24. Antes
l a noche. La niebla. El bosque. La huida. Un bebé en c amino. Otro nombre más: Oihan.
Vueltas.
Oihan.
Más vueltas.
Iba a robar a varias familias; entre ellas, la familia Nerón.
Había algo ahí que se le escapaba.
—Tío Narciso, ¿somos una familia de dinero?
Lo tenía justo debajo de la nariz. Podía notarlo. Narciso tardó unos segundos en ofrecer respuesta.
—No sé a qué te refieres con «dinero» —replicó con sequedad, ya sentado en el sillón, café en mano.
Dalia había estado absorta en sus pensamientos casi un cuarto de hora.
—Dinero. Joyas. Yo qué sé.
Narciso exhaló con brusquedad, como si le molestara dedicar energía a responder la pregunta.
—A ver… —Trató de buscar las palabras correctas—.
Siempre hemos vivido un poco mejor que la familia promedio de este valle.
El abuelo Jacinto era abogado, y la abuela Adelfa se dedicaba a la magia casi a tiempo completo.
Ella no cobraba como tal; no quería poner precios porque la gente le daba muy buenas propinas.
—Vale, pero dinero dinero .
—No. Más allá del par de casas, no demasiado.
Prácticamente imposible que una familia nada ostentosa llamase la atención de un ladrón al otro lado de las montañas. A no ser que no fuese un ladrón, sino otra cosa.
Eso era. Sangre de su sangre. Perseguirnos de por vida. Clic. Bingo. Eureka.
—Me tengo que ir —dijo Dalia, apresurada, mirando la hora de su teléfono.
—¿Ha pasado algo? —Azucena siguió a su prima con la mirada cuando se levantó como un resorte del sofá.
—Que seguro que la abuela lo vio venir. Y seguro que escribiría sobre ello. Se me escapa algo. Tía Loto, enciéndeme una vela —siguió buscando sus cosas—. O dos. Me va a hacer falta.
Se puso su abrigo, todavía húmedo, y las botas, algo menos empapadas que al llegar.
«Azucena es sangre de su sangre». Todos la miraban con extrañeza mientras se ataba los cord ones.
El espíritu del misterio se había apoderado de ella.
Necesitaba asegurarse antes de compartir conclusiones con na die.
Debía volver a leer el diario. Se lo había dejado en casa. Le faltó calle para correr.
Justo la luz cegadora del rayo. Contó.
«Uno, d…».
Y el rugido del trueno.
Dalia bajaba por la cuesta principal del pueblo sin aliento.
Sus botas chapoteaban contra el torrente que descendía por las aceras.
«Sangre de su sangre…, pero enviarla a ma tar a Ilun era prácticamente enviarla a morir».
Las farolas parpadeaban entre la niebla y apenas se distinguían las fachadas del otro lado de la calle. Ni los portones. Ni los jardines.
Otro resplandor.
«Un…».
El clamor del cielo hizo temblar las aceras.
El viento la golpeaba de frente, intentándole arrancar el paraguas de las manos. El ojo de la tormenta se posaba sobre Dalia.
«Ella no sabe de magia. Debe de haber otra manera».
Debía comprobarlo. «Rápido».
Otra vez.
Luz. Rugido.
No dio tiempo a contar. Estaba bajo la mirada de la bestia.
Las sombras de los árboles parecían doblarse hacia ella y las ideas se le agolpaban en la cabeza.
Otra tormenta se desataba en su interior.
Dalia apretó el paso y dobló por la calle del vivero.
Las suelas le resbalaban en las zancadas más amplias.
Su respiración formaba vapor; el aire olía a hierro y tierra mojada.
Por la frente y el cuello le corría el agua.
Intentaba, con todas sus fuerzas, encontrar el punto entre la velocidad y el equilibrio. No podía caerse.
Al llegar al final de la cuesta, el vendaval se calmó por un instante.
Un silencio breve. Se refugió bajo unos balcones tra tando de evitar seguir sumergida en las cataratas de agua que baña ban el valle, y ralentizó el paso ya a cubierto.
Podía vislumbrar el coche de Rabel pese a la lluvia torrencial.
Entonces lo vio, a poco más de medio metro de la puerta de su casa.
Aquella ave. Negra. De vuelo estático, casi irreal. Suspendida entre el caos de la tormenta, firme. Toda su furia había impregnado los cielos. Ilun.
