Capítulo 4 — Una sed de la buena #2
—Ayer te expliqué lo que ocurriría si insistías —dijo Landa.
Tomás retiró la mano del cajón.
—Lo escuché.
—Aquí hay pacientes, empleados y familias que dependen del centro. No puedes actuar como si nada de eso importara.
Tomás conocía a aquellas personas. Había acompañado a algunas durante meses y había ayudado a otras a conseguir una estancia que sus familias apenas podían pagar. Durante años, pensar en ellas le había permitido posponer la llamada que acababa de hacer.
—Voy a seguir atendiendo a mis pacientes —respondió—. Y voy a reunirme con Samantha y Amalia.
Landa lo miró.
—Piénsalo antes de confirmar nada.
Salió sin cerrar la puerta. Tomás estuvo a punto de llamarlo: todavía deseaba encontrar una frase que le permitiera hablar con la familia y conservar su trabajo sin enfrentarse a él.
Se sentó y buscó el número de Samantha.
Contestó al tercer tono.
—Mi madre quiere hablar contigo.
—Lo sé.
—No te voy a pedir que vengas a casa si después vas a decirle que tienes que consultar qué información puedes compartir.
La frase le dolió porque recordaba haber utilizado aquellas palabras frente a Amalia.
—No voy a hacer eso.
—¿Entonces?
—Llevaré mis notas. Les explicaré lo que recuerdo de aquella tarde y lo que puedo confirmar con los registros.
Samantha permaneció callada.
—No espero que me perdonen —añadió.
—No te estamos invitando para eso.
—Lo sé.
—Mi madre lleva once años intentando entender por qué no le contestaron.
Tomás miró el cajón.
—Quiero hacerlo ahora.
—Voy a hablar con ella. Te confirmo el día.
Cuando terminó la llamada, tenía la camisa pegada a la espalda. Abrió de nuevo el cajón, vio la fotografía y lo cerró sin sacarla.
* * *
Por la tarde, Santiago tuvo su primera sesión individual con Verónica. La terapeuta dejó una hoja sobre la mesa.
—Ayer contaste lo que pasó con Denia. Hoy quiero que revisemos qué hiciste después.
Santiago se acomodó en la silla.
—¿Después de qué momento?
—De que se golpeara.
Recordó el baño, la toalla que Claudia buscaba y la sangre entre los dedos de su hija.
—Quise acercarme.
—¿Qué hizo ella?
—Se apartó.
Verónica esperó.
—Tenía miedo —añadió.
—¿Qué hiciste cuando lo viste?
Santiago bajó la mirada. Se acordó de haber dicho que no era para tanto. De haber insistido en que Denia se había tropezado, mientras Claudia intentaba atenderla.
—Seguí hablando.
—¿Qué dijiste?
—Que se había tropezado.
La frase le sonó distinta allí, sin los gritos ni la puerta del baño entre él y Claudia.
—Y después le escribí que habíamos perdido el equilibrio.
Verónica acercó la hoja. En la parte superior había tres palabras:
ANTES. CONDUCTA. DESPUÉS.
—Vamos a ponerlo en orden. No necesitas encontrar una explicación ahora.
Santiago tomó el bolígrafo. Debajo de la primera palabra escribió: « Llegué alcoholizado. Denia había recogido mis llaves y no quería dármelas ».
Se detuvo. Verónica no lo apuró.
Debajo de Conducta escribió: « La empujé ».
En la tercera columna tardó más. Recordó cómo Denia había retrocedido junto al lavabo y terminó escribiendo: « Se golpeó. Sangró. Me pidió que me fuera. Tuvo miedo de que me acercara ».
Dejó el bolígrafo sobre la mesa.
—¿Qué cambia cuando lo ves escrito? —preguntó Verónica.
Santiago recorrió las tres columnas.
—Que ya no parece un accidente.
La terapeuta permaneció en silencio. Él volvió a tomar el bolígrafo y añadió: « Después le dije a Claudia que habíamos perdido el equilibrio ».
Se quedó mirando la última línea. Era la versión que había intentado sostener ante su hermana y la que todavía había querido contar en el grupo.
—Quería que entendieran que no había sido mi intención.
