Aquí arden las flores 28. En el bosque
91%

28. En el bosque

e l cielo seguía teniendo el mismo color enfermizo que se había instalado sobre el valle la semana anterior: un gris denso, cargado, atravesado por degradados al negro más opaco.

Un manto tupido de nubes que impedían que un solo rayo de luz tocase la tierra del valle.

Aun así, no todo resultaba hostil. Había en el ambiente una quietud que invitaba más a refugiarse en la calma de un plato caliente que a huir.

Era la séptima vez que subía al molino aquella semana.

Siete ascensos idénticos, seis que se habían quedado en intento de cumplir con su parte del trato.

Al fin y al cabo, se había comprometido a tratar de convocar al aquelarre de Adelfa, aun sin saber si quedaba alguna de aquellas mujeres para responder a su llamada de socorro.

Cada una había reconstruido su camino a su manera conforme Rabel crecía y ganaba independencia.

Tal vez su partida al pueblo fue lo que terminó de desligarlas de aquella tierra.

En las montañas, la lluvia había perdido la furia inicial, pero no se había ido del todo. No golpeaba. Se había vuelto una llovizna fina y persistente, de esas que calan la ropa y enfrían hasta los pensamientos.

Rabel dejó el coche en el mismo entrante del arcén de siempre, unos metros antes del camino de piedras que llevaba al molino.

Se detuvo un instante con las manos al volante y apoyó la cabeza sobre el claxon sin llegar a presionarlo.

Durante toda la semana había repetido exactamente la misma mañana, una y otra vez.

Despertar, ducha, café, dientes, ropa, zapatos, llaves, arrancar, acelerar, aparcar, bajar.

Llegar al molino. No ver a nadie.

Volver.

Apagó el motor con un gesto rápido de muñeca, algo molesto con su nueva rutina.

Sintió cómo el silencio del bosque se imponía rápidamente al cesar el ruido del coche.

Abrió la puerta y oyó el riachuelo, que repiqueteaba más que de costumbre.

El aliento frío y húmedo de la montaña le acarició el rostro con amabilidad cuando bajó del vehículo.

Cerró el deportivo y empezó a subir por el mismo sendero de siempre.

Conforme caminaba, notaba cómo el sonido del arroyo se amplificaba, vibrante, casi alegre.

El día tenía un aura peculiar, quizá energizada por el cuarto creciente.

Temía volver a encontrar el molino vacío.

El miedo de llamar con insistencia a una puerta que se había cerrado permanentemente se había posado sobre él desde hacía un par de días.

Se había llegado a preguntar si el lugar estaba realmente deshabitado, o si el aquelarre lo estaba evitando a propósito.

No. No podía asumir que el lugar que siempre había llamado «hogar» hasta hacía casi dos meses ya no existiese.

Ni haber perdido el contacto con todas aquellas mujeres que siempre habían sido su familia.

Esa vez, sin embargo, algo era distinto.

Lo había notado ya al bajar del coche. Un leve olor ajeno al paisaje habitual, a humo, mezclado con el aroma de siempre, a tierra mojada.

No era un humo de chimenea. A medida que se acercó, pudo identificar sus matices.

Notas cálidas, tostadas, amaderadas y dulces.

Evocaba una tarde de otoño alrededor del fuego, a la fiesta más tradicional de aquellas fechas, a los dedos oscurecidos por la ceniza.

«Castañas», pensó.

Y el pensamiento le aflojó algo en el pecho.

Alguien estaba allí.

Aceleró el paso sin darse cuenta. ¿Sería Cal·la?

El camino hacia el molino, que en verano era poco más que una vereda de tierra compacta y piedras en el suelo, estaba cubierto de hojas húmedas, que amortiguaban sus pasos.

El bosque se había rendido al otoño de manera definitiva.

El verde intenso de la estación anterior se había dejado vencer por una gama entera de amarillos brillantes, naranjas cálidos y marrones profundos, que bordeaban cada camino.

Algunas ramas asomaban ya desnudas, como dedos largos apuntando hacia el cielo encapotado.

El molino apareció rápidamente frente a él, como siempre, con su silueta baja y robusta. Piedra vieja y tejado de teja tradicional, que algún día fue rojizo, pero se había ennegrecido por el paso de los años.

En uno de los laterales había una ampliación del interior. Un anexo posterior a la construcción inicial, que permitía vivir en aquel molino. De la parte trasera del edificio subía una columna fina de humo. El corazón de Rabel dio un vuelco.

Al acercarse a la parte trasera del molino, la vio.

Cal·la. Estaba ahí, junto a una mesa improvisada con dos caballetes y un tablero viejo, bajo un techo rudimentario.

Tenía una sartén vetusta y agujereada, cubierta de hollín, sobre un pequeño fuego hecho con las pocas ramas secas que había guardado dentro del molino.

Cerca del hogar había dispuesto algunos troncos húmedos, para ver si había suerte y se secaban con el calor de las llamas.

