Capítulo 1 — La primera mentira #2
A las cuatro de la tarde, su condición comenzó a empeorar de nuevo.
La médica acudió a valorarlo. Mateo estaba agitado, desorientado y presentaba signos que preocuparon al equipo.
La información que había proporcionado al ingresar ya no describía adecuadamente el patrón de consumo que ahora conocían, y las medidas adoptadas en el centro no estaban consiguiendo estabilizarlo.
Tomás observó la valoración desde un costado de la habitación. Cuando salieron al pasillo, la médica habló primero.
—Necesita una valoración hospitalaria. Aquí ya no estamos consiguiendo controlar el cuadro.
—¿Lo trasladamos? —preguntó Tomás.
—Voy a solicitarlo.
Tomás miró hacia la habitación. Mateo se había llevado una mano a la frente. Un auxiliar intentaba tranquilizarlo.
—Voy a avisar a dirección —dijo.
La solicitud de traslado quedó registrada a las 16:40.
Gabriel Landa contestó a las 17:05, después de que Tomás lo llamara por segunda vez.
Estaba en casa. Su esposa había dejado una maleta abierta sobre la cama y acababa de pedirle que, por una vez, escuchara sin decir cuánto tiempo tenía. Gabriel salió al pasillo con el teléfono.
—¿Qué pasa?
Tomás le explicó que habían solicitado trasladar a Mateo. Puso el altavoz para que la médica hablara.
—Su estado ha empeorado. Necesita atención hospitalaria.
Gabriel miró la puerta de la habitación.
—¿Qué medidas han tomado?
Ella las resumió y explicó los cambios que observaba. Al ingreso, con la información disponible, habían coincidido en atenderlo allí. La evolución ya no permitía sostener aquella decisión.
—Repitan la valoración. Voy para allá.
—Gabriel, ya lo valoró —intervino Tomás—. La solicitud está hecha desde las cuatro cuarenta.
—No he dicho que no salga. Estoy pidiendo que esperen a que llegue.
La médica se acercó al teléfono.
—Mi recomendación es trasladarlo ahora. La voy a dejar por escrito.
—De acuerdo. Ya salgo.
Gabriel cortó y volvió a la habitación. Su esposa había cerrado la maleta.
—Tengo que ir a la clínica.
—Siempre tienes que ir.
Quiso explicarle la urgencia, pero todavía dedicó varios minutos a pedirle que no se marchara, que terminaran de hablar por la noche. En la clínica, Tomás seguía junto al teléfono. El administrador le dijo que prepararía lo necesario, pero que la salida debía autorizarla el director.
Tomás miró a la médica. Ella ya regresaba a la habitación de Mateo. A las 17:20 quedó asentada la decisión de repetir la valoración interna.
Tomás regresó a la habitación de Mateo. El joven estaba recostado. Su respiración era irregular y respondía de manera confusa a las preguntas. Tomás se acercó a la cama.
—Mateo, soy Tomás.
El joven movió los labios.
—Ya sé.
—Vamos a seguir cuidándote.
Mateo volvió la cabeza.
—¿Y mi mamá?
—La vamos a mantener informada.
—No le digas que…
No terminó la frase. Tomás se quedó junto a él hasta que la médica le pidió espacio.
Después volvió a llamar a Gabriel.
—No estamos consiguiendo estabilizarlo. Tenemos que salir.
—Estoy en camino.
—No te estoy preguntando dónde estás.
Al otro lado hubo un silencio.
—Manténganlo preparado —respondió Gabriel—. Estoy por llegar.
Tomás bajó el teléfono. Pudo volver a marcar. Pudo exigir que el administrador actuara sin esperar al director. Se quedó en el pasillo, escuchando a la médica pedirle al auxiliar que acercara el equipo.
Cuando Gabriel entró, Tomás lo interceptó antes de que alcanzara el despacho.
—Ven a verlo.
Esta vez Landa lo siguió. La médica reiteró la necesidad del hospital. No había aparecido ningún dato que justificara la espera. La autorización llegó a las 18:12. La ambulancia salió de Los Olivos a las 18:34.
Tomás acompañó a Mateo hasta la entrada. El joven no reconoció su voz cuando le dijo que iban a llevarlo al hospital. Los paramédicos terminaron de preparar el traslado y cerraron las puertas.
Tomás quedó de pie junto al acceso. La ambulancia desapareció detrás de los árboles que bordeaban el camino. Solo entonces se dio cuenta de que llevaba todo el día sin comer.
* * *
Amalia llegó al hospital con Samantha poco después de las siete.
Habían recibido una llamada de Los Olivos en la que les informaron que Mateo necesitaba atención fuera del centro.
Amalia preguntó qué había pasado, pero no consiguió entender por qué su hijo, que esa misma mañana había parecido estable según la información que recibió, estaba ahora en un hospital.
Tomás las encontró en la sala de espera. Samantha se levantó.
—¿Dónde está Mateo?
—Lo están atendiendo.
—¿Qué le pasó?
Tomás les explicó que su estado había empeorado y que la clínica no había conseguido estabilizarlo. Amalia se sujetó el bolso con ambas manos.
—¿Por qué no nos llamaron antes?
Tomás respiró hondo.
—Deberíamos haberles informado antes de que saliera.
—No le pregunté eso.
Él la miró.
—¿Cuándo empezó a ponerse mal? —preguntó Amalia.
