Aquí todo el mundo miente Capítulo 4 — Una sed de la buena
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Capítulo 4 — Una sed de la buena

Una sed de la buena

* * *

A las cinco y cuarenta y tres de la mañana del martes, Santiago Vélez decidió que odiaba los pájaros. No todos: solamente al que llevaba un cuarto de hora cantando junto a la ventana de su habitación.

El Almirante estaba sentado en la cama de enfrente, poniéndose los calcetines.

—¿Qué hora es?

—Casi las seis.

—¿Por qué estás despierto?

—Porque me desperté.

Santiago volvió la cabeza hacia la ventana.

—¿Y el pájaro?

Héctor se puso el segundo calcetín.

—Ése tiene problemas más graves que los nuestros.

—¿Por qué?

—Lleva media hora llamando a una hembra que no le contesta.

Santiago se cubrió la cara con la almohada. Héctor se levantó y recogió la toalla.

—Vamos, civil. En unos minutos toca la campana.

—Que toque lo que quiera.

—Luego no te quejes si te quedas sin agua caliente.

Santiago apartó la almohada.

—¿También hay horario para bañarse?

—Hay horario para todo. Hasta para quejarse. Y tú ya empezaste antes de tiempo.

Héctor salió con la toalla al hombro. Santiago permaneció acostado, mirando el vaso de agua, el libro que no había abierto y la hoja con los horarios que alguien había dejado sobre su mesita. La habitación olía a jabón y madera húmeda. Todavía le resultaba extraño despertar allí.

El temblor había disminuido respecto de los primeros días, pero seguía sintiéndose débil y dormía mal. Por un instante imaginó su departamento: la persiana cerrada, el aire acondicionado y el teléfono al alcance de la mano. Después apareció la botella que solía dejar sobre la mesa de la sala.

Se levantó demasiado deprisa y tuvo que apoyarse contra el armario. Volvió a sentarse. Cuando pasó un auxiliar por el corredor, lo llamó.

Llegó al desayuno después de que lo revisaran en el área médica.

Había hablado del dolor de cabeza, del sudor y de la dificultad para dormir.

Al preguntarle por las ganas de beber, respondió que habían disminuido.

Mientras la enfermera anotaba sus respuestas, volvió a imaginar el alivio que esperaba encontrar en un trago.

—¿Santiago?

Levantó la cabeza.

—Perdón.

—Te pregunté si has tenido ganas de beber esta mañana.

Miró el vaso de agua que llevaba en la mano.

—Sí.

—¿Ahora?

—Sí.

La enfermera continuó con la valoración. Antes de dejarlo ir, le recordó que avisara si el malestar aumentaba y que podía acercarse al personal cuando las ganas de beber se hicieran difíciles de soportar.

Santiago había asentido. Pedir compañía para algo así todavía le parecía una forma de admitir que no sabía ocuparse de sí mismo.

El Almirante tenía frente a él una taza de café, dos rebanadas de pan y un plato de fruta del que había retirado cuidadosamente todos los trozos de papaya.

—¿No te gusta? —preguntó Santiago al sentarse.

—La papaya es una fruta que todavía no decide si quiere ser fruta.

—Qué interesante.

—A mis años, uno debe tener convicciones.

Mauricio estaba a su lado, revisando los sobres de endulzante de una pequeña cesta. Santiago se sirvió café, lo probó e hizo una mueca.

—¿Quién prepara esto?

—Una persona que nos odia —respondió Héctor.

Mauricio le acercó la cesta.

—Ponle uno de ésos.

Santiago vació un sobre en la taza, revolvió y volvió a probar.

—Sigue sabiendo horrible.

—Ponle otro —sugirió Mauricio.

El Almirante levantó la cabeza.

—No empieces.

Mauricio sonrió. Santiago abrió un segundo sobre y después un tercero.

—¿Cuántos llevas? —preguntó Héctor.

—Tres.

—Estás preparando jarabe para la tos.

—Intento que sepa a café.

—Yo también le ponía un montón cuando llegué —dijo Mauricio.

—¿Y qué pasó?

—Que un día se terminaron.

Santiago miró la cesta. Quedaban dos sobres. Los tomó y los vació en la taza.

—Problema resuelto.

Héctor estiró la mano, recogió el recipiente vacío y lo dejó en el centro de la mesa.

—Felicidades. Acabas de dejar sin endulzante a los demás.

Un hombre del extremo levantó su taza.

—Yo quería uno.

Santiago le acercó el azucarero.

—Hay azúcar.

—Soy diabético.

Se quedó con la mano extendida.

—Ah.

Mauricio bajó la cabeza para ocultar la risa. Héctor fue a pedir más sobres y, al regresar, dejó uno frente al hombre.

—¿Sabes cuál es tu problema, civil?

—¿Aparte del café?

—Que cuando quieres algo, lo quieres todo y lo quieres en ese momento.

Santiago probó su bebida. Estaba tan dulce que le resultó difícil tragarla. Dejó la taza lejos del plato.

—Pues esta vez me salió mal.

—Eso también pasa seguido —dijo Mauricio.

La actividad de las nueve se celebró en el jardín. Verónica les pidió que caminaran unos minutos y después se reunieran en parejas para conversar sobre algo que les hubiera resultado difícil desde su ingreso. Santiago terminó junto a Mauricio.

—A mí me cuesta el teléfono —dijo éste.

—¿No te dejan usarlo?

—Sí, en los horarios acordados. Me cuesta no estar revisándolo cada cinco minutos.

Caminaron por el sendero.

—¿En qué trabajas? —preguntó Santiago.

—Tengo un taller de reparación de electrodomésticos. Lavadoras, refrigeradores, esas cosas.

—No me digas que ahora vas a hablarme de cómo arreglar mi vida.

