30. Volver al jardín
e l bosque la estaba esperando.
Cuando Rabel detuvo el coche junto al arcén de tierra húmeda, el sol apenas se dejaba ver, escondiéndose a través del poco horizonte que no tapaban las nubes ennegrecidas.
Aquel día había sido arduo y todo el mundo estaba a la espera de que llegara el final.
Pedían en silencio que la prepara ción d el día anterior hubiese sido bastante.
La luna llena, oculta tras capas turbulentas, dejaba escapar destellos irregulares.
Cuchillas de luz pálida cortaban las copas de los árboles marrones.
La tormenta seguía esperando el momento idóneo para esta llar, pero su aliento helado ya se movía entre las ramas.
Dalia abrió la puerta con las manos temblorosas.
¿Frío?
¿Nervios?
Desde fuera, el bosque parecía una única masa.
Un muro. Un ser vivo, palpitante, que se recogía sobre sí mismo.
En el preciso instante en que puso una bota en el suelo, algo dentro de ella cambió de ritmo.
La respiración se le calmó. Su latido se sincronizó con el crujido de las hojas, movidas por el viento.
«Estoy aquí», pensó.
—Te acompaño un poco —dijo Rabel desde el interior del coche, con un brazo apoyado en el volante.
Dalia negó despacio.
—Ve con ellas. No llegues tarde.
Hubo unos segundos en los que él se dedicó a observarla sin moverse. La luz turbia del cielo le dibujó sombras extra ñas en el rostro. Rabel aceptó finalmente las órdenes de Dalia y dio media vuelta. Sabía que no la podía proteger si no era con la ayuda del resto. Bajó una ventanilla.
—Si el bosque te habla —susurró—, escúchalo.
Ella no contestó. No sabía si tendría fuerzas para seguir al bosque. Mucho menos para obedecerlo si reclamaba alguna cosa a cambio. Rabel no insistió. Solo la miró un instante más, queriendo memorizar su rostro antes de que terminase de caer la noche. Luego pisó el acelerador.
Dalia se quedó sola.
O tal vez no.
Dio un par de pasos hacia la frontera de árboles, acercándose con cautela.
Puso sus manos sobre un tronco curvado y frío, y cerró los ojos.
Saludó en voz muy baja, por si alguien más estaba escuchando.
Avanzó un pie. Luego otro. Quería ir con cuidado, no irrumpir.
El bosque entonces la envolvió de la misma forma en que se recibe a alguien que regresa a casa después de estar lejos durante demasiado tiempo.
El viento no soplaba de manera uniforme; parecía girar alrededor de ella, estudiarla, reconocerla.
Las hojas de los árboles se movieron con un temblor suave, saludando.
Decidió sentarse y esperar alrededor de media hora; tiempo suficiente como para permitir que Rabel llegara a casa y pudiese empezar a hacer magia.
Recostó la cabeza en unas raíces toscas que sobresalían de entre la hojarasca y alzó la vista.
La negrura del cielo parecía moverse. Estaba expectante.
Tenía suerte. El bosque la había reconocido, a ella y a sus pasos.
Y, quizá, también reconocía en ella la sombra de Adelfa, o el destino que la había conducido hasta ese momento.
Mientras tanto, lejos de ese punto exacto donde un rayo de luna conseguía rozar el suelo, el coche de Rabel descendía como una flecha por la carretera.
Las curvas se sucedían bajo los neumáticos, iluminadas por los faros, demasiado tenues para la densidad de la noche.
En mucho menos tiempo del que calcularía cualquier aplicación GPS para aquel trayecto, Rabel llegó al pueblo.
Aparcó el coche de cualquier manera delante de su vivienda y entró a por la guitarra rápidamente.
La habría dejado en la casa vecina, pero se la había llevado a altas horas de la madrugada para perfeccionar alguna que otra cadencia.
Dentro del hogar de Dalia, las brujas se habían reunido.
El lugar estaba irreconocible, prácticamente convertido en un templo.
Hicieron un huequecito a Rabel en cuanto llegó.
Las velas estaban encendidas, y las ventanas, cerradas.
En el centro del círculo que formaban las trece brujas había una vela modelada a mano por Galerina aquella misma mañana.
Tenía forma de ojos. La encendieron entre todas con los cirios que empuñaban, con una coordinación sorprendente.
Parecía que llevaban toda su vida —y parte de la anterior— trabajando juntas.
Rabel afinó rápido y empezó a tocar una progresión de acordes bastante simple.
Solamente dos. Con ese par de grados había musicado el hechizo. Un vaivén hipnótico.
Empezó a cantar, y todas cerraron los ojos. No había tiempo que perder.
Ull que mira, ull que es tanca,
boira negra, boira blanca.
Cega la vista i opaca la pupil·la
si és dolent l’ull que mira.
En el bosque, entre las hayas, Dalia pudo sentir el inicio del ritual.
Una vibración mínima le erizó los brazos.
