29. Las gojas #2
Ixe había salido de madrugada. La carretera aún retenía el frío de la noche cuando dejó atrás su casa y se adentró en las montañas, rumbo al valle.
Sobre la moto, sentía el aire húmedo colarse por el cuello de la cazadora y cambiar su olor al aproximarse al río.
Al acercarse al pueblo, a ambos lados del asfalto, los campos de cultivo ya recogidos dejaban ver la piel desnuda de la tierra.
Aparcó su moto frente a la puerta y tocó el timbre.
Tenía una presencia imposible de ignorar; alta y estilizada, de piel pálida y gesto sereno, con el cabello negro cayéndole por la espalda como un velo.
Sus labios oscuros dibujaban una línea severa, y sus ojos, marcados por sombras profundas, observaban el mundo con una calma inquietante.
Llevaba una cazadora de cuero antigua que había recosido a mano.
Entre las costuras había bordado algunos símbolos mágicos que Dalia reconoció tras mirarlos un par de veces.
Ruda y Cualbra llegaron por separado minutos después de que Ixe se sentase en el sofá.
La primera había hecho el camino desde la costa, alejándose del mar a primera hora, cuando no se distinguía bien dónde acababa el agua y empezaba el cielo.
Atravesó la sierra litoral por una carretera de curvas vertiginosas con una subida pronunciadísima.
El tramo de descenso de la carretera desembocaba directamente en el pueblo.
Al entrar a la casa dejó una mochila que parecía pesar más que ella.
Tenía el porte de quien había v ivido sin pedir permiso: menuda y firme, con el cabello claro recogido de cualquier manera y mechones rebeldes enmarcándole el rostro.
Vestía prendas amplias y gastadas, cómodas pero igualmente elegantes.
Caminaba con una seguridad tranquila, casi burlona.
Sus ojos, vivos y penetrantes, parecían medirlo todo al instante.
Daba la impresión de saber siempre un poco más que el resto.
Cualbra, por su parte, partió de su aldea todavía envuelta en la niebla del amanecer, subiéndose al primer autobús con el frío agarrado a los tobillos.
El trayecto serpenteó entre coli nas y campos desde el interior de la comarca hasta una villa termal donde el aire olía a agua caliente y piedra húmeda, con notas ligeras de azufre.
Allí cambió de línea, sentándose cerca de la ventana mientras el paisaje se volvía más urbano y denso.
El tercer y último trayecto fue breve, desde la parada de buses del centro de la ciudad hasta la avenida del pueblo.
Llegó a casa de Dalia arrastrando una maleta pequeña de ruedas.
Su presencia era amable y contenida. Estatura pequeña, hombros estrechos y una postura ligeramente encorvada.
Vestía con pulcritud, prendas sencillas y algo anticuadas en tonos suaves, y llevaba el cabello castaño recogido con cuidado.
Su mirada atenta parecía moverse con una curiosidad constante mezclada con una pizca de preocupación.
Sonreía con facilidad, aunque en su gesto había una cautela persistente.
La casa de Dalia se fue llenando de voces superpuestas, de pasos que iban y venían, de abrigos colgados en pomos, respaldos de sillas y puertas entreabiertas.
Las botas mojadas se acumulaban junto a la entrada, formando pequeños charcos que olían a tierra.
Besos en las mejillas, manos que se buscaban y exclamaciones derivadas del reencuentro.
Perfumes distintos que se mezclaban. También plenitud de risas nerviosas, breves y agudas, que surgían como un mecanismo de defensa, tratando de disimular aquella inquietud que compartían todas.
En total catorce brujas: Dalia, Úrsula, Azucena, Garde nia, Loto, Hortensia, Cal·la, Saüc, Galerina, Ixe, Benda, Ruda, Cualbra y Rabel.
Técnicamente más que suficientes para ganar terreno a Ilun.
El chico había pasado la semana preparando las habita ciones de su casa a las que todavía no había dado ningún uso.
Por un par de noches, todas las brujas iban a necesitar un lugar donde dormir, aunque fuese una habitación compartida.
Había subido colchones a los cuartos y al altillo, y rescatado mantas de los armarios de Dalia.
También había encontrado una lámpara curiosamente barata en una tienda de segunda mano y la había instalado en la habitación menos iluminada.
No estaba acostumbrado a tener a gente en casa, pero le resultaba extrañamente natural que, en ese momento, la vivienda que le habían regalado para que «dejara de estar solo» se convirtiera en el refugio de las mujeres que lo ayudaron a existir.
—Tienes cara de cansado —le dijo Cal·la mientras lo saludaba con un abrazo.
—Estoy bien —respondió Rabel automáticamente.
—Mentira. Pero ya lo arreglaremos. —Le dio una palmadita en el brazo.
Azucena fue directa a él, con su trozo de papel con la copia del hechizo de Adelfa.