Mauricio se rio.

—No. Iba a decirte que tengo un empleado que lleva años demostrando que puede manejar el negocio sin mí.

—¿Y eso es malo?

—Para él, no. Para mí, aparentemente sí.

Santiago apartó con el pie una piedra del sendero.

—Mi agencia también está en manos de alguien más.

—¿Y te preocupa?

—Por supuesto.

—¿Porque no sabe hacer el trabajo?

Pensó en Mariana: los contratos que había negociado sin él, las cuentas que había conseguido conservar y las veces que tuvo que resolver problemas que él mismo había creado.

—No.

Mauricio lo miró.

—Entonces tenemos el mismo problema.

Al llegar junto a la fuente encontraron al Almirante agachado, mirando el agua. Levantó una moneda húmeda para mostrársela.

—La encontré aquí. Voy a entregarla.

—Son diez centavos —dijo Mauricio.

—Por eso mismo. Una cantidad así puede corromper a cualquiera.

Santiago soltó una carcajada. Verónica los llamó desde el otro extremo del jardín y Héctor se incorporó con esfuerzo.

—Vamos. Antes de que nos acusen de lavado de dinero.

* * *

A esa misma hora, Tomás llevaba veinte minutos mirando una llamada perdida. Samantha había vuelto a buscarlo después de la conversación de la noche anterior. Él estaba terminando una valoración cuando sonó el teléfono; ahora que podía responder, seguía sin marcar.

Repasó lo que quería decirle: la primera solicitud de traslado, la decisión de repetir la valoración, la hora de salida de la ambulancia. Los hechos tenían un orden. Lo que le costaba era imaginar a Amalia escuchándolos y preguntándole por qué había tardado once años.

Abrió un cajón. Entre unos papeles estaba la fotografía de Mateo en el comedor de Los Olivos, tomada el día de su ingreso. Sonreía con los ojos entrecerrados y levantaba el plato como si estuviera presentándolo en un restaurante.

Una auxiliar se la había dado días después de su muerte. Tomás la guardó y desde entonces volvía a encontrarla cada vez que ordenaba el cajón. Nunca la había tirado. Tampoco se la había enviado a Amalia.

El teléfono vibró. Esta vez era Landa.

Tomás dejó que terminara de sonar.

A las once, Santiago entró en una sala donde habían dispuesto las sillas en círculo. Héctor se sentó a su izquierda y Mauricio, frente a ellos. Verónica escribió una palabra en el pizarrón.

DESEO.

—Hoy vamos a hablar de las ganas de consumir —dijo—. Quiero que piensen en una ocasión reciente: qué estaba pasando, qué sintieron y qué hicieron después.

Un hombre habló de una discusión con su esposa durante una llamada. Una mujer recordó una reunión familiar anterior a su ingreso: alguien le acercó una bebida y el olor bastó para que dejara de escuchar la conversación.

Cuando llegó su turno, Santiago se encogió de hombros.

—Esta mañana.

—¿Qué ocurrió?

—Me levanté.

Algunos sonrieron.

—¿Qué sentiste? —preguntó Verónica.

—Me dolía la cabeza. Estaba inquieto. No había dormido bien.

—¿Y qué pensaste?

Santiago miró sus manos.

—Que con un trago se me quitaría.

—¿Lo sentiste como una idea o como una necesidad?

—Como una necesidad.

El Almirante se acomodó la gorra sobre las rodillas.

—La sed de la buena —murmuró.

Verónica se volvió hacia él.

—¿Quieres explicar a qué te refieres, Héctor?

—Cuando me da sed de agua, tomo agua y se me quita. Pero hay otra que empieza aquí.

Se tocó la frente.

—Y no importa cuánta agua tome.

Santiago lo observó. Aquella mañana había llegado a enfermería con un vaso en la mano y las ganas seguían allí.

Verónica dejó que los demás comentaran la expresión. Después volvió a preguntarle qué había hecho.

—Se lo dije a la enfermera mientras me revisaba.

—¿Habías pedido ayuda antes por eso?

—La primera noche. Cuando estaba en la UCE.

Recordó la cama, las manos temblorosas y el esfuerzo que le había costado llamar.

—¿Te ayudó?

—Sí.

—¿Desaparecieron las ganas inmediatamente?

—No.

—¿Qué ocurrió?

Santiago tardó en responder.

—Se quedó conmigo. Me siguieron atendiendo y, después de un rato, pude descansar.

Verónica escribió otra frase en el pizarrón.

UNA URGENCIA NO ES UNA ORDEN.

Santiago la leyó. No le pareció particularmente ingeniosa, pero la anotó en el cuaderno que le habían entregado.

Al terminar el grupo, Héctor caminó con él hacia el comedor.

—¿Ya conocías esa sed? —preguntó.

—¿La de la buena?

—Ésa.

—Creo que sí. Solo que nunca la había llamado así.

—Yo la conocí en tres continentes.

—¿Y qué hiciste?

—Intenté apagarla bebiendo en los tres.

Santiago lo miró, esperando el remate. Héctor siguió caminando.

Tomás encontró a Landa en su consultorio. Estaba de pie junto a la ventana. No había pedido permiso para entrar.

—Te llamé.

—Vi la llamada.

—¿Ya hablaste con Samantha?

Tomás dejó el cuaderno sobre el escritorio.

—Anoche. Le dije que su madre tenía razón al seguir preguntando y que yo debí contestarle antes.

—¿Y qué más?

—Quiere que hable con las dos.

Landa apartó la vista hacia el cajón que había quedado entreabierto. Tomás lo cerró.

—Te pregunté qué le dijiste.

—Te estoy contestando.

Durante unos segundos ninguno habló. Desde el pasillo llegó el ruido de un carro de limpieza.