Aquí arden las flores 29. Las gojas
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29. Las gojas

A ella y a Úrsula les había costado dormir.

Otra vez. El sueño se les escurría como agua entre los dedos y, cuando por fin conseguían hundirse en un descanso ligero, las pesadillas más atroces las devolvían a la superficie de golpe, bañadas en sudor frío, con el corazón desbocado y la respiración entrecortada.

Aquella noche no había sido diferente. Se habían quedado hablando en la oscuridad, haciendo alguna que otra broma para disimular el miedo, con las piernas entrelazadas.

Al final, el cansancio les ganó durante un par de horas, pero, cuando el cielo empezaba a aclararse apenas un matiz, ambas tenían los ojos abiertos.

—Parece que hoy tampoco va a amanecer —murmuró Úrsula, con voz rasposa, mirando el techo.

—Hoy solo hace falta que llegue mañana —respondió Dalia—, y que después de mañana haya pasado mañana.

Bajaron a la cocina en silencio, arrastrando ligeramente los pies.

El cuerpo se les había vuelto más pesado con el paso de los días, como si llevaran capas de cansancio superpuestas.

Las Nerón habían estado casi veinte días viviendo allí dentro, como si fuera un asentamiento, y los indicios de esa ocupación se multiplicaban: maletas medio deshechas apoyadas contra las paredes, bolsas llenas de materiales mágicos, más tazas de lo habitual en el fregadero, mantas mal dobladas sobre las sillas y todas las superficies horizontales cubiertas de material de estudio.

Úrsula y Dalia dormían en la habitación principal.

Loto y Azucena se habían instalado en la habitación de invitados.

Hortensia y Gardenia, al despertarse más temprano que el resto, habían decidido quedarse en la planta baja, usando el sofá para hacer una cama improvisada.

Y estaban utilizando to das las mantas y cojines disponibles de la casa.

Dalia, curiosamente, sentía alivio al ver aquel desorden. Le alegraba que el delirio fuese colectivo.

Hortensia estaba ya en pie, como cada mañana, revisando una libreta con extrema concentración, sentada a la mesa del comedor.

Tenía el pelo recogido en un moño torcido hecho de cualquier forma, y sus gafas de lectura, a medio deslizar en la punta de la nariz.

Gardenia, aún en bata, removía una infusión en una cazuela pequeña sobre el fogón.

El vapor que desprendía, con olor a manzanilla, menta y anís, impregnaba la cocina.

Dalia recordó que llevaba días viéndolas así, madrugando más que nadie, comprobando listas, corrigiendo fórmulas, ajustando encantamientos.

—Buenos días. —Dalia apoyó las manos en la pared para mantener el equilibrio.

—Buenos días, mi niña —respondió Gardenia—. ¿Infusión?

Úrsula, con su pelo azabache enmarañado y las pantuflas en el pie que no tocaba, levantó las cejas.

—Dime, por favor, que es un hechizo que me va a devolver mágicamente todas las horas de sueño que me faltan.

—Ay, reina —rio Gardenia—, que yo hago magia, no milagros.

Dalia se sentó a la mesa de la cocina. Recordó, sin querer, el primer día de preparación, cuando todo eran dudas, nervios y papeles desordenados.

El caos había encontrado, poco a poco, una especie de estructura.

Cada una había averiguado su función sin necesidad de que nadie se la asignase.

Había sido un proceso agotador, sí, pero también extrañamente gratificante.

Azucena apareció en el umbral justo cuando Gardenia empezaba a servir las infusiones. Tenía la cara algo hinchada de dormir mal y ojeras marcadas, pero la mirada atenta, preparada. Úrsula s e acercó a la alacena y añadió una taza más sobre la mesa, para ella.

—Buenos días —murmuró Azucena—. ¿No hay café?

—Nada de café —sentenció Gardenia, cazuela en mano—. Primero la infusión, y luego ya veremos.

Su sobrina no protestó. Gardenia les recordó las discusiones de los primeros días, cuando Azucena y Dalia querían hacerlo todo deprisa, saltarse pasos.

No se requirieron sermones para que comprendiesen que, en ese camino, no había atajos.

Las mayores de la familia no cedieron ni un poco.

Los tempos del proceso eran inamovibles.

Convencer a Narciso había sido un proceso arduo , más largo de lo que Azucena esperaba, pero coordinarse con los nuevos dueños de la cabaña resultó sorprendentemente fácil.

Logró hacerse con todas las cosas de la abuela: libros y cua dernos, frascos, velas, minerales, figuritas de madera, así como las acuarelas de las paredes y los bordados decorativos.

Dalia sonrió, agotada, al llenar una caja únicamente de tarros de mermelada todavía sellados, de su última tanda de conservas.

Un último recuerdo dulce de la abuela. Recoger las pertenencias de Adelfa de aquella cabaña era parte de un duelo que llevaban tiempo aplazando.

Volvieron al pueblo con el coche cargado.

Cajas etiquetadas llenas de chismes, cachivaches y trastos.

