27. … Y acción #3
—No —respondió Dalia. Estaba manteniendo un tono firme, tomando al fin el liderazgo que su abuela habría querido para ella—.
Vamos a prepararnos todo lo que podamos.
Vamos a estudiar el diario. —Empezó a enumerar señalándose los dedos de la mano izquierda—.
Vamos a intentar quedar con los nuevos dueños de la cabaña.
Vamos a contactar con el resto de las brujas que conozcamos.
—Se giró hacia Rabel—. Formularemos protecciones, intentaremos asegurarnos tanto como podamos de que todo saldrá bien.
—No lo veo una locura —dijo Azucena—. Tenemos tiempo.
—Ya, cariño —respondió su madre—, pero no podemos confiarnos y hacer las cosas de cualquier manera.
—Solamente queda confiar en las gojas y en el bosque —añadió Rabel, forzando las comisuras de la boca hacia arriba en una sonrisa poco satisfecha.
Loto agachó la cabeza al procesar bien todo lo que suponía intentar enfrentarse a Ilun. Carraspeó. Todas las miradas se clavaron en ella.
—Hay una cosa que no hemos contemplado.
Dalia sintió cómo la piel se le erizaba, y un escalofrío le recorrió la espalda. Podía sentir el alivio. ¿Iba a decir lo que creía que iba a decir?
—Si vamos todas, va a ser más difícil no llamar la atención de Ilun.
La afirmación levantó un gran peso en la espalda de Dalia. Seguro que decían su nombre. No tendría por qué desenmascarar a Azucena. No habría que dar explicaciones, ni sangre de sangre, ni nada por el estilo.
—Dalia debe ir sola.
«Menos mal». Decidió subirse al carro, continuar con aquel giro de guion, hacerse la sorprendida, mirar a su tía con cara de corderito degollado. Incluso formuló una recopilación de momentos tristes en su cabeza para que se le saltase una lágrima.
Tras la sentencia de Loto, y en vista de la reacción de Dalia, ninguna pudo hacer más que asentir, excepto Azucena, que se levantó de golpe y empezó a caminar dando vueltas por el comedor. Al ver que nadie rebatía a su madre, no le quedó más que intervenir.
—¿Te has vuelto loca? ¿Cómo que sola?
—Ir sola al bosque con ese monstruo suelto me parece una locura, Loto. —Úrsula se sumó a la queja de Azucena.
—No me puedo creer que vayas a sacrificar así a mi hija… —añadió Hortensia—. ¿No puedo ir yo? ¿O tú?
—No la vamos a dejar sola —aclaró Loto—. Únicamente debe estar físicamente sola.
—Que no, Loto, que no me parece lógico. ¿Qué se supone que tengo que hacer mientras mi hija se adentra en la boca del lobo? —Hortensia no pudo evitar levantar la voz, cosa bastante habitual en ella—. ¿Me quedo aquí encendiendo velitas? Estás completamente desquiciada.
—A ver, un momento —interrumpió Dalia, encogiendo la voz de manera deliberada—, si voy acompañada, y por lo que sea recupero el amuleto… Ilun igualmente nos perseguiría hasta hacerse con él.
—¿Pero qué mosca te ha picado? —continuó Hortensia, enfadada—. ¡Yo iré contigo! ¡Lo primero es recuperar el amuleto!
—Es cierto, Dalia tiene razón —dijo Azucena, pasándose la mano por la cara, calmando el tono de la conversación—. Hay que terminar con Ilun.
—Mamá, si no voy sola, tal vez el bosque no me reconozca y no nos guíe. O a lo mejor no reconoce a quien me acompañe, y nos termine separando, y todo el riesgo haya sido inútil — seguía defendiendo, con argumentos algo enrevesados, la necesidad de ir por su cuenta.
—Es cierto que si vamos a hacer magia desde aquí necesitaremos a Loto sujetando la batuta —razonó Úrsula—. Por mucho aquelarre que convoquemos…, es la única que sabe y sigue practicando la magia, y que conoce a Dalia, a Adelfa y el bosque.
El plan estaba tomando poco a poco una complejidad superior. A las brujas, que llevaban tiempo sin desempolvar sus varitas, se les hacía imposible ocultar la emoción que, mezclada con miedo, les recorría las venas.
Estaba claro. Ella. Tenía que ser ella.
Se quedó quieta. Miró todas las caras alrededor de la mesa.
Nadie tenía ni un ápice de sospechas al respecto.
La preocupación de enviar a la más joven de la familia, sin compañía, a lidiar con un asesino múltiple camufló sus dudosas dotes ac torales.
Respiró hondo por millonésima vez, encarnando esa energía de liderazgo que había descubierto recientemente.
—Ya hemos dicho lo que tenemos que hacer: aquelarre, cabaña, Narciso, hechizos, brujas… Y salir vivas de esta.
Dirigió miradas a todas las personas allí presentes.
—El día 27 —siguió— convocaremos a todo el mundo. Y el 28 brujearemos. Bueno, todas menos yo. Yo iré al bosque. Desde aquí os encargaréis de hacer todo lo necesario para que el plan salga lo mejor posible —dirigió su mirada a Loto—, ¿cierto?
—Exacto. No te vamos a dejar sola. Nunca.
Se tomaron de las manos. Estaba decidido.
El lago debía ser la tumba de Ilun, justo como Adelfa quería.
Depositaban una fe excesiva en aquel plan, jugándolo todo a una sola carta.
Su principal baza era que Ilun continuara percibiendo a Dalia como alguien incapaz de recomponer los lazos de la familia que él rompió, lo bastante aislada como para que nadie acudiera en su ayuda. Ese era el factor sorpresa.