23. Destino
Ú rsula había llegado de madrugada, tras quedarse dormida sin querer encima de una montaña de ropa. La textura de la camisa de pana sobre la que había apoyado la cabeza se le había marcado en la mejilla derecha.
A Dalia le había costado dormir, y todavía más despertar.
Desde que volvió a casa pasado el mediodía del sábado, la tormenta no había hecho más que empeorar.
Tuvo que cenar sola tras conocer un secreto más de la familia.
Loto no era Loto. Y luego llegó el momento de meterse entre las sábanas, frías, enfrentarse a la oscuridad de aquella noche doblemente oscura.
Acompañada únicamente por el rumor incansable de la lluvia que se deslizaba por los cristales.
El viento ululaba entre las rendijas de las ventanas, haciendo vibrar el marco y meciendo ligeramente las cortinas.
El impulso de las gotas sobre el tejado formulaba un eco en el ático, que se extendía por toda la casa, pasando sus vibraciones a lo largo de paredes y vigas.
Dalia, arrebujada bajo las mantas, escuchaba al cielo desgarrarse sobre el valle.
En el interior de la casa, los relámpagos proyectaban sombras largas y deformes sobre las paredes durante sus destellos eléctricos.
El sueño se le resistía. El aire tenía una densidad extraña.
Despertó sin sobresalto, pero con la certeza incómoda metida bajo la piel de que algo había pasado.
Como si su conciencia hubiese abierto los ojos unos segundos antes que ella.
Notó a alguien dentro de la cama y permaneció inmóvil frente a aquella sorpresa, antes de comprobar que era Úrsula, que había vuelto demasiado tarde.
Supuso que había dormido poco y trató de no despertarla.
Parpadeó despacio. La luz que entraba por la ventana tenía la misma calidez que un cuerpo esperando la autopsia.
Sentía el peso de las mantas de una manera exagerada.
Tal vez la gravedad estaba trabajando de más aquella mañana.
Se incorporó lentamente; más que con delicadeza, estaba cargada de la pesadez de un sueño mal llevado. Algo no estaba bien. Ese conocimiento mudo, anterior a las palabras, le hizo poner los pies sobre el suelo con extremo cuidado, como si el día pudiera rompérsele entre las manos.
Bajó, pero esa vez no a la cocina.
Los escalones crujieron bajo sus pies. Dalia se aferró a la barandilla con la intención de no hacer ruido, aunque cada movimiento parecía amplificarse en el silencio entre relámpago y relámpago.
En la planta baja miró hacia fuera. El jardín brillaba como un estanque oscuro.
Charcos conectados entre sí por diminutos riachuelos.
Su mente se evadió por unos segundos, tratando de encontrar un último reman so de paz.
Como si ya supiese que, a partir de ahí, solo ha bría caos.
Sobre la mesa del comedor vibró el móvil de Dalia. Un mensaje de Azucena.
¿Estás despierta?
Se fijó en la hora. Las 8.47 del segundo domingo de octubre.
A esa hora los rayos de sol ya debían atravesar la cima de las montañas y colarse hasta lo más profundo del valle.
Pero no. No había visto nunca un amanecer más oscuro que aquel.
Volvió hacia el pasillo de la entrada e hizo una pausa frente a las escaleras, mirando en dirección a la primera planta.
Sintió un vuelco en el estómago. No podía hacer más que rezar para que todo terminase.
Por volver a sentir la calma de la mañana anterior.
Volvió a mirar la pantalla. «Escribiendo».
Poco despué s, un segundo mensaje.
Ven.
Subió a por cualquier cosa que pudiera sacar del vestidor sin hacer demasiado ruido, se calzó y salió dirección a la parte alta del pueblo.
El trayecto hasta la casa de Loto se le hizo infinito. Los nervios, la falta de sueño y la incansable lluvia… Aquellas claramente no eran las condiciones ideales para ponerse tras el volante.
Botas granates, paraguas y a caminar.
Durante el paseo no pudo deshacerse del recuerdo del diario.
Todas aquellas frases resonaban más fuerte que la tormenta.
«Remei». «Dos latidos». «Padre del novio».
«Proteger el honor». «Perseguir de por vida».
El viento impedía que el paraguas se mantuviese abierto, y forzaba las varillas en el sentido contrario al que debía ser plegado.
Dalia decidió cerrarlo y continuar únicamente con la capucha.
Su respiración formaba pequeñas nubes de vaho, que se deshacían enseguida bajo el aliento frío del temporal. Cada paso se le hacía más pesado. La lluvia parecía quererla frenar.
Al llegar a casa de Loto, Azucena le abrió casi al instante, con unos ojos que delataban haber pasado toda la noche en vela.
—He tenido otro sueño —dijo antes de cerrar la puerta tras dejar entrar a su prima.
—¿Qué? Pensaba que ya lo habíamos solucionado.
—Yo también, pero no. —Azucena se aclaró la garganta antes de continuar—. Era el lago, y el pájaro…
—¿Ilun con la abuela de joven, otra vez?
—No. Tú. Tú con él.
El escalofrío que recorrió el cuerpo de Dalia desde los talones hasta la coronilla le impidió ofrecer respuesta.
