Aquí todo el mundo miente Capítulo 3 — El hombre de la lista #2
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Capítulo 3 — El hombre de la lista #2

Se llevó la mano al bolsillo buscando el teléfono y recordó que lo había entregado en recepción. Hasta entonces había imaginado que todo podría resolverse después de dormir unas noches. Ahora le habían cambiado de habitación y seguía sin una fecha para volver a casa.

Oyó pasos y se volvió hacia la puerta. Un hombre de unos sesenta y tantos años, con gorra de capitán, llevaba un cuaderno y una bolsa de ropa limpia.

—Ah. Tú debes ser el nuevo.

—Santiago.

—Héctor. Pero aquí me dicen el Almirante.

Le tendió la mano y Santiago se la estrechó.

—¿Fuiste marino?

—Cuarenta años.

—¿Y por qué te dicen Almirante?

Héctor lo miró como si acabara de hacer una pregunta impropia de un adulto.

—Porque no me van a decir cabo después de cuarenta años.

Entró y dejó la bolsa sobre la otra cama.

—Ésta es la mía. El armario de la derecha también. El baño lo compartimos. Si dejas la toalla mojada en el suelo, tenemos un problema.

—Entendido.

Héctor observó la mochila.

—¿Trajiste cigarros?

—No fumo.

El Almirante cerró los ojos.

—Dios mío. Me pusieron con un civil.

Esa noche, cuando Santiago regresó de su revisión, encontró a Héctor leyendo en la cama. Se acostó y escuchó durante un rato el roce de las páginas.

—¿Cuánto llevas aquí?

—Veinticuatro días.

—¿Y cuánto te falta?

—Depende de lo que acuerde con el equipo.

Santiago giró la cabeza.

—¿No tienes una fecha de salida?

—Tengo una fecha prevista. Otra cosa es que vaya a salir por la puerta caminando o me tengan que sacar a cañonazos.

Santiago sonrió. Héctor cerró el libro.

—¿Es tu primera vez?

—En una clínica, sí. ¿Y tú?

—Segunda.

—¿La primera no funcionó?

El Almirante apagó la lámpara.

—La primera me funcionó mientras hice lo que tenía que hacer.

Santiago esperó una explicación adicional, pero no llegó.

El lunes, Santiago llegó tarde al desayuno. Había dos mesas largas; los pacientes conversaban mientras una mujer repartía fruta. Héctor le hizo una seña desde una silla.

—Aquí, civil.

Santiago se sentó a su lado. Frente a ellos había un hombre delgado, de cabello entrecano, que untaba mermelada sobre una rebanada de pan.

—Mauricio —lo presentó Héctor.

—Buenos días —dijo el hombre.

Santiago tomó una taza de café. El Almirante observó el gesto que hizo al probarlo.

—No te preocupes. Al tercer día ya ni lo notas.

—Eso no me tranquiliza.

—No era mi intención.

Santiago dejó la taza. Todavía se cansaba con facilidad y le habían indicado que avisara si necesitaba retirarse de una actividad. Antes del grupo pasó a revisión; después, un auxiliar lo acompañó a la sala.

Verónica, la terapeuta que conducía la sesión, le indicó una silla cerca de la puerta. Había doce pacientes, algunos con semanas de estancia y otros recién incorporados. Les pidió que hablaran de una ocasión reciente en la que hubieran minimizado las consecuencias de su consumo.

Dos personas hablaron antes que Santiago. Un hombre contó que había faltado al cumpleaños de su hijo y luego aseguró que el niño era demasiado pequeño para recordarlo. Una mujer recordó cómo justificaba la desaparición de dinero de la casa.

Cuando llegó su turno, Santiago se acomodó en la silla.

—Tuve un problema en una cena de trabajo. Bebí de más y terminé discutiendo con mi familia.

—¿Qué consecuencia tuvo? —preguntó Verónica.

—Mi exesposa se molestó. Mi hermana decidió que necesitaba internarme.

—¿Hubo alguna otra consecuencia?

Miró hacia la puerta.

—Perdimos una cuenta importante. Y golpeé un poste con el coche, pero eso fue al salir de un estacionamiento. Iba despacio.

