Capítulo 1 — La primera mentira #4
—¿Cómo te fue?
—Bien.
Gabriel miró el diploma.
—Perdóname. Se complicó una cosa en la clínica.
La muchacha observó a sus compañeros, que empezaban a caminar hacia el estacionamiento.
—Ya sé.
Su esposa les pidió que se pusieran juntos para una fotografía.
Gabriel se colocó junto a su hija. Sonrió cuando Tomás levantó el teléfono.
Después fueron a comer.
Durante la comida, Gabriel intentó compensar su ausencia preguntando por la ceremonia, los profesores y los planes de su hija. Ella respondió con educación, pero las mejores historias ya las había contado durante el trayecto al restaurante.
Tomás conocía una de ellas y Gabriel se la pidió de nuevo.
Aquella noche, cuando los invitados se marcharon, Tomás ayudó a recoger los vasos.
—Te perdiste la ceremonia —le dijo a su amigo.
—Ya lo sé.
—No te estoy diciendo que no tuvieras trabajo.
Gabriel dejó una bandeja sobre la mesa.
—Entonces, ¿qué me estás diciendo?
Tomás miró hacia el pasillo por el que la muchacha acababa de desaparecer.
—Que ella también lo sabe.
No volvieron a hablar del asunto.
Al día siguiente se encontraron en Los Olivos, desayunaron juntos y continuaron trabajando.
Después de la muerte de Mateo, aquellas comidas empezaron a ser diferentes.
Tomás seguía conociendo a la familia de Gabriel, pero ya no podía escuchar sus explicaciones sobre la clínica sin recordar la tarde en que la médica pidió el traslado.
A veces discutían sobre las decisiones tomadas. Otras veces evitaban mencionar a Mateo y hablaban de reparaciones, pacientes o asuntos familiares.
Cuando Gabriel terminó de separarse de su esposa, Tomás fue uno de los pocos amigos que continuaron visitándolo.
No dejó de preguntarle por sus hijos.
Tampoco dejó de recordar las dos horas durante las cuales Mateo había esperado para salir de Los Olivos.
La agencia preparó una nueva página web, materiales de admisión, fotografías de los jardines y una campaña de presentación. Se sustituyeron los anuncios exteriores y se renovaron todos los documentos de comunicación institucional.
La propiedad no cambió. Tampoco cambiaron los corredores, las habitaciones ni la campana que llamaba a los pacientes a las actividades. Gabriel Landa continuó al frente del centro. Tomás Ferrer siguió trabajando allí.
La nueva identidad apareció primero en el letrero de entrada y después en los anuncios, las comunicaciones y los materiales que las familias recibían al solicitar información. Los Olivos pasó a llamarse oficialmente Hacienda Real del Monte.
En una carpeta del archivo administrativo quedaron las fotografías del antiguo letrero, los primeros borradores de la campaña y los comunicados preparados tras la muerte de Mateo. En otra se conservaron los registros de su atención.
No todas las preguntas de Amalia habían sido respondidas.
Una semana después de que se aprobara la campaña de cambio de nombre, Tomás recibió otra llamada de la madre de Mateo.
—Todavía no me han dicho quién fue quien decidió esperar —dijo ella.
Tomás cerró la puerta de su consultorio. Sobre el escritorio tenía una copia del comunicado.
—Sé que solicitó la información —respondió.
—La solicité ya tres veces.
—Voy a hablar con dirección.
—Usted estaba allí, Tomás.
Él miró por la ventana. En el jardín, dos pacientes discutían porque uno había dejado una manguera atravesada en el sendero.
—Sí, señora Salvatierra.
—Entonces dígame una cosa. ¿Usted quería que Mateo se quedara en la clínica?
Tomás cerró los ojos.
—Yo recomendé que recibiera atención hospitalaria.
Al otro lado de la línea no se escuchó nada durante varios segundos.
—¿Cuándo? —preguntó Amalia.
Tomás miró el reloj de la pared. Tenía la respuesta. La había tenido desde aquella tarde.
—Voy a pedir que le entreguen la cronología completa —dijo.
Amalia respiró hondo.
—No le pregunté qué va a pedir que me entreguen.
Tomás permaneció callado.
—Le pregunté cuándo. Por favor contésteme.
No respondió antes de que ella colgara.
Esa noche, Tomás dejó una hoja en blanco sobre su escritorio. Escribió el nombre de Mateo Salvatierra. Debajo anotó la hora de la primera solicitud de traslado.
16:40.
Se quedó mirando los números. Después escribió la hora en que salió la ambulancia.
18:34.
Entre ambas dejó un espacio. Podía llenarlo con los nombres de quienes habían intervenido, con las valoraciones realizadas y con las decisiones que recordaba.
No lo hizo.
Dobló la hoja y la guardó dentro de un libro.
Al día siguiente volvió a trabajar.
Santiago Vélez recibió el pago final de la campaña a través de su agencia. Revisó el cierre de la cuenta, autorizó el envío de los materiales definitivos y felicitó a Adriana por el trabajo. Después pasó a una reunión con un nuevo cliente.
Durante los años siguientes, su agencia produciría campañas para hoteles, empresas inmobiliarias, restaurantes y organizaciones que necesitaban reparar su imagen pública. Santiago recordaría algunas por lo difíciles que habían sido. Otras, por el dinero que le hicieron ganar.
Aquella de Los Olivos terminaría perdiéndose entre las demás.