Batió las alas con fuerza y despegó en dirección a Dalia, rozándole la cabeza con las garras y despeinándola.
Emitió un alarido antes de perderse entre las nubes, un sonido que no era del todo animal.
Intentó no asustarse y buscó las llaves en el caos de sus bolsillos.
Encontró primero su móvil, que vibraba. Tres llamadas perdidas de Hortensia.
—Por Dios, ahora no —dijo, frustrada, tocando con furia el botón rojo en la pantalla.
Introdujo la llave en el cerrojo. Luego giró la del pestillo. Menos mal que Úrsula había dejado la cadena sin pasar al despertar y bajar a hacerse el café. Entró corriendo y subió las escaleras hasta el ático. Diario.
Hojeó las últimas páginas.
—¿Cómo no lo he podido ver antes? —Su voz estaba teñida de rabia—. Es que soy tonta. Tonta.
No podía parar de dedicarse malas palabras.
Se sentía estúpida. Inútil. ¿Qué detective intenta recomponer la historia de una muerte remontándose décadas atrás, y no se detiene a revisar qué pasó durante los días previos a esta?
Vio las últimas páginas del diario, sí, pero no las analizó.
No prestó atención. No supuso que debía consultarlas.
Los nervios, la tensión, el exceso de información por revisar…
Pensó que simplemente eran páginas vacías de un cuaderno que nunca se terminaría de llenar.
Todo ello la había llevado a pasar por alto un detalle esencial: comprobar si había escrito algo en sus últimos días.
No tenía sentido que, si la habían perseguido hasta el fin de su vida, no hubiera dejado constancia alguna.
Entrecerró los ojos y distinguió pequeñas dobleces y hendiduras en aquellas supuestas páginas en blanco; las mismas que causaría la tinta al posarse sobre el papel.
A simple vista no mostraban ningún texto, cierto, pero ¿cómo iban a mostrar ningún párrafo si la tinta empleada era incolora?
—Dalia, ¿todo bien? —preguntó Úrsula, levantando la voz desde la planta baja.
No la escuchaba. Le era imposible. Estaba hundida en sus pensamientos.
Prácticamente ahogada. Buscó rápidamente las cerillas y encendió una vela de té tras aislar una página del resto del diario con los dedos.
Deslizó la llama por la parte posterior del papel y el calor fue revelando, lentamente, todo el texto de aquella entrada de diario en tonalidades tostadas.
Empezó a leer en voz alta. No había otra manera de concentrarse.
—10 de septiembre de 2023. —Tragó saliva—. Un día antes de morir —dijo en voz baja, para sí.
Leyó en diagonal sin dejar de mover la llama, por si se le había escapado alguna palabra, buscando aquello relevante. No había tiempo que perder.
—Las nubes siguen creciendo y el ojo de la tormenta se ha posado sobre este bosque. —Saltó de párrafo—. En el paseo de esta mañana había más ojos que los de la fauna que aquí habita. Creo que he entendido lo de la sangre, pero ya es tarde para avisar a Azucena o Dalia.
Más ojos. El ojo de la tormenta. La bestia oscura. Sangre. ¿Sangre? ¿ Dalia sangre de su sangre? Decidió seguir leyendo.
Pasó a la página anterior, también vacía. Aisló la página, deslizó la vela. Magia.
—9 de septiembre de 2023. —Su mirada buscó automáticamente más pistas—.
El bosque me sigue dando la misma respuesta: él ha estado aquí.
Las piedras lo recuerdan. Hace poco dio con la cabaña.
El bosque no pudo distraerle. — Los ojos se le fueron directos a la frase a pie de página—.
Es solo cuestión de tiempo que pueda volver a encontrar el lago.
Creo que espera que vaya yo en busca del espelir, pero ya no tengo fuerzas para enfrentarme a Ilun.
Un nudo en la garganta le dificultaba vocalizar. También respirar. Aun así, siguió. Página anterior, vacía. Vela. Texto.
—8 de septiembre de 2023. No cabe duda de que Ilun me ha encontrado.
Juraría que sabe dónde estoy. —Sus ojos leían a tanta velocidad que le costaba procesar las palabras—.
Mis guardas energéticas no funcionan y tengo un horrible olor pegado.
