Capítulo 2 — La versión de los hechos #3
Santiago miró hacia la puerta. Podía echar a su hermana. Podía llamar a alguien para que le llevara otra botella. Podía intentar convencerla de que bastaba con tomarse unos días libres. Irse de vacaciones.
La idea de entrar en una clínica le parecía absurda.
Él conocía centros de tratamiento. Años atrás, su agencia había realizado campañas para algunas organizaciones de salud.
Recordaba jornadas de fotografías, reuniones interminables y clientes que siempre querían cambiar el comunicado cuando ya estaba aprobado.
Nada de aquello tenía relación con él. Su trabajo consistía en resolver los problemas de otros. No tenían que resolverle los suyos.
—Conozco esos lugares —dijo—. Te quitan el teléfono, te obligan a levantarte a las seis y te sientan a escuchar a gente contar sus desgracias y a animarse entre ellos.
—Necesitas que te atiendan —respondió Lucía.
—Puedo dejar de beber cuando quiera.
Su hermana no discutió. Se limitó a señalar la botella que había sobre la mesa.
—Entonces no bebas ahora.
Santiago miró el vidrio. Le molestó que Lucía hubiera encontrado una forma tan sencilla de hacerlo quedar mal.
—Eso no demuestra nada.
Se sentó. Durante varios segundos no hizo otra cosa que observar sus manos. El temblor había regresado.
Cuando finalmente aceptó salir, intentó llevarse la computadora. Lucía le dijo que podían recogerla después. Él insistió.
—Si no trabajo, la agencia se viene abajo.
—Mariana está encargándose, tú por eso no te apures.
—Mariana no puede hacer todo.
—Hoy sí puede. Lleva días haciéndolo porque no te presentas.
Santiago buscó el cargador y lo guardó en una mochila. Después fue al dormitorio por una camisa limpia.
Al pasar frente al espejo se detuvo. Tenía barba de varios días y una pequeña mancha amarillenta en el cuello, donde la piel había comenzado a recuperar su color después de un golpe que ni siquiera recordaba haberse dado. Se acercó.
La cara que encontró en el espejo no era la de un hombre que acababa de perder una cuenta importante. Tampoco se parecía a la de alguien que estaba atravesando una mala semana. Apartó la mirada, asqueado consigo mismo.
La valoración médica confirmó que Santiago necesitaba atención residencial por su consumo y que, dadas sus condiciones y los antecedentes que su familia pudo proporcionar, era necesario atender con cuidado los riesgos asociados con la interrupción del alcohol y las demás sustancias.
Lucía permaneció a su lado mientras le explicaban las opciones.
Santiago respondió las preguntas con una precisión que sorprendió a su hermana.
Sabía cuánto bebía. Sabía cuándo había comenzado a hacerlo por las mañanas.
Sabía qué otro tipo de sustancias había utilizado en las últimas semanas.
Sin embargo, al preguntarle si consideraba que había perdido el control de su consumo, contestó:
—No. He tenido algunos excesos por una situación de estrés, pero nada más. Nada que no pueda controlar.
Lucía bajó la vista. El médico continuó la entrevista.
Al terminar, explicó la conveniencia de que Santiago recibiera atención residencial en un centro capaz de dar seguimiento a su estado médico y con un tratamiento individualizado. Él protestó durante varios minutos. Después preguntó cuánto tiempo tendría que quedarse.
Claudia y Mariana se habían reunido con ellos durante la valoración. Mientras Santiago estaba en otra habitación con el personal médico, Lucía les habló de Hacienda Real del Monte.
—Él hizo el cambio de identidad —dijo—. Hace años. Nos contó muchísimo de ese trabajo.
Recordaba una comida familiar en la que su hermano había explicado cómo eligieron el nombre, las fotografías y hasta el color de las letras.
Se sentía orgulloso de haber sacado adelante una campaña difícil.
Después llegaron otros clientes y dejó de mencionarla.
A Lucía, sin embargo, se le había quedado grabado el nombre de la clínica.
Lo buscó en el teléfono. Necesitaba encontrar ayuda para Santiago.
Pasó de las fotografías de los jardines a la información del centro y llamó a admisiones.
Compartió lo que acababa de indicar el médico y preguntó por la valoración de ingreso, el equipo que lo atendería y los recursos disponibles si necesitaba atención hospitalaria.
—¿Pueden recibirlo? —preguntó Claudia cuando terminó la llamada.
—Hoy mismo. Primero lo valoran allí para determinar qué atención necesita.
Claudia miró hacia el corredor por donde Santiago había desaparecido.
—Vamos a hablar con él.
Cuando le comunicó el nombre del centro, Santiago frunció el ceño.
—¿Hacienda Real del Monte? Suena a fraccionamiento.
—Tú te inventaste ese nombre. Nos hablaste de la campaña cuando la terminaron. ¿Ya no te acuerdas?
Santiago miró la pantalla. Recordaba haber hecho una identidad para una clínica, aunque no habría sabido decir dónde había guardado el proyecto.
—Hace muchísimo de eso.
—Pues a mí se me quedó el nombre. Algo bueno salió de eso.
Él le devolvió el teléfono.
—Espero que no cobren las habitaciones con vista al jardín.