Fue entonces, entre páginas de recetas, notas sobre fases lunares y apuntes de plantas venenosas, cuando encontraron un hechizo que tal vez ayudase con todos los eventos de la luna llena; un hechizo capaz de cegar a alguien.

No dañarle los ojos directamente, sino anular los sentidos de la víctima del hechizo el tiempo suficiente como para huir o atacar.

La letra de Adelfa era firme en esas páginas, pero el tono de sus anotaciones dejaba claro que ese hechizo no era cualquiera. Lo había probado.

—¿Lo has vuelto a leer? —le preguntó Dalia a su prima, sacándola de sus pensamientos.

—Un par de veces más antes de bajar —respondió Azucena, sujetando su taza.

Se acercó a los cuadernos que había sobre la mesa de la cocina y los miró por encima.

Abrió uno casi por inercia, por si había algo que se le hubiera escapado.

Dalia se puso a su lado e inspeccionó también la libreta, apoyando la barbilla en el hombro de su prima.

Nada novedoso. Azucena se sacó un papel anotado a mano del bolsillo izquierdo de su bata.

Había copiado una especie de estrofa del hechizo para cegar a alguien.

Curiosamente, no tenía una lista de materiales ni instrucciones sobre el procedimiento.

Ningún símbolo que dibujar, nada que trazar en el aire con una varita, ni hierbas que quemar.

Simplemente una letra y una tonalidad. Era evidente que estaba destinado a ser cantado.

Ull que mira, ull que es tanca,

boira negra, boira blanca.

Cega la vista i opaca la pupil·la

si és dolent l’ull que mira.

Adelfa había subrayado aquella estrofa entre los infinitos versos que tenía el hechizo.

Estos eran los destinados a opacar directamente la mirada de alguien que únicamente tiene malas intenciones.

Azucena se había pasado noches murmurando el estribillo e intentando encontrar la cadencia correcta y el ritmo, sin conseguir que encajara del todo.

—Tranquila —dijo Dalia al ver el gesto de preocupación en la cara de su prima—. Hoy se lo enseñaremos a Rabel.

Gardenia asintió, de acuerdo con la sugerencia de Dalia. Seguro que el joven era capaz de encontrar la melodía que hiciese funcionar el hechizo.

A media mañana, el timbre sonó por primera vez. Luego ya no dejó de hacerlo.

Primero llegaron Cal·la y Saüc, un poco por sorpresa, acompañadas de Rabel.

Cal·la llevaba una bufanda enorme enroscada varias veces alrededor del cuello, como si fuera parte de su anatomía, alterando su silueta por completo.

Bajo el brazo sujetaba una carpeta de dibujos desgastada por las esquinas que parecía a punto de desbordarse.

Su cabello indisciplinado caía en mechones desiguales alrededor de su cara, y sus ojos intensos miraban llenos de una curiosidad feroz.

Te nía ese aire ligeramente excéntrico de quien se mueve cómoda en el borde del caos.

Saüc, en contraste, ofrecía una presencia más serena y contenida.

Se había recogido el pelo en una trenza larga y pulcra que le descendía por la espalda, subrayando la línea firme de su postura.

Vestía un abrigo verde oscuro de corte recto, práctico y sobrio, confeccionado en una lana gruesa que ya había resistido muchos inviernos.

Debajo asomaba una camisa clara bien planchada y un jersey fino de cuello en pico.

Su rostro transmitía calma y atención, una expresión analítica que invitaba a confiar.

—Hola, buenos días —saludó Dalia emocionada, abriendo la puerta—. Pasad, sí, sí.

—Encantada, soy Cal·la. —Se desenrolló la bufanda y miró a su amiga esperando que se presentase.

—Y yo, Saüc.

—Tú deus ser Dalia, que nos ha hablado Rabel de ti.

—¡Sí, soy yo, sí! —Sonrió, agradecida e incrédula, viendo que el plan parecía estar yendo tal y como esperaba, y miró al chico en busca de confirmación—. ¿Sabemos si vendrá alguien más?

— Bon dia! ¡Parece que sí podrán venir todas!

Poco después llegaron Benda y Galerina juntas.

Benda era alta y algo desgarbada, con el cabello negro surcado por mechones grises que escapaban sin orden bajo un gorro de lana calado hasta media frente.

Tenía la piel bronceada por el sol y manos sólidas, de esas que delatan una vida entera tra bajando la tierra.

En su porte había algo distraído, casi eté reo.

Las gafas redondas, un poco torcidas, le agrandaban los ojos.

Parecían darle la capacidad de ver más allá de lo evidente.

Su manera de moverse era lenta, y al hablar parecía escoger las palabras con solemnidad.

Galerina, en cambio, era menor de estatura.

Su pelo anaranjado reposaba justo encima de sus hombros delgados.

Vestía ropas amplias y bohemias en tonos tierra que dejaban lucir aún más su abundante joyería.

Colgantes de cuarzo, perlas, trenzas de cuero con cuentas de lapislázuli, pendientes de cornalina y brazaletes con ámbar engastado.

Ambas cargaban bolsas de tela rebosantes de utensilios, botes, libros, plantitas, anotaciones y todo lo necesario para posibles «y sis», «peros» y «esques».