Capítulo 3 — El hombre de la lista #3
—Está recibiendo tratamiento. No podemos tratarlo como si hubiera venido a tendernos una trampa.
Landa apartó la mirada.
—Tenemos que ser cuidadosos.
—Llevamos once años siendo cuidadosos.
—No empieces.
Tomás apoyó una mano en el respaldo de la silla.
—Voy a hablar con Samantha.
Gabriel lo miró.
—¿De qué?
—De lo que su madre nos preguntó tantas veces. De lo que no contesté.
—Mateo murió por un cuadro que se agravó después de que ocultó información sobre su consumo. Ninguna revisión ha demostrado que hubiera sobrevivido si lo trasladábamos antes.
—No voy a decir que lo hubiéramos salvado. Voy a decir que la médica pidió trasladarlo, que tú decidiste esperar y que yo no insistí lo suficiente.
Landa bajó la voz.
—Cuida lo que estás diciendo.
—Eso hice cuando su madre me preguntó a qué hora había solicitado el traslado. Cuidé cada palabra hasta que terminó la llamada sin que yo le contestara.
Gabriel permaneció inmóvil unos segundos.
—No voy a permitir que utilices a Santiago para reabrir aquello.
—No necesito a Santiago para hablar con esa familia.
—¿Después de once años vas a buscarlos para decirles qué? ¿Que ahora recuerdas las cosas de otra manera?
—Para decirles lo que sé. Y también lo que hice yo.
Landa se apoyó en el escritorio.
—Si haces eso, no podrás seguir trabajando aquí.
Tomás sintió una punzada en el estómago. Había imaginado aquella conversación muchas veces, pero nunca había llegado hasta ese punto en voz alta.
—Entonces no seguiré.
Salió del despacho.
Santiago pasó parte de la tarde descansando. Más tarde salió al jardín y se sentó cerca de Mauricio, que retiraba hojas secas de unas macetas. Al verlo mirar, Mauricio le ofreció unos guantes.
—Puedes ayudarme con ésta, si quieres.
Santiago observó la maceta que tenía junto al banco.
—¿No tienen a alguien que haga esto?
—Sí. Nosotros.
—Yo dirijo una agencia.
—Felicidades.
Santiago tomó los guantes. Un rato después vio al Almirante inclinado junto a un arbusto.
—¿Qué haces?
Héctor levantó un dedo.
—Investigación.
—¿Sigues buscando los cigarros? Te escuché el día que llegué.
—Esta vez tengo una pista.
Metió la mano entre las hojas y sacó una cajetilla aplastada. Mauricio dejó la maceta.
—Ésa es la que escondiste el viernes.
—¿Y tú cómo sabes eso?
—Porque me pediste que te recordara dónde la habías puesto.
Santiago empezó a reírse. Héctor guardó la cajetilla y se alisó la camisa.
—Esto no ha terminado.
Tomás no se marchó al terminar su jornada. Cerró la puerta de su consultorio y llamó a Samantha Salvatierra. No contestó. Dejó un mensaje breve.
—Samantha, soy Tomás Ferrer. Trabajé con Mateo en Los Olivos. Sé que ha pasado mucho tiempo, pero quisiera hablar contigo. Hay cosas sobre aquella tarde que nunca les expliqué como debí hacerlo. Puedes llamarme a este número.
Permaneció sentado, mirando el teléfono. Después sacó una libreta y escribió el nombre de Mateo. Debajo anotó una pregunta: « ¿Por qué no contesté cuando Amalia me preguntó a qué hora solicité el traslado? ».
No necesitó pensar la respuesta. Había tenido miedo de perder el trabajo, de enfrentarse a Landa y de reconocer ante una madre que había visto empeorar a su hijo mientras seguía esperando una autorización.
También había encontrado razones para callarse. Mateo había mentido sobre su consumo. El cuadro se había agravado. Nadie podía asegurar que un traslado anterior le hubiera salvado la vida. Ninguna de esas verdades respondía la pregunta de Amalia.
Tomás cerró la libreta. Llevaba años pidiendo a sus pacientes que reconocieran aquello que preferían esconder; él seguía evitando una respuesta que conocía desde aquella tarde.
El teléfono vibró. Era Samantha. Dejó que sonara una vez antes de contestar.
—¿Bueno?
—¿Tomás Ferrer?
—Sí.
—Recibí tu mensaje.
Miró hacia la ventana.
—Gracias por devolverme la llamada.
—¿Qué quieres decirme de Mateo?
Tomás se llevó una mano a la frente. Había ensayado aquella conversación durante once años y ahora no encontraba una manera de comenzar.
—Que tu madre tenía razón al seguir preguntando. Y que yo debí contestarle mucho antes.
Samantha guardó silencio. Después preguntó:
—¿Estás dispuesto a decírselo a ella?
Tomás cerró los ojos.
—Sí.
Antes de marcharse, Landa preguntó a un auxiliar si Santiago había solicitado hablar con dirección.
—No. Preguntó por el horario de llamadas y por su computadora.
Gabriel asintió. Desde el corredor vio al paciente nuevo caminar hacia las habitaciones acompañado por Héctor. Santiago parecía cansado; el Almirante gesticulaba mientras hablaba. Se detuvieron junto a una ventana y Héctor señaló algo en el jardín. Santiago se rio.
Landa los observó unos segundos. El hombre que había conocido en Los Olivos no se movía así ni necesitaba detenerse para descansar. Sin embargo, seguía llevando el mismo nombre.
Sacó el teléfono y llamó a Tomás. No contestó. Volvió a intentarlo y esta vez dejó un mensaje.
—Necesito que hablemos mañana. Antes de que hagas cualquier cosa.
Guardó el teléfono. La campana sonó por última vez ese día y Gabriel esperó a que el sonido terminara antes de salir del edificio.