Aquí todo el mundo miente Capítulo 2 — La versión de los hechos
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Capítulo 2 — La versión de los hechos

La versión de los hechos

* * *

Santiago Vélez descubrió que había arruinado la cena cuando el mesero dejó de ofrecerle vino. Hasta ese momento, la noche le había parecido un éxito.

La agencia acababa de conseguir una reunión con los directivos de una empresa hotelera que llevaba meses intentando atraer.

Había preparado una presentación impecable, con imágenes de playas que parecían no haber conocido jamás la presencia de un turista y una propuesta de campaña que prometía convertir cualquier habitación vacía en una experiencia inolvidable.

El director comercial había reído sus bromas. La responsable de mercadotecnia le había pedido una segunda reunión. Mariana, sentada a su derecha, tomó notas y consiguió que aceptaran revisar el presupuesto antes del viernes.

Todo marchaba de maravilla. Hasta que Santiago decidió contar la historia de un antiguo cliente que había solicitado una campaña para vender departamentos junto a un basurero.

—¿Y saben qué hicimos? —preguntó, levantando la copa—. Le pusimos entorno urbano en transformación.

El director comercial sonrió con cortesía.

—Ingenioso.

—No, ingenioso fue lo de la vista panorámica. Había una montaña de basura detrás del edificio. ¡Una montaña! Y el tipo quería que la fotografiáramos al atardecer.

Mariana le tocó discretamente el antebrazo. Santiago se volvió hacia ella.

—¿Qué?

—Creo que deberíamos revisar la propuesta de lanzamiento.

—Ya la revisamos.

—Con ellos, Santiago.

—Ah.

Bebió otro trago. La responsable de mercadotecnia cerró su carpeta.

—Tenemos bastante material para evaluar. Si les parece, podemos continuar el viernes.

—Claro que sí —respondió Santiago—. Aunque les advierto algo: si quieren que el hotel parezca más grande, nosotros sabemos hacerlo.

Nadie se rio.

Santiago miró a Mariana, buscando complicidad. Ella tenía los ojos puestos en la cuenta.

La humillación terminó de tomar forma en el estacionamiento.

—¿Qué te pasó? —preguntó Mariana.

Santiago buscó las llaves en el bolsillo de su saco.

—Nada. Estuvo bien.

—Les contaste que engañamos a un cliente anterior.

—Les conté una anécdota.

—Dijiste que vendíamos basura como si fuera una oportunidad inmobiliaria.

—No seas literal.

Mariana se puso frente a él.

—También dijiste que si nos daban la cuenta podríamos hacer que su hotel pareciera más grande de lo que es.

—Era una broma.

—No entendieron que fuera una broma.

Santiago encontró las llaves.

—Entonces tienen un problema de sentido del humor.

Mariana miró su mano.

—Dame eso.

—¿Qué?

—Las llaves.

Él soltó una carcajada.

—Por favor.

—Has bebido demasiado.

—He bebido vino con la cena.

—Y antes de la cena. Y después de que pedimos el postre.

Santiago abrió la puerta del coche. Mariana la sostuvo.

—Voy a pedirte un taxi.

—No necesito que me pidas nada.

—Santiago.

—Mariana, tengo cuarenta y dos años. Llevo veinte conduciendo. Es más, lo hago mejor cuando estoy así.

—Y esta noche no deberías hacerlo.

Durante un instante se miraron sin hablar.

Él recordó que Mariana había entrado a trabajar en la agencia siete años atrás, cuando todavía necesitaban convencer a los clientes de pagar la mitad del presupuesto por adelantado para cubrir la nómina.

Era excelente realizando su trabajo. A veces demasiado.

—Nos vemos mañana —dijo.

Se sentó, cerró la puerta y encendió el motor. Mariana retrocedió para evitar que le golpeara los pies.

Mientras salía del estacionamiento, Santiago la vio llamar a alguien. Pensó que sería a Claudia, su exesposa. Le molestó tanto aquella posibilidad que aceleró antes de incorporarse a la avenida.

La agencia ocupaba dos pisos de un edificio de oficinas que Santiago había elegido porque desde la recepción se veía una franja de mar. En los primeros años, cuando algún cliente preguntaba por qué cobraban tanto, él lo invitaba a mirar por la ventana.

—Las ideas cuestan —decía—. La vista es gratis.

El negocio había crecido. También sus gastos.

Una campaña cancelada, dos cuentas que pagaban tarde y un socio que se marchó llevándose a tres clientes habían convertido los últimos meses en una sucesión de urgencias.

Santiago seguía llegando a las reuniones con buenas propuestas y la misma sonrisa de siempre, pero al final del día revisaba el saldo de la empresa como quien consulta una noticia que preferiría no recibir.

Empezó a beber una copa mientras trabajaba. Después dos. Al poco tiempo, la primera copa dejó de esperar a que terminara la jornada.

Había noches en las que salía con alguien de la agencia, volvía a casa y continuaba bebiendo frente a la computadora.

En otras recurría a la cocaína para mantenerse despierto cuando le parecía imprescindible terminar una presentación.

Fumaba marihuana en ocasiones, buscando tranquilizarse, aunque algunas veces solo conseguía quedarse atrapado en los mismos pensamientos.

Para dormir, tenía pastillas que había comenzado a tomar por indicación médica tiempo atrás y que después utilizaba sin consultar de nuevo cómo debía hacerlo.

No consumía todo al mismo tiempo ni de la misma manera cada día. Eso le servía como argumento.

Conocía hombres que bebían desde la mañana. Él todavía acudía a las juntas. Firmaba contratos. Pagaba la colegiatura de Denia, su hija, y, aunque a veces con retraso, cumplía con la nómina.

