23. Destino #2
—Yo no terminaba de entender cómo funcionaba eso de ser pareja de alguien. Me había criado únicamente con mi madre y, bueno… —dudó por unos momentos—. Digamos que no me di cuenta del daño que me hacía hasta que fue demasiado tarde.
Las sílabas se le quedaban encalladas en la parte trasera del paladar. Le costaba formular frases sin notar cómo el nudo en su garganta se apretaba un poco más.
—Vivíamos en un pueblo pequeño —continuó— de ca sas de piedra y calles sinuosas, rodeado de ríos y fuentes na turales al otro lado de las montañas y el bosque. Trabajaba en un hostal antiguo frente al río, y Oihan vendía leña —se aclaró la garganta—, o eso pensaba yo.
La piel de Dalia se erizaba. Cada centímetro de su ser podía sentir el dolor de Loto.
—En fin, él tenía planes de llevarse reliquias de varias familias, y quería que yo le ayudase, supongo que para vender las luego. —Miró a Azucena a los ojos—. Pero yo no soy una ladrona. Sumado a la desesperación, las malas palabras, los golpes, los gritos…
Entre sollozos terminó de narrar su huida.
Cómo corrió sin mirar atrás cuando notó la respiración de Oihan ralentizarse con el sueño.
La noche se había tragado el último rincón del pueblo y las luces, dispersas entre la niebla, se apagaban una a una bajo el aguacero.
El viento la empujaba por la espalda como una fuerza viva que quisiera darle aliento.
Llevaba el abrigo desabrochado, el cabello pegado al rostro y un temblor constante en el vientre.
La carretera de tierra que unía el pueblo con el bosque se extendía frente a ella como una lengua de barro. Resbaló varias veces, manchándose las rodillas y rasgándose las palmas con la grava. Siguió adelante. No podía detenerse. No sabía si ya la estaría buscando.
Detrás, el eco de un motor le atravesó los oídos. No sabía si venía a por ella o sería alguien haciendo un trayecto bien entrada la noche, pero los faros se acercaban.
Un rayo desgarró el cielo y durante un segundo vio el bosque alzarse ante ella, oscuro y denso, como una muralla. Se dejó abrazar por él sin pensarlo. Las ramas se cerraron a su alrededor, atrapando el sonido de la lluvia. Dentro de él, el aire olía a tierra mojada y savia. Era espeso, casi dulce.
Se detuvo, jadeando, con las manos aferradas al vientre. El viento le atravesaba la ropa empapada y el frío le acuchillaba la piel, haciéndole temblar los huesos y agarrotándole las articulaciones en una postura forzada. El miedo que sentía tal vez era más paralizante que el propio clima.
«Con las manos aferradas al vientre», pensó Dalia.
Recordó la página del diario. «Sangre de su sangre».
Analizó mentalmente el resto de las entradas que había leído hasta el momento.
Octubre del 69. «Juró que sus nietos perseguirían a los míos».
¿Era eso lo que la había enfrentado a Azucena durante tanto tiempo?
Alzó la vista hacia Loto, que aún necesitaba creer que el padre biológico de su hija no había sido más que un ladrón cualquiera.
Luego miró a Azucena, que parecía no haber captado bien aquella parte del relato.
Se reconoció en su abuela y en su empeño por ocultar verdades para no causar daño.
¿Necesitaba Loto saber que Oihan era hijo de Ilun y que, además, pretendía ayudarle con sus planes?
¿Debía decirle a su prima —ya lo bastante alienada en aquella familia— que no solo tenía otro padre, sino que además era un monstruo hijo de otro monstruo?
No. No cambiaría nada. No serviría de nada. Al menos no en aquel momento.
Loto contó, mirando a las jóvenes, cómo sintió entonces algo que no había sentido nunca: una llamada.
No un soni do claro, tampoco una voz articulando palabras.
Un murmullo entre las hojas. Un soplo invisible que le dirigía los pies acariciándole los tobillos.
Los rayos de la luna menguante se colaban entre las ramas, iluminando el camino.
La hojarasca crujía bajo sus pasos rápidos al mismo tiempo que parecía abrirle, suavemente, un camino delante de ella.
Incluso la poca niebla que se había formado, otras veces más caprichosa y descontrolada, se desvanecía conforme avanzaba, veloz. El bosque la guio.
