Aquí arden las flores 25. Hasta la luna llena #2
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25. Hasta la luna llena #2

—Tía Baladre me hablaba de un lago donde hundía todos sus secretos y temores —dijo, abriendo el tomo—. Decía que le confiaría cualquier cosa a las ninfas de aquellas aguas.

Dalia reconoció rápidamente aquel libro. Ella tenía una copia exacta. Hablaba de brujas, hadas, duendes y, bueno, de bardos.

—Gojas.

—¿Qué?

—Se llaman gojas. No hace falta que lo busques. Son es píritus del agua. Viven en cascadas, ríos, lagos… ¡Lagos! — exclamó.

—Estoy intentando con todas mis fuerzas seguir el ritmo de esta conversación, pero me pierdo.

—¿Dices que mi abuela guardaba cosas en un lago?

—Eso me contaba.

—¿Dónde está el lago? —preguntó Dalia, apresurada.

—Solo el bosque sabe llegar hasta allí.

—Pues vamos al bosque.

Rabel parpadeó rápidamente, un poco impactado todavía por la velocidad a la que se movía todo aquel día, y respondió con un ligero movimiento de cabeza.

Una energía eléctrica los envolvió, compuesta por un sentimiento de venganza y una sensación de complicidad parecida a la hermandad.

Nunca se habrían esperado embarcar en una aventura juntos; mucho menos, sentir la necesidad de ayudarse.

Pero si algo había sabido construir Adelfa era una familia, pese a que no todos los vínculos fuesen de sangre.

—¿Me puedes recordar por qué tenemos que hacer esto ahora? —preguntó Rabel, dejando escapar una media sonrisa que no terminó de sostenerse, con tono algo dubitativo.

—Creo que Ilun lleva atacando desde San Juan. —Las ideas y conclusiones chocaban en la cabeza de Dalia, y se movían a tal velocidad que comunicarlas le era prácticamente imposible—. Desde el solsticio de verano, desde entonces. Puso un conjuro en la abuela. Creo. Supongo.

Rabel cogió las llaves de su deportivo sin dejar de escucharla, y abrió la puerta de su casa. Se apartó, pegando su cuerpo contra la pared para cederle paso a ella antes de cerrar.

—Como si, conforme el sol se «apagase» —continuó— y los días fueran más cortos, también lo hiciera así la luz de la abuela.

Rabel abrió los ojos como platos.

Se metieron en el coche con un gesto brusco y se abrocharon los cinturones después de que él quitase el freno de mano.

—Lo peor es que Adelfa escribió algo bastante inquietan te en sus últimas páginas, sobre «apagar la luz del valle» —sentenció Dalia, mirándolo.

—Pero eso ya lo está consiguiendo.

—Exacto. El ritual que hicimos en la anterior luna llena solo ha atenuado los efectos de su magia durante unos días —arrastró algunas sílabas—. No sé qué trama, pero su plan está en marcha.

Tenían una corazonada. Sentían que no podían perder ni un instante.

Rabel no levantaba el pie del acelerador; sus manos apre taban el volante con fuerza. Habían dejado a un lado sus dis putas triviales. El destino del valle estaba en sus manos.

—Envíale algo a Azucena. Lo que sea.

—¿Qué?

—Que le envíes algo, escribe un mensaje de mi parte. Dile que vamos al bosque.

—¿Contraseña?

—Uno tres seis nueve.

Hola Azu Estoy de camino al bosque con tu prima. Cree que sabe cómo solucionar todo esto. Deséanos suerte 🤍

La radio no era capaz de sintonizar ninguna emisora debido a las interferencias que provocaba la tormenta.

Las gotas machacando la chapa resultaban la banda sonora de la travesía.

El motor rugía lo suficiente como para oírlo con claridad entre todo aquel ruido.

Se abrían paso a gran velocidad entre los coches de la nacional.

Siguieron dirección norte. El cauce del río que bordeaba la carretera se había convertido en un torrente desbocado, que rugía con furia.

Los limpiaparabrisas casi no podían seguir el ritmo de las precipitaciones.

