Sí. Voy a llevar todo lo que pueda.

No recordaba haberla escrito. La leyó dos veces, tratando de recuperar el momento en que había decidido contestar. Quería ayudar a aquella familia, pero acababa de prometer documentos sin comprobar siquiera cuáles conservaba.

Se sentó en el borde de la cama. Tenía que aclararlo con Samantha. También necesitaba llamar a alguien que pudiera ayudarlo a él. Conocía los números; llevaba años recomendando a sus pacientes que no esperaran a encontrarse peor para utilizarlos.

Miró la hora. Si se apresuraba, todavía podía llegar a la Hacienda antes de la primera actividad.

Dejó el teléfono y fue a ducharse.

Santiago encontró al Almirante frente al espejo del baño, examinándose la cabeza.

—¿Qué pasó?

—Estoy contando.

—¿Qué?

—Los pelos que me quedan.

Santiago miró la gorra sobre el lavabo.

—Pensé que eras marino, no contador.

—En la Marina también llevábamos inventarios.

Héctor se puso la gorra y le dejó el baño.

Santiago abrió la llave y se lavó la cara.

Había dormido a intervalos, despertándose dos veces con la camiseta húmeda.

Se encontraba menos desorientado que el viernes, aunque seguía cansado y no le gustaba el aspecto del hombre que lo miraba desde el espejo.

Mientras se cepillaba los dientes, pensó que podía pedirle a Lucía que fuera por él.

Había aceptado ingresar y su familia ya sabía que estaba dispuesto a recibir ayuda.

Podía continuar con un terapeuta particular, acudir a consultas y regresar a la agencia.

No tenía por qué pasar semanas compartiendo habitación con un hombre que contaba los pelos de su cabeza.

La posibilidad le produjo un alivio inmediato. Después recordó la noche anterior: el deseo de beber, Héctor acompañándolo a buscar a la enfermera, la hoja de Verónica guardada entre sus cosas. Su propia letra debajo de la palabra Conducta .

Se enjuagó la boca. Hablaría con Lucía cuando tuviera oportunidad.

En el comedor, Mauricio lo encontró mirando la cafetera.

—¿Otra vez vas a echarle cinco sobres?

—Estoy considerando mis opciones.

—Puedes no tomarlo.

Santiago miró la jarra de agua y llenó un vaso. Héctor, sentado a unos pasos, levantó la vista de su plato.

—Excelente. Así alcanzará para los demás.

—Buenos días a ti también, Almirante.

Se sentó con ellos. Tenía hambre por primera vez desde que había despertado y prefirió ocuparse de los huevos antes de que se enfriaran.

Tomás llegó poco antes de las ocho. En recepción le entregaron una hoja con los cambios del día: una paciente tenía una cita fuera del centro y otro había solicitado hablar con él después del grupo. Tuvo que leerla dos veces porque al llegar al final ya había olvidado el primer nombre.

—¿Todo bien? —preguntó Patricia.

La enfermera estaba junto al mostrador, revisando unas indicaciones.

—No dormí bien.

Ella lo observó y dejó los papeles.

—Ven un momento.

Lo acompañó a una sala desocupada. Cuando cerró la puerta, Tomás sintió que se le aceleraba el corazón.

Podía hablarle de la discusión con Gabriel, de la reunión pendiente con una familia, de una noche de preocupaciones.

Todo aquello era cierto y nada explicaba por qué le costaba sostenerle la mirada.

—Anoche bebí —dijo.

Patricia esperó.

—Había dejado de hacerlo. Ayer perdí el control y hay una parte de la noche que no recuerdo. Esta mañana no he bebido, pero no estoy bien.

Ella acercó una silla.

—Siéntate.

—Tengo una sesión a las nueve.

—Vamos a conseguir que la cubran. Tú necesitas que te valoren.

Tomás se sentó y respondió las preguntas sobre lo que había tomado y cómo se encontraba. No discutió cuando Patricia le dijo que no podía empezar a atender pacientes. Lo sabía desde que abrió los ojos, aunque había cruzado la puerta de la Hacienda con la esperanza de que nadie lo notara.

—Llevo años trabajando aquí —murmuró—. Y ahora tengo que pedir que alguien cubra mis sesiones.

—Sí.

Bajó la cabeza. Había esperado alguna frase que suavizara aquello. Patricia le acercó un vaso de agua y fue a buscar al médico.

A media mañana, Verónica pidió al grupo que escribiera tres frases con las que se habían justificado antes de ingresar. Héctor terminó pronto. Mauricio permaneció varios minutos con el bolígrafo detenido sobre la hoja.

Santiago escribió:

Bebo porque tengo demasiado trabajo.

Debajo añadió:

Puedo dejarlo cuando quiera.

Para la tercera pensó en escribir que lo suyo no era tan grave como lo de otras personas. No le gustó cómo sonaba, pero terminó anotándolo.

Cuando Verónica pidió que compartieran una, eligió la segunda.

—¿En qué te apoyabas para creerlo? —preguntó ella.

