Aquí arden las flores 27. … Y acción
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27. … Y acción

c ruzaron la pequeña acera a toda prisa, pisando únicamente con la punta del pie y tratando de evitar los charcos que cubrían todo. Dalia abrió la puerta sin llamar; la calidez de la casa los envolvió con su característico olor a café e incienso impregnado en las paredes.

El salón estaba más lleno de lo habitual.

Úrsula, sentada en el sofá, con el móvil en la mano y cara de no haber parpa deado en un buen rato.

Loto, de pie con los brazos cruzados, mascando rabia.

Azucena, encogida en una esquina del sofá, envuelta en una manta, pero con la espalda recta.

To das se giraron al verlos entrar. Dalia fue la primera en aso mar la cabeza.

—Ya era hora —soltó Úrsula, intentando liberarse de la angustia—. Tu madre casi me revienta el tímpano al teléfono.

Ella se detuvo en medio del salón y le hizo un gesto a Rabel con la mano, ofreciéndole pasar.

—¿Y este qué hace aquí? —escupió Úrsula.

—Es una larga historia —respondió Dalia.

—Bueno —aclaró él—, no tanto. Ilun mató a mi madre. Mi madre era del aquelarre de Baladre. Bueno, Adelfa. Y me criaron todas juntas. Luego me regalaron la casa de al lado con la intención de que cuidase a Dalia.

—Ella era la chica del sueño —balbuceó Loto, incrédula.

Hubo unos segundos de silencio. Incluso para Dalia, que ya se sabía el relato, todo parecía irreal.

No podían distraerse, pero se les hacía complicado tener que mantener el ritmo frente a tantos giros en la historia.

Rabel no podía separar la vista de Azucena.

Ella tampoco hacía ningún esfuerzo por disimular.

Ambos sabían que aquel no era el momento ideal para resolver lo suyo.

—He llamado a Azucena y Loto en cuanto me he enterado de que ibas hacia el bosque —dijo Úrsula, con los ojos muy abiertos y la voz tirante, clavando en Rabel una mirada que mezclaba incredulidad con un enfado difícil de contener—. Luego me ha llamado tu madre.

—¿Qué te ha contado? —preguntó Dalia, aunque ya intuía la respuesta.

La joven levantó el móvil, como si fuera un objeto de prueba.

—Que tu tío ha vendido la cabaña. Que los nuevos due ños han cambiado la cerradura, y que Gardenia se ha entera do por tu madre.

—Sí, hija, sí —dijo Loto, con tono indignado—. Yo no tenía ni idea.

—¡Pero si nos hemos visto esta mañana!

—Ya, Dalia. Pues su intención era no decirnos nada. — Primeras palabras que salían de la boca de Azucena desde que se enteró de la venta.

—Aquí todo el mundo se calla cosas —respondió Dalia, con una mirada de reojo a su tía— y estoy cansada.

—Bueno, estás tú para hablar —Úrsula no se había con seguido deshacer del mal humor que le había provocado tan ta tensión—, que te has ido al bosque a pelear con un villano mágico que ha matado generaciones de esta familia sin decirle a nadie en qué punto del guion estabas.

El silencio se hizo de nuevo. Sonó el móvil de Azucena con un tono de mensaje. Se había dedicado a llenar el chat con su padre de quejas.

—Mirad, su explicación —leyó—: «Diles que lo siento, la cabaña era una carga: impuestos, mantenimiento, arreglos y las desgracias que han ocurrido allí cerca. Ha sido una decisión práctica».

—Decisión práctica, dice —resopló Dalia—. Por su culpa no hemos podido entrar en la cabaña.

—No tires balones fuera. Eras tú la que quería volver al pueblo —comentó Rabel, que hasta ese momento se había mantenido en un segundo plano apoyado en el marco de la puerta, intercambiando miradas con la muchacha de ojos azules.

—Y tú querías reventar la puerta —replicó con enfado, girándose hacia él.

—Bueno, en aquel momento sí, ¡hasta que casi nos aplasta un árbol!

—¿Que casi os aplasta qué ? —preguntó Azucena, incorporándose de golpe, con la voz disparada.

—Entonces ¿qué hacemos? Porque no podemos meter nos en casa de nadie a romper puertas, aunque don Decisio nes Prácticas se lo merezca —dijo Úrsula.

—Esto es cosa mía —respondió Dalia—. Esta noche pensaré qué hacer.

—No. Es cosa de toda la familia —recalcó Loto.

— Toda toda —añadió Rabel haciendo contacto visual con cada una de las presentes—.

Dalia, ¿no lo ves? El problema no es la cantidad de amuletos y cachivaches que tengamos —razo nó Rabel, apretándose la sien derecha en un intento de contro lar e l dolor de cabeza que le daban las conversaciones ajetreadas—, sino que necesitamos un plan decente y más ayuda.

Loto lo miró con gesto algo extraño.

—Está claro que no podemos ir al bosque hoy —razonó la tía—. No así, sin plan ni protecciones ni nada. Ilun está ahí fuera. Lo siente todo. Lo ve todo. Si nos acercamos al lago sin estar preparadas, no volveremos.

—Exacto —afirmó Rabel.

Azucena frunció el ceño.

—¿Entonces esperamos a que él haga el primer movimiento?

—No —negó Dalia—. Buscaremos otra manera de ar marnos. Otra forma de estar preparadas. Seguro que pode mos pensar en algo.

«Sangre de su sangre debe derramarla». Azucena no estaba preparada para ir. Tampoco para saber de dónde heredaba su mal temple.

