Aquí todo el mundo miente Capítulo 3 — El hombre de la lista
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Capítulo 3 — El hombre de la lista

El hombre de la lista

* * *

Gabriel Landa leyó el nombre dos veces. Santiago Vélez Arias. Después levantó la vista hacia Tomás.

—¿Estás seguro de que es él?

—Todavía no lo he visto.

—Puede ser otra persona.

Tomás colocó la lista de ingresos sobre el escritorio.

—¿Cuántos Santiago Vélez Arias conoces?

Landa buscó el expediente de admisión y abrió la fotografía que acompañaba los datos del nuevo paciente. El hombre de la imagen llevaba barba corta, el cabello más escaso que antes y unas ojeras que la iluminación no conseguía disimular. Gabriel acercó el rostro a la pantalla.

—Es él.

Tomás asintió. Desde el pasillo llegaban las voces de los pacientes que regresaban del jardín. Landa cerró el expediente.

—¿Quién autorizó su ingreso?

—El equipo de admisión. Su familia solicitó atención urgente. Llegó después de una valoración médica externa.

—¿Y por qué no me avisaron?

—Porque no tenemos ningún procedimiento que exija consultarte los nombres de todos los pacientes antes de admitirlos.

La respuesta hizo que Landa levantara la mirada.

—No necesito que me expliques nuestros procedimientos, Tomás.

—Entonces dime qué te preocupa.

Gabriel se levantó y caminó hasta la ventana.

Once años atrás, Santiago había entrado en aquella propiedad con una computadora bajo el brazo.

Su agencia preparó el comunicado y la nueva identidad de la clínica.

Las admisiones continuaron; con el tiempo, las consultas sobre Mateo se hicieron menos frecuentes.

Gabriel había interpretado aquel silencio como el final del asunto.

—¿Qué sabe? —preguntó.

—¿De qué?

—De Mateo. ¿Qué sabe Santiago?

—No he hablado con él.

—Su agencia tuvo acceso a los registros.

—Solo a una parte de los registros.

—Suficiente para saber que hubo un retraso entre la solicitud de traslado y la salida de la ambulancia.

Tomás apoyó las manos sobre el respaldo de una silla.

—No sé qué recuerda. Su familia lo trajo porque necesita ayuda.

—Quiero saber si pregunta por Los Olivos.

—No voy a interrogarlo sobre un trabajo que hizo para ti.

Landa regresó al escritorio y dobló la lista por la mitad.

—Entonces concéntrate en atenderlo.

Tomás abrió la puerta. Antes de salir se detuvo.

—Eso estoy intentando hacer, Gabriel.

Santiago descubrió que el proceso de ingreso incluía demasiadas preguntas para alguien que llevaba horas sin dormir.

Primero le pidieron sus datos. Después revisaron sus pertenencias y le explicaron qué objetos quedarían resguardados.

Una médica lo recibió para valorar su estado y determinar la atención que necesitaría durante los primeros días.

Contestó que sí cuando le preguntaron si había bebido recientemente y que no cuando quisieron saber si había pensado en hacerse daño. Cuando llegaron a las preguntas sobre el tiempo y el lugar, intentó adelantarse.

—Sé perfectamente dónde estoy.

—¿Qué día es hoy? —preguntó la médica.

—Viernes.

Lo sabía porque Lucía le había mostrado la fecha aquella mañana. Había dejado de ir a la oficina el miércoles.

—¿Dónde estamos?

—En Hacienda Real del Monte. Ya contesté estas preguntas en otro consultorio.

—Necesitamos realizar nuestra propia valoración, Santiago.

—Por supuesto.

Volvió a sonreír, pero la sonrisa le duró poco. Tenía las manos húmedas y un temblor que empeoraba al sostener el vaso. Había comido apenas unos bocados durante el trayecto. A ratos sentía que necesitaba levantarse y caminar; en otros, que no conseguiría hacerlo sin que le fallaran las piernas.

La médica revisó la información de la valoración previa.

—Aquí aparece consumo reciente de alcohol, cocaína, marihuana y medicamentos para dormir. Necesito que repasemos cuándo consumiste cada uno.

—Ya le expliqué al otro médico que no uso cocaína habitualmente.

—Bien. Cuéntame cuándo fue la última vez.

—Antes de ayer. En mi casa.

La médica anotó la respuesta y siguió preguntando. Cuando llegaron al alcohol, Santiago intentó calcular cuánto había bebido desde que dejó de ir a la oficina. Las cantidades cambiaban cada vez que empezaba a sumarlas.

—No llevo una contabilidad.

—No necesitamos que recuerdes cada copa. Necesitamos conocer lo mejor posible tu patrón de consumo para atenderte.

Él observó el formulario.

—He bebido mucho estos días porque tuve un problema familiar.

—¿Y antes?

—Lo normal.

—¿Qué es lo normal para ti?

Santiago estuvo a punto de decir que tres o cuatro copas por la noche. Recordó la botella que había abierto antes de comer y la que encontró vacía al despertar.

—Depende del día.

—¿Has bebido por las mañanas para aliviar el malestar?

Tardó demasiado en contestar.

—Alguna vez.

—¿Durante esta última semana?

—Sí.

—¿Durante el último mes?

Apartó la mirada.

—Sí.

La médica continuó con la valoración. Al terminar, le explicó que permanecería inicialmente en la Unidad de Cuidados Especiales, la UCE, donde podrían seguir su evolución de cerca.