—Dejaba de beber unos días.

—¿Y cuando volvías?

Santiago se acomodó en la silla.

—Al principio no pasaba nada. Podía tomar una copa y seguir trabajando.

Verónica aguardó. Él pensó en las noches frente a la computadora, las reuniones perdidas y la cena con los hoteleros.

—Después terminaba tomando más de lo que había planeado.

—¿Qué te decías entonces?

Miró el cuaderno.

—Que había sido una semana difícil. Que estaba cansado. Siempre había algo.

Mauricio levantó la mano.

—Yo decía que iba a parar en cuanto recuperara lo perdido. Si ganaba, seguía porque estaba de suerte. Si perdía, seguía para recuperarlo.

—Un sistema perfecto —dijo Héctor.

—Para el dueño del casino.

Se escucharon algunas risas. Santiago sonrió, pero volvió enseguida a su hoja.

Años atrás había presentado a un cliente los resultados de una campaña que no había funcionado. Preparó tres escenarios y una propuesta de recuperación; salió de la reunión con el presupuesto renovado. Durante semanas hablaron de proyecciones y dejaron de mirar las cifras originales.

Se acordaba de aquella presentación porque le había quedado muy bien.

Apoyó el bolígrafo en el margen. Había utilizado argumentos parecidos con Lucía, con Mariana y, sobre todo, consigo mismo. Siempre estaba a punto de resolverlo. Siempre necesitaba unos días más.

Lo anotó sin pedir la palabra.

* * *

Después de la valoración, Tomás permaneció en una sala de descanso del personal. Patricia le explicó cómo se habían distribuido sus sesiones y repasó con él las indicaciones que había recibido. Por el momento debía apartarse de la atención a pacientes y ocuparse de su propia situación.

—¿Gabriel ya sabe? —preguntó.

—Sabe que hoy no estás en condiciones de trabajar y que cubrimos tus actividades. Puedes hablar con él sobre lo ocurrido.

Tomás miró el suelo.

—Va a despedirme.

—No sé qué decidirá.

—Yo sí.

Patricia acercó una silla.

—Eso habrá que resolverlo. Pero no puedes esperar a resolver tu trabajo para pedir ayuda.

Él tenía el teléfono sobre las rodillas. Lo había desbloqueado varias veces sin llamar a nadie.

—¿Hay alguien con quien quieras hablar? —preguntó ella.

Tomás asintió. Era miércoles. Faltaban tres días para sentarse frente a Amalia y escuchar lo que llevaba once años evitando. Había pasado la mañana pensando en llegar al sábado, como si pudiera saltarse todo lo que necesitaba hacer antes.

—Una persona con la que hablaba cuando dejé de beber.

Patricia se levantó para darle privacidad. Tomás buscó el número y esperó a que entrara la llamada.

—Tomás. Qué sorpresa.

Reconoció la voz y cerró los ojos.

—Volví a beber. Necesito hablar contigo.

Al terminar las actividades de la mañana, un auxiliar le informó a Santiago que Verónica lo recibiría a las doce en lugar de Tomás.

—¿Por qué?

—Hoy no estará disponible.

—¿Se fue?

—No tengo más información sobre él. Tu sesión está confirmada.

Santiago regresó al jardín. Encontró a Mauricio junto a la fuente, intentando quitarse una mancha de tierra del pantalón.

—¿Qué hiciste?

—Ayudé a mover unas macetas.

—Eso te pasa por ser útil.

Mauricio se rio y siguió frotando la tela. Santiago se sentó a su lado.

—¿Alguna vez te han cambiado de terapeuta sin avisarte?

—Sí.

—¿Y qué hiciste?

—Fui con el otro.

Santiago lo miró.

—Qué manera tan emocionante de vivir.

—¿Querías hablar de algo especial con Tomás?

Había pensado en plantearle la posibilidad de continuar el tratamiento fuera. Tomás le parecía menos insistente que Verónica; quizá entendería sus compromisos laborales sin hacerle una pregunta después de cada explicación.

—De mi trabajo —respondió.

Mauricio levantó la vista.

—Verónica también sabe escuchar.

Santiago no contestó. Eso era precisamente lo que lo inquietaba: escuchaba incluso cuando él habría preferido que aceptara la primera respuesta.

A las doce entró en el consultorio y dijo que necesitaba hablar con Lucía para organizar su salida.

—¿Ya acordaste una fecha con el equipo? —preguntó Verónica.

—No. Pero tengo que empezar a organizarme. No puedo desaparecer de la agencia un mes sin más.

—Podemos revisar qué necesitas atender y cómo hacerlo durante tu estancia. ¿Qué está pasando allá?

—Mariana está cubriendo mis compromisos.

—¿Te ha informado de algún problema?

—No he hablado con ella.

Verónica esperó a que continuara.

—No sé cómo va todo —admitió—. Eso también me tiene mal.

—Podemos organizar una llamada dentro del horario. Así sabrás qué ocurre y qué puede esperar.

Santiago apoyó las manos en las rodillas.