Aquí arden las flores 28. En el bosque #2
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28. En el bosque #2

El espacio principal, aquel rectángulo amplio donde antaño se amontonarían sacos de harina, estaba despejado.

Las paredes de piedra desnuda habían sido enjalbegadas con una cal blanca que reflejaba, brillante, la poca luz que entraba por las ventanas.

Sobre esa nueva blancura colgaban lienzos de diferentes tamaños; algunos pequeños, otros de dimensiones exageradas.

Colores intensos, formas rocambolescas, figuras abstractas, juegos de luces.

Toda la complejidad y belleza del mundo quedaban inmortalizadas en aquellos cuadros.

En el centro del espacio había un par de expositores vacíos, esperando ser llenados con alguna escultura o pieza artesanal.

Al fondo, un caballete, un par de taburetes, tubos de pintura y pinceles sumergidos en botes de cristal.

Adentrándose más en el edificio anexo al molino, tras una puerta que separaba la sala de exposiciones del resto, vivía en realidad Cal·la.

Era una especie de estudio-apartamento; una elección bastante moderna para tener sesenta y cuatro años.

La parte más grande de aquel pequeño espacio era una cocina-comedor.

A un lado de la barra estaba la cocina, de muebles granate oscuro y encimera de madera.

Estaba perfectamente equipada: nevera, lavadora, fogones, horno e incluso un lavaplatos compacto.

Bajo la barra, el primer par de taburetes que hizo Rabel.

Al otro lado había un sofá de tres plazas amplias color verde oliva, una butaca blanca, una mesita de centro plegable y muchas plantas.

También una estufa de leña. Ni televisión ni teléfono. ¿Para qué?

Lo más importante estaba en la pared más amplia.

Un altar humilde, lleno de elementos recogidos en el bosque, cubierto por un mantel de lino crudo.

Dispuestas de manera simétrica, había algunas velas a medio gastar sobre sus respectivos candelabros.

También un cuenco con agua y fotografías apoyadas contra la pared.

Detrás de un biombo natural tenía su cama, y de aseo usaba el de la galería.

Rabel se dejó caer en el sofá. Aquel sitio le resultaba familiar y, al mismo tiempo, le provocaba una sensación de extrañeza algo punzante.

Le asombraba la cantidad de cambios que había podido hacer en tan poco tiempo.

Tenía claro que su tía quería darle un nuevo uso al molino una vez más, y confiaba en la habilidad de Cal·la para hacer las cosas bien y con rapidez, pero cada vez que lo demostraba no podía evitar sorprenderse.

Empezó contándole la mudanza: cómo al principio le parecía demasiado grande la casa, cómo conoció a la vecina, sus discusiones con Úrsula…

Cal·la le correspondió narrándole cómo había conseguido convertir la casa del mo lino en aquel espacio, algún problema que tuvo con los contratis ta s y lo contenta que estaba con el acabado de las paredes.

Durante un rato se entretuvieron con asuntos ligeros.

Ambos necesitaban bordear lo importante antes de atreverse a nombrarlo.

Entre tanto, abrieron sus cucuruchos de castañas y empezaron a comer.

Se respondían con frases breves, como quien guarda aquello verdaderamente pesado para el momento adecuado.

Le habló de su magia —recientemente descubierta— y de cómo la había intentado usar para fines moralmente poco correctos.

Pese a serle fácil de emplear, y entretenerlo durante días enteros, había una muchacha a la que no quería hechizar.

La evocó con una ternura que envolvía cada palabra; el brillo cálido de su cabello dorado, la mirada amable cada vez que coincidían, y su manera tan curiosa de vestir.

—Es que viste como…, como si una sirena hubiese tomado forma humana.

Si bien quería pasar tiempo con ella, no deseaba que aquello fuese producto de la magia. Necesitaba saber que era real. Por curiosidad, Cal·la le preguntó un poco más sobre Azucena.

—La conocí por pura coincidencia, sí. Es prima de mi vecina, Dalia.

Rabel intentó disimular la atracción que sintió al principio, pero Cal·la no tardó en leer entre líneas y captar lo que se escondía tras aquellas palabras tan cuidadosamente seleccionadas por su sobrino.

—¿Y entonces què faràs con estas chicas?

—Siento cierta admiración por Dalia, y por Úrsula también. —La cadencia de las palabras tomaba otra línea melódica algo más seria—. No sé si lo suyo es fruto de un encantamiento que les lancé…

—Bueno, puede ser que tú lo impulsases un poquito —interrumpió, quitándole peso al asunto.