Si alguna vez se quedaba dormido en el sofá con la ropa puesta, era porque trabajaba demasiado y terminaba agotado. Si faltaba a una reunión, había tenido una «migraña». Si al día siguiente recordaba mal una conversación, el otro había entendido algo distinto.

Su problema, repetía, era causado por el estrés. Y el estrés se resolvería en cuanto entrara la siguiente cuenta importante.

Aquella noche condujo hasta un estacionamiento cercano a su departamento. Apagó el motor y permaneció unos minutos mirando el tablero iluminado.

Tenía veintisiete llamadas perdidas. Cinco eran de Mariana. Dos, de su hermana Lucía. Las demás pertenecían a Claudia.

Al abrir los mensajes encontró uno suyo.

Mariana me llamó. ¿Estás bien?

Después otro.

Por favor dime dónde estás.

Y el último:

No vengas a casa. Denia está dormida.

Santiago dejó el teléfono sobre el asiento. Aquello lo enfureció.

Mariana no tenía derecho a llamar a Claudia. Claudia no tenía derecho a decirle cuándo podía ver a su hija. Y nadie, absolutamente nadie, tenía derecho a tratarlo como si hubiera cometido un delito por beber durante una cena de trabajo.

Arrancó de nuevo y golpeó un poste al salir del cajón. Oyó el crujido, miró por el retrovisor y siguió.

* * *

La luz de la sala estaba encendida cuando llegó a casa de Claudia. Tocó el timbre. Esperó. Volvió a tocar. Finalmente oyó pasos. Claudia abrió apenas, con la cadena puesta.

—Santiago, ¿qué haces aquí?

—Vine a ver a mi hija.

—Son casi las doce.

—Entonces vine a ver si está bien.

Claudia lo miró a través de la abertura.

—¿Cuánto bebiste?

—No empieces con eso, ¿quieres?

—Hablé con Mariana.

—Ya me enteré. Parece que ahora tenemos un sistema de reportes.

—Me dijo que no estabas en condiciones de manejar.

—Mariana cree que todo el mundo necesita supervisión.

Claudia intentó cerrar. Santiago puso la mano contra la puerta.

—Quiero hablar con Denia.

—Está dormida.

—Despiértala.

—No.

Él presionó la puerta. Claudia retrocedió lo suficiente para retirar la cadena, quizá porque temió que continuara empujando y terminara lastimándose la mano. Apenas abrió, Santiago entró. Dejó las llaves sobre la consola de la entrada.

—No puedes llegar así —dijo ella.

—Soy su padre.

—Y mañana podrás hablar con ella.

Denia apareció al fondo del pasillo. Llevaba una camiseta grande, pantalones cortos y el cabello recogido en una coleta que empezaba a deshacerse.

—¿Qué pasa, papá?

Santiago se volvió.

—Nada, mi amor. Vine a saludarte.

Denia miró a su madre.

—¿Está borracho?

—No, solo tomé un poquito. Estoy bien —respondió él.

Claudia no dijo nada. Su hija observó el rostro de Santiago, después la manera en que se apoyaba contra el respaldo de una silla.

—Papá, ya vete a tu casa.

La frase lo hirió más de lo que habría querido admitir.

—¿Tú también vas a empezar?

—Es tarde y mañana tengo clases.

—Vine a ver cómo estabas.

—Estoy bien.

—Entonces ven y dame un abrazo.

Denia no se movió. Claudia se colocó entre ambos.

—Santiago, basta.

Él levantó las manos.

—Perfecto. Ya entendí.

Caminó hacia la entrada. Denia lo siguió a cierta distancia. Antes de que alcanzara la entrada, recogió las llaves de la consola.

—Papá, no manejes.

Santiago se detuvo junto a la puerta.

—No necesito que me den órdenes las dos. Ya estoy grandecito.

Buscó las llaves. No estaban en su bolsillo. Revisó el otro. Miró hacia la mesa de la entrada.

—¿Dónde están?

Denia bajó la vista. Santiago la observó.

—Denia.

—Las tengo yo.

—Dámelas.

—No puedes manejar así.

Claudia extendió la mano hacia su hija.

—Dame las llaves, cariño. Yo me encargo.

Pero Santiago ya estaba frente a Denia.

—No tienes por qué esconderme mis cosas.

—No quiero que te pase algo.

—Dame las llaves, te estoy diciendo.

La muchacha retrocedió un paso. Santiago intentó alcanzarle la mano. Denia se apartó y él la empujó.

Su hija perdió el equilibrio y se golpeó contra el marco de la puerta. El sonido fue seco. Las llaves cayeron al suelo. Denia se llevó una mano a la frente.

Claudia gritó su nombre. Santiago vio la sangre entre sus dedos. Durante un segundo, ninguno de los tres pareció comprender lo que había sucedido.

Después Denia comenzó a llorar. No lloró como cuando se había caído de niña y buscaba que alguien la levantara. Lloró mirándolo.

Con miedo.

—No fue para tanto —dijo Santiago.

Claudia ya había llevado a Denia al baño y buscaba una toalla limpia.

—Sal de aquí.

—Se tropezó.

—Santiago, ya vete.

—Yo no quería…

Denia apartó la mano de la frente. La sangre le había manchado los dedos.

—Vete, papá. No te quiero ver.

Él dio un paso hacia ella. La muchacha retrocedió hasta quedar junto al lavabo. Santiago se detuvo.

Claudia le cerró la puerta del baño en la cara. Él permaneció allí unos instantes.