25. Hasta la luna llena
e l cielo no tenía fondo. Era una masa de nubes negras entrelazadas con relámpagos.
Las canaletas estaban desbordadas, igual que las alcantarillas.
Todo era caos. El viento arrancaba ramas, zarandeaba señales y rompía cables.
Muchas zonas se empezaban a quedar sin corriente.
Todavía no era hora de que se encendiesen las farolas, pero los semáforos ya estaban apagados y había negocios a oscuras.
Dalia corrió hacia la casa vecina y se refugió bajo el balcón de la habitación principal, sobre la puerta de entrada.
Hundió el botón del timbre en la pared. Golpeó la puerta.
Podía sentir las agujas en su reloj de muñeca atravesándole la piel, moviéndose cada vez más rápido.
Cronometraban cada movimiento y esperaban lo inevitable.
Él abrió enseguida. Llevaba toda la mañana esperando algo , pero hasta ese momento no sabía el qué.
—¡Rabel!
—Dalia. —Se sorprendió de que el saludo no viniese acompañado de algún insulto—. ¿Qué haces aquí? —No podía separar la mirada de ella.
—Adelfa. Tú la conoces. La cabaña. El bosque. Tienes que saber algo.
—¿Adelf…? Dalia, ¿qué dices?
Ella entró a la casa sin pedir permiso, abriéndose paso frente a Rabel de un empujón. Los relámpagos iluminaban todo el interior intermitentemente.
—Sí, Adelfa. Quien te ha dado esta casa. Una señora más o menos de mi altura, pelo blanco, setenta años, bruja .
—¿Adelfa? No me s… —Pensó—. ¿Baladre?
Dalia gesticuló con extrañeza una milésima de segundo.
—Llámala como te dé la gana. ¿De qué la conoces?
—¿Qué te pasa? ¡Cuánta urgencia, Dalia!
—Sí. Sí. Es importante. ¿De qué conoces a Adelfa?
—Ella y el resto de mis tías son brujas. Todo el aquelarre me ha cuidado desde siempre. Supongo que se lo debían a mi madre.
Le habría encantado interrogar al joven un poco más, y así saber cómo había sido posible que Adelfa y su aquelarre llevasen una doble vida para criarlo a él. Le parecía increíble. Pero eso debería esperar.
Dalia siguió caminando por la planta baja de la casa, y señaló una de las pinturas colgadas en la pared.
—Esto. ¿Sabes dónde es?
—Lo he pintado yo. Es la riera de L’Afrau. Pasaba por detrás del molino. Por ahí estaba la Font dels Enamorats. Poco después se juntaba con el Torrent dels Morts.
—¿Y qué haces aquí?
—Mis tías me regalaron la casa.
—No, no. ¿ Por qué esta casa?
Rabel se quedó pensativo. En perspectiva, había sido un regalo de cumpleaños algo extraño. Casi precipitado.
—He leído en el diario de mi abuela que te dieron esta casa para que cuidases de mí, y al revés.
—Vaya —rio—, creo que ninguno de los dos ha cumpli do con sus expectativas.
—Que esto no es una broma pesada, de verdad. Su última voluntad era esta, que nos ayudásemos.
—¿Últim…, última voluntad?
—Rabel, mi abuela murió el 11 del mes pasado.
—¿Qué? Yo… —Rabel rompió a llorar desconsoladamente al escuchar la noticia, intentando acallar los sollozos con alguna respiración profunda entrecortada.
Simplemente pensaba que se habría tomado unas vacaciones, o que estaba demasiado ocupada como para escribirle.
Dalia lo miró sorprendida. No supo cómo reaccionar, y al principio trató de contener una carcajada presionando los labios.
¿Cómo había pasado todo ese tiempo sin saber nada de su tía ?
Tras unos segundos entendió aquello de otro modo.
De repente se le formó un nudo de espinas alrededor de la garganta.
Era cierto. Adelfa había muerto y él se acababa de enterar, y no de la mejor manera.
Verdaderamente la quería. Dalia sintió, tal vez por primera vez, empatía por aquel joven.
Quiso alargar la mano y posarla sobre su hombro, pero no lo hizo.
Siguió caminando por la casa y haciendo preguntas mientras Rabel continuaba procesando lo escuchado hacía tan solo un instante.
De alguna manera debían adivinar cómo ayudarse.
Inspeccionó el resto de las pinturas; también los discos y libros, las ramitas secas, las figuritas…
Había un paisaje en concreto que llamó su atención.
Una pintura que había quedado relegada a decorar una esquina.
El contraste de la composi ción, sumada a la poca luz de aquella zona de la casa, le dificultaba distinguir el paisaje a más de un metro de distancia.
Rabel seguía sin poder articular palabra, secándose las lágrimas con la palma de la mano. Dalia se acercó a la esquina.
A diferencia del resto de los paisajes, ese no terminaba de tener las formas definidas.
Los trazos eran más sueltos y los elementos quedaban algo desdibujados.
Era una escena que parecía sacada de la memoria, pintada intentando plasmar un sueño de aquellos que uno no logra recordar del todo al despertar.
El lienzo estaba cubierto por un velo de sombras: una arboleda densa, casi impenetrable, formulada con pinceladas largas y difusas, en tonos tan oscuros que el negro más profundo se confundía con el verde marchito.
