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Capítulo 1 — La primera mentira
La primera mentira
* * *
Clínica Los Olivos. Once años antes.
Mateo Salvatierra llegó a la clínica con una maleta demasiado grande para los treinta días que pensaba quedarse y una sonrisa que parecía pedir disculpas por adelantado.
—¿Aquí también cobran por el equipaje extra? —preguntó.
La recepcionista levantó la vista del formulario.
—No, señor Salvatierra.
—Perfecto. Mi madre dice que traje ropa como para pasar el invierno en Alaska.
Detrás de él, una mujer de cabello oscuro sostenía una bolsa de plástico con medicamentos, documentos y unos paquetes de papas y de galletas.
—Tu madre dice que no sabes empacar —lo corrigió—. Es diferente.
Mateo se volvió hacia ella.
—Y, sin embargo, aquí estamos. Yo con ropa limpia y tú con mis antojos.
Amalia Salvatierra no sonrió. Había pasado los últimos tres días intentando convencer a su hijo de que aceptara ayuda.
La noche anterior lo encontró sentado en el suelo de la cocina, incapaz de recordar si había cenado.
Por la mañana, Mateo le prometió que acudiría a la clínica, siempre y cuando ella no lo acompañara como si fuera un niño.
Ahora llevaba veinte minutos sujetándole la maleta.
—¿Te acuerdas de lo que hablamos? —le preguntó en voz baja.
Mateo dejó de bromear.
—Sí, mamá.
—¿Todo?
—Todo.
Amalia le acomodó el cuello de la camisa, un gesto que él permitió con una paciencia inusual.
—Llámame cuando puedas.
—Te voy a llamar tanto que me vas a pedir que vuelva a beber para dejarte tranquila.
—Mateo.
—Era una broma, mamá.
Ella le sostuvo la mirada.
—Ya sé, pero de muy mal gusto, por cierto.
Lo abrazó. Él tardó un instante en corresponderle. Después la estrechó contra su pecho y cerró los ojos.
—Voy a estar bien —murmuró.
Amalia no le pidió que se lo prometiera. Le entregó la bolsa de plástico, recogió su bolso y salió antes de que él pudiera verla llorar.
Tomás Ferrer encontró a Mateo en el consultorio de admisión, sentado frente a un vaso de agua que no había tocado.
—Bienvenido. Soy Tomás. Voy a acompañarte durante el tratamiento.
—¿Doctor?
—Terapeuta. El equipo médico te hará su propia valoración.
Mateo miró el vaso.
—¿Entonces contigo puedo mentir y con ellos no?
Tomás sonrió apenas.
—Puedes intentarlo conmigo. Pero quizá convenga que empecemos por ahorrarnos el trabajo.
Mateo tenía veinticinco años. Trabajaba con su padre reparando equipos de refrigeración y llevaba casi tres años alternando periodos de consumo intenso con intentos de dejarlo por su cuenta.
Había abandonado dos empleos, terminado una relación y acumulado suficientes promesas incumplidas para que su madre dejara de creerle cuando decía que podía controlarse.
Tomás repasó el formulario.
—Aquí anotaste que bebes tres o cuatro veces por semana.
—Más o menos.
—¿Qué significa «más o menos»?
—Que hay semanas de cinco.
—¿Y cuánto bebes los días que consumes?
Mateo se inclinó hacia atrás.
—Depende del día.
—Háblame de ayer.
—Ayer fue domingo.
—¿Cuánto bebiste el domingo?
—Unas cervezas.
Tomás dejó el bolígrafo sobre la mesa.
—Mateo, no estoy tratando de averiguar si eres una buena persona.
—Menos mal, porque habría venido con referencias.
—Necesitamos saber qué has estado consumiendo, en qué cantidad y con qué frecuencia para atenderte de manera segura.
Mateo miró la puerta.
—Ya se lo dije a la doctora.
—Quiero escucharlo también de ti.
Hubo un silencio.
—Seis cervezas —respondió.
—¿Algo más?
—No.
Tomás lo observó sin apresurarlo. Mateo levantó las manos.
—Ocho, si contamos las que me tomé viendo el partido.
—¿Y licor?
—A veces.
—¿Ayer?
—No.
Tomás anotó la respuesta. Más tarde recordaría aquella conversación casi palabra por palabra.
Volvería a preguntarse si el movimiento de los dedos de Mateo sobre la rodilla había sido una señal que debió interpretar de otra manera.
Recordaría su manera de evitar la mirada y la prisa con que respondió al preguntarle cuándo había sido su última bebida.
Lo que no podía saber aquella mañana era cuánto había callado el joven.
Durante las semanas anteriores, Mateo había bebido diariamente, en cantidades considerablemente mayores de las que reconoció al ingresar.
También había comenzado a beber por las mañanas para aliviar el malestar que aparecía al despertar.
La última madrugada había ocultado una botella en el cuarto de lavado. No quería que su madre la encontrara. Mucho menos quería contarles a los médicos que la necesitaba para sentirse capaz de levantarse de la cama. Le avergonzaba decirlo. Y tenía miedo de lo que pudieran hacer con él si lo decía.
A media mañana, después de que Mateo terminó su valoración, Tomás fue al despacho de Gabriel Landa.
El director de Los Olivos hablaba por teléfono frente a una ventana abierta.