Llevaba un gorro de lana ladeado sobre la cabeza, de un verde apagado, y un jersey ancho salpicado de manchas de pintura.

Su cabello, recogido de cualquier manera, mostraba mechones castaños mezclados con hilos blancos, gruesos y rebeldes, que brillaban con la débil luz de aquel día oscuro.

Incluso de lejos, su figura desprendía algo inequívoco: era una persona que nunca había encajado del todo en ninguna ciudad. Demasiado buena. Demasiado suya.

Cuando oyó pasos, Cal·la giró la cabeza. Los ojos se le agrandaron al reconocerlo. Dejó la sartén sobre el suelo, casi lanzándola, y se acercó a él. El mundo pareció suspenderse en el gesto de sorpresa que le cruzó el rostro.

—Mi chico… —murmuró, apenas audible entre los sonidos de la naturaleza.

Rabel sintió cómo el nudo que llevaba una semana alojado en su pecho, oprimiéndole los pulmones, se aflojaba un poco. Ella se limpió las manos en la falda, oscura y salpicada de pintura, y sostuvo su mirada.

De cerca, las arrugas que se dibujaban alrededor de los ojos de su tía revelaban décadas de risas y noches en vela. Había envejecido un poco, sí, pero llevaba los años como si fueran una bufanda de colores.

— Mira’t —dijo Cal·la—. Es que tienes sus ojos.

Él soltó una carcajada breve, que más que risa fue exhala ción. Sabía que se refería a su madre. Siempre había vivido cerca del recuerdo ajeno de aquella mujer.

Ella lo rodeó con los brazos, fuerte, apretando, intentando comprobar que seguía de una sola pieza.

—Pensaba que no quedaba nadie —dijo él cuando se separaron—. He venido cada día. El molino estaba…

Cal·la torció la boca con un gesto que era mitad sonrisa, mitad disculpa.

—He estado allí abajo, al poble , en una exposició —dijo con una voz rasgada por alguna cajetilla de tabaco de más—.

Quería volver antes, pero este cielo… —Miró el horizonte os curo, resignada—.

M’ha fet esperar. —Se hizo a un lado y le señaló la sartén con la barbilla—. ¿Ya has comido castañas este año?

Él negó con la cabeza. Se sentía extraño respondiendo preguntas cotidianas cuando llevaba días viviendo con la im pre sión de que el mundo se podía romper en cualquier momen to. El universo, a través de ese pequeño instante, parecía decirle que todavía quedaba algo de orden en él.

Acercó un tronco y lo usó a modo de banco mientras Cal·la removía las castañas.

La lluvia apenas se notaba bajo el pequeño techo de chapa que ella había colocado sobre la zona de fuego.

El riachuelo seguía su curso detrás del edificio, con muchísimo menos caudal que los días anteriores. El sonido era constante.

—¿Y la casa nova qué, cómo va? —preguntó Cal·la, sin mirarlo del todo, concentrada en distinguir qué castañas ya estaban listas.

La casa nueva. La que le habían regalado todas sus tías, juntando recursos, favores y hechizos, para que dejara de ser «el niño del molino» y se convirtiera en un vecino más del pueblo.

Rabel respiró hondo antes de responder. No tenía ganas de desmontar ese momento de calma en el que ambos estaban sumergidos, pero no había subido durante siete días se guidos hasta allí para hablar de lo espaciosa que era la vivien da y lo bonita que la había decorado.

—La casa está bien —dijo, despacio—. Más grande de lo que necesito, y suficientemente cerca de aquí.

—Y las veïnes , ¿las has conocido ya? —Sonrió, sabiendo perfectamente quién vivía en la casa de al lado.

—Sí, una chica un poco más joven que yo. Dalia —explicó—. Su abuela es…

—Baladre, sí. Queríamos que lo descubrieses tú solo, cuando estuvieses preparado.

—Pues hasta hace unos días yo no tenía ni idea.

Rabel se quedó en silencio. No terminaba de saber cómo responder a aquello.

Sus tías habían tejido de una forma muy precisa cada aspecto de su vida actual, y sentí a cómo ciertas verdades se le escapaban.

Había imaginado varias veces aquella conversación durante sus idas y venidas en coche, y había necesitado armarse de paciencia para no dejarse arrastrar por el rencor.

El aire empezó a cambiar un poco a su alrededor.

El humo de las castañas se elevó en una columna recta.

Cal·la apagó el fuego con un gesto rápido, echando un puñado de tierra húmeda sobre las brasas.

Luego, ayudándose de un trapo, tomó la sartén y la trasladó a la mesa improvisada.

Las castañas, ennegrecidas, estaban abiertas por las marcas que h abía hecho previamente con el cuchillo.

Las envolvió en papel de periódico un par de minutos mientras recogía el campamento exterior y preparaba la mesa dentro.

—Vamos, vinga , que va a llover.