—¿Crees que eso les ayudó en ese momento?
Santiago negó con la cabeza.
—Claudia estaba buscando una toalla. Yo seguía explicándome.
No escribió nada más.
Al salir encontró al Almirante sentado en una banca, con el cuaderno cerrado sobre las rodillas.
—¿Estás esperando a alguien? —preguntó Santiago.
—No.
Se sentó a su lado. Durante un rato miraron a un auxiliar que arrastraba una manguera por el jardín.
—¿Quieres hablar? —preguntó Héctor.
—Ahora no.
—Bueno.
Santiago lo miró.
—¿Puedes quedarte callado?
El Almirante levantó una ceja.
—Puedo intentarlo.
Santiago sonrió apenas. Héctor dejó el cuaderno sobre la banca y ninguno de los dos se levantó.
Esa noche volvió a sentir ganas de beber. Había terminado la cena, se había cepillado los dientes y estaba sentado sobre la cama cuando imaginó una botella con una claridad molesta.
Había tomado agua durante toda la tarde. Lo que quería era dejar de ver la expresión de Denia. Regresar a su departamento, cerrar la puerta y encontrar una manera de pensar en otra cosa.
Miró la hoja que había traído del consultorio.
La empujé.
Dobló el papel y después lo abrió de nuevo. El Almirante estaba acomodando ropa en el armario.
—¿Te pasa algo?
Santiago tardó un momento en responder.
—Tengo ganas de beber.
Héctor cerró el cajón y se sentó en su cama.
—¿Fuertes?
—Bastante.
—Vamos a avisar.
Santiago negó con la cabeza.
—Ya hablé con la enfermera esta mañana.
—Pues ahora hablamos con la de la noche.
Héctor se puso de pie. Santiago permaneció sentado unos segundos más; luego dejó la hoja sobre la mesita y salió con él.
Regresaron cuando los demás pacientes estaban entrando en sus habitaciones. La enfermera les había pedido que avisaran si el malestar volvía a intensificarse.
El Almirante abrió la puerta.
—¿Mejor?
—Un poco.
—¿Quieres que deje la luz encendida?
Santiago miró la lámpara.
—Todavía sí.
Se acostó. Héctor abrió su libro y el ruido de las páginas volvió a ocupar el silencio. La imagen de Denia seguía apareciendo, pero Santiago no intentó reemplazarla por la escena de dos personas que habían perdido el equilibrio.
Al cabo de un rato le pidió que apagara la luz.
Tomás permaneció despierto hasta después de la medianoche. Había llegado a su departamento con la intención de cenar y descansar; la comida que calentó seguía intacta sobre la mesa.
En el teléfono tenía un mensaje de Samantha.
Mi madre puede reunirse contigo el sábado. Necesitamos que nos confirmes si vas a venir.
Escribió que sí, lo borró y volvió a intentarlo.
Sí. El sábado está bien.
Envió el mensaje y apoyó el teléfono contra la mesa. Pensó en Landa, en su entrada al consultorio y en la posibilidad de que lo despidiera. También en lo que tendría que responder cuando sus compañeros le preguntaran por qué había esperado tanto.
Fue a la cocina y abrió un armario. Allí quedaba una botella de alcohol de una reunión familiar. La tomó y permaneció de pie frente al fregadero.
No bebía desde hacía tiempo. Reconocía las excusas que empezaban a aparecer: solo aquella noche, solo para poder dormir. Al día siguiente encontraría una manera de ocuparse de todo.
Dejó la botella sobre la encimera. Volvió a tomarla.
El teléfono vibró.
Gracias por responder. Mi madre lleva mucho tiempo esperando esta conversación.
Tomás leyó el mensaje de Samantha y abrió la botella.
El primer trago le produjo un calor que había olvidado. Se sentó frente al plato y esperó. La pregunta de Amalia seguía allí, tan precisa como las dos horas que había anotado once años antes. También seguía el miedo a Landa.
Se sirvió otro.
En la pantalla permanecía abierto el mensaje de Samantha. Tomás apartó el teléfono y bebió. Había confirmado que iría el sábado; ahora intentaba imaginar cómo conseguiría sentarse frente a Amalia sin volver a pedirle más tiempo.