Sus hechizos han llegado a mí antes que mis maldiciones a él.
He pasado todo el verano notando cómo su energía se acerca.
Conforme se apaga el sol, yo también me he ido consumiendo.
Temo que su intención no sea solo apagarme a mí, sino sumir en la penumbra a todo el valle.
Pasó a la página en blanco anterior. Vela. Texto.
—7 de septiembre de 2023. —Saltó los tres primeros párrafos—.
Ayer conseguí las llaves de casa de Hilari, por fin, y hoy se las voy a dar a mi sobrino.
Hace meses que compré la casa. Es su regalo de cumpleaños de todo el aquelarre.
Él no lo sabe aún, pero lo enviamos al pueblo por un simple motivo: alguien tiene que cuidar a Dalia.
Ella cuidará también de él, seguro. A ninguno de los dos les agrada depender de na die, aunque terminarán necesitándose.
Esto no formaba parte del plan inicial; enviarlo al pueblo respondía únicamente a la sensación de que el bosque parecía quedársele pequeño, y la soledad que le rodeaba ya se hacía notar.
En aquel momento todas compartimos la misma opinión, que el cambio de am bientes le sentaría fenomenal.
Sin embargo, las nuevas cir cunstancias vuelven aún más urgente que le entregue las llaves.
No quiero inquietar al muchacho con explicaciones, pero el tiem po se me acaba.
Lo presiento. He intentado consultar en sueños cómo deshacerme de Ilun, pero solo se me aparecen abuela Begonia y abuelo Bruc con mi hermana, Aztavara, diciendo algo de la sangre.
Dudo que ese ser despreciable tenga algo más que alquitrán en sus venas.
¿Había leído demasiado rápido?
—¿Qué? —repitió en voz alta—. Llaves. Sobrino. Cuidar de Dalia.
¿La abuela y su aquelarre habían sido las encargadas de enviarle aquel vecino? ¿ Sobrino Rabel? ¿Sobrino de qué? ¿En previsión de su muerte va y le envía a Rabel?
Seguía perpleja ante su enorme estupidez. Habría podido resolverlo todo hacía semanas si simplemente hubiese pensado en desencriptar aquellas últimas páginas.
Recapituló por unos instantes. Una vez más las prisas.
¿Azucena y Dalia sangre de su sangre ? Recordó la entrada en la que hablaba de Aritz, de días posteriores a su nacimiento.
Volvió a buscarla. 20 de marzo de 2002. «La persona contra la que dirigiría su sed de venganza compartía su misma san gre».
«Ilun, con sus hijos, se aseguró de vincularse a esta fa milia por siempre».
Hijos . Plural.
El trueno la sacó de golpe de su lectura. El ventanuco del ático tembló. El aire se estremeció con ella.
Cerró el diario de un golpe y lo apretó contra el pecho.
Las piezas encajaban con una precisión que punzaba a Dalia entre las costillas.
Justo en el corazón. No tenía claro si responsabilizar a sus prisas, a su mente excesivamente saturada o a su abuela, que había ocultado demasiados secretos con la intención de salvaguardar a la familia.
Todo aquello que había barrido bajo la alfombra había encontrado la manera de regresar para herirlos.
—Rabel… —susurró, con la voz quebrada por la certeza.
Úrsula asomó la cabeza por las escaleras del ático cuando ella terminó de ordenar sus ideas.
—¿Dónde vas? —preguntó la joven, pegando el cuerpo a la pared para ceder el paso a Dalia.
—A buscar a Rabel.
—¿Qué? ¿Rabel? ¿Ahora? ¡Está cayendo el diluvio universal!
—Pues eso. Justo por eso.
—Dalia, ¡por Dios! —Dudó—. ¡Por… el universo!
—Por eso no para de llover desde que mató a mi abuela. —Levantó la voz conforme bajaba las escaleras para que Úrsula no la dejase de oír—. Ilun no quiere que lo descubra. Se ha posado sobre el valle y cada vez se acerca más a su objetivo.
Úrsula apretó los labios tratando de que no se le escapase ninguna frase poco pensada.
Fuera, la lluvia recibió a Dalia como una pared de agua helada.
Resguardó el diario bajo su brazo. No había tiempo para más explicaciones.
El bosque estaba en peligro y, con él, todo lo que su abuela había intentado proteger.