—… pero me sentiría culpable si lo rompiese.

—No te noto muy convencido.

—Siento que Dalia y yo estamos destinados a estar juntos.

—Es que lo estáis.

—Ya, pero no tiene por qué ser de esa manera. Azucena me da paz. Es un soplo de aire fresco; brisa marina en un día de verano.

—Alguna foto me va ensenyar Baladre cuando la niña era pequeñita, y era guapa, ¿eh?

En ese intercambio de frases, Rabel pronto llegó a la parte de la historia en la que se enteró, casi por accidente, de que Baladre había muerto. Y que había sido asesinada, como su madre.

Al pronunciar aquello en voz alta, notó un brillo cambiante en los ojos de su tía. Había pasado toda la vida intentando resguardarlo del mundo y de su crueldad, solo para lanzarlo al abismo que era conocer la realidad.

Ella no lo interrumpió en ningún momento. Asentía de vez en cuando, apretando un poco las manos entre sí; sostenía las castañas en las palmas más tiempo de lo normal, casi meditando. Sus ojos seguían atentamente cada gesto de Rabel, intentando reconstruir no solo lo que decía, sino cómo se sentía.

Poco a poco las frases se alargaron. La complejidad de la sintaxis iba de la mano con la creciente dificultad del asunto.

Narró cómo Dalia había sido capaz de conectar todos los puntos en aquel mapa de caos y secretos.

De Ilun, de que estaba intentando hacerse con el amuleto todavía, y de la tormenta.

También de la visita fallida al bosque, la venta de la cabaña y, por último, del plan.

Cuando terminó de explicarse, el molino estaba en completo silencio.

Cal·la había enmudecido. No podía creer que Baladre no hubiese contado con el aquelarre en lo que sabía que iban a ser sus últimos días si nadie la ayudaba.

Trataba de comprender aquella necesidad que tenía siempre de guardar secretos.

La lluvia casi no se oía. El riachuelo parecía contener sus sonoros saltos de agua a la espera de una respuesta.

El trino de unos pájaros se coló por la ventana, fuera de lugar, como si incluso los animales meditasen qué hacer.

Cal·la cruzó las piernas, despacio, y dejó su cucurucho en la mesa.

—Entonces has venido a pedir ayuda —dijo sin dramatismo alguno.

—Sí —asintió—. Os necesito a todas. No podemos vencer a Ilun solos.

Cal·la se levantó de la butaca. Caminó hasta la ventana y apoyó una mano en el marco. Se quedó mirando hacia el bosque unos segundos.

—El aquelarre ya no es el que fue. Algunas viven lejos, d’altres han hecho vidas algo distintas.

Te criamos todas, sí. Era una especie de compromiso no hablado.

Eras nuestra segunda familia, pero, a medida que cumplías años, íbamos ganando tiempo en nuestra primera vida.

—Respiró profundamente—. Estos últimos años solamente estuvimos Baladre, Saüc y yo.

—Lo sé. De algunas casi ni me acuerdo. Pero necesitamos toda la ayuda que podamos conseguir.

— Val. Tengo que buscar las direcciones. Hace años que no nos vemos. Espérate un moment , que anem a avisarlas.

—Tía C, ¿crees que vendrán?

—Claro —asintió—. Hay que hacerles una visita, que correus a veces no llega a tiempo. Nadie quiere que ese monstruo siga suelto. Y no les va a gustar que os esté intentando hacer daño.

—¿Estás segura?

—No te van a dejar solo, ni a la nieta de Baladre.

—Gracias, de verdad.

— No es mereixen.

—Que sí, tieta , que sí. Gracias. No sabéis la falta que nos hacéis.

—Como me des las gracias una vez más vamos a tener un problema, ¿eh, noiet ?

—Vale —rio—. Les diremos que vayan a casa de Dalia el día antes de la luna llena. Nos reuniremos con todas allí.

—Va, yo busco per quins camins anem , y tú haces algo de comer.

Rabel preparó un arroz caldoso con un poco de carne que quedaba en la nevera de Cal·la mientras ella buscaba su agenda con direcciones y planificaba la ruta. Después de comer, el joven fregó los platos en el rato que su tía terminó de cambiarse de ropa.

Salieron del molino relativamente temprano. Rabel tenía el corazón un poco más tranquilo y la cabeza medianamente más ordenada. No se había dado cuenta de lo tenso que había estado durante aquellos días hasta que, por fin, supo que podría contar con el aquelarre.