Capítulo 2 — La versión de los hechos #2
Después regresó a la entrada. Sus llaves seguían en el suelo, junto a la consola. Las tomó. Salió sin despedirse.
En la primera gasolinera abierta compró una botella de agua y otra de vodka. Se sentó dentro del coche, abrió la primera y bebió varios tragos. Tenía una mancha oscura en el puño de la camisa. No sabía si era sangre de Denia o vino derramado durante la cena.
Sacó el teléfono y llamó a Lucía. Su hermana contestó al segundo tono.
—¿Dónde estás?
—En una gasolinera.
—¿Estás manejando?
—Estoy estacionado.
—Dime dónde.
Santiago miró el letrero del establecimiento. Se lo dijo.
—Voy por ti —respondió Lucía—. Quédate ahí.
Él apoyó la frente contra el volante.
—Le hice daño a Denia. Fue sin querer.
Lucía guardó silencio.
—¿Qué pasó?
—La empujé. Se golpeó en la cabeza.
—¿Está con Claudia?
—Sí.
—¿Ya la atendieron?
—No sé.
—Voy a llamar a Claudia y después voy por ti. No muevas el coche, Santiago.
Colgó. Santiago miró la botella que acababa de comprar. La abrió. Bebió directamente de ella.
Lucía llegó a la gasolinera veinticinco minutos después. Su hermano ya no estaba. Le llamó siete veces. En la octava, Santiago contestó desde su departamento.
—Ya estoy en mi casa —dijo.
—Te pedí que me esperaras.
—Ya llegué —dijo, arrastrando las palabras.
—Voy para allá.
—No hace falta.
—No te estoy preguntando.
Cuando Lucía llegó, encontró el coche frente al edificio, con la defensa trasera hundida y una de las calaveras rota. El portero le permitió subir. Santiago no abrió la puerta. Ella tocó hasta que le dolieron los nudillos.
—Sé que estás ahí.
Escuchó pasos. Después la voz de su hermano.
—Vete a dormir, Lucía.
—Abre.
—Mañana hablamos.
—Claudia llevó a Denia a que la atendieran. Le pusieron tres puntos.
No hubo respuesta. Lucía apoyó la frente contra la puerta.
—Santiago, necesito saber que estás bien.
—Estoy perfectamente. No soy un niñito.
Dentro del departamento, su hermano caminó hacia la sala. Se sirvió otro trago.
* * *
Al día siguiente, Santiago despertó vestido sobre el sofá. La boca le sabía a metal. Tenía el teléfono descargado y un dolor detrás de los ojos que empeoraba cuando intentaba incorporarse.
Encontró una botella vacía debajo de la mesa. La recogió. Después vio la mancha en el puño de su camisa. Y rastros de polvo y ceniza esparcidos sobre la mesa. Recordó a Denia frente al lavabo. No quiso seguir recordando.
Se duchó con agua fría. Mientras se vestía, buscó una explicación que pudiera sostener ante Claudia. «Perdimos el equilibrio», ensayó. Sonaba mejor que «la empujé».
Abrió el teléfono. Tenía un mensaje de Claudia.
Denia está en casa. Le pusieron tres puntos arriba de la ceja. No quiere hablar contigo. Yo tampoco voy a discutir lo que pasó anoche. Cuando estés sobrio, hablaremos de cómo vamos a protegerla.
Santiago leyó el mensaje tres veces. Escribió:
Perdimos el equilibrio. No fue como piensas.
Lo envió. Después añadió:
Dile que la quiero.
Claudia no respondió.
En la agencia, Mariana lo esperaba en su oficina. Había cerrado las persianas. Santiago dejó el saco sobre una silla.
—Antes de que empieces, ya sé que anoche no estuve en mi mejor momento.
Mariana levantó la vista.
—El cliente ya nos canceló la reunión del viernes.
—Podemos recuperarla.
—No quieren continuar. Fueron muy claros con eso.
Santiago abrió el correo que ella le había enviado. Leyó el mensaje. Lo volvió a leer.
—Son unos hipócritas —dijo—. Todos beben en esas cenas.
—No cancelaron por el vino.
—Entonces encontraremos otro cliente.
Mariana se levantó.
—Santiago, necesito saber si vas a estar en condiciones de trabajar esta semana.
Él soltó una carcajada.
—¿Me estás despidiendo de mi propia agencia?
—Te estoy preguntando si puedes encargarte de tus compromisos.
—Por supuesto que puedo.
Mariana miró sus manos. Él las metió en los bolsillos.
—¿Qué?
—Estás temblando.
—No desayuné.
—Te pedí que no manejaras anoche.
Santiago tomó el saco.
—Tengo trabajo que hacer.
—El trabajo puede esperar una hora.
—El trabajo es lo que paga esta oficina.
Salió antes de que ella pudiera responder.
No terminó ninguna de las tareas que se llevó a casa. Abrió una presentación y pasó cuarenta minutos cambiando el tamaño de un encabezado. Intentó revisar las cuentas de la empresa, pero los números le provocaron una irritación que lo llevó a cerrar la computadora.
A mediodía compró comida que apenas probó. Por la tarde abrió una botella. Se dijo que era para tranquilizarse.
Al anochecer estaba convencido de que todo el mundo había decidido exagerar lo ocurrido: Mariana por una cena desafortunada, Claudia por una discusión doméstica y Lucía porque siempre había tenido la costumbre de intervenir cuando él necesitaba estar solo.
Llamó a Denia. No contestó. Le envió un mensaje.
Mi amor, sé que estás molesta. Fue un accidente. Te quiero mucho.
Esperó. El mensaje quedó sin respuesta.