La incorporación a las actividades se decidiría según su estado.

Santiago preguntó cuánto iba a durar aquello, pero no consiguió que le dieran una fecha de salida de la unidad.

Lucía esperaba junto a recepción cuando su hermano salió acompañado por un auxiliar. Se levantó.

—¿Cómo te fue?

—Me van a dejar en la Unidad de Cuidados Especiales unos días para observarme.

El auxiliar les indicó que podían sentarse mientras preparaban su ingreso a la unidad. Lucía se acomodó a su lado y durante un rato contemplaron el jardín.

—¿Hablaste con Claudia? —preguntó él.

—Sí.

—¿Y Denia?

—Está en la escuela.

—No le digas qué tan mal estoy, por favor.

—Santiago, estás recibiendo atención médica.

—No quiero que piense que me estoy muriendo ni nada por el estilo.

—No le dije eso.

Él se inclinó hacia delante.

—Dile que voy a estar bien.

Lucía acomodó la correa del bolso sobre las rodillas.

—Puedes decírselo tú cuando hablen.

—¿Crees que vaya a contestar?

—No sé. Claudia me dijo que por ahora Denia necesita espacio.

—Soy su padre.

—Lo sé.

—No puede dejar de hablarme para siempre.

—Nadie ha dicho que vaya a ser para siempre.

Santiago se recostó en la silla. Quería llamar a Claudia y explicarle que estaba haciendo lo que le habían pedido: había aceptado recibir ayuda y estaba en una clínica. También quería saber cuánto tendría que quedarse para que Denia volviera a hablarle. En vez de preguntarlo, miró la mochila.

—¿Trajiste mi computadora?

—La dejamos en casa.

—Lucía…

—Mariana se está encargando de lo urgente. Ya te lo dije.

—No puede tomar decisiones sobre todas las cuentas.

—Lo sé. Hablarán cuando puedas hacerlo.

El auxiliar volvió por él. Santiago se levantó despacio y Lucía lo abrazó antes de despedirse. Él se dejó abrazar, pendiente del muchacho que esperaba junto a la puerta.

—Avísale a Claudia que ya llegamos.

—Ya lo sabe.

Lucía se quedó en la recepción hasta que lo vio doblar el corredor. Santiago siguió al auxiliar hacia la UCE, con la mochila colgada de un hombro.

* * *

La primera noche fue peor de lo que esperaba.

Apenas pudo cenar; le dolía la cabeza, sudaba y el temblor de las manos le resultaba cada vez más difícil de disimular.

El equipo de salud lo valoró nuevamente y continuó la atención indicada.

Le explicaron cómo llamar al personal y qué cambios debía comunicar de inmediato.

Preguntó si podía tomar algo para dormir. Le respondieron que revisarían su situación. No le gustó tener que esperar ni que una enfermera volviera a preguntarle cómo se sentía cuando él acababa de decir que estaba bien.

A las tres de la mañana sintió unas ganas repentinas de beber. Imaginó el primer trago: el ardor en la garganta, el calor que llegaría al estómago, la posibilidad de que sus manos dejaran de temblar. Se incorporó y llamó a la enfermera.

—Necesito hablar con alguien.

Ella se acercó a la cama.

—¿Qué estás sintiendo?

Santiago miró hacia la puerta. Estuvo a punto de pedir que llamaran a su hermana; después se miró las manos.

—Quiero beber.

La enfermera continuó la valoración, se quedó con él y solicitó la atención que necesitaba. Santiago agradeció que no intentara convertir aquella madrugada en una lección.

El sábado permaneció en la unidad. Durmió por intervalos, logró comer un poco y volvió a preguntar cuándo podría salir de allí.

Le explicaron qué estaban observando y por qué todavía necesitaban seguir su evolución.

Desde la cama escuchó la campana y las voces que pasaban por el corredor; las actividades continuaban sin él.

El domingo, después de una nueva valoración, la médica le explicó que podía pasar a una habitación del área residencial. Seguirían pendientes de su estado y ajustarían su participación en las actividades. Santiago recogió la mochila antes de que terminara de hablar.

El auxiliar lo acompañó a la nueva habitación.

Al cruzar el pasillo de admisión, Tomás lo vio detenerse para preguntar hacia dónde iban.

De espaldas no lo habría reconocido: el hombre que recordaba caminaba deprisa y parecía tener una respuesta para cualquier objeción.

Éste avanzaba con los hombros caídos. Fue la voz lo que le permitió reconocerlo.

Santiago levantó la vista y encontró al terapeuta observándolo.

—Buenas tardes.

—Buenas tardes —respondió Tomás.

Le dirigió una sonrisa educada y siguió al auxiliar. Tomás permaneció junto a la puerta hasta que ambos desaparecieron en el corredor.

La habitación tenía dos camas, un escritorio pequeño y un armario dividido por la mitad. Santiago la examinó con incredulidad.

—¿Voy a compartir cuarto?

—Sí. Tu compañero todavía está en una actividad. Luego te lo presento.

—¿Y si ronca?

—Se lo puedes decir.

—¿Y si yo ronco?

El muchacho sonrió.

—Entonces él te lo dirá a ti.

Santiago dejó la mochila sobre la cama asignada. El auxiliar le mostró cómo solicitar ayuda y le recordó dónde lo esperaban para la siguiente revisión. Cuando se quedó solo, abrió el armario: había espacio suficiente para su ropa. No había televisión ni minibar.