26. Mil flores más #2
Las palabras salieron solas y flotaron en el interior del coche. Era la primera vez que pensaban en la crudeza de una posible realidad en la que no salían victoriosos. Sin un plan medianamente definido no podían enfrentarse a alguien que lleva maquinando la caída del valle durante décadas.
Las luces de otro coche aparecieron de frente, demasiado rápido, sacándolos de aquella disputa. Patinó ligeramente al entrar al aparcamiento y, por poco, consiguió evitar el deportivo de Rabel.
—Vámonos. —Volvió a hacer el mismo gesto con la barbilla.
—¿Al bosque? —Quitó el freno de mano y maniobró para evitar los baches en la grava.
—No. Vámonos al pueblo.
—Todavía podemos intentarlo —insistió él, en un último gesto de esperanza.
—No. Sin las protecciones de mi abuela, no tenemos ninguna posibilidad.
Rabel desobedeció a Dalia y dio un giro brusco en la incorporación a la carretera, dirigiéndose hacia el bosque. Pisó el acelerador, calculando mentalmente el tiempo que tardarían en llegar hasta la cabaña.
—¡¿Pero a dónde vas?!
—Llegamos en nada. —No se atrevió a mirar a su copiloto, que estaba enfurecida—. En la bolsa de herramientas para cambiar la rueda habrá algo que nos ayude a abrir la puerta.
—¿Quieres matarnos o qué? ¡Seguro que Ilun nos está viendo llegar!
—Pues que nos mire. A ese pollo lo voy a descabezar — dijo Rabel, acompañando su sentencia de una carcajada eufórica.
Pronto llegaron al camino de tierra que se adentraba en el bosque.
Dalia lo reconoció enseguida. Habría intentado hacerse con el volante de no ser por el riesgo evidente que aquello suponía, así que se resignó a mirar por la ventanilla con enfado y cruzarse de brazos.
El coche avanzó a trompi cones sobre las hojas húmedas que cubrían algunas piedras.
Las ramas golpeaban la carrocería al estrecharse el sendero y el motor del deportivo rugía forzado.
Dalia apretó la mandíbula. Rabel, con la sangre subida a la cabeza, no se preocupó demasiado de que su vehículo no debería circular por allí en aquellas condiciones.
—Para —dijo Dalia de pronto, en un susurro.
—¿Qué? —Rabel no entendía si aquello venía de su voluntad de volver al pueblo, o de que algo iba mal.
—¡Para! —gritó, preocupada, apretándole el brazo al conductor.
Algo dentro de ella le impedía seguir el camino hacia la cabaña. Un presentimiento. Rabel todavía no había levantado el pie del acelerador cuando, justo después de una curva con poca visibilidad, un árbol cayó cortando el camino por completo.
El chirrido de los frenos llegó justo a tiempo. El coche frenó milagrosamente sin salirse del camino, pese a haber de rrapado sobre la tierra húmeda, y se detuvo a poco más de un metro del tronco. El morro encarado hacia el lado izquierdo d el camino, el motor aún jadeando como un animal exhausto.
Durante unos segundos no se movieron. El silencio se cerró a su alrededor con una densidad insoportable. El conductor miró sorprendido a su copiloto, algo asustado por la precisión de su sexto sentido.
—Mierda… —murmuró Rabel, soltando por fin el volante.
Dalia tenía el pulso desbocado. Contempló el árbol atravesando el paso, demasiado grueso. Las raíces todavía terminaban de partirse, quebradas por la caída.
—No ha sido el viento —dijo—. Esto no ha sido solo el viento.
Rabel tragó saliva. Bajó del coche con brusquedad, resguardando su vista de la lluvia bajo el brazo, y dio un par de pasos hacia el tronco, queriendo comprobar por sí mismo lo evidente.
—Podemos intentar rodearlo —dijo, levantando la voz un poco y girando el torso hacia el coche.
—¿Por dónde? —Gesticuló con los brazos mientras abría su puerta—. ¿Subimos el deportivo a las copas de los árboles? ¿Eh? —preguntó Dalia, histérica.
—O podemos moverlo.
Dalia negó con la cabeza y terminó de salir del coche. En cuan to puso un pie en el camino, sintió una presión sobre el pe cho.
—Nos está cerrando el paso —susurró—. Tenemos que volver y planear todo con calma.
Rabel se pasó una mano por el pelo, nervioso. El impulso de minutos antes se le había evaporado por completo.
—Entonces ¿qué?
—Tenemos que irnos. —Rabel aún dudaba de si seguir sus órdenes—. Ahora.
Un crujido respondió desde el interior del bosque. Dalia retrocedió instintivamente y volvió a entrar en el coche. Rabel dudó un segundo más. Miró el tronco, luego la oscuridad entre los árboles y finalmente a Dalia. Recordó a Azucena. No podía arriesgarse tanto.
—Está jugando con nosotros, Rabel —insistió Dalia una vez más, levantando la voz con la puerta del coche todavía abierta—. ¡Vámonos ya!
El joven volvió rápidamente al coche, tras escuchar lo que le había parecido un aleteo feroz. Dio marcha atrás hasta un pequeño ensanche en el camino que le permitió cambiar el sentido de la marcha.
—Tienes razón. Esto era una misión kamikaze.
Dalia agradeció el reconocimiento. También que su intuición no le hubiese fallado. Observó a Rabel mientras dejaba escapar un suspiro largo al reincorporarse otra vez a la carretera. Era consciente de que él compartía esa certeza: que sería casi imposible vencer a Ilun sin ayuda.
En ese momento bajaban. Mientras sus móviles recuperaban la cobertura, Rabel vio llamadas perdidas de Azucena en la pantalla. El río, a la derecha, estaba a punto de desbordarse.
La lluvia no cedió ni un momento durante el camino de regreso. Cuando por fin las primeras casas del pueblo asomaron entre la cortina de agua, Dalia empezó a cuestionarse aquella decisión.
Rabel aparcó frente a la casa de la joven. Las persianas estaban prácticamente bajadas. La luz del interior se colaba por los agujeritos de los listones.
—¿Quieres que entre? —preguntó él.
Dalia asintió.