—Mira, Rabel —lo miró a los ojos—, necesito un favor enorme —dijo, sin rodeos.
—Pensaba que ya había hecho suficiente —respondió irónicamente, sonriendo a la vez que señalaba con la mirada el comedor lleno de gente.
—Sí —se sonrojó—, bueno, necesito otro favor…
—Lo que quieras, Azucena.
Le encantaba el sonido de su nombre en los labios de Rabel.
—He encontrado esto. —Le dio el papel—. ¿Ves? Es un hechizo para cegar a alguien. Será perfecto para cegar a Ilun.
—¿Esto lo ha escrito Adelfa?
—Sí, pero no había ninguna partitura en el cuaderno. Solo ha apuntado que está en la menor melódico.
—¿Y qué quieres que haga con esto?
—Que le encuentres la melodía. —Sus ojos suplicaban por ella.
Rabel examinó las cuatro líneas escritas. Leyó aquel estribillo en silencio. Luego en voz baja. Dejó que las sílabas se le acomodaran en la boca.
El ritmo estaba ahí, escondido. Las palabras tenían ya una cadencia propia, una manera natural de resolver la rima, una especie de golpe interno que indicaba sutilmente la dirección de las curvas que debía formar la melodía.
Solo tenía que escu char. Solo era necesario recordar cómo cantaba el aquelarre en las no ches de luna llena de hacía décadas.
—Puedo intentarlo —dijo.
—Si hace falta, te ayudo con la armonización —dijo Úrsula desde el comedor, sin levantar la vista de los apuntes de Hortensia.
El salón se fue transformando en un centro de operaciones. No hizo falta que las brujas invitadas se presentasen más allá de decir sus nombres. De una manera u otra se conocían. Eran prácticamente familia.
Dalia extendió un mapa del valle y el bosque sobre la mesa, marcando puntos clave de la hidrografía con un bolígrafo semiopaco de color rojo.
Gardenia y Benda se adueñaron de la cocina, preparando infinidad de líquidos, pócimas y tinturas que podían llegar a ser útiles en algún momento.
Úrsula observaba todo aquel movimiento con paciencia y gratitud; aunque algo vertiginosa, agradecía toda aquella ayuda.
No quería perder a su querida hechicera, y toda precaución le parecía poca.
La casa, que siempre le había parecido gran de para la joven, y luego para ellas dos, en ese momento parecía del tamaño justo. Cada rincón lleno de vida.
—Es como un ensayo general —murmuró Úrsula, apoyándose en el hombro de Dalia y abrazándola por la cadera.
«Mañana no habrá ensayo, solo función», pensó la bruja. No quiso decir nada. No quiso romper aquel momento dulce.
La luna, aunque invisible tras el manto de nubes y la luz del sol, estaba ahí.
Acercándose a su plenitud. Se notaba en el aire.
Su energía se acumulaba bajo la piel. Las velas que habían encendido ardían con más fuerza.
El reloj de la cocina marcaba las horas con un tictac insistente.
En algún instante, mientras las brujas del bosque hablaban con las Nerón sobre la estructura del ritual, Dalia se tomó un momento para admirar toda la belleza y la unión que había sido capaz de crear Adelfa.
Pasaron el resto del día juntas, ultimando detalles, rematando las puntadas del gran tejido que era aquel plan.
Todas tenían un papel que desarrollar. Se movían por la casa en una coreografía casual que parecían saber a la perfección.
Sin ne cesidad de preguntar, cada una conocía qué debía retocar; qué pieza del puzle tocaba mover.
En el comedor, todos los papeles se llenaban de anotaciones nuevas.
Añadían notas adhesivas a los cuadernos de Adelfa.
Subrayaban. Marcaban con flechas. De vez en cuando, alguna risa estallaba sin motivo aparente y se apagaba igual de rápido al volver a concentrarse.
A veces se descubrían mirándose de reojo, conscientes de que cada decisión podía marcar una diferencia abismal al día siguiente.
Hortensia seguía el ritmo de trabajo sin poder deshacerse del todo de su preocupación latente.
Su hija pudo notarlo, y le ofreció una mirada de comprensión.
Rabel desapareció un par de horas y añadió un hilo sonoro al momento.
Curiosamente, a Úrsula y a Dalia no les pareció irritante aquella nueva canción.
Volvió con la guitarra a la espalda y un gesto diferente en la cara.
No podía rezar lo su ficiente por haber encontrado la melodía correcta.
Azucena no paraba de darle las gracias, y le ofreció una caricia llena de significado en la espalda.
Hacia la tarde el cielo se cerró un poco más todavía, si es que eso era posible. A medida que las horas se desgranaban, todas fueron aceptando, con una calma peculiar, que el fin de todo aquello se acercaba. Y no sabían en realidad cómo iba a ser, pero fuera cual fuese lo iban a enfrentar juntas.
Y, solo por eso, aquel día largo y gris ya fue un poco menos oscuro.