Aquí arden las flores 26. Mil flores más
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26. Mil flores más

H abía tres mesas ocupadas: un ciclista medio dormido, con el casco puesto sobre la mesa como si se le hubiese caído del agotamiento; una pareja mayor sentada frente a frente, compartiendo el silencio de aquel día extraño, y una familia alargando la comida en la sobremesa, hablando entre ellos mientras los niños dibujaban sobre el mantel de papel.

Era un restaurante de los de siempre, de esos que parecen resis tirse al paso del tiempo.

Con una barra de terrazo algo desgastado, paredes revestidas de una madera oscura, que reflejaba la luz que entraba por los ventanales y la devolvía un poco más cálida, y estantes llenos de licores descatalogados.

El camarero llevaba un trapo de algodón asomando del bolsillo trasero y se movía con la calma que evocaba aquel ambiente.

En los mostradores se acumulaban embutidos al corte, quesos envueltos en papel encerado y repostería local cubierta con campanas de cristal impolutas.

Nada mal para estar en medio de la nada.

Rabel pidió dos cafés y un par de platos del menú sin siquiera mirar la carta, confiando ciegamente en que la selección de recetas que mostraba la pizarrilla de la entrada fuese lo mejor que preparaban en aquel lugar.

El camarero asintió sin sorpresa a la comanda de Rabel.

La cocina estaba a punto de cerrar, pero podían prepararles dos raciones.

Parecía que recibir clientes a deshora era lo habitual en días de temporal.

Dalia se quitó el abrigo y lo dejó sobre la silla, chorreando por la lluvia del camino del coche a la entrada del restaurante.

Sus dedos estaban enrojecidos del frío. Se los frotó un momento antes de acercarlos a la taza humeante que le pusieron delante.

—¿Qué hora es? —preguntó.

—Casi las cuatro.

—¿Cuánto crees que tardaremos en llegar al lago?

—No lo sé —respondió él, tras un sorbo lento—. El bosque no entiende de tiempos, Dalia.

La frase quedó suspendida entre ellos, mezclándose con el tintinear de una cucharilla y el leve zumbido de la nevera de refrescos.

Fuera, la lluvia seguía cayendo con insistencia, pero, dentro, el tiempo parecía haberse plegado sobre sí mismo y permitirles un respiro.

Comieron en silencio. La pasta de los canelones de pollo de Dalia se había reblandecido un poco al recalentarlos, pero tenían un sabor genial, reconfortante; uno de esos platos perfectos para aguantar un invierno largo.

Las carrilleras con setas que había pedido Rabel estaban perfectas.

La carne se deshacía al apenas rozarla con el tenedor.

Ninguno de los dos podía separar la mirada de las ventanas que rodeaban el restaurante.

La lluvia no daba tregua. Era asombroso.

Las gotas resbalaban formando caminos hipnóticos sobre el cristal.

El repicar constante contra el tejado parecía insistencia de la tormenta, recordándoles que no tardasen demasiado.

Por un momento, Dalia pensó en lo fácil que sería quedarse allí un rato más. Beber otro café escuchando fragmentos de conversaciones ajenas. Quería fingir que no había nada urgente esperando más allá de aquella puerta. Pero sacudió la cabeza.

Se levantó antes de terminar el café.

—Tenemos que irnos.

Rabel no protestó. Se puso en pie con ella y la siguió, dejando un billete delante del camarero sobre la barra, justo antes de salir. La tormenta seguía ahí, sí, pero el aire había cambiado. Tenía un matiz distinto. Otro fondo. Olía a bosque vivo. A toda su magia.

Dalia revisó el móvil por última vez antes de meterse en el coche y adentrarse en el bosque, donde no tendrían cobertura.

Observó el cielo unos segundos, por si veía algún pájaro oscuro e inusual.

Rabel encendió el motor y esperó pa cientemente a que la joven terminase antes de salir del apar camiento.

Antes de pulsar el botón de bloqueo de pantalla, entró otra llamada de su madre.

Decidió descolgar el teléfono.

—¿Dalia?

—Dime —pronunció entre suspiros.

—He llamado a Úrsula porque no me lo has cogido, y sé que ha estado contigo estos días.

—Sí. ¿Qué pasa?

—¿Vais al bosque?

—Sí. Bueno, primero pasaremos a por unos amuletos.

—No vayas a la cabaña.

—¿Qué?

—No vas a poder entrar. Tu tío la ha vendido.

El cuerpo de Dalia se tensó entero. Sintió como si el cinturón de seguridad se le clavara en el pecho. Rabel giró la cabeza un momento, sin dejar de sujetar el volante, esperando el momento de quitar el freno de mano. Atento a cualquier cambio de expresión en la cara de su acompañante.

—¿Cómo que la ha vendido? —preguntó Dalia, con la voz más aguda de lo habitual.

—Pues eso, que la ha vendido —repitió Hortensia, al otro lado del teléfono, con ese tono que combinaba enfado y resignación—.

Me llamó anoche, muy tarde. Lo tenía todo resuelto.

Escrituras, firma … Sin preguntar al resto de la familia.

Me dijo que era lo mejor, que, total, ni tú ni Azucena ibais nunca.

Dalia se quedó muda. Con la mandíbula completamente desencajada.

La cabaña.

La cabaña donde Adelfa guardaba sus amuletos, sus cuadernos, sus brebajes. Su lugar de poder.

Vendida.