Si se concentraba lo suficiente, podía escuchar el canto de Rabel.
Se incorporó y se sacudió los pantalones.
Respiró hondo y empezó a avanzar despacio.
Dejaba que el sendero eligiera dónde pondría sus pies.
El suelo mullido parecía cambiar por momentos, ideando la mejor ruta hasta donde debía llegar, tejiendo el camino a medida que avanzaba.
La luz lunar le iluminaba la cara. A cada paso, la sensación de que el bosque respiraba con ella —y ella con el bosque— se hacía más clara.
«Estoy lista», pensó. Aunque no estuviera del todo segura.
El bosque pareció asentir al oír aquella afirmación.
Las hojas se estremecieron. Al bajar la vista un momento para ver dónde estaba poniendo los pies, notó claramente que el sen dero ya no era el mismo por el que había entrado.
Los márge nes del camino eran un poco más estrechos, y las curvas, diferentes.
No podía ver la salida del bosque pese a haber entrado a tan solo unos metros de ahí.
Dalia avanzó con respiraciones largas, prestando atención a cada ruido y cambio de luz.
No había dejado de tener miedo; había decidido caminar de la mano con él.
La tierra húmeda cubierta de hojas mojadas absorbía el sonido de sus pasos por completo.
Por encima de su cabeza, las ramas se entrecruzaban, formando arcos irregulares que filtraban la poca luz que conseguía pasar entre las nubes.
Sabía que, si fijaba la vista entre los troncos del bosque, empezaría a ver siluetas, figuras deformadas, contornos de animales.
Prefería n o hacerlo. Solamente necesitaba encontrar a Ilun.
A medida que avanzaba, podía notar cómo las voces de las brujas que trabajaban desde su casa se hacían más y más fuertes.
Eran como hilos que le tiraban de la espalda y la mantenían anclada a un punto fijo en el mapa.
Se intentaba repetir a sí misma que no estaba sola, aunque las marcas de huellas en aquel sendero dijeran lo contrario.
Las primeras gotas gruesas comenzaron a caerle en la cara.
Las nubes llevaban esperando aquel momento demasiado tiempo.
Golpearon las copas de los árboles con un sonido seco.
Poco después, un latigazo blanco partió el cielo como si de un cristal se tratase.
El rayo iluminó todo el bosque por un instante, revelando así troncos retorcidos y una infinidad de naturaleza espesa.
En el mismo instante de la descarga, un trueno agitó todo lo que se encontró a su paso.
Las cortezas de los árboles crujieron, y Dalia no pudo evitar contener la respiración.
De repente, la lluvia modificó su trayectoria hasta el suelo, cayendo en ráfagas laterales, empujada por un viento que se le enroscaba en las piernas como si tratara de desviarla del sendero.
No terminaba de entender cómo la tormenta era capaz de caer con tal fuerza en una zona tan tupida del bosque.
Cada gota dolía al impactar. Se puso la capu cha del chubasquero rápidamente, aunque no sirviera de mu cho, y comprobó el doble cierre de cremallera y botones.
Si hubiese cogido un paraguas, el viento habría roto las vari llas.
Otra descarga eléctrica le permitió ver, por un instante, con más claridad. Justo entonces crujió una rama; no muy lejos, pero tampoco cerca. Era un sonido que no podía atribuir a la tormenta.
Ilun estaba allí.
Podía sentirlo.
Desde casa de Dalia, las brujas trataban de cegar al hombre.
Sus respiraciones se sincronizaron. Debían concentrarse en él antes de apagarle los ojos.
Rabel cantaba en bucle la misma tonadilla, como un mantra, mientras ellas hacían su magia.
La llama de la vela central, con forma de ojos, empezó a parpadear rápidamente, indicando que habían conseguido focalizar bien su energía.
En ese momento aquella vela era los ojos de Ilun.
Dejaron que la propia cera cayese sobre la talla, tapando con gotas la zona esculpida que simulaba las pupilas del hombre.
Entonces todas empezaron a cantar.
Hortensia mezcló ceniza de romero con aceite de ciprés en un bol de barro que había pertenecido a Jacinto.
Las yemas de sus dedos trazaron símbolos en la frente de todas, y también en el centro del pecho.
Loto sostenía entre las manos un cuenco de agua de uno de los arroyos que regaba el bosque.
Azucena, que había permanecido en silencio toda la tarde, se acercó al altar con uno de los cuadernos de su abuela contra el pecho.
Lo abrió por la página correcta al primer intento.
El lomo de piel ya se había doblado por ese lugar de tanto consultar el ritual.
Cal·la y Saüc se encargaban de proteger activamente todo el proceso.
No era suficiente con un círculo mágico, ni con invocar a los elementos.
Con movimientos lentos trazaban líneas invisibles ayudándose de sus varitas de espino.