Tomás pensó en la madrugada, en la conversación del mediodía, en la habitación de las cuatro de la tarde.
—Su estado cambió durante el día.
—¿A qué hora decidieron traerlo?
Samantha se volvió hacia él. Tomás abrió la boca. Había una respuesta precisa. La había escuchado en voz alta y sabía que estaba escrita en el registro de la clínica.
Dieciséis cuarenta.
También sabía a qué hora salió la ambulancia. Pero se limitó a decir:
—Tuvimos que hacer varias valoraciones antes del traslado.
Amalia lo observó.
—No me está contestando.
Tomás sintió que le ardía la cara.
—Voy a averiguar qué información puedo darles.
En ese momento apareció un médico al fondo del pasillo. Pronunció el nombre de Mateo. Amalia dejó de mirar a Tomás.
Mateo murió aquella misma noche.
La información clínica posterior permitió establecer que las complicaciones de su cuadro de abstinencia habían sido graves y que la magnitud de su consumo previo, que solo reconoció después de ingresar, había influido en la atención inicial.
No era posible afirmar que un traslado más temprano le hubiera garantizado la supervivencia.
Eso no borraba las horas durante las cuales el equipo había recomendado llevarlo al hospital mientras la dirección insistía en repetir una valoración dentro de Los Olivos.
La decisión de esperar había sido de Gabriel Landa.
Amalia no lloró cuando le dieron la noticia. Pidió ver a su hijo. Después preguntó si podía llamar a su esposo.
Samantha la acompañó hasta una silla y marcó el número de casa. Tomás esperaba al otro extremo del pasillo. Cuando Rafael Salvatierra contestó, Amalia cerró los ojos.
—Rafael —dijo—. Ven al hospital.
Escuchó la respuesta.
—Ven, por favor.
Colgó. Samantha se agachó frente a ella.
—Mamá.
Amalia negó con la cabeza.
—No me abraces todavía.
Su hija se quedó junto a la silla. Al cabo de un rato, Amalia levantó la vista y buscó a Tomás. Él se acercó.
—Quiero hablar con la persona que decidió traerlo hasta esta hora —dijo.
Tomás sintió que Samantha lo miraba.
—Voy a pedir que venga el director.
Amalia asintió.
—Y quiero que me digan cuándo empezó a ponerse mal.
Tomás no respondió.
—Todas las horas —añadió ella—. No me digan solamente a qué hora murió.
Landa llegó al hospital cuando Rafael ya estaba con su esposa.
Se presentó, expresó sus condolencias y les explicó que Mateo había presentado complicaciones graves durante el proceso de abstinencia.
Habló de la información incompleta que dio Mateo al hacer el ingreso, del trabajo del equipo y de los esfuerzos realizados para estabilizarlo.
Rafael escuchó con la mandíbula apretada. Amalia lo interrumpió.
—¿A qué hora solicitaron llevarlo al hospital?
Landa miró a Tomás.
—Se consideraron distintas alternativas durante la tarde.
—No le pregunté eso.
—La decisión de trasladarlo se tomó cuando el equipo determinó que necesitaba atención externa.
Amalia se inclinó hacia delante.
—¿Y quién decidió que antes no la necesitaba?
Tomás sintió que la pregunta se quedaba suspendida en el espacio entre los cuatro. Landa acomodó la carpeta que llevaba bajo el brazo.
—Entiendo que necesiten respuestas. Vamos a revisar toda la secuencia y les proporcionaremos la información que corresponda.
Rafael se puso de pie.
—Mi esposa le está haciendo una pregunta muy sencilla.
Landa lo miró.
—Y quiero contestársela con información precisa.
Amalia se levantó despacio.
—Entonces revísela.
Tomó a Samantha del brazo.
—Nosotros también vamos a hacerlo.
Tres días después, el director de Los Olivos convocó a una reunión extraordinaria.
La muerte de Mateo había comenzado a circular entre antiguos pacientes, familiares y personas relacionadas con la clínica.
Rafael Salvatierra había solicitado por escrito la cronología de la atención y el traslado de su hijo.
Amalia quería saber por qué se había esperado.
No era la única pregunta que preocupaba a Landa. Una familia había cancelado una visita de admisión. Otra pidió conocer los procedimientos de atención médica antes de confirmar el ingreso de su hijo.
—Si esto continúa, podemos perder nuevas admisiones —dijo el responsable administrativo—. Y llevamos meses intentando recuperar la confianza de las familias.
—No podemos permitir que una tragedia acabe con el trabajo de todos —respondió Landa.
—¿Qué propones?
El director deslizó una tarjeta sobre la mesa.
SANTIAGO VÉLEZ
Debajo aparecía el nombre de una agencia de publicidad y comunicación.
—Necesitamos ayuda profesional.
Santiago Vélez llegó a Los Olivos al día siguiente, acompañado de Adriana Ríos, una integrante de su equipo.
Tenía treinta y un años, llevaba una camisa blanca con las mangas dobladas y hablaba con la seguridad de quien estaba acostumbrado a entrar en una habitación donde todos esperaban que dijera qué hacer.
Tomás lo vio cruzar el vestíbulo. No supo por qué le molestó tanto su manera de saludar a la recepcionista. Quizá porque sonrió. Quizá porque llevaba una computadora bajo el brazo y parecía venir a resolver un problema de negocios.
Gabriel Landa salió a recibirlo.
—Señor Vélez. Gracias por venir tan pronto.
—Santiago, por favor.