Capítulo 2 — La versión de los hechos #4
Lucía no sonrió. Le explicó dónde estaba la clínica.
Santiago preguntó cuánto tardarían en llegar.
Estaba cansado y seguía pensando que todo aquello era excesivo.
El antiguo encargo le parecía lejano, perdido entre otros trabajos.
No se detuvo en las razones por las que aquella clínica había necesitado otro nombre.
La carretera hacia Hacienda Real del Monte estaba casi vacía. Santiago viajaba en el asiento trasero, junto a su hermana. Un conductor los llevaba porque Lucía no había querido dejarlo solo durante el trayecto.
Durante la primera media hora, Santiago hizo comentarios sobre el paisaje, preguntó si había señal de internet y trató de convencer a Lucía de que, en cuanto se sintiera mejor, podrían hablar de un tratamiento ambulatorio.
Después dejó de hablar. Tenía sed. Le dolían las piernas.
La idea de no poder salir cuando quisiera comenzaba a producirle una inquietud que no había sentido al aceptar el ingreso.
Miró el teléfono.
Claudia había enviado un mensaje a Lucía, no a él.
Avísame cuando lleguen, por favor.
Santiago se inclinó para leerlo.
—¿Denia sabe adónde voy?
—Sí.
—¿Qué le dijiste?
—Que vas a recibir ayuda.
—Seguro ahora piensa que estoy loco o que soy un drogadicto.
Lucía guardó el teléfono.
—No dijo eso.
—¿Entonces qué dijo?
Su hermana miró por la ventana.
—Preguntó si ibas a volver a ir a su casa cuando salieras.
Santiago se quedó quieto.
—¿Y qué le contestaste?
—Que eso lo hablarían ella y su mamá contigo cuando fuera el momento.
Él apoyó la cabeza contra el asiento.
—Como si fuera yo tan peligroso.
Lucía no respondió.
Al cabo de unos minutos, Santiago volvió a mirar el teléfono. Abrió el último mensaje que había enviado a su hija.
Fue un accidente. Te quiero mucho.
Lo leyó. Por primera vez le pareció que ambas frases no tenían nada que ver entre sí. Cerró la conversación.
Hacienda Real del Monte apareció detrás de una hilera de árboles.
No era un edificio especialmente imponente.
Tenía dos cuerpos principales, jardines amplios y una entrada donde un letrero discreto anunciaba el nombre del centro.
Santiago esperaba encontrar una reja alta. Había una puerta de cristal.
El conductor estacionó. Lucía bajó primero.
Santiago permaneció unos segundos dentro del coche, mirando a dos hombres que caminaban por el jardín. Uno llevaba una gorra de capitán y gesticulaba con tanta energía que el otro tuvo que apartarse para evitar que le golpeara el hombro.
—¿Éstos son los terapeutas? —preguntó Santiago.
Lucía siguió su mirada.
—No lo sé.
El hombre de la gorra levantó un brazo.
—¡Te digo que me desaparecieron los cigarros! —gritó.
Su compañero se rio. Santiago abrió la puerta.
—Perfecto —murmuró—. Ya encontré al director de relaciones públicas.
Lucía le tendió la mano para ayudarlo a salir. Él la rechazó por costumbre. Después tuvo que apoyarse en el coche porque las piernas le temblaron al ponerse de pie. Su hermana fingió no haberlo visto.
Caminaron hacia la entrada. En la recepción les pidieron que esperaran unos minutos mientras avisaban al equipo de admisión. Santiago se sentó frente a una mesa con revistas.
Había una campana colgada junto a la puerta que comunicaba con el corredor principal. No parecía decorativa: tenía una cuerda gastada y una pequeña marca en el muro, donde el metal había golpeado alguna vez.
Un auxiliar pasó junto a ella. La hizo sonar dos o tres veces. Desde el jardín comenzaron a regresar varios pacientes.
Santiago miró el reloj.
—¿Qué fue eso?
—La llamada para una actividad —respondió la recepcionista.
Él se inclinó hacia Lucía.
—Ya solo falta la música de delfines.
Su hermana no sonrió. Santiago tomó una revista. No consiguió concentrarse en la primera página.
En el otro extremo del edificio, Tomás Ferrer terminaba una reunión cuando recibió la lista de ingresos del día siguiente y las admisiones extraordinarias previstas para esa tarde.
La dejó sobre el escritorio. Revisó primero la edad de los pacientes, los motivos de ingreso y los nombres de los profesionales asignados. Después encontró uno que conocía.
Santiago Vélez Arias.
Tomás acercó la hoja. Volvió a leerlo.
Once años atrás había visto a un hombre con ese nombre entrar en aquella misma propiedad con una computadora bajo el brazo y una mujer que anotó una pregunta sobre el traslado de Mateo.
Recordaba su camisa blanca. Su manera de estrecharle la mano a Landa.
Y el comunicado que apareció dos días después sin mencionar los horarios.
También recordaba el nuevo nombre que apareció en la entrada semanas más tarde.
El hombre que había ayudado a convertir Los Olivos en Hacienda Real del Monte acababa de ingresar como paciente.
Tomás se levantó. Fue hasta la ventana.
En el jardín, Héctor discutía con otro paciente mientras ambos caminaban hacia el comedor. La campana volvió a sonar. Tomás tomó la lista y salió de su consultorio. Necesitaba hablar con Gabriel Landa cuanto antes.