A la mañana siguiente no fue a la agencia. Mariana lo llamó varias veces. Santiago vio su nombre en la pantalla y dejó sonar el teléfono. Contestaría cuando hubiera dormido.
Tampoco se presentó al día siguiente. Mariana tuvo que cambiar una reunión y llamó a Lucía.
Ella llevaba horas intentando localizarlo; Claudia tampoco había recibido respuesta.
Desde la portería confirmaron que estaba en el departamento.
Había respondido por el interfono que no quería que lo molestaran.
Santiago dormía a ratos. Cuando despertaba, abría otra cerveza o buscaba algo que lo ayudara a seguir durmiendo.
La computadora continuaba encendida y una bolsa de comida permanecía sin abrir sobre la mesa.
Una tarde creyó que aún estaba a tiempo de volver a la oficina.
Miró la hora y decidió dejarlo para mañana.
A la tercera mañana de ausencia, Lucía recibió otra llamada de Mariana antes de las nueve.
—Tampoco vino hoy —dijo—. No puede seguir así. Voy a cancelar lo que tenga pendiente para ayudarte a buscarlo.
Lucía estaba frente a la casa de Claudia. Había ido a llevarle unas cosas que Denia necesitaba para la escuela.
—Voy a buscarlo.
—Avísame si necesitas ayuda.
Lucía colgó. Claudia abrió la puerta y recibió la bolsa que le llevaba. Tenía ojeras.
—¿Cómo está Denia? —preguntó Lucía.
—Fue a clases. No quería quedarse en casa.
—¿Preguntó por él?
Claudia negó con la cabeza.
—Anoche me pidió que no le abriera si volvía a venir.
Lucía se quedó un momento en el umbral.
—Voy a verlo.
—No vayas sola.
—No sé si me abrirá si llevo a alguien.
Claudia la miró.
—Entonces llama a alguien antes de entrar.
Lucía encontró la puerta del departamento cerrada con llave. Tocó el timbre. Después golpeó.
—Santiago, soy yo.
Esperó. No hubo respuesta. Llamó al portero. El hombre no lo había visto salir desde que volvió con una bolsa de comida, tres días antes. La víspera solo le había respondido por el interfono.
Lucía volvió a tocar. Al fin escuchó un ruido al otro lado. La puerta se abrió unos centímetros. Santiago llevaba una camiseta manchada. Tenía los ojos enrojecidos y una expresión de fastidio que desapareció en cuanto intentó enfocar el rostro de su hermana.
—¿Qué quieres?
Lucía sintió el olor a alcohol.
—Entrar.
—Estoy ocupado.
—Abre, Santiago.
Él dejó la puerta abierta y regresó a la sala. Lucía entró. Había vasos sobre la mesa, comida sin recoger y una computadora encendida junto a una botella casi vacía. Santiago se dejó caer en el sofá.
—¿Ahora qué?
Lucía recogió del suelo una fotografía enmarcada de Denia. Debía de haberse caído de una repisa. La colocó sobre la mesa, junto a los restos de polvo blanco.
—Vengo a hablar contigo.
—Todo el mundo quiere hablar conmigo.
Se sentó frente a él.
—Mariana está preocupada. Llevas tres días sin ir a la oficina.
Santiago buscó el teléfono entre los cojines. Miró la fecha.
—Estuve allí…
No terminó. Había pensado en aquella mañana como si hubiera sido ayer.
—Mariana es una exagerada.
—Claudia tiene miedo de que vuelvas a presentarte en su casa.
—¿Eso te dijo?
—Sí.
Santiago se inclinó hacia delante.
—¿Y qué te dijo que pasó? Porque parece que hay una versión de los hechos circulando por todas partes y nadie se ha molestado en preguntarme a mí.
Lucía lo miró.
—Te pregunté aquella noche.
Él se quedó callado.
—Me dijiste que empujaste a Denia y que se golpeó en la cabeza.
—No fue así de simple.
—¿Qué parte es distinta?
—Estábamos discutiendo. Ella me quitó las llaves. Quise recuperarlas y perdimos el equilibrio.
Lucía observó la botella.
—¿La empujaste?
Santiago se levantó.
—Nadie me interroga en mi propia casa.
—Te estoy preguntando qué pasó con tu hija.
—Pues ya viste que estoy bien.
Caminó hacia la cocina. Lucía lo siguió.
—No estás bien.
—Estoy cansado.
—Llevas días bebiendo y no contestas el teléfono.
—No sabes cuánto he bebido.
—Te estoy viendo. Mira la pinta que tienes, Santiago.
Él abrió el refrigerador. Había una botella de agua, varias cervezas, dos recipientes medio vacíos y una caja de comida para llevar.
—Lo que necesito es dormir —dijo.
—Has estado intentando dormir con alcohol y pastillas.
Santiago se volvió.
—¿Revisaste mis cosas?
Lucía había visto el envase junto al sofá. No necesitaba abrir ningún cajón.
—Necesitas ayuda.
—No necesito un centro de rehabilitación, si eso es lo que estás pensando.
Su hermana permaneció callada. Santiago soltó una risa seca.
—Ah. ¿Para eso viniste?
* * *
La intervención no fue una reunión solemne.
No hubo sillas colocadas en círculo ni discursos preparados.
Lucía llamó a Claudia desde la cocina. Después habló con Mariana y con un médico al que la familia había consultado para saber cómo actuar ante el estado de Santiago.
Él accedió a valorarlo y orientar los siguientes pasos.
Cuando Santiago regresó a la sala, encontró a su hermana con el teléfono en la mano.
—¿Con quién hablas?
—Con alguien que puede ayudarnos.
—No voy a ir a ninguna parte.
—Primero necesitamos que te valore un médico.
—¿Y después?
—Después vemos qué atención necesitas.