Los árboles parecían moverse si se mantenía la mirada sobre ellos demasiado tiempo.
Las ramas, retorcidas, semejaban brazos que intentaban alcanzar algo fuera del marco.
En el centro, una hoguera brillante lanzaba espirales de chispas doradas hacia el cielo.
Sus llamas estaban esbozadas con golpes de color anaranjado, y parecían imitar con sus saturaciones el parpadeo de la luz del fuego.
Aquella luz, la única en todo el cuadro, se perdía enseguida en la negrura que la rodeaba.
Como si el bosque, hambriento, la devorase.
Dalia se inclinó un poco más. Su nariz se separaba poco más de un palmo de aquella obra de arte.
Alrededor de la hoguera se distinguían pequeños detalles, insinuados por la luz temblorosa que emitía.
Una única silueta sentada en el suelo. Un objeto brillante sobre la tierra.
D etrás del fuego, en la parte superior del cuadro, una mancha oscura y casi imperceptible, formada por líneas curvas que recordaban a alas extendidas.
Focalizó su mirada en aquellos trazos. Definitivamente, un ave.
—¿Este cuadro también lo has pintado tú?
—Sí —ya había dejado de llorar, pero seguía con los ojos enrojecidos—, todos los cuadros son míos.
—¿Dónde es esto?
—No lo sé. Lo he soñado.
Miró la fecha bajo la firma en la esquina inferior derecha de la pintura: 29 de septiembre de 2023. Hacía poco más de una semana, en la luna llena.
—Yo también he soñado con ello. ¿Mi abuela no te contó nada?
—¿Nada de qué?
—De tu madre. Esa silueta que está sentada es tu madre.
—¿Cómo? Adelfa me dijo que murió en el parto.
—No, murió tras él —dijo, fijándose todavía en la silueta encriptada del ave.
Dalia señaló la figura sentada al lado del fuego con el dedo índice.
—Aura —pronunció segundos después—, se llamaba Aura. Eso decía el diario.
Rabel miró atentamente su propia obra. Intentaba focalizarse en la urgencia de la situación, que no terminaba de entender, dejando para después el procesamiento de toda aquella información.
Le entraron náuseas al escuchar el nombre de su madre, una reacción visceral de algo que no era capaz de verbalizar.
Entrecerró los ojos para afinar la mirada.
No recordaba haber pintado un pájaro. Los trazos intuitivos del pincel habían terminado formando aquel ser oscuro.
El plumaje era una sombra dentro de otra sombra.
Los ojos —si eran ojos— parecían arder llenos de furia, con un fuego diferente al de la hoguera.
—Dios mío… —murmuró Dalia sin darse cuenta—. Es él.
Rabel levantó la cabeza y se acercó también al cuadro. La pintura parecía respirar. Desde que soñó con aquella escena inmóvil, había ido perdiendo más y más la memoria sobre el recuerdo onírico. Casi no recordaba qué lo llevó a pintarla. Miró confuso a Dalia, suplicando algún tipo de explicación.
—Él. Ilun. Es quien mató a tu madre. También a mi abue lo, a mi tío Eléboro, tal vez a mi padre, que resulta que es su hijo.
—Los pensamientos se le amontonaban y le costaba ordenarlos antes de que le saliesen por la boca—.
Puede ser que esté trabajando con su otro hijo, Oihan, que en realidad es el pa dre de mi prima.
Creemos que intentaron matar a mi madre.
No sé en qué creer. Esto es como un culebrón de los malos.
—¿Qué? ¿Y el marido de Loto? ¿Cómo se llamaba? —Adentrarse en el misterio le distraía del dolor de la pérdida—. Un momento, ¿y por qué haría eso?
Dalia no dio respuesta a las preguntas de Rabel.
—¿Azucena sabe lo de su padre? —volvió a preguntar, con la voz más firme y la mandíbula tensa. Le parecía lo más importante del misterio.
—No… Todavía. Su madre intentó contárselo, pero toda la historia era demasiada información para ella en este momento. Creo que necesita algo más de tiempo.
Por un momento, Dalia creyó oír pasos en el exterior de la casa. El siguiente relámpago proyectó varias siluetas completamente distintas a las suyas en las paredes.
—Debes ayudarme. Mi abuela había pasado su vida protegiendo un amuleto que Ilun ha tratado de conseguir con todas sus fuerzas, y la manera de provocar que Adelfa lo sacase de su escondite era matando gente…
—¿Por qué alguien haría eso?
—Porque el amuleto es capaz de devolver la vida. Adelfa lo llamaba espelir. —Se apretó el puente de la nariz entre el dedo índice y el pulgar; las cejas se le fruncían inconscientemente—. He tardado demasiado tiempo en verlo.
—No entiendo nada. ¿Qué? ¿Ver el qué?
—Ilun lleva décadas atormentándola para que se sienta obligada a usarlo, pero decidió sacrificarse y sufrir la pérdida de quienes más quería. Todo para que él no tuviese ese gran poder.
Rabel se quedó en silencio. Miró el cuadro una y otra vez, analizando todas y cada una de las interacciones que había tenido con tía Baladre…
Adelfa. Podía notar la urgencia en la voz de Dalia.
Revisó su colección de libros mágicos y sacó uno de la estantería, tomándolo por el lomo con su dedo índi ce. Seres y criaturas mágicas.