—Yo puedo volver a convocar al aquelarre —propuso Rabel—. O, al menos, intentarlo. Al fin y al cabo, soy como su hijo.

Las miradas se dirigieron hacia él, pidiendo su ayuda sin decir palabra. El joven asintió.

—No nos dejarán solos con esto —añadió—. Ellas tam bién han tenido que enfrentarse a Ilun, y han aprendido de la mano de Adelfa. —La cadencia de su voz se había tornado más calmada, tratando de tranquilizar a todo el mundo.

—Vale. Entonces hoy no hay lago —dijo Azucena, deshaciendo la crisálida de manta en la que se había envuelto—. Hoy tenemos plan.

Úrsula se levantó del sofá y se acercó a Dalia. Podía notar que algo más le nublaba la cabeza. Le colocó una mano en el hombro y la acarició con el pulgar. Una sonrisa mínima, rota, se dibujó en la comisura de los labios de Dalia. Tal vez aquello no estaba destinado a salir mal.

Se sentaron alrededor de la mesa del comedor.

Enviaron un mensaje a Gardenia y otro a Hortensia.

Dalia no terminaba de estar cómoda con la idea de recibir a su madre en casa, pero necesitaban toda la energía posible.

La tormenta rugió otra vez, como si Ilun hubiera oído los planes de las brujas.

Y, esa vez, el miedo ya no era el único invitado en la estancia.

También estaban la determinación y la rabia.

Hortensia y Gardenia acudieron rápidamente a la llamada de socorro. Aquello no era un encuentro familiar cualquiera.

Su madre fue la primera en llegar, completamente empapada, con el paraguas roto colgándole del brazo. Gardenia llegó medio minuto después, sujetando una bolsa llena de hierbas secas y otra de herramientas mágicas llenas de polvo, que repicaban entre ellas al más mínimo movimiento.

Ambas miraron alrededor, olfateando aquel ambiente cargado de tensión.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Hortensia.

Su tía dejó las bolsas en la entrada y avanzó hasta la mesa del comedor, donde todas se habían sentado.

—Ponednos al día —dijo mientras tomaba asiento entre Rabel y Loto.

Dalia entrelazó las manos sobre la mesa, intentando ordenar sus ideas.

—Vamos a ver… Rabel fue adoptado por la abuela con su aquelarre del bosque, porque Ilun mató a su madre; íbamos a ir al bosque, pero necesitábamos cosas de la cabaña…

—Pero Narciso la ha vendido —interrumpió Hortensia, recapitulando.

—Los nuevos dueños ya han cambiado la cerradura — dijo Loto, frotándose los ojos y suspirando mientras asentía, agotada—. Si queremos recuperar algo, tendremos que quedar con ellos.

—En fin, resumiendo, que Rabel y yo hemos terminado dando media vuelta porque ir al lago sin amuletos era una misión suicida.

—Sabemos que Ilun estaba buscando el amuleto —afirmó Azucena.

—Sí, el espelir —aclaró Dalia.

—Pero el bosque nunca ha estado del lado de Ilun —dijo Loto— y jamás lo estará. Adelfa sabía cuidarlo, y él le devolvía el favor. Es prácticamente imposible que encuentre el lago solo, y todavía más difícil que consiga vencer a las gojas que lo custodian. Rara vez salen del agua.

—¿Y por qué queríais ir hoy? —preguntó Hortensia—. ¿Es que estáis locos?

—No entiendo a qué venían las prisas —continuó Loto con tono severo—. Llegáis a pensar las cosas dos veces y hu bieseis sacado las mismas conclusiones que nosotras ahora.

Los jóvenes buscaban la forma de justificar sus acciones. Fuera, la tormenta golpeaba con furia. Ilun parecía querer comprobar la resistencia de los muros de aquella casa.

—Creo que ese ser despreciable hizo su primer ataque en junio —respondió Dalia—. O en el solsticio de verano, o en alguna de aquellas lunas.

—Con la luna oscura de antes —indicó Rabel, tras haber tenido tiempo de reflexionar un poco sobre el posible ataque mágico—, sobre todo si su intenció n era apagar a Adelfa.

—¿Quieres decir que actúa según la luna? —interrumpió Gardenia.

—Puede ser. No sé.

—El caso es que —continuó dando explicaciones a Hor tensia— Ilun no va a parar, y no sabemos qué puede pasar. Si lleva actuando desde el inicio del verano, poco le quedará para culminar sus planes.

—Una opción eran las lunas y otra los solsticios…

—Pero esperar hasta el solsticio de invierno nos parece demasiado —prosiguió Dalia, impostando un tono de voz convincente y entrelazando las manos.

—Y hemos considerado que, cuanto antes termine esto, mejor —finalizó Rabel.

—Si la explicación tiene lógica, pero no os podéis poner en riesgo de esta manera —dijo Azucena, mirando a Rabel, casi suplicándole.

—Entonces ¿cuál debe ser nuestro siguiente paso? — preguntó Úrsula.

—Necesitamos luz —dijo Gardenia, apretando los labios con gesto reflexivo—. Y no nos van a servir un par de linternas. Necesitamos la luna. —Señaló la ventana oscura.

Azucena la miró con el ceño fruncido.

—¿La luna? ¿Qué tiene que ver?

—Todo —intervino Loto, acomodándose en la silla—. No solo energéticamente hablando. No será lo mismo actuar bajo un cielo encapotado y luna nueva que bajo algún destello de la luna llena.

—Si llevamos linternas, va a ser muy fácil localizarnos dentro del bosque —razonó Dalia.

Todavía no encontraba la manera de decir que debía ir sola.