Dejó las botas húmedas en el recibidor, junto con el paraguas.
Se quitó el abrigo y se sentó en el sofá, cerca de la chimenea, estirando las manos hacia el fuego. Azucena se sentó a su lado.
—Gracias por venir.
—Ya lo tenía pensado. Todo esto… Son demasiadas cosas.
—¿A qué te refieres? —La pregunta le salió más rápida de lo que pretendía, y los dedos se le tensaron alrededor de la manga, necesitando aferrarse a algo mientras evitaba sostenerle la mirada a su prima.
«¿Sabe lo que pasó el viernes?».
—Tranquila, ahora lo hablaremos. Empecemos por lo primero.
Aquella respuesta no tranquilizó demasiado a Azucena.
—Cierto. El sueño. No era para tanto. —Negó con la cabeza—. Quiero decir, tú con Ilun, pero no pasaba nada. Era prácticamente una imagen de vosotros.
—El resto de los sueños eran cosas que habían pasado… —razonó Dalia.
—¿Quieres decir que por eso los podíamos «vivir»?
—No sé. Pero yo nunca he estado en el lago, y mucho menos con Ilun.
—¿Será una advertencia de la abuela?
—O, tal vez, una solución.
Se oyeron unos pasos en el piso de arriba. Tal vez, el rui do de la puerta de la entrada o el olor de la chimenea habían despertado a alguien. Aguardaron calladas. No querían recibir una reprimenda de Narciso por despertarlo un domingo antes de las diez de la mañana.
Pero no era él.
Loto bajó por las escaleras con un andar lento, casi arrastrado.
Llevaba una bata gruesa y ceñida al cuerpo.
Azucena se incorporó del sofá al verla. Su madre se detuvo frente a ellas.
Fuera, la tormenta golpeaba contra los ventanales como si quisiera entrar también en el comedor.
A Dalia se le hacía fa miliar. De verdad parecía que alguien hiciese «toc toc» contra los cristales de vez en cuando.
Un estallido de luz iluminó la es tancia por unos segundos y oscureció todavía más el ambien te cuando se apagó. Luego, el trueno.
—Buenos días, chicas —dijo Loto, incrédula, apartando la cortina con la mano para confirmar que el sol no había sa lido—. ¿Os hago café?
Las jóvenes la siguieron hacia la cocina.
—¿Qué era lo que me querías decir? —preguntó Azucena, intrigada sobre el otro motivo de la visita de su prima, expectante por si mencionaba a cierto joven de ojos pardos.
—Ayer volví al cementerio, con el diario de la abuela. Había demasiadas páginas. Yo sola no lograba encontrar las entradas importantes. Después de un rato largo conseguí que los espíritus de allí me diesen una fecha. —Giró su mirada hacia Loto—. 17 de enero de 1999.
El tronco de la chimenea chisporroteó en el breve silen cio que siguió a la intervención de Dalia. «Menos mal», pen só Azucena.
—Esa fecha… —murmuró Loto, palideciendo un instante—. No puede ser.
El sonido de la lluvia se hizo todavía más intenso. Como si, de alguna manera, el cielo quisiera borrar las palabras que estaban a punto de decirse. Azucena observó la escena en silencio, percibiendo cómo un temblor se apoderaba de las manos de su madre.
—La he leído. He leído la entrada del diario, pero me falta información —dijo Dalia con tono agitado—. Me encantaría que me contases qué pasó aquel enero.
Azucena miró fijamente a su madre, sin la más remota idea de a qué se refería su prima.
—¿Diario? —preguntó Loto, queriendo desviar la atención lo suficiente como para no tratar aquel tema delante de su hija.
—Sí, ha dicho «diario», mamá —dijo ella con tono intrigado y severo a partes iguales.
Azucena conocía de sobra cómo cambiaba la melodía de aquella voz cuando trataba de ocultar información. Miró a Dalia a los ojos, e hizo un gesto con la vista en dirección a su madre. Un «sí sabe lo que le estás preguntando» no verbal.
—Loto —Dalia insistió—, ¿qué pasó aquel enero?
Ella no respondió enseguida. Aceptó la situación, que debía explicar aquello de una manera u otra, pero necesitaba encontrar la forma correcta.
Caminó hasta la ventana, apartó ligeramente la cortina y miró hacia fuera.
La tormenta ennegrecía las calles, y la colina se perdía bajo una cortina espesa de agua. Era imposible ver la luz del día.
Un trueno resonó sobre el valle.
—Cuatro días antes de que Adelfa escribiese aquella página fue cuando hui.
La mirada de Dalia en ese momento estaba puesta sobre Azucena, que, por su expresión extrañada, no sabía absolutamente nada de lo ocurrido aquel principio de año.
—Quedaban pocos días para la luna nueva. Lo recuerdo como si fuese ayer. Hui de una persona muy muy mala, y Narciso me encontró.
Su hija sintió un escalofrío recorrerle los brazos.
—En aquel entonces yo estaba con un muchacho seis años mayor que yo: Oihan. Al principio todo era fantástico. Casi como un cuento de hadas.
Dalia sabía exactamente cuál iba a ser el final de dicho cuento. Azucena no era consciente de que acababa de escuchar, por primera vez, el nombre de su padre.