Benda, Galerina, Ruda, Ixe y Cualbra sostenían recuerdos y objetos personales de las difuntas. Un colgante, un brazalete, una cruz…
Úrsula observaba atentamente desde dentro del ritual, intentando concentrarse y controlar su energía mientras los nervios la consumían por dentro.
Se arrepentía de no haberle hecho más preguntas a Dalia cuando ella se ofrecía a enseñarle.
Si algo salía mal, iba a pasarse el resto de su vida echándose la culpa a sí misma y a su inexperiencia.
Pero si se quedaba de brazos cruzados tampoco se lo podría perdonar.
Quería formar parte, aunque no tuviese un papel importante dentro del ritual.
Loto levantó la mano y el murmullo de las brujas se disipó por completo.
—Ahora sí —decretó.
Cada una, desde su lugar en el círculo, empezó a soplar en dirección a la vela con forma de ojos, ya bastante desfigurada. Se apagó al instante. Ilun no podía ver a Dalia. Espera ban que aquello fuese suficiente para que ella hiciese el cami no segura.
En el bosque, la bruja volvió a respirar hondo, intentando calmarse. Solo le quedaba confiar en que la canción de Rabel fuese tan efectiva como las anteriores, y así poder cegar al hombre durante la noche.
A pesar de la furia del cielo, que amenazaba con perforarle cada centímetro de la tela de su chubasquero, el bosque la acogía. No con suavidad, sino con la energía de una madre que debe proteger a su hija.
La primera señal fue el cambio de aire. Entre un trueno y otro, una ráfaga húmeda cargada de olor a junco, tierra abierta y raíces mojadas.
La segunda señal fue algo más su til. El camino, que parecía perderse entre charcos lodosos, se volvió más firme bajo sus pies.
Las ramas que amenazaban con golpearle el rostro se deslizaron apenas unos centíme tros hacia arriba.
La luz temblorosa de luna perforó a la perfec ción el tejido de copas sobre su cabeza, iluminando el cami no frente a ella.
El trueno volvió a estallar, esa vez tan brutal que le retumbó en la caja torácica.
Las hojas volaron a su alrededor como un enjambre de sombras.
Tuvo que cubrirse el rostro con el antebrazo cuando una ráfaga particularmente violenta empujó las ramas que el bosque había apartado hacia ella con la fuerza de una ola rompiendo contra las rocas.
Aun así, no retrocedió.
Cuanto más se acercaba al corazón del bosque, más intensa se volvía la lluvia.
No entendía por qué era necesario provocar una tormenta para atacarle y dificultarle la travesía c uando sabía que Ilun, por sí solo, no sería capaz de encontrar el amuleto.
Es decir, tal vez si la dejaba avanzar sin problemas, ella lo llevaría rápidamente hasta el lago.
¿De qué ser vía aquello? ¿Qué esperaba? ¿Cansarla? ¿Asustarla, tal vez?
Había momentos en los que no veía a más de medio metro de distancia. La noche en torno a ella se había vuelto líquida.
El bosque, firme, le mostraba el camino.
Un tronco caído le sirvió de puente natural sobre un barranco inundado.
Abajo, el agua chocaba contra las rocas y las ramas que se habían desplomado, formando olas que parecían ir a por ella.
Había ruido por todas partes. Hojas agitadas, troncos que se partían, gotas golpeando con fuerza todo lo que encontraban a su paso.
Sin embargo, dentro de todo aquel caos, Dalia pudo distinguir el sonido de la lluvia cayendo sobre una masa de agua más grande. El lago. Estaba cerca.
Las brujas, desde el pueblo, no perdían ni un segundo.
Loto arrojó al centro del círculo un puñado de mezcla de cenizas y tierra de los cementerios donde estaban enterradas las personas que querían invocar.
Las velas que sostenían en las manos brillaban firmes.
En la ceniza caída dibujó, con la punta del dedo índice derecho, un símbolo lleno de espirales y líneas.
Tenía una simetría perfecta. No era la primera vez que lo empleaba, eso estaba claro.
Los relámpagos dominaban ya también el cielo del pueblo.
Úrsula se fijó bien en aquel símbolo, que casualmente tenía una espiral por cada fallecida que estaban a punto de invocar.
Azucena lo reconoció enseguida. Era uno de los símbolos pintados en el cuaderno de necromancia de la abuela.
El aire de la sala empezó a fluir de una manera distinta cuando Loto terminó su dibujo.
Era algo más ligero, lleno de una corriente de aquella paz que solo conoceremos cuando pasemos al otro lado.
Las velas que sostenían empezaron a parpadear, alegres.
Las llamas danzaban sincronizándose. Rabel cantó otra melodía, que había ideado para invocar a aquellos espíritus y facilitarles el tránsito.
Todas tomaron aire y empezaron a cantar, entonándola y armonizando con él.
Tenía intervalos disonantes, frases que respiraban solas.
Las voces encajaban en capas que, superpuestas, formaban un caleidoscopio sonoro.
Las velas se alargaron. El aire cambió de temperatura. Es taba funcionando.