Tenía cuarenta y tantos años, el cabello cuidadosamente peinado y una voz que rara vez necesitaba elevar para conseguir que alguien lo escuchara.
Le indicó a Tomás que esperara.
—No, no vamos a suspender las admisiones —dijo al teléfono—. Lo revisamos el jueves. Si hay algún cambio, te aviso.
Colgó.
—¿Qué ocurre?
—El nuevo ingreso. Salvatierra.
Landa tomó una carpeta de su escritorio.
—Ya vi su valoración.
—No estoy seguro de que nos haya dicho todo sobre su consumo.
—Eso sucede con frecuencia.
—Lo sé. La doctora lo está vigilando, pero me preocupa que la historia que nos dio sea incompleta.
Landa abrió la carpeta.
—¿Hay algo en su evaluación que requiera atención fuera del centro?
—Por ahora no. Pero quiero que estemos pendientes de cualquier cambio.
—Para eso está el equipo médico.
Tomás asintió. Conocía aquella respuesta. No era necesariamente una evasiva: Los Olivos tenía personal de salud, procedimientos establecidos para la atención inicial y acuerdos con servicios externos cuando algún paciente necesitaba un nivel de atención distinto.
Tomás había visto a Landa solicitar traslados sin discutirlos. También lo había visto insistir en que ciertos pacientes podían continuar bajo observación en la clínica aun cuando algún integrante del equipo prefería una valoración hospitalaria.
El director cerró la carpeta.
—Mantenme informado.
Tomás salió.
Conocía a Gabriel desde mucho antes de que empezaran a trabajar juntos en Los Olivos. Habían compartido comidas familiares, vacaciones cortas y suficientes domingos como para que los hijos de Landa lo llamaran por su nombre sin esperar a que su padre los presentara.
En casa de Gabriel, Tomás sabía dónde guardaban las tazas, qué silla prefería su esposa y cuál de los muchachos se comía los postres antes de que terminaran de servir la comida.
También sabía que Gabriel tenía la costumbre de prometer que llegaría temprano y aparecer cuando los demás ya estaban recogiendo la mesa.
Algunas veces se lo había reprochado.
Otras, había terminado sirviéndole un plato.
* * *
Al principio, Mateo parecía más molesto por las reglas que por su estado físico. Preguntó si podía tener su teléfono durante la cena, protestó porque el café le sabía a agua sucia y le pidió a uno de los auxiliares que le explicara por qué debía entregar las galletas que su madre había empacado.
—Se guardan para los horarios de alimentos —le dijo el muchacho.
—¿Y si me da hambre fuera de horario?
—Me avisas.
Mateo observó el paquete.
—¿Y si te da hambre a ti?
El auxiliar soltó una carcajada.
Al llegar la noche, Mateo dejó de bromear. Le costaba permanecer sentado, tenía las manos temblorosas y decía sentir un malestar que no conseguía describir. El equipo médico lo valoró y ajustó su atención de acuerdo con la información disponible y los cambios que presentaba.
Tomás pasó a verlo antes de retirarse. Lo encontró incorporado en la cama, con la mirada fija en la puerta.
—¿Cómo vas?
—Mal.
Tomás acercó una silla.
—Dime qué estás sintiendo.
Mateo se frotó las manos.
—Siento que algo no está bien.
—Ya avisamos al equipo médico. Van a seguir pendientes de ti.
Mateo tragó saliva.
—Creo que les dije mal cuánto bebía.
Tomás se inclinó hacia él.
—Cuéntame.
El joven miró sus manos. Tardó varios segundos en empezar. Cuando terminó de hablar, Tomás llamó a la médica de guardia.
Durante la madrugada, la nueva información obligó al equipo a reconsiderar la magnitud del consumo previo de Mateo y los riesgos asociados con su interrupción.
Su estado cambió a lo largo de las horas.
Por momentos respondía con claridad; en otros parecía confundido y tenía dificultades para concentrarse en una pregunta sencilla.
La médica mantuvo la vigilancia y modificó las medidas de atención.
Tomás permaneció más tiempo del previsto en la clínica.
Al mediodía del día siguiente, Tomás habló con Mateo, que parecía haberse tranquilizado. Esa mañana habían informado a Amalia de una mejoría momentánea.
—Le dije a mi madre que iba a estar bien —murmuró el joven.
—Todavía estamos trabajando para que recibas la atención que necesitas.
—Está enojada conmigo.
—¿Te lo dijo?
—No tiene que decírmelo.
Tomás acercó el vaso de agua. Mateo no quiso beber.
—Le prometí que esta vez no iba a mentir.
Mateo se frotó las manos. Tomás lo miró.
—Puedes empezar ahora.
Mateo sonrió con esfuerzo.
—Qué fácil lo haces sonar.
—No dije que fuera fácil.
El joven cerró los ojos.
—Cuando salga de aquí quiero llevarla a ver el mar.
—¿Le gusta?
—A ella sí. Yo me mareo hasta en una lancha.
Tomás soltó una risa breve. Mateo abrió los ojos.
—Pero le prometí que algún día íbamos a tener un barco.
—¿Un barco de verdad?
—Uno pequeño. Para dos personas. Si se sube mi hermana, la dejamos remar.
Tomás volvió a reír.
Fue la última conversación que mantuvieron sin que Mateo tuviera dificultades para seguirla.