Dalia se mantenía en silencio, aferrada al diario. El olor a cuero del coche se mezclaba con la electricidad del am biente. Cada pocos segundos, un relámpago convertía el interior del vehículo en una fotografía blanca. Milésimas después, el trueno hacía temblar hasta el asfalto.

No pudo evitar mirar de reojo a Rabel. De alguna forma, el azar —o la falta de este— había provocado que sus caminos se cruzasen.

Tal vez vio demasiado la primera vez que se encontró con aquellos ojos pardos.

Quizá dedicase más de una noche a repasar mentalmente todos y cada uno de los reflejos ambarinos que salpicaban sus iris.

Quién sabe si influida de alguna manera por su magia.

Pero en ese momento lo comprendía. Su relación con aquel muchacho no debía ser esa.

Nunca estuvieron destinados a algo más .

Rabel tal vez sí estaba hecho para Azucena, y notaba que él, al menos, estaba intentando hacer las cosas un poco mejor.

Y ella por fin había encontrado la calma al lado de Úrsula. No había nada más importante que alguien capaz de brindar paz.

El trayecto era, técnicamente, el mismo que la otra vez, pero todo había cambiado.

Las ramas de los robles se mecían bajo la tormenta como si quisieran advertirlos de que se dieran la vuelta.

—¿Seguro que quieres seguir? —preguntó Rabel, sin apartar los ojos de la carretera.

—Sí —respondió, seca—. Si tú dices que las gojas guardaban secretos de la abuela, también custodiarán el amuleto. Él también lo está buscando. No podemos dejar que llegue antes. —Su voz se tiñó de culpa—. Ya he perdido demasiado tiempo.

—¿Y crees que podremos con él?

—No. Le ha arrebatado la vida a la bruja que me ha enseñado todo lo que sé. Si ella no pudo protegerse, ¿cómo voy a poder vencerle?

—Entonces vamos a lo kamikaze. —Una sonrisa intentó abrirse paso en sus labios, torpe y forzada, pero se quedó a medio camino, aplastada por el miedo a terminar igual que su madre, un temor cada vez más real.

—No, no. Pasaremos primero por la cabaña. Alguna cosa debe de haber allí que nos sirva de ayuda.

El teléfono le vibró a Dalia en el bolsillo conforme terminaba la frase. Lo sacó. «Mamá».

—No. Ahora no —murmuró, y colgó.

El silencio volvió a instalarse. Fuera, el viento ululaba. Con su fuerza conseguía colarse por las rendijas de la puerta del copiloto.

El móvil volvió a vibrar. Esa vez era Úrsula.

—Mierda —dijo, acercándoselo a la oreja—, no le he dicho que me iba.

—¿Dónde estás? —La voz de Úrsula sonaba entrecortada por la interferencia de la tormenta.

—Vamos al bosque —pronunció Dalia, vocalizando de manera exagerada mientras miraba por la ventanilla, donde el paisaje se convertía en un borrón de agua y oscuridad.

—Va…

—¿Qué?

—¿«Vamos»? ¿Con quién?

—Con Rabel. Te prometo que te lo contaré todo. Él sabe más de lo que parecía.

—Dalia, tú ten… —La línea se llenaba de ruido a medida que se acercaban al bosque.

—¿Qué? —Miró la pantalla, en busca de alguna rayita de cobertura—. ¿Úrsula?

—Ten cuidado —repitió—. Ten cuidado, Dalia, ¿me oyes?

—Te quiero.

Silencio al otro lado. Solo el crujido de la estática.

Un par de segundos después se cortó la llamada. No estaba segura de que Úrsula hubiese oído aquella última frase.

La carretera empezó a estrecharse. Rabel encendió los faros antiniebla; la luz dibujó figuras que parecían moverse a lo lejos, tras la primera línea de árboles del bosque. Dalia intentó no mirarlas.

Decidieron parar en el último pueblo antes de adentrarse del todo en las montañas. El hambre empezaba a manifestarse, punzante, y Dalia era incapaz de concentrarse con el estómago vacío.

Buscó algún restaurante cercano, que no les supusiera un gran desvío en su camino. Al fin y al cabo, pese a que pasasen por la cabaña, allí no habría más que algunas conservas en buen estado.

—En doscientos metros tome la siguiente salida en dirección a El Muntanyà —indicó el GPS.