Verónica esperó. Santiago pensó en Denia, en los tres puntos sobre la ceja y en el mensaje de Claudia.

—También hubo un accidente en casa.

Sintió las miradas de los demás.

—Mi hija se golpeó durante una discusión.

—¿Cómo ocurrió?

Se frotó la cara.

—Había recogido mis llaves. No quería que manejara.

—¿Y qué hiciste tú?

La pregunta le produjo una irritación inmediata.

—Quise recuperarlas.

—¿Qué pasó después?

Santiago miró a Héctor. El Almirante tenía las manos cruzadas sobre el abdomen y observaba por la ventana. No iba a ayudarlo.

—La empujé.

Verónica no hizo ningún gesto.

—¿Qué consecuencia tuvo para ella?

Santiago tragó saliva.

—Se golpeó contra el marco de una puerta. Le dieron tres puntos.

En la sala no se escuchó nada durante unos segundos. Había entrado dispuesto a explicar que un problema de pareja había terminado en una exageración familiar. Ahora acababa de describir lo que había hecho delante de once desconocidos.

No se sintió mejor.

* * *

Al terminar, Verónica habló brevemente con Tomás sobre la sesión. Más tarde, después de que Santiago descansara, un auxiliar le avisó que el terapeuta lo esperaba en su consultorio.

—Soy Tomás Ferrer. Formo parte del equipo terapéutico.

Santiago le estrechó la mano.

—Creo que lo vi ayer.

—Sí. ¿Cómo te encuentras?

—He tenido días mejores.

Tomás le ofreció agua y le indicó una silla. Luego se sentó frente a él. Había esperado alguna señal de que recordaba Los Olivos: una pregunta sobre Landa, un comentario sobre la campaña. Santiago solo quería saber cuánto duraría la conversación.

—Será breve. Verónica me comentó que hablaste de lo ocurrido con tu hija. No tienes que volver a contarme la escena. Quisiera saber cómo estás después del grupo.

—Cansado. Y un poco harto de que todos sepan más de mi vida que yo.

Tomás dejó pasar unos segundos.

—¿Qué crees que necesita cambiar para que tu estancia aquí tenga sentido?

Santiago miró sus manos.

—Necesito dejar de beber un tiempo y organizar mi vida. He trabajado demasiado. Descuidé a mi hija, la agencia, mi salud.

—¿Qué esperas que sea distinto después de ese tiempo sin beber?

—Supongo que debo aprender a controlar cuánto tomo.

Tomás asintió despacio.

—Tendremos que hablar de eso. Por ahora quiero saber si necesitas algo después de la sesión y cómo estás llevando esta nueva etapa aquí.

—Me gustaría no contarle lo mismo a otra persona hoy.

—De acuerdo.

Santiago bebió agua. Le agradó que no insistiera.

—¿Llevas mucho trabajando aquí?

—Varios años.

—¿Y antes?

—Aquí mismo, cuando el centro se llamaba Los Olivos.

Santiago frunció el ceño.

—Ése era el nombre anterior. Lucía me recordó que hicimos el cambio de identidad. Por eso pensó en traerme.

—¿Te acuerdas del trabajo?

—Apenas. Tendría que volver a ver los papeles.

Bebió el resto del agua y dejó el vaso sobre el escritorio.

—Tu cara me resultaba familiar desde ayer. A lo mejor nos vimos en algún evento.

Tomás esperó, pero Santiago no añadió nada. Al despedirse, el terapeuta lo acompañó hasta la puerta. No sabía qué recordaría aquel hombre si volvía a ver los papeles de la campaña.

Aquella tarde, Landa llamó a Tomás a su despacho.

—¿Te reconoció?

—Dijo que mi cara le resultaba familiar. Nada más.

—¿Le preguntaste por Los Olivos?

—Le dije que trabajaba aquí desde entonces. Su hermana recordaba que él hizo el cambio de identidad. Lo trajo por eso.

Gabriel se quedó mirando la puerta.

—¿Y él?

—Apenas recuerda el encargo.

—Quizá está esperando a que bajes la guardia.

Tomás permaneció de pie.