—No sabía adónde iba —les confesó Loto con la voz baja y sílabas pausadas por la emoción del recuerdo—. Solo sabía que no podía parar.
Mientras hablaba, las manos se le cerraron inconscientemente sobre el regazo.
Dalia la observaba en silencio, con atención absoluta.
Sentía la historia desplegarse frente a ella como un tapiz de hilos invisibles que empezaban, por fin, a formar un dibujo más nítido.
No paraba de pensar: sangre de su sangre.
Explicó a las jóvenes cómo siguió el rumor del agua hasta un claro del bosque.
Cada uno de sus pasos la alejaba de Oihan, y de la vida que esa misma noche pasó a for mar parte de su pasado.
Sentía que podía estar cerca, que po día encontrarla, y que su rabia y ansia de posesión no entendían de límites.
—Aquel pensamiento me atravesó como un puñal. Él era capaz de cualquier cosa —dijo, acariciando con el pulgar de una mano su vientre de manera disimulada, movida por la memoria.
El frío le había tornado los labios morados y las mejillas de un rojo oscuro.
Azucena, sentada frente a ella, parecía no haberse enterado del pequeñísimo detalle de que su madre estaba embarazada de ella en aquel momento.
En su rostro se mezclaban la curiosidad y una incomodidad extraña, como si algo en lo que estaba oyendo aún no hubiera terminado de encajar.
Quizá una parte de su ser ya comprendía lo que relataba Loto, y también que el discurso rozaba una verdad áspera para la que todavía no estaba preparada.
Dalia lo percibió, pero sabía que no le correspondía revelar aquello a su prima, y guardó silencio.
—Allí, cuando no podía más, cuando mis piernas estaban demasiado cansadas de correr y caí al suelo, me encontró Narciso —concluyó Loto.
Dalia la miró con gesto intrigado, esperando que se sincerase sobre aquellas partes de la historia que no había desvelado todavía a su hija. No quería interrumpir, pero esperaba explicaciones. Ella comprendió rápidamente a su sobrina. Agachó levemente la cabeza antes de continuar.
—Me encontró y me presenté, con la poca voz que me quedaba, por mi nombre. —Una vez más las palabras se le atragantaban—: Remei.
—¿R-Remei? —balbuceó la chica.
—Lo de cambiarle el nombre fue idea de la abuela —respondió Dalia, al ver que su tía no tenía fuerzas para dar más explicaciones.
Azucena levantó el dedo índice de la mano derecha, reclamando pausar aquella conversación unos segundos.
Masticando todo. Intentando procesarlo. ¿Cuál era la necesidad de mantener toda esa información en secreto durante tantos años?
Dalia abandonó la poca voluntad que tenía de recalcar, por si no lo había entendido, que Narciso no era su padre. No había necesidad de punzar más.
—Fue casualidad que se encontrase conmigo —intervino Narciso, anudándose la bata bajo el marco de la puerta—. Tras llevarla a la cabaña me enteré de que nuestra familia iba a ser una de las víctimas de robo a manos del tal Oihan.
Entró a la cocina y le puso la mano en el hombro a su esposa, ofreciéndole así el primer gesto tierno en casi un mes.
Loto levantó la cabeza e intercambiaron miradas.
Tal vez no se decían lo suficiente lo afortunados que se sentían de haberse encontrado.
Aunque el contexto no fuese el soñado. Pese a que el inicio fue demasiado abrupto.
Azucena había desconectado por completo de aquella conversación.
Abrumada, había decidido concentrarse en un azulejo de la pared.
—Y, bueno, al final encajó a la perfección en la familia —añadió—. No podría haber deseado una esposa mejor.
El primogénito de la señora Adelfa acarició la cabeza de su mujer. Tenía un aura diferente. Otra energía.
Dalia solo necesitaba una confirmación sobre lo que había leído. Su mirada inquisidora se relajó. Apretó los labios con suavidad. Luego, sin darse cuenta, empezó a morderse el interior de las mejillas con la mirada perdida.
—¿Alguien quiere una taza de café? —preguntó Narciso, de camino a la cocina, chasqueando los dedos delante de Azucena para despertarla de su letargo.
—Yo, con miel —respondió.
—Yo, manzanilla con canela, por favor —dijo Loto.
Dalia no dijo nada. Ni siquiera había escuchado la pregunta de su tío. Seguía perdida en sí misma.