—Eso no puede ser… —balbuceó—. Si estoy de camino al bosque…

—Era de la familia, ya lo sé —respondió su madre, con un suspiro audible—. Pero la escritura estaba a nombre de Jacinto, luego de Adelfa y, bueno…, ahora que la abuela ya no está…

—¿Qué? Mamá, lo normal es que fuese de todos vosotros.

—Sí, sí, pero le cedimos poderes notariales de las propiedades de la familia hace años, que él es el que sabe de estas cosas.

—Ah, genial, perfecto. —Se notaba el sarcasmo en la voz de Dalia—. Buenísima idea darle responsabilidades a Narciso.

—El trato era que nos avisaría con tiempo de cualquier cambio, y que todos podríamos opinar…

—¡Que es Narciso! ¡¿Qué pensabais que iba a hacer?!

—No sé, hija, no sé… Yo…

—¿Y cómo se le ha ocurrido vender la dichosa cabaña? —No soportaba hablar con su madre, pero necesitaba resolver sus dudas.

—Narciso asocia la cabaña a todos los malos tragos por los que ha pasado la familia. Una muerte tras otra. —Trataba de que su hija comprendiese la situación—. Así cree que todos , por fin, tendremos una temporada tranquila.

—¿Este hombre es capaz de conectar dos neuronas? — La pregunta de Dalia era completamente retórica.

Se hizo el silencio al otro lado de la línea, pesado y opaco.

Rabel dejó de acariciar el acelerador con el pie y lo reposó sobre la alfombrilla.

Parecía que les quedaban unos minutos de llamada.

La luna del coche vomitaba agua a cada movimiento de los limpiaparabrisas; la carretera, estrecha y serpenteante, los esperaba.

—¿Cuándo ha sido? —preguntó Dalia—. ¿Cuándo la ha vendido?

—Hace unos pocos días. Y los nuevos dueños han sido todavía más rápidos. Iban a subir hoy por la mañana, bien pronto, a cambiar la cerradura.

—Por Dios. Pero si lo he visto esta mañana. —Se pasó la mano entera por un lado de la cara con gesto desesperado, apretando los dientes—. Si hemos estado hablando de Remei… Loto. Y del bosque. ¿Cómo ha sido capaz de no decir nada?

El olor a bosque mojado se colaba por las rejillas del aire acondicionado. A Dalia se le revolvió el estómago. No podía parar de hacer preguntas. No se lo podía creer.

—¿Han entrado? ¿Han tocado… todo?

—Imagino que sí, hija. Sé que han empezado a recoger algunas cosas. No sé si habrán vaciado algo, o han quedado con Narciso para que nos llevemos lo de la abuela.

Dalia apretó los labios. Sentía que iba a llorar, pero el cuerpo no le daba permiso. La rabia se encargaba de secarle los párpados, impidiendo que las lágrimas salieran.

—Vale —dijo, al fin, destensando un poco la mandíbula—. Luego hablamos.

—Dalia, espera…

Colgó antes de escuchar el resto.

El silencio que se instaló en el coche fue más denso que la niebla. Solo se oía el motor, todavía encendido, el agua y la respiración contenida de ambos.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Rabel, sin rodeos.

—La cabaña —respondió ella, clavando la mirada en el parabrisas—. Tío Narciso la ha vendido. Los nuevos dueños ya han estado allí. Han cambiado la cerradura.

Dalia tragó saliva.

—Necesitamos ir. Necesitamos sus amuletos. Ella sabía protegerse de Ilun. Todo está allí.

Rabel guardó silencio unos segundos, calculando opciones a toda velocidad.

—No sabemos si han tirado algo —dijo—. Puede que todavía esté todo dentro. Solo hay una cerradura nueva entre nosotros y lo que buscamos.

—No pienso entrar a la fuerza en una propiedad que ya no es nuestra —respondió ella, casi automáticamente.

—No hablo de entrar con un ariete —se defendió él—. Podría forzar la cerradura. Es una simple puerta de madera vieja. En esta tormenta nadie va a vernos.

—¿Estás loco? —Lo miró, incrédula—. Eso es superilegal.

—Ilegal debería ser que Ilun llegue primero al lago y destroce el valle entero, según todo lo que me has contado —replicó él, sin perder los nervios—. Esto es supervivencia.

Dalia se quedó en silencio, cruzada de brazos a modo de protesta.

—Podríamos fingir que ha sido la tormenta —añadió—. Decimos que una rama ha caído sobre la ventana, que lo hemos oído y hemos ido a ver si había alguien dentro.

—No.

—Dalia, escúchame. No estamos hablando de robar joyas.

—Que no. He dicho que no —repitió ella, haciendo un gesto con la barbilla para indicarle a Rabel que saliese del aparcamiento.

—Llama a Loto. Ella sabrá lo que debemos hacer.

Aceptó la sugerencia y marcó el número de su tía. No dio tono. Parecía estar fuera de cobertura.

La rabia se mezclaba con el miedo y, subyacente, una cul pa pegajosa.

«Si lo hubiera leído antes».

«Si hubiera venido antes».

«Si me hubiese enfrentado a Narciso y a su teléfono el día del funeral».

—¿De verdad te preocupa más la ínfima probabilidad de una denuncia que Ilun? —preguntó Rabel, no con tono burlón como de costumbre, sino absorto por el agotamiento.

Dalia se apretó el diario contra el pecho.

—Me preocupa que ya hemos perdido.